domingo, 22 de junio de 2008





Periodista venezolana tránsfuga en mi nueva novela

Por Eva Feld




Pocos momentos fueron tan estelares en la historia del periodismo venezolano de finales del siglo pasado como el advenimiento de El Diario de Caracas. Bajo la batuta de Tomás Eloy Martínez y la estrategia de Rodolfo Terragno –argentinos, demócratas y defensores del libre ejercicio- una docena de jóvenes periodistas aprendieron a aplicar la máxima que los urgía a escribir “en cada línea una información y en cada párrafo una reflexión”. Se trataba de aprender a mezclar las técnicas narrativas del llamado “nuevo periodismo” según el cual el periodismo se erigía a la altura de un género literario, con las del “periodismo interpretativo”, cuya meta era nada menos que elevar el grado de completitud del periodismo mediante el manejo de la analogía, la dialéctica y demás recursos de la investigación y de la lógica. Pero, además, hubo que aprender a resumir, a sumariar y a jerarquizar las informaciones hasta descartar toda viruta, todo ruido y toda lágrima superfluos. Sin embargo, hubo momentos en los que las crónicas parecían cuentos, capítulos de novela. Así llegó a ser esa bisagra limítrofe entre los géneros y fue así como periodistas y lectores aprendieron que narrar es uno y el mismo verbo y que es otro el lindero entre los hechos objetivos y los de ficción. Luego, otro tipo de magnetismo fue causa de deriva en el periodismo venezolano, distintos vientos impusieron nuevos derroteros. Algunos periodistas venezolanos saltaron durante el pairo para virarse hacia la ficción, ya lo habían hecho antes que ellos Sándor Márai, Truman Capote, Gabriel García Márquez, Graham Greene entre otros, sólo para volver a confrontarse con matices, inferencias y alegorías. Pues si en periodismo se persigue comunicar, el objetivo de la literatura está contemplado en si mismo. Es por ello que ni siquiera el mismo lector (incluyendo al propio autor) encuentra lo mismo en el mismo libro cada vez que lo lee, mientras que un reportaje es un reportaje es un reportaje.

De esta génesis provienen también mis cuentos de Mujeres y escritores más un crimen (editorial Warp), del cual publicamos un cuento bisagra entre la realidad y la ficción, entre el periodismo y la literatura y, en este momento, entre el cuento y la novela, ya que a partir de él, he escrito mi tercera novela, titulada La senda de las flores oblicuas (Ala de cuervo 2005) cuya protagonista, una periodista, venezolana tránsfuga, se empeña en descifrar los enigmas de Corea con un enfoque periodístico pero queda prendada en la introspección literaria.

Nota de aladecuervo.net: La Novela de Eva Feld, La senda de las flores oblicuas, (ya publicada) originada en este cuento, estará en circulación seguramente para el mes de julio, por supuesto que bajo nuestro sello editorial. Pero no se hagan ilusiones, la novela apenas tiene aquí su origen, es otra cosa, tendrán que leerla.


Epistolario real con un escritor fabuloso

Para mí Chicago (con sus suburbios) es el epicentro del repliegue comunitario, la dirección general sectorial de parcelamiento étnico, religioso, idiosincrásico. El plano ultracuadriculado de la ciudad favorece el cliché: dime dónde vives y sabré a qué hueles, pronuncia tu apellido y sabré qué piensas. Negros, asiáticos, polacos, mexicanos, hindúes, judíos, cada calle despliega cierta etiqueta, cierto estigma, cierta moral. Esa placenta emblemática convierte a todos los Pérez en hispanos, a todos los habitantes de Skokie en hijos de Israel, a los vecinos de Evanston en protestantes y así conviven en santa animadversión millones de personas afincadas en sus minorías, pero metiéndole el hombro al gran sueño americano.

¿Cómo lo sé?: Viví justamente en Skokie con apellido judío y bajo perjurio agnóstico. Rubia de ojos azules trabajé en la radio hispana y pretendí hacer un reportaje en las tiendas esotéricas del barrio puertorriqueño, donde encantadoras brujas producían sahumerios respondiendo en golpeado inglés a las preguntas que yo les dirigía en perfecto español. Cuando les aclaré de viva voz y con toda la gestualidad del caso que les estaba hablando en español me increparon en inglés:

- You polish?.
- Ay Bendito (les respondí remedándolas) les digo que no, que no soy polaca.
- What d’you want?- insistieron.
- Hey ladies, I am Venezuelan, I speak spanish.
- Ay Bendito- le dijo una a la otra- la polaca dice que habla español.

Los hispanos me trataron siempre como polaca, los polacos como judía, los judíos me consideraron siempre como hispana, los negros como rubia, los rubios como rara, los raros como mujer. Era, además, madre sola en un barrio cauterizado con moral burguesa. Las feministas no avalaron mi indisciplina y los varones desaprobaron mi pacatería por juzgarla inversamente proporcional al color de mis cabellos. Anduve sola y desafié otros estigmas cuando los solitarios rechazaron los gajes de mi oficio preguntón y me tildaron de fisgona. Así transcurrió un año, hasta que cayó en mis manos una publicación de procedencia dudosa. De un octavo, el panfleto no afluía de la clandestinidad pero tampoco de imprenta industrial. Su título podría traducirse al castellano como Líneas Nocturnas. Sentí que el aliento de un mensajero noctámbulo me explicaría ese sentimiento de impertenencia que me desolaba. Pensé que la respuesta emergería de la noche: apenas se apagaran las luces, la gente se despojaría de sus prejuicios y aceptaría, al amparo de la oscuridad, sus diferencias. Pero aquella cosa, esa revista, resultó ser un periódico sáfico, un efluvio del universo lésbico. Luego, a medida que lo hojeaba advertí que no era estrictamente “femenino”, cabían allí los gays, los travestís, los bisexuales y hasta otros.

Tomando en cuenta las circunstancias, un abanico tan amplio me sorprendió con pánico. Fue entonces cuando detecté el motete Mook; alguien con ese nombre decía en una columna las cosas más abismales que jamás haya leído. Descubrí que no era sólo lo que decía sino su forma de hacerlo, las palabras se arrojaban violentamente de cima a sima, contagiaban vértigo, me empujaban al vacío, abrían la tierra a mis pies. Me encontré enterrada viva en lo desconocido, en mi total ignorancia, en mi propia intolerancia. A punto de desfallecer me aferré a frases cuyos múltiples sentidos me catapultaron hasta la estratosfera y me dejaron allí agonizante. Una galería de personajes caricaturescos desfiló ante mis lágrimas que como prismas los descomponían y los reproducían. Fueron centenares de seres disímiles y casi todos altisonantes. Esa mezcla de miedo y excitación - con escalas en el remordimiento, en la duda, en el terror y en el frenesí-, precipitó y agigantó mis visiones, las cuales a su vez retroalimentaban el miedo y la excitación. Con el impulso vital que otorga la maternidad me resarcí. Abandoné el texto sospechando, incrédula, un contenido alucinógeno en la tinta. Enfrenté mis obligaciones con estoicismo (el niño, la radio, el horario). Pero, aunque lo negara, ya me hallaba inoculada. Fue en verdad una dosis intravenosa la que me trasladó al país de las maravillas de Mook, donde los más abyectos rechazados se discriminaban entre sí o se agrupaban, sin ninguna lógica aparente, como ratones de laboratorio tras toda clase de experimentos químicos y nucleares.

Mi jefe en la radio, un capataz cubano que estallaba en roncas carcajadas al oírme llamar zamuros a las auras, comenzó a recriminar mi falta de atención. Las noticias que defecaba en diarrea perenne el telex conectado a las agencias nacionales se amontonaban a mis pies inmovilizándome. Todas lucían como insípidas repeticiones de lo conocido: “Borrondongo le pegó a Mochilongo”, “los Estados Unidos mantienen firme su política de respaldo a las democracias del mundo”, “el cupo para hispanos en la educación pública es el tema que debatirá esta tarde la Asociación para la Educación de los Hispanos, organización que ha mantenido un firme lobby en Washington a favor de la causa”. “El Mayor de Chicago autorizó la parada mexicana en la calle Monroe”, etcétera.

Los kilómetros de cables se sucedían en inglés, pero sólo los de interés estrictamente hispano eran severamente versionados al español. Bueno y también aquéllos muy escandalosos o de repercusión extraordinaria. El señor cubano prefería los servicios profesionales de sus compatriotas, a quienes les decía, mirándome de soslayo, “estamos cagados de aura: ésta está en la luna”. Los paisanos subalternos se crecían, y se abalanzaban sobre mis piernas de donde rescataban decenas de notas para traducirlas al pie de la letra. Todos los cubanos eran perfectamente bilingües, almorzaban juntos los días laborables y aborrecían a Fidel. No como “ésta” o sea yo, que llevaba días purgando los vestigios de mi condición de inadaptada, de exiliada, más ahora que la sintaxis y la prosodia del tal Mook me confrontaban con mi propia pequeñez, con mi estrechez y con mi vileza, ahora que me parecía tanto a mis propios detractores. Yo, la más incomprendida minoría absoluta en este mundo, huía y a la vez me zambullía en las crónicas fabulosas de Mook con malsana curiosidad periodística; estaba ávida de nutrientes para mi peculio intelectual. Mook me hostigaba cada semana con su más allá y cercenaba sin piedad todas mis escasas semi certezas del más acá. Mook seccionaba con fino bisturí el sistema circulatorio y neurológico de su entorno, sangre, dendritas, semen, mierda, todo estaba expuesto en sus escritos. Olores, texturas, tonos, se colaban por las entrelíneas.

Supe por él, por ejemplo, que el universo homosexual no es inmune al chauvinismo, perviven, pues, marginalidades en su seno; los matices y los grises que las diferencian entre sí arrojan sombras chinescas a sus dramas nada unívocos, en los cuales sobredimensionados afectos, rencores, lutos, envidias, avaricias y vanidades aderezan la consabida condición humana con un toque de extravagancia. Aprendí que existen americanos blancos (o negros, o mexicanos, o asiáticos, o judíos) desarraigados sexuales, exiliados de su propia minoría, vagando en la inmensidad urbana, en competencia y contradicción con sus propios ideales sociales, étnicos, sentimentales y genitales. Son mujeres atrapadas en cuerpos de hombres que están condenadas al mundo del espectáculo, del escenario, para al menos satisfacer esa esquina de su libido que se contenta con sedas, plumas y silicona. Son hombres temerosos del alba y de su propia barba, que odian a los gays, por rivalidad frente a los hombres de verdad; son hombres, que a su vez son rechazados por sus rivales homosexuales; son vampiros nocturnos que cazan a sus presas en bares de toda reputación, sitios que se llaman Vortex o Fusion, donde beben, inhalan, penetran y ejecutan con libertad, sin que por ello proclamen alguna homogénea felicidad, sino apenas, y con reservas, una exigua pertenencia. En esos lugares coincide toda clase de rarezas, sus retratos, vidas, chismes y cuentos son los afluentes de una inmensa cascada, cuya caída libre describe Mr. Mook con la maestría del que es al mismo jugador de ajedrez y ficha en el tablero, triunfador y perdedor, observador y partícipe.

Intento traducirlo del inglés aprovechando los gajes del oficio radiofónico y descubro desconsolada que apenas logro versionarlo. Intento expiar mis resquemores, pero también me motiva cierto orgullo al sentirme descubridora de un narrador de la talla y el riesgo de Guy de Maupassant, el más genuino orillero cuentista del siglo XIX francés. Si Guy anduvo por los lupanares con la familiaridad de un felino consentido y descargaba el resto de su potente energía remando y riendo en el Sena, Mook anda por estos ultra modernos centros nocturnos de placer urbano, donde vistosas reinas trasvestis y otros coloridos personajes lo acogen cariñosamente; luego, para extenuarse, se encarama en sus patines lineales y castiga sin piedad la ribera del lago Michigan. Mook, como Guy, sabe de demencia y ama los gatos.



Mook por mi versionado

1

Los teólogos dividen las religiones en dos categorías: panteístas y trascendentales. Los primeros ven el universo como a Dios y viceversa, es decir: una uva tan sagrada como una galaxia, ningún distingo entre el creador y la creación. Los segundos ven a la Deidad como a una entidad totalmente diferenciada y separada del mundo, el gran maestro de ceremonias, el hacedor de vidas que no tiene tiempo para sangrientos detalles. Para acortar la brecha entre estos dogmáticos extremos, algunos credos han postulado una jerarquía de seres celestiales, intermediarios angélicos o demoníacos, que sirvan de enlace entre el Todopoderoso a quien no le importa un carajo por un lado y las ostras con sentimientos por el otro. Estos intermediarios jerarquizados, estos seres marginales, suelen desempeñar roles de camafeo en las sagradas escrituras, en el arte renacentista o en la televisión: sea frenando la mano de Abraham presto al sacrificio de su hijo, posando como querubines para Rafael o perpetrando traumas umbilicales para Mi Bella Genio en la televisión. Visualicemos tal genialidad siniestra, cuando su tarea consista en monitorear episodios en excéntricos locales nocturnos:

Jo (italiano, gay y diseñador gráfico), durante su faena en el susodicho bar, se hallaba en labores propias de su oficio (barrer, coletear, recoger las botellas sobrantes y proveer nuevas frías nacionales e importadas) fue llevado por el olfato a detectar una en particular, una que, erguida, desafiaba la gravedad del asunto. Confirmó tactilmente sus sospechas al constatar que en efecto el hedor se correspondía con aquel fluido de consistencia viscosa y brillo particular que la embadurnaba.

El asunto no pasó inadvertido, la noticia se regó inflamada. Hubo quien insistiera incluso en determinar la marca o la procedencia de la botella, no faltó tampoco quien pegara el grito en el cielo, pues los actos estaban formalmente prohibidos en el local. Pero al final, cuando ya la escena se creía casi superada, surgió la idea de sacralizar el objeto, fue así como ese día la botella marrón, de cerveza importada, fue convertida en icono.

El cuerpo del delito acabó inexorablemente en el tarro de la basura, no así la moraleja espectral: “Nos definimos a nosotros mismos y acordamos significados sólo a través de aquellos seres u objetos a quienes amamos”.



2
Arrímate al bar de Rob, o a su vida, y escucharás más pronto que tarde acerca de su más preciada pertenencia: una deformada, gastada y rojal camiseta de Astro Boy. Un regalo.

¿De quién?: Piel sedosa como rosa, cabello azabache flagelándole el culo, gestos de jujitsu, sutileza de pantera y belleza trascendental de bodhisattva. Jade Michiko fue quien le dio la franela a Rob.

- ¿Quién?: “Ella llegó a mi vida sólo para desaparecer, con el mismo misterio y la misma majestuosidad, como salida de un sueño” susurra Rob. Lo único que le queda de ella es esta camiseta, de cuya veracidad no puede quedar duda alguna a juzgar por las manchas de sudor y las mangas desflecadas.

Jade suele trasladarse del Este al Oeste no como misionera, ni tampoco para abrir nuevas rutas de intercambio comercial, sino para librarse de su padre. Hija de un potentado japonés, Jade ha recibido lo mejor y lo peor de una cultura que simultáneamente reprime y enaltece a las mujeres. El hecho de que Jade hubiera buscado su secreta salvación en Nueva York, financiándose con las tarjetas de crédito de su padre es un absurdo que súbitamente cobra sentido, tan pronto como se sepa más acerca de ella, que Dios bendiga su alma inquieta.

Eludiendo a sus sirvientes personales y a sus guardaespaldas (como muchas otras veces), Jade saltimbanquea por Asia, el Cercano Oriente, Europa, a través del Atlántico hasta Nueva York, en un peregrinaje de auto descubrimiento sáfico. Espíritus benignos y fantasmas reencarnados de sus ancestros son redescubiertos en los clubes nocturnos que la amparan como hermana. Sacrílega salamandra que se escurre entre las más notables divas trasvestis, amigos tronos, chicos nocturnos, miembros de la nocturnidad, lo pasa de lo mejor. Allí es donde la conoció Rob cuando trabajaba de barman en Nueva York.

“Justo antes de que vinieran por ella y se la llevaran- dice Rob, sin dejar de murmurar- me dio esta franela. Vi como literalmente la removían. Nunca olvidaré sus gritos, que sobrepasaban la escala sonora”.

Jade y su padre tenían un pacto de caballeros, si se quiere una política de puertas abiertas, resumida en veintiún demandas todas convergentes y equidistantes, todas relativas a la total obediencia de la hija hacia el padre. Ella tan salvaje y expuesta a las tentaciones del universo y deseándolas todas, ella de la era de Acuario y del éxtasis ¿cómo podría sucumbir a la disciplina Samurai y Shogun? Siempre la encuentran. Siempre”.

Rob había notado la aparición de la falange que constituían los hombres de negocios japoneses, una isla de convencionalismos corporativos, una organización multicelular, en medio del devaneo y el frenesí dionisiaco en el que Jade bailaba (ataviada con un mono de spandex y azaleas, coronada de crisantemos y en la mano, un lirio) e ignoraba los gestos frenéticos con los que Rob había tratado de prevenirla desde la barra del bar.

La resistencia que Jade opuso a sus captores fue muy similar a su huida, es decir un show, una manera de aferrarse a lo mejor de dos mundos. Cíclica recurrencia alterna entre la esclavitud y la libertad. Dos semanas más tarde, al mes, o será dentro de tres años, Jade se volverá a escabullir, repitiendo el mismo harakiri, para reunirse nuevamente con sus amistades excéntricas, extravagantes, raras, con quienes pueda trascender aunque sea por instantes. Mientras tanto Rob el Astro Boy se aferra a su camiseta, a ese retazo de tela semi podrida, como a un salvavidas, como a un símbolo de su propia libertad. En lo más profundo de su corazón, el sabe que ella regresará...Y si se quedara...



3
Sir Speedie, Lord del Cristal y Duque del Meth es el Campeón del día de las 96 horas: Tick-tock, tickety-tock-tock. Se levanta el jueves por la mañana junto con las masas, su descomunal bostezo precede y acompaña las depresivas noticias matutinas y saluda los regocijantes humos de su café expreso. Los perros son paseados, la llegada de cada empleado es debidamente asentada con hora y fecha en los relojes laborales. Cafecitos de media mañana y luncheras para el almuerzo acaban con el ante meridien y dan pie al post, el cual desemboca inevitablemente en la hora pico de tránsito terrestre y en las noticias estelares. Camas sin tender y matrimonios sin ternura, la conciencia burguesa sucumbe por fin ante el sueño, fin de ciclo. En cambio el día apenas comienza para el Duque que ya se encuentra en pleno zumbido. Repletos el culo y la nariz de polvo, Speedie experimenta una aguda pureza en el espacio- tiempo. Pupilas dilatadas, presión sanguínea in crescendo, encendidos vaporones en el rostro. En pies y manos, cosquillas, hormigueos. Esto y lo otro reclaman diligencia y conclusión, casi todo acaba resuelto, ya que al maestro del aceleramiento psicológico y fisiológico, le resulta simplemente imposible quedarse quieto. Además con tantas cosas que hacer, ¿quién querría detenerse?. Otra urgencia que resolver con celeridad, y otra más, mientras el tiempo se va encogiendo, el espacio expandiendo y el resto de los mortales durmiendo. Juega ahora con varios principios termodinámicos, muchos de los cuales resultan incomprensibles hasta para alguien tan volado como él. Alcanza el día número tres, ajá, 72 horas corridas de trabajo y juego, trabajo y juego, con un añadido de 1/3 al cuadrado, logrando aumentar en 2/3 partes su capacidad de juego y trabajo sobre aquellos que recurren a la posición horizontal y al ocio. Creará en los próximos minutos, el equivalente a un día completo de experiencias inéditas. La idea lo excita tanto que sale disparado a pertrecharse con unas cuantas botellas de cerveza para celebrar. Su ingesta de intoxicantes, así como su diversificada interacción sexual, es una forma de retorcer las ecuaciones que controlan sutil aunque acompasadamente sus efluvios internos y externos de energía. “Vivir es experimentar” pontifica el Duque “y vivir bien es experimentar al máximo y lo más intensamente posible”. Confunde calidad con cantidad, velocidad con aceleración, una carrera con un maratón, ordena otra ronda en el bar. Su sistema absorbe el alcohol como una esponja mágica. Anhela ahora otras calorías y empieza a notar la repentina Epifanía de calma relativa, el mundo externo comienza a acelerarse paulatinamente, Speedie está metabolizando la experiencia más lentamente que hace apenas un momento.

Como proveniente del sueño que Speedie no tuvo la víspera, un anciano despeinado, cuya edad en número de años suma las horas de vigilia de Speedie, atraviesa su campo de visión. Dando traspiés apoyándose en un bastón, el viejo comienza a salirse misteriosamente de toda sincronía. Ciertamente se está moviendo más rápido que los que lo rodean, mucho, mucho más rápido, una bizarra anomalía temporal en ese mundo anfetamínico ya anacrónico. El anciano echa una mirada hacia la barra y al establecer contacto visual con Speedie, se desploma. Su bastón lo precede en la caída y la resonancia de la madera pulida contra el cemento produce un clackety- click-clack que repentinamente despierta al Lord de sus postradas ensoñaciones. Amanece lunes, ¡ah, sólo faltan tres días para que sea jueves nuevamente!.

Mi regreso a Caracas fue con sobrepeso, cargaba a cuestas mis descubrimientos, mis experiencias, mis sobre dosis de Mook. La soledad lucía ligera, liviana, casi gozosa, mis expectativas nulas. Volvía a lo conocido pero despojada de continuidad. Al comienzo la investidura semiclandestina, anoréxica y anónima me sentaba de lo mejor. Atrincherada entre cuatro paredes, auscultaba el pulso de las informaciones locales, los avisos clasificados (en busca de empleo), los noticieros. Nada. Tímidamente llamé a mis amigos, a mis colegas, a algunos conocidos pero podía escuchar la cacofonía de mis palabras que retumbaban en el vacío absoluto. Los periodistas me tildaban de ama de casa, las mamás de intelectual, los profesores de burguesa, los ricos de venida a menos; los nacionalistas me consideraron “una vendida al imperialismo yanqui”, los gringos me seleccionaron, por mi entrenamiento radiofónico bilingüe, para trabajar en La Voz de América y cuando huí a causa de mi total afonía ideológica hube de pagar con más burlas mi renuncia a un salario en dólares: periodistas. mamás, intelectuales, profesores, burgueses, ricos y venidos a menos se rieron de mí al unísono: ¡Ideología! giá giá giá...

Al cabo de un año me convertí en un seudónimo. Firmaba a destajo columnas o entrevistas, reportajes o crónicas que lanzaba a la opinión pública como si de bombas Molotov se tratara. Quería dinamitar los espacios culturales, sociales y políticos y desafiar los prejuicios semánticos,. No se crea que cambié para ello mi nombre ni mi apellido. Mi firma no sufrió alteración alguna, fui yo, yo misma, mi persona, la que se convirtió en seudónimo y como tal me volví invisible, insondable y claro, inabordable. Llegué a añorar aquella otra soledad, la de Chicago, pero sobre todo a Mook. Coincidió mi fiebre nostálgica con la adquisición de un módem para mi computadora. Pasaba largas horas de circunnavegación solitaria, recibí noticias de Australia, de Buenos Aires. Me enteré por correo electrónico del nacimiento de Agoston, ocurrida en Noviembre, en Budapest. Alguien adivinó mi perplejidad, pues en seguida recibí una explicación: “los nombres antiguos están nuevamente de moda en Hungría”. Me sonreí de buena gana cuando leí que muchos de los viejos nombres nuevos se escriben según la fonética húngara: Jacqueline por ejemplo se deletrea Zsakelin. Me sorprendí de la popularidad de los nombres hispanos, hay Alfonszo y Karmen a discreción y resucitan también los nombres hunos: Attila, Csaba (que se lee Chaba).

Poco lograban estas distracciones aliviar mi melancolía. La aldea global plana, una infinita llanura sin cimas ni simas. Hasta que de pronto localicé a Mook en la pantalla. De nuevo encuentro letras calóricas por lo de: “…nos definimos a nosotros mismos y acordamos significados sólo a través de aquellos seres u objetos a quienes amamos”.

El vigor volvió a inundar mi cuerpo, la aceleración mi cerebro. Hago volando miles de diligencias, recados, mandados y aún me queda tiempo para jugar y trabajar, jugar y trabajar. Hago 2/3 veces más que los que en posición horizontal sueñan ociosamente y constato con alegría que cada rato vuelve a ser jueves.



domingo, 8 de junio de 2008

La palabra como responsable de la decantación erótica




por Eva Feld


¿Eros? ¡Erotismo!:

No pretendo competir con Wikipedia, con Google ni con ninguna otra enciclopedia virtual o buscador omnisciente del ciberespacio. Que Eros es un personaje mítico recreado ampliamente por Robert Graves, en su vasta investigación sobre la mitología griega, o que sea el hijo dilecto del dios machista de la guerra y de una insolentemente lujuriosa diosa es una de las ficciones más difundidas de la cultura occidental, es decir, una de las mentiras más repetidas y por lo mismo una de las verdades mejor refrendadas. O es que acaso los nombre latinos de Ares y de Afrodita, no produjeron incluso un insulso best seller titulado Los hombres son de Marte y las mujeres son de Venus. ¿O es que el nombre latino de Eros, Cupido, no sigue sobrevolando la fantasía romántica cada 14 de febrero, día de los enamorados, para beneplácito de la economía de mercado? Helo aquí al querubín con su carcaj lleno de saetas para que las parejas se enamoren, para lo cual escoge una flecha con plumas de paloma o para odiarse en cuyo caso usa flechas de cuervo. No quiero saber nada del joven adalid de buen corazón que tras muchos capítulos acaba perdonando la traición de su mujer, Psique, en aras del amor y que inspira hasta nuestros días las más variadas tragicomedias. Tomo pues su nombre con alevosía para definirlo a mi manera, menos académica y más lasciva; para desenterrarlo del terreno de la cursilería y de la moralina y atribuirle otros poderes: la pulsión, el pathos, la arbitrariedad creativa.

Eros es una fuerza centrípeta capaz de catapultar al humano más allá de sí mismo. Es pues un adverbio de lugar, tal como lo es la buena literatura. Aquella que se ubica entre la palabra y el silencio, entre lo expuesto y lo que se encubre; en el interlineado donde palpita todo aquello que se intuye, todo aquello que se infiere.

Se oculta aquello que no se quiere mostrar, se esconde lo que no debe ser encontrado y en ese juego dialéctico que consiste en penetrar lo desconocido hasta devorarlo o por el contrario salvaguardar aún bajo falsificación sus misterios para vencer el estupor, vive no el cupidito mediocrizado por adulteración y edulcoramiento sino su energía cósmica, caótica, genésica. Una energía que impregna no sólo la sexualidad, sino la política, cuando es tomada en serio; la estrategia militar, cuando no anda desvirtuada por ínfimos prohombres desvirilizados; la amistad cuando no se limita a la rutinaria repetición de sensiblerías; la maternidad, cuando supera el estereotipado embelezo producido por valores viciados; el trabajo cuando el hombre logra sentir su capacidad de incidir.

¡Ah! Pero donde todo ello ocurre desde siempre con supremacía, permítaseme el abuso del adverbio de sitio, es en aquel lugar en ninguna parte donde concurre la imaginación y la cultura, que no es otro que la poesía y toda buena literatura de ficción lo es. Eros trasciende, pues, lo meramente sensorial, la llamada de la hembra, el aullido del macho. Eros es la sustancia del Santo Grial, la transfiguración áurica. Pero la alquimia no se resume en el mero deseo, en la pura inteligencia ni en la imaginación. Requiere de pipetas e infiernillos para mezclar y calentar los humores, los corporales y los anímicos, pero también los que provienen de la destilación de las piedras más las sedimentaciones y secreciones telúricas y astrales.

No, el verdadero Eros no reside en las endorfinas como quieren hacernos creer los científicos posmodernos. No son la dopamina ni la feniletinamina los genuinos responsables de la decantación erótica, sino la palabra. Lo que se dice y lo que se calla, lo oculto y la conjetura, la elevación y el abismo.

La “erótica” provoca inferencias múltiples y escalofríos. Esto ocurre cuando la musicalidad de las palabras produce estados alterados; cuando la historia narrada, pintada o interpretada por voz, instrumento u orquesta penetra lo desconocido sin desvelarlo y le permite a cada cual inferir en vilo su propio camino iniciático.

De la cópula entre la página en blanco y las letras que conforman y concatenan palabras nace, por ejemplo, el universo erótico en La violación de Lucrecia de Shakespeare. Que nadie venga a estas alturas a nuevamente descifrar su forma ni su contenido. Que quien la lea se encabrite y se alebreste en la voluptuosidad. Que no se conforme con la anécdota. Que sospeche en el interlineado que Lucrecia, manchada en su honor por el mejor amigo de su marido, decide ponerle fin a su vida de su propia mano, no por tristeza, vergüenza ni rabia, sino tal vez porque ha perdido la inocencia al descubrir el poder erótico a través del deseo desmesurado y temerario de un rey capaz de arriesgarlo todo por un momento de voluptuosidad. Y, cuando él le pide guardar el secreto porque “todo misterio dura tres días” y le dice: “si callas habrás aprendido de las piedras cuanto hay que decir” y le ordena: “¡Calla y besa!”. Ella sabe que no podrá callar porque hacerlo equivaldría a nunca haberlo vivido.

De la cópula entre un español y una negra esclava, nace en un poema de Marisol Marrero, una niña/palabra. Una que lleva en la piel la marca candente de la carimba para recordarle a la madre su infame origen. Pues ¿cómo amar a quien se odia y como dejarlo de amar? La carimba grabada en la piel de Marisol Marrero le ha exigido desde entonces narrar sin detenerse y el protagonista de todas sus novelas, cuatro hasta la fecha, se llama erotismo.

Otras violaciones han ensangrentado el subconsciente erótico femenino en Venezuela, por ejemplo, la de la protagonista de La favorita del señor, de Ana Teresa Torres, en la que la escritora psicoanalista sintetiza en su personaje una recurrente fantasía de mujer, la del pathos que produce ser deseada eróticamente, en grado superlativo, por un raptor. En este caso un ultraje que trasciende el mero sexo, pues el sujeto de la pasión es también el verdugo de su pueblo, el saqueador de su ciudad, un tañedor erotómano de la destrucción y de la muerte.

¿Muerte? Sí, ya lo dijo Teódulo López Meléndez en un memorable poema, producto de su aguda penetración en la condición humana, fuente y nutriente del conocimiento erótico:

Desde la muerte
la mirada cambia
una palabra

O como lo digo yo misma en mi primera novela, Los vocablos se amaron por última vez, con relación a otra amenaza de muerte erótica:

Patria es el humor
que decantamos
en el alambique copular
flujo volátil
estertor
La patria emigra
temo

viernes, 30 de mayo de 2008

Relatos de viaje

Relatos de viaje (I): El Báltico desde San Petersburgo



Por Eva Feld

Una vez instaurada la velocidad en las circunvalaciones cerebrales y en el flujo sanguíneo, queda absorbida en ella la mística quietud y la aparente calma sideral. Todo cuanto acontece frente a los ojos, adquiere a la intemperie y a 150 kilómetros por hora, forma y colorido de constelación, la vista es entonces un objeto más, otro, en el vasto paisaje del sujeto que observa. Viajar en moto rompe el esquema lineal de precurso enmarcado. Deja atrás, y lejos, el encuadre. Todo aquello que el viajante ve en auto, en tren, en avión sólo como sucesión de imágenes, puede en moto ser inspirado, pues ninguna imagen se disocia del viento. Se es tamiz del universo circundante y se forma parte del movimiento perpetuo que empuja las nubes y mueve las aspas de modernos molinos generadores de energía eólica, en nada similares a los gigantes que le arrancaron proclamas al hidalgo Don Quijote a lomo de Rocinante.

Viajar en moto reclama del viajante todos los sentidos, incluyendo el sentido común y el de orientación. Sólo que cuando la velocidad penetra los vericuetos de la mente incide dramáticamente sobre la realidad hasta disolverla y convertirla en mucho más que suma de estímulos. Es así como la vista sirve para comerse al mundo, los oídos para paladear su lubricidad, el olfato para ubicarse. Mención aparte merece el sentido del gusto, no tendrían razón, de otro modo, las paradas intermedias entre ciudades o caseríos, entre riberas y costas, entre países y continentes. Cómo atribuirle méritos a la velocidad cuando de sabores se trata, cómo hacerlo cuando lo que se degusta, sólo puede ser pescado en el Mar Báltico, cuando lo que se cata es un vodka tan idiosincrásico que lleva el nombre de la ciudad donde comienza este trayecto en moto: San Petersburgo.

La Venecia rusa no admite velocidad alguna, impone, forzosa, la marcha a pie y los rituales dilatados frente a las obras maestras en iglesias ortodoxas, en museos, en calles y plazas, en los paseos entre los canales, cuyos guías turísticos ignoran campalmente la existencia de otros idiomas fuera del ruso. La Venecia del Báltico exige paciencia y tolerancia frente a los baches que le ha dejado la historia; frente a la reconstrucción de su peculiaridad o incluso frente al caviar emblemático, cuyo costo constituye en si mismo una razón para consumirlo despacio.

La antigua Leningrado aislada en su esplendor durante más de medio siglo de los mismos rusos, los recibe ahora en avalancha. Se les ve redescubrir el sitio donde fue asesinado el Zar Nicolás II en 1881; se les escuchan exclamaciones al conocer que semejante monumento emblemático de la ciudad, la Iglesia de la Sangre Derramada, fue empleado, durante la era soviética, como almacén de papas. Se les ve colmar los paseos en lancha por los canales y tocar el agua del Neva y rozar los puentes para darle verosimilitud a lo que ven. Se les siente en la avidez de la reconquista cierto recelo contra las miradas extranjeras. Esto que se adivina, es refrendado por una política turística que les triplica el valor de las entradas a los espectáculos artísticos a los visitantes foráneos o acaso sea empleado el ingreso “excedentario” en la remodelación de las viejas edificaciones cuyas falsas fachadas esconden, detrás de ingeniosos cortinajes, cuadrillas de obreros desafiando andamios, moldeando estuco, reparando paredes.


La catedral de San Isaac invita a treparla hasta el mirador desde donde se divisan 360 grados de la esplendorosa ciudad con sus canales y puentes, flores y estatuas, maravillas que luego habrán de ser visitadas de cerca, Maravillas como las que pueden verse en el Museo del Ermitage (desde arte egipcio hasta Matisse y Picasso, pasando por Rembrandt, Rubens o los grandes del Renacimiento italiano, todo matizado con café negro aterrador en un muy moderno cybercafé). Maravillas que no pueden ser inventariadas en el Museo Ruso porque abarcan desde antiguos iconos del siglo XII hasta la más impactante retrospectiva de Marc Chagall, pasando por una abundante exhibición de gráfica rusa. Maravillas como la visita a la necrópolis en la que yacen entre otros Chaikovski, Rimsky Korsakov y Fedor Dostoievski, cuyos acordes implosionan en la zona auditiva del alma y reviven las monumentales escenas personales y ficticias de sus creadores. Basta con oler por encima del escándalo aromático que ha derrochado la lluvia del momentáneo otoño para sentir los humores de El Jugador conjugados con los del bailarín del Cascanueces en su retiro hacia el camerino. Basta con fijarse en el rocío para confundirlo con el delicado bigotillo de perlas que casi delata el ardid con el que Sherehezade vence sus temores al convertir cada una de esas perlas, en cuentos salvavidas. En el camposanto de San Petersburgo la velocidad es retroactiva y la aceleración cardiaca.

La catedral de Kazan, opulenta, céntrica y de ingreso gratuito y la de Nevsky, su polo opuesto, son apenas dos paradas obligadas para participar en la devoción ancestral. A la semipenumbra de cientos de cirios, mediante oraciones y cánticos, los popes y los feligreses mantienen viva e ilesa la sempiterna religiosidad rusa.

Avecindados a los canales se exhiben numerosos vendedores ambulantes. Políglotas y extrovertidos ofrecen toda clase de recuerdos de la era soviética, así como también, juguetes artesanales, muñecas típicas rusas, pañoletas y bufandas, piedras semipreciosas y otras prendas, en un despliegue de colores y de adjetivos ineludibles. Luego, para pagar los pecadillos consumistas, nada como almorzar en un comedero popular en el que todos los platillos están a la vista y al olfato.

Antes de quedar atrapada en una inamovilidad hedonista, con los ojos llenos de iconos ortodoxos, lúdicas pinceladas de Marc Chagall, salpicaduras de ríos y mis propias lágrimas frente a los lugares donde lloraron, padecieron y murieron tantos y tantos; con el paladar impregnado de humeantes remolachas en sopa, panes gruesos de centeno o de trigo segado por robustos campesinos a la manera antigua y tantos otros sabores: salmón y bacalao y anguila, postres coronados con abundantes cremas ingrávidas, más sabor que sustancia, aparece Finlandia, el país y la sinfonía de Jean Sibelius pero también al sabor etílico del vodka que lleva su nombre, desde cuyos efectos pueden apreciarse mejor algunas verdades emblemáticas del país y de su gente. Viniendo del trópico sorprende, por ejemplo, la total ausencia de moscas en el mercado libre pese al expendio de pescado y más aún la profusión de baños sauna –uno per capita- , así como la erradicación total del analfabetismo y el porte de carné de biblioteca del 60 por ciento de la población. Por cierto que para los finlandeses, las palabras son su principal arma mágica desde el epicentro mismo de su cultura, es decir, desde su epopeya nacional, el Kalecava, donde se relata, mediante poemas, cómo al ancestral Väinämöinen le resulta fácil dominar el hierro y el fuego, las serpientes y las enfermedades si conoce las palabras que revelan sus orígenes. Al final el viejo sabio acabará liberando al sol que el pueblo del norte (los lapones) habían mantenido cautivo en una montaña. Liberada de ese modo la luz de las tinieblas quedó plasmada en la literatura finlandesa una huella filosófica indeleble.

A las reflexiones sobre la literatura finlandesa y a los últimos vestigios luminosos del día, viene a aportar un rayo de entusiasmo Veijo Meri, un escritor provocador cuyas declaraciones, de comienzos de los años 80: “Adoro escribir como si anduviera en moto en el filo de un pontón”, le vienen como anillo al dedo a esta escritora en moto por el puerto de Helsinki. Evocar su novela Reflejo de una mujer dibujada en un espejo alborota otras empatías: la de los juegos con los destinos del tiempo, la de la disección del espacio y viceversa…

Con tantos pensamientos, el viaje en Ferry desde Helsinki hasta Tallinn, se hace corto. Otros moteros también otean el horizonte desde las modernas claraboyas y exclaman en italiano, en alemán, en inglés, al sentirse presas de una lúdica maquinaria, es decir, del tiempo. Si no fuese por los modernos transatlánticos de fabricación escandinava atracados en el puerto, estaríamos formando parte de una estampa vikinga en la que los velajes rojos contrastan con los azules acrisolados del mar, del cielo y de la costa verde-azul de la capital estonia. La cilindrada atrae la curiosidad de los funcionarios de inmigración y de aduana, pero más aún les crea intriga la documentación venezolana. Los eternos minutos de espera son compensados más tarde con un busto familiar frente a la biblioteca. ¡Es nuevamente el de Dostoevsky!.

El burgo antiguo reverbera a punta de restauración. La sensación de escenografía desaparece paulatinamente cuando la luz vespertina se detiene en el campanario. Se mezclan entonces los estonios y los foráneos y del mestizaje surge música. Cerveza y aperitivos aparecen entonces, en un festín limítrofe entre el pasado soviético y el presente europeo, junto con la prisa por develar los aspectos más modernos de la ciudad y por demostrar la convivencia entre lo antiguo y lo postmoderno.

El amanecer sucede mínimo, equivale a partida. Cualquier atisbo de nostalgia se enreda en la velocidad. Infinitos árboles vuelan a ambos costados de la moto. Según el mapa debería verse el Báltico por el flanco derecho. Engañosos, truculentos, fraudulentos, los planos sólo muestran líneas rectas y mensurables. En cambio, el verdadero trayecto hacia Riga se sostiene en una pesquisa, en un móvil, en un deseo: Aspirar pronto el salitre…

Frío y azul acerado es el espectro marino, su horizonte breve. Falta devorar aun doscientos kilómetros de árboles y de asfalto para llegar a Riga, Ciudad y puerto, la capital de Latvia no admite diminutivos de ninguna especie. La más simple de las guías turísticas supera las 125 páginas de posibilidades de carácter nacional y cosmopolita. Eso sin dar cuenta de las sorpresas callejeras. Súmense pues a los 800 años de historia de la ciudad, a la arquitectura, al exótico champagne regional, al queso con comino, a los excelentes artículos textiles, de cuero o de madera, a la inmensa variedad de ámbar y, por supuesto al aromático vodka local, la energía emergente de un pueblo acostumbrado a sobrevivir a las invasiones foráneas y a los abusos cometidos en su contra por su propio dictador. Una energía de libertad recién conquistada se manifiesta en el florecimiento de la ciudad, en la vitalidad de la gente y en un orgullo nacional que se hace notoria hasta el punto de haber ideado una distintiva sortija llamada Naméju, la cual utilizan para identificarse como letones donde quiera que se encuentren.

Cuando cae la tarde, las calles de Riga se convierten en un espectáculo humano en el que músicos y acróbatas entretienen a los paseantes, mientras la luz convierte en obra pictórica cualquier rincón, iglesia, plaza o camino. Otras exclamaciones aguardan al visitante si opta por hacer el recorrido en lancha por la ría que conduce al Báltico. Las inmensas grúas a ambas riberas semejan figuras de ciencia ficción en defensa de los astilleros, del comercio y de la prosperidad del país.

En apenas tres días se ha vuelto hábito el despertar en una ciudad y dormir en otra. Atisbar ha suplantado al verbo ver y ha devenido droga y por tanto dependencia. Atrás van quedando los recodos de la víspera, cuando nuevamente a lomo de acero, comprimido el tiempo en el vasto espacio de la velocidad, se vitorea el presente continuo, ¡qué no acabe nunca el paisaje perpetuo, el cadencioso desplazamiento por autopistas recién financiadas con ayuda de la Unión Europea y a ambos lados, vacas y flores de manzanillas, voladoras ambas por efecto de la aceleración! Sin añorar el arribo, ni evocarlo, ni imaginarlo, prolongar, en cambio, la libertad del recorrido hasta Vilnius. Por haberlo desafiado, el tiempo se ha vuelto medroso y breve, apenas alcanza para girar en espiral sin desembocadura posible y perderse en calles que conducen hacia siglos remotos. Con el casco entreabierto, el aroma también remite a un nunca. Estamos atrapados en una cotidianeidad ajena, en un laberinto. En medio de señales equívocas jamás llegaremos a destino alguno. Los parroquianos liban en paz, sólo les causamos risa en nuestro apuro extemporáneo. Pasamos una y mil veces frente a nuestro destino, sin reconocerlo y vamos cayendo en cuenta en que jamás recuperaremos el tiempo necesario para conocer ni tan siquiera una ápice de la capital lituana. A segundos de la resignación hallamos finalmente el lugar. El paseo amurallado contrae otras curiosidades. Se está bien en la calle que nos toca en suerte conocer a pie. Allí censamos la actividad humana, el siglo XXI en marco medieval; la pujanza juvenil, las vitrinas oferentes y nuevamente el sincretismo entre el pasado soviético, el presente redivivo y el futuro paneuropeo, pero va siendo la hora de dormir porque mañana, dentro de unos 600 kilómetros, lo haremos en Polonia y luego Alemania.


Relatos de viaje (II): Polonia, la señora que se escribe


Por Eva Feld

El camino a Varsovia resulta enojoso y lento, las carreteras aterran por irregulares. Hay trabajos en la vía a cada 10 kilómetros. Compensan la lentitud y el engorro, la profusión de cigüeñas, el anclaje pastoral, el cambio en el huso horario que nos permite recuperar una hora de las muchas perdidas en ruta. La lentitud en moto es contrasentido, el cuerpo se rehúsa a entender el quiebre de la inercia, el centauro resiente el freno, se encabrita, relincha hasta lograr de los dioses una condescendencia. Contenido, refrenado, físicamente sometido a los avatares y a las normas de tránsito que le impiden correr, al Centauro le es dado soltar las riendas intelectuales y emotivas, volar con la mente, con la memoria, con la inteligencia hasta el recóndito nervio de Polonia hasta censar la tesitura de un pueblo sometido a todas las formas de barbarie del siglo XX; la devastación hitleriana, el exterminio de la población judía y, luego, el yugo implantado con desprecio por Stalin para quien aplicar el comunismo a Polonia equivalía, según sus palabras, a “ensillar a una vaca”.

Liberada la mente de la lentitud del trayecto que poco avanza sobre Varsovia, otra fórmula de aceleración acapara las circunvalaciones del pensamiento, se viaja entonces no sólo hacia la capital del noveno país más grande de Europa, ni al epicentro político administrativo de una población que supera los 38 millones de habitantes, sino a la materia prima que dio vida y destino a colosales escritores. Acuden a la memoria en orden aleatorio, sin cronología, jerarquía ni prejuicio: Czeslaw Milosz, Witkiewicz, Schulz, Gombrowicz, pero, acaso con más fuerza, Andrej Kusniewicz, autor de Las dos Sicilias. Un nuevo desvío, otros obstáculos y más cigüeñas en postes y chimeneas permiten, no obstante, recordar que la acción de esa novela se sitúa en el momento del asesinato del archiduque Francisco Fernando, en Sarajevo, 28 de junio de 1914, fecha sobre la cual el novelista hace cabalgar el comienzo del siglo XX; lo hace intercalando, en su lubricado texto, voces fronterizas: croatas, rumanas, húngaras, alemanas y tejiendo en crineja, en conjunción, todas las artes: música, pintura, literatura. Recuerdo lo que dice un personaje: “…el siglo XIX se extinguió, murió de viejo, en el momento en que Lautréamont escribió su obra inmortal, marcando un hito en la historia del pensamiento humano y más aún en la imaginación que domina sobre el pensamiento, en una palabra, cuando aparecieron Los cantos de Maldoror…0 tal vez fuera ya cuando se abrieron Las flores del mal de Baudelaire… El anterior siglo del vapor, de la electricidad y de la teoría de Karl Marx , nació en el momento de la toma de la Bastilla (1789) y murió cuando apareció una nueva época en el arte, un nuevo pensamiento creativo en la música y en la pintura, cuando los cuadros de David y Delacroix resultaron ser una antigualla de museo y cuando, después de las visiones de Van Gogh, a orillas del Sena, nació el primer cuadro cubista...” Pero el interlocutor, en la novela, está más preocupado por un enigma, por lo que sucederá a partir del momento del que se es testigo y también participante pasivo.

¿Pasivo? Me pregunto, en este suelo polaco, como el personaje de Las dos Sicilias, cual hito humano ha de marcar el advenimiento del nuevo siglo. ¿Será una escritura ubicua, una que permita narrar sin escatimar? No era eso, acaso, lo que pretendía Stanislaw Ignacy Witkiewitcz (Witkacy), dueño de una sintaxis vanguardista particular, desde la cual produjo numerosos dramas, novelas, artículos y ensayos filosóficos, todos, ay redundancia histórica, incomprendidos en su época, durante la cual las moralinas utopistas invalidaban el tema de la degradación o el de la destrucción de la civilización, pues la catástrofe era entonces un asunto impopular tanto para los comunistas como para los fascistas. Irrita a los fabricantes del “hombre nuevo”, el esbozo que Witkacy hace del futuro de la raza humana: seres despiadados, desalmados y sin pensamiento individual. Para Witkacy el asiento político de todo totalitarismo se halla en el deleznable pragmatismo oportunista y reductor. Witkacy fue uno de los que le atribuyó al aburrimiento rango artístico, como también lo hicieron, entre otros, en su momento y en su idioma Alberto Moravia o Samuel Beckett, a través de la decepción, el primero y el absurdo, el segundo. Y, como colofón, el suicidio, como le ocurrió, en francés, a Ionesco. Así pues, una estética de catástrofe y de supremacía del arte puro, precisamente la filosofía de Witkacy, se impuso en Europa, sin que importe en absoluto definir supremacía o autoría intelectual. Podría decirse que fue el fantasma que salió al rescate del individuo en un tiempo afectado de masificación.

El eterno y previsible movimiento pendular de lo humano suma somnolencia al retardo, una parada con refrigerio y reposición de gasolina, sirve de tregua al somero recuento literario. Faltan aun dos novelistas para llegar a Varsovia. Estos dos, hartos de Dios, se invisten y crean mundos de ficción convincentes y extraordinarios pero sin ánimos de suplantar el real. No hay en ellos utopía ni moralina. Me refiero a Gombrowicz y a Schulz. El primero porque reside en el caos, porque aún cuando constantemente parodia géneros y estilos, el suyo propio, tanto por el lenguaje como por el contenido, se ubica en un ninguna parte y está habitado por no personas cuyas preocupaciones existenciales totalmente absurdas son capaces de arrancarle descripciones tan magistrales que a la sazón devoran en su contenido cualquier incertidumbre. De tal suerte que el pathos radica en la forma o en la deformidad. El sólo concepto de que su narrativa esté poblada de no personas, habla en sí mismo, pues no hay en ella máscaras que tumbar. Se puede, por ejemplo, construir una novela policial en torno a la muerte de un pájaro o construir belleza en el impredecible abismo que separa a dos seres cuando entran en contacto.

En cambio Bruno Schulz desanda el mundo para cabalgarlo en metáfora. El judío, el diferente, el alterado polaco, que halló la muerte en un campo de exterminio y que le huía a aquello que preveía como desenlace del siglo XX, convierte su ciudad en apología, la convierte en Las tiendas color canela. Sé de él que además dibujaba y que algunas de sus obras están expuestas en el Museo de Literatura de Varsovia, junto a las de Stanislaw Ignacy Witkiewicz. Otro escritor, Adam Mickiewicz(1798-1855), prócer y poeta romántico le da nombre al museo ubicado en el reconstruido casco antiguo de la ciudad.

Decadencia austrohúngara, realismo socialista, pujanza y reconstrucción pudieran constituir los cuatro puntos cardinales que condensan la primera y peregrina impresión al llegar finalmente a Varsovia. La amplia avenida otrora imperial sembrada de edificios de vivienda popular; la sede monumental de las artes, regalo de Stalin a la ciudad, remedo de clasicismo trasnochado; los sitios, casi despoblados de estructuras originales, donde ocurrieron los horrores del siglo XX, las copias (igualmente reconstruidas en su mayoría) de palacios y palacetes reales, dan cuenta de una ciudad herida de cuyas cicatrices ha de brotar aun mucha hiel. A juzgar por las estadísticas, Polonia es el país del este europeo, donde el ascenso en el escalafón socioeconómico gracias a la adquisición de educación superior es el más alto, se habla de 57.2 por ciento. Se borra progresivamente la influencia de la vieja nomenclatura dando paso a una sólida clase media tanto universitaria como de nivel técnico. Sin embargo, se reconoce el detrimento en cuando a los desempleados, los obreros, los mineros, los agricultores, las minorías étnicas y los ancianos. Este denominador común en la Europa poscomunista puede ser constatado en contrastes espectaculares. Por ejemplo, los guías de turismo son perfectamente políglotas y con conocimientos superiores de historia, arte, geografía y cortesía; los plomeros polacos están siendo cotizados en el resto del continente por su calidad y experticia; la proliferación de centros privados de enseñanza puede ser constatado a simple vista, pero por otro lado subsiste un desfase en la capacidad del Estado en suministrar vivienda, trabajo, salud y consumo a un vasto sector de la sociedad.

Tras tan contrastante recorrido por la ciudad, incluyendo el sitio del antiguo gueto, el barrio judío, la zona residencial elegante, el Castillo y el Parque Real, con monumento a Chopin incluido, se llega al casco antiguo de la ciudad. Allí se va perdiendo paulatinamente el resquemor de encontrarse frente a la reconstrucción, no siempre ajustada a los modelos originales, de las antiguas edificaciones, al contacto con una población creativa. Músicos de todas las edades, desde niños escapados de cuentos a lo Dickens, afincados en sus violines, hasta magistrales ejecutantes de Chopin al acordeón, pasando por talladores de madera, enhebradores de ámbar, bordadoras de manteles, vendedores de golosinas, bandas de jazz, nada falta para engalanar las calles. Puede uno toparse también con vistosas bodas y sus cortejos, tiendas especializadas en catolicismo con toda la memorabilia posible del finado Papa polaco y, por supuesto, suculentos bocados que abarcan desde repollo relleno y chuletas ahumadas, hasta sopas de gulash, de papas, de habas y salchichas y embutidos y pan negro de corte grueso y cerveza, todo matizado con el jolgorio callejero, vívido disfraz de la edad media. ¿Sería por huir de la monótona reconstrucción, repetición y falsificación de la historia que otro escritor polaco, Stanislaw Lem, (1921) optó por la ciencia ficción. Tenía 40 años cuando dio vida a su Solaris, que luego fue llevada al cine por Tarkowsky en 1971. Ya poco se le recuerda por disentir de Borges en la forma de abordar los libros que jamás fueron escritos (Memorias encontradas en una bañera), ni por La fiebre del heno o La investigación. Acaso las versiones audiovisuales hayan lesionado su legado estrictamente literario, el de un escritor que tras haber conocido en carne propia los espantos del siglo XX, se ha adelantado a iluminar los del siglo XXI.

Ahora que la melancolía parece volver a surcar los intersticios de la moda intelectual, como lo demuestra la exposición en curso, en el Gran Palais de Paris, podría confesar la mía, la que experimento frente a los grandes escritores polacos que supieron como pocos reflejar en palabras nervio y tesitura, espacio y tiempo, significado e inferencia. Ahora que adelanto los avíos del zarpe hacia Alemania, creo haber aprendido a rodar despacio en tierra polaca y a no rehuirle a la melancolía que resuma.


Relatos de viaje (y III): Alemania: del nacionalismo a la universalidad

Por Eva Feld


Hamburgo: la germanidad rediviva


Ofuscación, prejuicio y monomanía me emprenden hacia Alemania. Tanto saber de ella sin conocerla. Siempre bajo sospecha, perpetuamente culposa de casi todos morbos del hemisferio occidental, desde las dos guerras mundiales y el mal de filosofar, pasando por tantos desgarramientos como armonías en poesía, en música, en arte, Alemania ejerce desde siempre sobre mi, bien sea por atracción o por rechazo, virtudes magnéticas en grado superlativo.

Signan mi expectativa de Hamburgo, las imágenes en blanco y negro de buques nazis y los incendiarios discursos fascistas y antisemitas que allí, en el puerto más importante de Alemania, fueron tan furiosamente desplegados, que hoy, a mucho más de medio siglo de distancia, aún reverberan. Sé que yerro y me prometo poner empeño en perseguir todo aquello que desmonte ofuscación, prejuicio y monomanía. La aceleración calma, las autopistas alemanas no conocen límite de velocidad, ni desperfectos, ni siquiera el polvo. Los moteros nos saludamos en la vía haciendo un leve gesto con el pie, la parada de reabastecimiento afianza aquello que todo el mundo sabe acerca de la gastronomía alemana al ofrecernos salchichas con papas o pastel de carne con Sauerkraut.

Hamburgo no asume revancha alguna frente al muro de aprehensiones que seguimos siendo a medida que nos aproximamos a la ciudad. Por el contrario, parece respetar la rebeldía de los diletantes, la arrogancia de los visitantes y su curiosidad. Allí está el puerto, generoso espectáculo de navíos y embarcaciones, astilleros y grúas, pero también rica cantera en relatos de pescadores y marinos mercantes, cuyo anhelo mayor consiste en divisar pronto la Iglesia de St. Michaelis para saberse de nuevo en casa y poder contar, desde siempre, las más emblemáticas aventuras de sus travesías más allá del Mar del Norte y tomarse una cerveza tibia y encontrarse con sus mujeres y con amigos para que no se detenga nunca la rueca que hila la historia autóctona de ese pueblo pasándole por encima al recuerdo de los bombardeos que causaron la destrucción total del casco antiguo de Hamburgo en 1943. Unas cuadras más allá del puerto se yerguen las casas y los hoteles de la clase económica dominante. Pero la ciudad de Hamburgo pertenece por igual a todos sus ciudadanos. Está concebida para ellos. Allí se les ve alimentando cisnes en los canales, navegando en veleros de fin de semana, hablando de negocios en las múltiples cafeterías. Allí están las personas mayores aprovechando el sol de otoño o la sombra de verano y apurando el paso a toda velocidad para sacarle el máximo provecho al tiempo, cuya puntualidad no admite sospecha. Los mayores se han ido habituando a tener nietos punketos con cabello engominado y de colorinches y a que lleven piercings en las orejas, en el ombligo y en las cejas. Los hamburgueses se han acostumbrado a que múltiples músicas atraviesen el espectro sonoro y a ser observados por turistas desde las ventanillas de los autobuses; se han adecuado al stress y a no ceder en cuanto a su calidad de vida por la que pugnan, luchan, pululan y se esmeran; trabajan duro por zafarse de los estigmas del pasado y por construirse un futuro equidistante entre las tradiciones y la ultramodernidad. Eso sí, siempre en alemán, rehuyéndole a los anglicismos. La lengua es asunto serio en Germania. Desde el marchante turco hasta la camarera rumana, pasando por el mesonero argelino, todos han tenido que pasar dos pruebas difíciles para sobrevivir en Hamburgo: aprender el idioma y la exigencia de los alemanes.

El magnánimo edificio del Ayuntamiento y sus alrededores invitan a estarse, que transcurran pues las horas y pierda brillo la luz en las junturas de los adoquines; que los escolares invadan los espacios y los banqueros salgan de los vitrales financieros; que los comerciantes cierren los almacenes desde cuyas vitrinas centellean impecables productos de alta tecnología, fina moda, lujosas joyas de precisión emblemática o juguetes extraordinarios; que por las calles aledañas circulen autos Audi, BMW, Volkswagen con ventaja numérica sobre los demás y que rueden bicicletas, patines, motos. Sí, motos, pero ninguna como la nuestra, porque sobre ella hemos recorrido miles de kilómetros, dejando atrás fragmentos de Rusia, Finlandia, Estonia, Letonia, Lituania, Polonia y de la cual habremos de desprendernos en breves momentos para convertirnos, a despecho, en bípedos transeúntes sometidos a los horarios de los trenes y de los autobuses, en presa propensa a sorprendentes contradicciones, como las que ofrece la terminal ferroviaria más grande de Alemania, a la cual llegamos escrupulosos para tomar el tren rápido hacia Berlín porque el viaje está llegando a su fin.

Berlin: la meca del eclecticismo


A ratos el tren alcanza los 200 kms de velocidad sin vibración ni ruido. Extrañar el viento y la mirada total sobre el universo circundante, es decir el viaje en moto, va quedando paulatinamente suplantado por una suerte de perplejidad. El camino a Berlín entraña. Sé que se ha convertido en referencia arquitectónica del mundo, sé que la capital reunificada es un reto superado con creces y que subsisten en su seno junto con las malas evocaciones, los más incisivos y lúcidos creadores europeos. Algo por herencia y mucho por turbación, pospongo, aplazo, relego. Vuelan en mi mente imágenes lacerantes, la Puerta de Brandemburgo, el apellido Goebbels, las lecturas de las respectivas versiones, la de Goethe, la de Mann, del Fausto. Me parece escucharle retos al diablo. Me tienta a seguir lucubrando, a no dejarme arrullar por los efluvios hedonistas que manan desde el vagón restaurante, ni por el sinfín paisajístico que desfila enmarcado en los enormes ventanales del tren. ¡Qué piense, qué conjeture, qué imagine, qué no me conforme hasta aprehender!

En la puerta de Brandemburgo

Si la sensación al alejarme de Hamburgo me revela su sempiterna capacidad de reconstruirse para jamás dejar de ser alemana, sospecho de Berlín que a pesar de haber recobrado su unicidad como capital de Alemania, o, a lo mejor por ello mismo, se proyecta por encima de lo nacional, en la consecución de una identidad universal, ecléctica y futurista. El diablo ha triunfado, una vez más, en su intención de predisponerme. Acepto la hipótesis y me hago la promesa de no descansar hasta demostrar, por la vía empírica de la experiencia, del ensayo y del error, que sólo a través de ambas miradas, la concéntrica y la excéntrica, es posible vencer toda ofuscación, prejuicio y monomanía de quien como yo, creyendo saber tanto de Alemania, la desconoce con profunda admiración y rechazo.

Los aperos de motera (el casco en ristre, la chaqueta con hombreras y protectores en los codos, la mochila en la espalda) sirven de camuflaje a la emprendida, cuya primera escala ha de ser la torre de la televisión, símbolo y emblema de Berlín oriental, el Alexanderplatz, con su reloj circular y la pulsión citadina de un día corriente. Este primer atisbo incluye andar en metro, refugiarse del torrencial aguacero bajo los aleros de la Catedral, pasarle por delante a la estatua de Humboldt y mirar, embelesada, un afiche gigantesco de Einstein.

Existe un abismo entre las noticias económicas y políticas, que permanentemente reseñan déficit tanto en el presupuesto como en la gobernabilidad, y la palpitante realidad sensorial que ofrece la capital alemana. Cada esquina un volcán de diferenciación ya sea por sobriedad o excentricismo, Berlín palpita variedad. La Puerta de Brandemburgo misma, emblema tanto de la división como de la reunificación de Alemania, se convirtió a la caída del Muro, el 22 de diciembre de 1989, en el epicentro de un debate conceptual. La pregunta era si debía quedarse vacía la Plaza Pariser como lugar conmemorativo o si debía reconstruirse según había sido antes de la destrucción bélica. Al final se optó por reconstruirla, según el plano antiguo, pero imprimiéndole modernidad a los nuevos edificios, sobre todo embajadas, oficinas públicas y bancos. Luego, a poca distancia, otros portentos arquitectónicos, como el Monumento a los judíos asesinados en Europa, ubicado al sur de la plaza, que consta de 2.751 estelas de hormigón diseñadas por el norteamericano Peter Eisenman. En dirección contraria, el Reichtag, simultáneamente reconstruido e intervenido, conserva su aspecto histórico mientras que la cúpula, que había sido volada con dinamita, ha sido reinventada como una espiral acristalada desde donde es posible divisar 360 grados de la ciudad, pero al mismo tiempo, por su transparencia, implica una nueva simbología. Muy cerca se encuentra la Cancillería, un verdadero ejemplo de pragmatismo y estética. Otras consideraciones marcan la ruta del autobús turístico, cuatro kilómetros de ruta comercial, palacios y palacetes, sedes descomunales de trasnacionales japonesas, americanas, europeas, iglesias, embajadas; a los museos, y casas de opera, teatros y centros comerciales, súmense los espacios públicos, las plazas, los parques, los cafés, los canales y el despliegue infinito de otredad visible en árabes, africanos, latinoamericanos, con sus costumbres, sus canciones, su gastronomía, su indumentaria. De pronto, la policía toma la avenida con patrullas vehiculares y motorizadas para custodiar la marcha de una treintena de mestizos vestidos de blanco, armados de tambores y timbales. Nadie se inmuta, lo extraordinario transcurre con total naturalidad, forma parte de lo cotidiano al igual que la continua presencia del pasado. El llamado Check Point Charlie está en la ruta de todos los recorridos turísticos como para que no se olvide, que fue un inminente punto fronterizo entre las dos Alemanias, uno de los más importantes de los del Muro de Berlín, cuyos vestigios, al igual que un museo, pueden ser visitados previo pago de peaje…. quien desee, además, retratarse con soldados aliados y banderas ha de pagar un euro adicional. Sin embargo, acaso más impactante resulte visitar sin costo alguno la “Topografía del terror”, una exhibición de fotografías y sus leyendas alusivas, con imágenes archiconocidas del nazismo, pero que, sin embargo, por estar expuestas en lo que queda de lo que fue uno de los sótanos de la GESTAPO, despliega una escalofriante adecuación documental.

La Topografía del Terror debajo de los vestigios del Muro

El viaje inconcluso a Berlín no puede acabar con semejante nudo en la garganta. Habrá que regresar aún sabiendo que se volverá a renovar la sensación de incompletitud, pues la capital de Alemania se ha convertido, además, en el epicentro de festivales de todas las artes, de todos los espectáculos, de muchos deportes, así como en infinitas introspecciones, interpretaciones, inferencias. Siempre será imposible conocerlo todo, pero esta vez hubiera querido, al menos visitar el Museo Judío, acaso el edificio más importante de la última década del siglo XX y que abarca una cuadra entera. He de conformarme, por ahora, con su aspecto exterior, que no es poco, pues su forma, si se la mira desde arriba, asemeja una estrella de David abriéndose, desplazándose hacia la línea horizontal como si se tratara de un inmenso relámpago que estruendoso y omnipotente revive la pérdida del pueblo judío en suelo alemán mostrando en su laberíntica estructura todos los recovecos culturales, históricos, religiosos e idiosincrásicos. Berlín luce, ahora lo constato, por la vía empírica de la observación, la experiencia, el sentimiento, el ensayo y el error, como una ciudad universal, ecléctica y futurista.

sábado, 24 de mayo de 2008

Fulgor a no olvidar


Por Eva Feld


La cronología es fraude, alegoría. ¿Acaso no transcurren milenios en un atisbo?, ¿acaso no perdura un segundo en el tiempo? Por esa autarquía se podría afirmar que el siglo comenzó exactamente el 11 de abril del 2001. El día y a la hora en que fue destruido el World Trade Center, pináculo y emblema del sistema capitalista. El doble falo fue cercenado primero y destruido después en el más estridente espectáculo visual jamás antes acontecido. El espectáculo de ver cómo caían los edificios de viga y concreto como si fueran de harina, azúcar y huevo fue observado simultáneamente y en vivo por millones de personas aleladas, entre las cuales seguramente se encontraban los orondos artistas plásticos que, en la década de los años sesenta/setenta, proclamaron el arte conceptual como su forma de expresión en parte para crear ruidos en la organización y en el organigrama del esplendor económico. Han de girar el prisma a través del cual miran, para retratar nuevamente al ser humano. Acaso no haya estado equivocado nuestro querido Don Diego Barboza, Premio Nacional de Artes Plásticas 1997, al reivindicar el valor de los retratos y de los enseres desde su taller decimonónico, él que en Venezuela fue pionero del arte conceptual y de las "performances" y que falleció también en abril, hace apenas un año, proclamando que quizás sea éste momento de ocuparse nuevamente del ser humano, del sobreviviente y de hablarle al hombre del futuro de su pasado tan remoto como próximo para recordarle su esencia. ¿No será acaso ésta la mejor hora para el expresionismo redivivo, para el repunte manierista como manifestación de individualidad frente al desbocado presente en el que el espectáculo del caos ha dejado de ser coyuntural para asemejarse cada vez más a un sí mismo apocalíptico? ¿Será éste también instante para el atorrante verbo, para que en literatura se imponga, por encima de la liviandad y el anecdotario de la inmediatez, el expresionismo manierista de los grandes escritores, de los grandes debates, de las grandes ideas? Tal era la ambición de Diego Barboza, el gran animador cultural, el transformador de la imagen en metáfora, digno representante de Pirandello así en la tierra como en el cielo, al concederse un espacio de representación en el que él mismo fue actor múltiple de sus propios personajes. Así se ocupó de ser recordado, así transformó la realidad de quienes lo conocieron, creándole a cada quién una ficción muy particular.

Algunos, entre ellos el escritor y periodista Nelson Hippolyte, conservan al lado del vívido recuerdo de los cuadros de Diego Barboza, aquel cumpleaños memorable, durante el cual el artista sorprendió a sus invitados presentándose ante su madre tal como vino al mundo: leso, genuino y totalmente desnudo. Otros, como la pintora Luisa Richter, han expresado su admiración por el autor múltiple capaz de cambiar el tiempo y el espacio tanto en la vida real como el en lienzo y tanto en lo doméstico como en lo público. De su vida y obra se han ocupado curadores, críticos y directores de museo; sobre él han escrito, entre otros, Elisa Lerner, Juan Carlos Palenzuela o Juan Calzadilla, pero, a pesar de los reconocimientos y de los premios, el artista, el ser omnívoro, vivió siempre al acecho de la creación, simultáneamente en el abismo y en la elevación y fueron precisamente esos trances los que lo llevaron en enero del año 2000 a querer revivir en el ámbito venezolano las grandiosas vivencias de sus admirados predecesores franceses, italianos, alemanes y Reverón. Inválido ante la falta de un Montparnasse, se empeño en creárselo muy a su manera venezolana. Bajo el título de Convivio quiso reunir periódicamente en su taller, a un grupo ecléctico de creadores y junto a ellos leer, actuar, pintar, discutir, escribir, crear. En suma: vivir.

Fui designada oficialmente cronista de aquellas tardes y testigo de excepción de los más altos vuelos de ese infatigable Ícaro llamado Diego Barboza.

Caracas, Convivio del 4 de enero 2000

Acordamos en una primera reunión, retroceder hasta el Renacimiento temprano como punto de partida para el análisis de la plástica y del pensamiento en la historia de occidente, pero dejamos todas las ventanas abiertas para posibilitar otros tránsitos. La experiencia ha de lanzarnos al centro de nosotros mismos. Materia prima de nuestra experimentación: los sentimientos y las líneas, la psique y los colores, la perspectiva y la poesía, las emociones y el pensamiento ¿No ha sido esa la médula espinal del Giotto al desaurificar a los santos, o de Dante al confrontar al hombre con sus demonios? ¿No introdujo Velásquez, en España, una óptica y una estética punzo penetrantes al reflejarse junto a sus Meninas y además irrespetando las proporciones, las jerarquías y los parámetros vigentes hasta su época? Diego promete para la semana que viene hablar por boca de Cimabue, alias Cenni Pepi, oriundo de Florencia y maestro del Giotto. nos dará sobre todo su versión maracucha universal y futurista. ¡Amén!

18 de enero

Somos seres imantados. A la reunión de hoy se nos sumó Luis Villamizar, artista plástico y con ese sólo fenómeno de convertirnos en cuatro, conformamos por instantes la rosa de los vientos. Con el norte errático y sin estrellas rutilantes, la reunión de hoy fue caos. No hubo viaje dantesco sino caricatura docente, no hubo personificación del Giotto, sino desbordamiento desordenado; hubo, sí, en la destemplanza que produce sentirse al pairo, algunos atisbos. Luis quería a toda costa que Diego hablara de las dificultades reales, plásticas, técnicas, puntuales, que confronta actualmente en la pintura figurativa y hubo en su tono tanta afectividad como reclamo: "Fuiste precursor del arte conceptual en Venezuela ¿cómo es que retrocediste hacia la pintura?" La respuesta de Diego, que tan elusiva le resultó a Luis, pretendía exponer que la trayectoria creativa no es una línea recta sobre la cual se pueda avanzar o retroceder, sino un círculo concéntrico. Intentaba hablar Diego de la complejidad pero de su boca sólo fluían anécdotas ilustrativas, hasta que de pronto, en un arrojo se lanzó por las escaleras para reaparecer minutos más tarde, cargando varios cuadros de Luis Villamizar y uno de Alejandro Otero. Se hacía preguntas en voz alta: ¿Qué contiene el blanco, cómo rasgar la luz, cuál es el límite dimensional de un cuadro, cuál es la presencia del hombre ausente del lienzo y viceversa? La luz languidecía, por momentos fuimos sólo siluetas conversando, intimando. Cuando la humedad que genera la luna llena comenzó a colarse entre mis huesos, me descubrí acariciando uno de los cuadros de Luis de los que Diego había traído, era un objeto voluptuoso, un caracol adosado mediante macilla al liencillo y todo aquello estaba coloreado en verdiazul, todo menos el laberinto, que desafiante clamaba en procura de penetración.

26 de enero

A la reunión de hoy asistió Gipsy, la restauradora de las obras de Diego y expuso su preocupación por la aparición de hongos en los cuadros. También ofreció posar desnuda para el maestro. Vino también Adele Mondolfi de Lemmo, cuya breve pero intensa intervención colocó a Diego como objeto de su investigación, la cual ya sobrepasa las 800 páginas.

Acaso el convidado más beligerante del encuentro de hoy fue el recién concluido retrato de Juan Carlos Palenzuela, hubo consenso, vimos en él un verdadero nudo gordiano.

2 de febrero

Hoy se nos sumó Enrico Armas. No ha cesado de trazar en lápiz o con creyones, líneas de expresión, caballos, policromas rayas de efecto. Le ha echado mano a sus catálogos para autocalificarse: "soy anacrónico, ecléctico y arbitrario.Me gusta mezclarme trenzar mis multiples lenguajes expresivos: a veces esculturas conceptuales, otras cuadros pintados.Soy emotivo, cada color responde a un estado anímico, a veces siento rojo, otras azul. En eso de la multiplicidad de expresión soy postmoderno, no me gusta encasillarme.

Luis Villamizar ha cumplido con su amenaza teórica en un texto urdido hacia 1993, pero luego develó cautelosamente los parámetros de su búsqueda personal: concertar con un grupo de indígenas un trabajo plástico mancomunado Hizo referencia a los mitos alojados en las máscaras rituales talladas en madera, las cuales, a petición o por encargo suyo, son ejecutadas en tamaños superlativos y con caras nuevas replanteando los signos y los contenidos. "Me hice hombre en el extranjero- nos explicó, ante nuestras incisivas preguntas- y al regresar a Venezuela, por supuesto que vi la realidad con ojos diferentes a los que la veían desde adentro. Incluso he logrado que esa mirada y su expresión plástica sean aceptadas en Nueva York, adonde otros artistas venezolanos se presentan con obras mimetizadas con la cultura metropolitana, es decir con trabajos que podrían ser el producto del Bronx, por ejemplo, pero no de Venezuela"

- ¿Podría decirse entonces que eres un neocolonizador del buen salvaje exótico?- le preguntamos exponiéndonos

- Yo no diría eso, yo busco lo contrario, que los indígenas preserven su cultura que está siendo amenazada justamente por las grandes potencias

- ¿En qué se diferencia entonces tu trabajo del de los misioneros? - insistimos

- Yo no niego que tenga una misión en la vida.

Sin perder la compostura ante nuestras provocaciones, Luis nos explicó que a través de una motivación antropológica y estética realiza una investigación plástica cuyos resultados no están predeterminados, sino que aparecen como consecuencia del aprendizaje. Diego cita a Duchamp como referencia al hecho de intervenir en objetos acabados. Enrico y Luis se refirieron a Steinberg, al aura de los objetos. Diego solicita respuestas más prácticas. cómo son exhibidos semejantes conceptos. Luis alega que "el arte no requiere respuesta inmediata, la investigación va de sí. A los artistas se les prohibe prácticamente experimentar, se les obliga a repetirse a si mismos, a convertirse en productos de consumo elitista". Enrico acota: "Francis Bacon es un buen ejemplo, multimillonario por sus éxitos pero confinado a pintar sólo ocho cuadros al año". Nada escapa a la diatriba, desde el Centro Sambil hasta el deslave del Estado Vargas desde las películas de Spielberg versus el cine de autor de Fellini. Sólo se proclama la unanimidad para acoger un refrescante jugo de parchita.

16 de febrero

Cumple años Doris, la esposa de Diego, la maga de las buenas infusiones sacraliza los convivios mediante placeres sensoriales: que haya siempre un delicioso bebedizo servido en artesanales tazas de barro y que las jarras simulen mujeres de amplias caderas con brazos como asas y con fuego en los chacras. En Venezuela la puntualidad es sólo lo que puede llegar a ser, una referencia remota, de modo que las primeras en llegar, Colette Deleuze y Adele Mondolfi, se encargan de caldear la atmósfera. ¿Cuál habrá de ser el sentido del arte en el siglo XXI y cuál, si alguna, la especificidad en Venezuela? Pero en eso irrumpe muy rubia, Cristina Policastro y tras ella, como bajándose cada uno de su nave espacial particular, Diego, Luisa Richter, Juan Carlos Palenzuela. Cristina Policastro lee su cuento El tractor azul y se desata un breve interludio sobre la estética cinematográfica. Palenzuela lee las cuatro cuartillas que ha pergerñado con precisión quirúrgica para la prensa. Luisa Richter, delgada como un silbido y profunda como un lago alpina, se mantiene etérea en su castellalemán y muestra el catálogo de su última exposición. Diego, soliviantado, excéntrico y maravilloso, no tarda en someternos sus dos últimos retratos, el de Marianela Ramos y el de Gioconda Rojas.

En el tiempo que transcurre entre un convivio y el próximo, todos vivimos las sorpresas telefónicas de Diego. Son apariciones dionisiacas, incendios imaginativos, fulgor a no olvidar. Hizo del deslave del Estado Vargas su Guernica personal, convirtió sus flores en tributo a Van Gogh y a Renoir, versionó a Leonardo y a Velásquez, a Bacon y a Dix, pero también a Buñuel de quien fue adicto e hizo de la vida y de la amistad un escenario de invención continua para el cual renació cada día. Hoy es un día, hoy también renace.


viernes, 16 de mayo de 2008

Freud: “Decir la verdad es una cosa impracticable”


Por Eva Feld


Hace cien años, un pequeño grupo de discípulos vieneses festejaron los cincuenta años de su maestro obsequiándole una medalla, grabada por un lado con su perfil y por el reverso la figura de Edipo respondiéndole a la Esfinge; en el canto hicieron grabar en griego, un verso de Sófocles que rezaba: “Quien resolvió el enigma y fue un hombre de gran poder”. En efecto, el hombre que resolviera la incógnita del inconsciente llegó a dominar buena parte del razonamiento del siglo XX. Sí, paradójicamente, aquel que demostraba la validez de los sueños por encima de la lógica aplastante de Descartes, signaba con su teoría la interpretación de la naturaleza humana en los tres planos equivalentes a las tres divinas personas: el de la vigilia, el del sueño y el de la culpa. O, dicho en sintagma, el ego, ya sea en sus manifestaciones voluntarias, kármicas, lúdicas, instintivas etc. Se trataba de Sigmund Freud, el inventor del psicoanálisis, el insidioso influyente que con sus experimentos sobre el alma humana trastocó todas las ciencias que le eran afines a la psicología. Desde la antropología y la educación pasando por la filosofía y la medicina no hubo enfoque que no contara con al menos algún espejo del calidoscopio a través del cual exploró Freud la psique humana. La catarsis, la transferencia, el mito de Edipo, la motivación y la represión sexual como lubricantes de la libido, se han convertido en conceptos incluso coloquiales para el hombre culto. Culto, sí, pues el psicoanálisis tiene su asiento en la historia del hombre, en su cultura, en su religiosidad y sus creencias; así como en las paradojas, en la dialéctica, en el monólogo interno y en el diálogo psicoterapéutico, es decir en la palabra eminentemente dramática, teatral, poética, aquella que transforma la realidad, aquella que inventa el pasado e igualmente reviste de metáforas el futuro. Aquella que una vez disociada la realidad de la rutina, de la lógica o de la razón, se adentra en los sueños, en los deseos, en las visiones, en las alucinaciones. Allí estuvieron los surrealistas para recoger en cadáveres exquisitos, producto de la escritura automática, algunos espléndidos ejemplos de saludable escisión del “yo”. Allí estuvieron los psiquiatras lidiando con la simultaneidad patológica del “yo” en sicóticos que representaban peligro. Allí estuvo Nietzsche, contrafigura de Freud, también en idioma alemán, para iluminar la posibilidad ultra utópica del superhombre, de un “yo” enaltecido. Allí surgieron en ristra figuras como Jung, Rank, Ferenczi para complementar, confrontar, debatir. En suma, para enriquecer la psicología humanista, la psiquiatría especulativa, la investigación empírica, la práctica ontológica, la terapia catártica, la clasificación de los impulsos y las pulsiones y su vinculación con los dioses y sus respectivos mitos y rituales conclusivos. La idea del sanador recuperó su condición shamánica. El psiquiatra como ser investido de sabiduría y poder logró crear desde empatía hasta devoción. Notable fue el caso, entre muchos otros, de Lou Andreas Salomé, la escritora, la gran amiga de Nietzsche y de Rilke, una de las más emblemáticas exponentes en la consecución de la libertad individual, intelectual y sexual de las mujeres, para quien Freud en algunos momentos representó simultáneamente la imagen sublimada de un padre, de un amigo y hasta de un amante.

Sublimada sí, pues es en el contenido de la sublimación como salvoconducto donde radica la vía de escape, el bypass entre norma y deseo y es en sus grados de asociación donde hurga el psicoanálisis en procura de respuestas. Desfragmentar la psique, ubicar las causas que motivan efectos, aproxima el funcionamiento psicológico del ser humano también a las leyes físicas, químicas, biológicas y hasta matemáticas, como lo están demostrando las ya no tan nuevas psicoterapias farmacológicas, sistémicas, eléctricas, en proporciones matemáticamente calculadas.

Sublimadas resultan también las sempiternas preguntas filosóficas que hacen del hombre un eterno adolescente en procura de respuestas convincentes y demostrativas. Quiere el hombre de hoy, como el de ayer, saber entre otras cosas en qué se diferencia del animal: si por su capacidad de razonar y de valerse para ello de la palabra; si por sus creencias atribuibles únicamente a la fe y a la aceptación de los misterios, o acaso por su facultad de padecer y gozar, es decir, de desear. Estas preguntas, como tantas otras, producen siempre incompletitud, una incompletitud pendular cuyo recorrido oscila entre las profecías y la gaya ciencia, entre el positivismo y la catequesis, entre el individualismo y el colectivismo, entre la objetividad y el subjetivismo y dan lugar a próceres de toda estirpe: Hegel y Kierkeaagard; Marx y Freud; Heidegger y Nietzsche Por nombrar sólo seis cabezas tendenciosas de los ismos emblemáticos del presente que mediante fusiones, híbridos y divisiones han producido placebos, panaceas, teorías y soluciones.

Sin embargo, tales sublimaciones han perdido poder ante la incompletitud y el vacío fortalecidos en los albores del siglo XXI; se ha perdido la capacidad shamánica de interpretación de la condición humana, se han mediatizado los misterios del conocimiento, en suma, se han banalizado. Podría decirse que Freud, aunque nunca negado a la fama, lo previó ya en 1925, cuando declinó colaborar con Samuel Goldwyn, por 100.000 dólares, en su película sobre amores célebres. En cambio, ese mismo año, apareció su autobiografía, Mi vida y el psicoanálisis, consagrada mucho más a su carrera científica y al desarrollo de sus ideas que a su vida personal. Y luego, en 1931, a un año de haber recibido el premio Goethe, pronunció en la municipalidad de Freiberg, (su villa natal), durante un homenaje que se le hacía, las siguientes palabras: “Desde que me otorgaron el Premio Goethe, el año pasado, el mundo me reconoce diferentemente y reconoce de mala gana mi existencia, pero sólo para mostrarme lo poco que eso importa…” A sus 80 años, le prohíbe a Arnold Zweig, uno de sus más antiguos pacientes, con quien además mantuvo profusa correspondencia, que emprenda su biografía: “Quien se convierte en biógrafo se obliga a mentir, a disimular, a embellecer y hasta a esconder su propia falta de comprensión, pues no se puede poseer la verdad biográfica y aquel que pudiera poseerla no podría emplearla. Decir la verdad es una cosa impracticable”.

En el subrayado, incuestionablemente nuestro, descansa, haciendo uso de una palabra cara a Nabokov, la quididad de la condición humana. En la suma y en la combinación de semi-verdades practicables habitan hoy las escasas respuestas filosóficas. Depauperado de su condición de imaginar y limitado en el uso de la palabra, el hombre del siglo XXI desconoce lo sublime. Reclamo para Sigmund Freud a 150 años de su nacimiento el beneficio del reposo y, en el canto de semejante divisa, un verso de Teódulo López Meléndez: “Desde la muerte la mirada cambia una palabra”.

domingo, 11 de mayo de 2008


Mayo francés:
¡Paren el mundo que me quiero subir!
por Eva Feld


A cuarenta años del mayo francés de 1968, hito histórico en el que contrajeron nupcias consignas diametralmente opuestas para reivindicar en la palestra pública con igual júbilo y simultaneo ímpetu desde el más floreado marxismo hasta la ilimitada libertad sexual, sus protagonistas anónimos, conquistadores de la posmodernidad, eternos diletantes, libre pensadores y nostálgicos sobreseídos del devenir político mundial, presenciamos alelados que el tren ultrarrápido en el que viajábamos hacia el futuro utópico y del cual quisimos apearnos para sembrar nuestras ideas y nuestras causas en el terreno fértil de las emociones revolucionarias, nos ha dejado convertidos en apacibles rumiantes de lo que ha devenido, muy a nuestro pesar, en pasado. Sin embargo, no todo está perdido, luego de darse la vuelta entera por la Vía Láctea, el tren de la historia está a punto de pasar de nuevo frente a nuestras narices y henos allí, en nuestra perplejidad, pretendiendo que haga un alto para volvernos a montar sin habernos tomado la dosis reglamentaria de dramamina para contrarrestar el mareo. Allí estamos intentando deslastrarnos de conocimiento y experiencia, haciendo aeróbicos y pilates para hacernos atractivos a las nuevas generaciones, intentando olvidar nuestras lecturas de Marcuse, Lacan, Lukacs o Althusser y ejercitando nuestros dedos para aprender a enviar mensajitos por el celular o actualizarnos en facebook, pasándonos a toda velocidad direcciones electrónicas que nos permitan estar al día en foros políticamente correctos, culturalmente actualizados y lucir aceptablemente consumistas.

Hubo un tiempo, sí, en que protestábamos porque las grandes ideas de los pensadores del siglo XX se iban comprimiendo a vulgaridad y desquiciamiento. Ahora comprendemos que las píldoras light a las que se han reducido las disquisiciones, los preceptos, las teorías y las ecuaciones de segundo grado son precisamente el carburante que consume el máximo motor de combustión interna que es la velocidad mediática. El conocimiento, el discernimiento, el debate, la dialéctica han quedado relegados a la habitación de los trastos viejos. Es el tiempo de los resúmenes, las síntesis, la inmediatez. Es la hora de encapsular el pensamiento que, dicho sea de paso, ha de ingerirse con burbujas edulcoradas para soportar cualquier efecto secundario.

Pensar se equipara con enfermedad, el antiguo precepto cogito ergo sum ha adquirido, en este casi medio siglo transcurrido desde el mayo francés, una sorna semántica; cogito sí, pero acordándole una acepción sexual. Si Marcuse acuñaba la desublimación sexual y cultural en el Hombre Unidimensional, que le dio título a su obra mejor conocida, su tesis, como los buenos rones que se añejan en barricas de roble, se ha mejorado a sí misma, proclamándose su definición de libertad como ciertamente incomparable con ninguna anterior. Una que no se conquista ni se sustenta y que tampoco se defiende, una que ha adquirido carácter de existencialismo por serle consustancial a la esencia humana, de manera que se nazca directamente libertino.

Lacan en cambio ha sido víctima de devaluación; si en los años 60 cabalgaba sobre el monstruo de tres cabezas que era para él el problema de la educación, tratando de descifrar lo real, lo simbólico y lo imaginativo para darle coherencia a sus teorías, estaría probablemente desconcertado ante el desarrollo subnormal que ha sufrido su quimera, en lo referente a lo real. Impávidos, quienes lo estudiamos durante los sucesos del mayo francés, vemos cómo lo simbólico y lo imaginativo son manipulados impúdicamente hasta reducirlos a adoctrinamiento y prefiguración respectivamente. La imaginación ha llegado ciertamente al poder y está prohibido prohibir, sólo que ambos residen ahora en el status quo. Por lo que lo simbólico y lo imaginativo se han desplazado hacia limitaciones fuertemente humanistas que impondría un hipotético Estado Social de Derecho, es decir, una legislación de tolerancia y respeto mutuo, una economía inclusiva y otras ideas más progresistas que revolucionarias, que implican más disciplina que libertinaje, más seriedad que consignas y evidentemente más circunvoluciones que velocidad.

No se solicita un Daniel Cohn-Bendit, el tren de la historia que regresa a toda velocidad se ha llevado por delante el placer estético por el que abogaban los filósofos alemanes de la escuela de Frankfurt, el precioso andamiaje verbal de los ensayistas franceses, a los pensadores de alta cilindrada que acompañaron los sucesos revolucionarios del mayo francés, pero trae consigo las libertades humanas consagradas en las constituciones y en los vocabularios de occidente. El tren de la historia cuya velocidad arrolladora enceguece a quienes lo quieren abordar desconociendo su itinerario y sus posibles paradas, sólo podrá ser tomado, paradójicamente, por quienes estén en capacidad de imponerle las paradas. Para lo cual se requiere una fuerza cuyo punto de partida se ubique en la palabra. Motor de combustión interna capaz de echar a andar un nuevo paradigma valiéndose de las ciencias del espíritu, de la musculatura pragmática y del esfuerzo contagioso.

miércoles, 7 de mayo de 2008

Tres retratos almados

por Eva Feld


Diego Barboza, (1945-2003), pintor venezolano, Premio Nacional de Artes Plásticas 1997, atravesó una intensa, pero poco conocida fase de obsesión por crear personajes, que es como prefería llamar a sus retratos. Cuando se cumplen cinco años de su muerte y en ocasión de celebrarse en el museo Thyssen-Bornemisza de Madrid una invaluable exposición de retratos, burilar un espacio en la masa informe de la desmemoria para recordar algunos de los suyos, resulta un acto de justicia, pues en el juego múltiple de espejos que reverberan entre el artista, su modelo y el cuadro resultante, puede acontecer que los demiurgos encuentren albaceas.

Queden aquí consignadas, pero invertidas, las tres primeras personas del singular: Él, tú y yo fuimos retratados por Diego Barboza.

Tímpano (un retrato de Fernando Batoni)








Entre apolíneo o dionisiaco el hombre auditivo se inclina. Helo aquí ensordecido por los colores espectrales del arte. Helo aquí de cuerpo quieto y obligado a escucharlos. El hombre que hoy posa es psicoanalista. Y se pregunta el artista, sin saber que cita a Zaratustra, si será posible hacer estallar el tímpano, romperle los oídos, a los que escuchan, para hacerles oír con los ojos. Será por eso que sobre el papel tendido, transformado en tambor, descarga impresiones para hacerlas resonar: el adentro y el afuera en percusión heterogénea. Vedlo allí al artista en su taller sobredimensionándole las orejas al doctor Batoni, deformándoselas, porque él intuye que existe en la estructura del tímpano algo que se llama “triángulo luminoso” y no puede un creador plástico dejar escapar luz alguna. Es el propio Conde de Lautréamont, autor de los Cantos de Maldoror, el responsable del triángulo luminoso que desenfoca. Es él quien encarna en sus poemas todas las miserias, las angustias, los sufrimientos humanos, remotamente parecidos a los que escucha el médico en su consultorio, y para los que tiene respuestas, consuelo y misericordia. Pero helo aquí ahora sometido al tamborileo que produce el martillo sobre el yunque de su oreja, en el oído propio. Vedlo como oye sin saber que ve los vericuetos del alma suya. El hombre auditivo que Diego Barboza está pintando nació en el estado Trujillo. Allí comenzó a vivir también Barboza el padre de quien está pintando y Lautréamont constata que, al percibir esta coincidencia, es el pintor quien está viendo con el oído. Y sabemos, gracias a Jacques Derrida, que la membrana del tímpano está tendida oblicuamente. Oblicuamente de arriba abajo, de afuera adentro, de adelante atrás; y que el tímpano bizquea.



Los oídos que ahora ven en el psiquiatra otra imagen, ahuyentan del lugar al conde de Lautréamont, quien se aleja susurrando entre dientes un verso frenético publicado en 1869 y que entusiasmó a los poetas surrealistas en 1920: …, yo hago que mi genio sirva para pintar las delicias de la crueldad. Obviando las últimas tres palabras, las repite el artista en voz alta, a la maniera de Diego Barboza: Al pintar con delicia hago al genio.

Ipsidad (un retrato de Laura Cequera)






-No me gusta –espeta Laura con cierto resentimiento desde el mismo sofá donde días antes posó para Diego- me choca, me confronta con aspectos de mí misma que no me gustan, Además tiene pico como de pájaro y un seno desproporcionado-. Laura no abandona su cartera negra, se aferra a ella como a un escudo. Salvavidas sería más ajustado a esa verdad tecnológica que la rescata por segundos de la soledad, pues en ese bolso sobreestimado, vibra y suena y pita y late su teléfono celular, el mismo que sostiene entre sus manecillas de mujer urbana, sometida a la vorágine cotidiana y al aislamiento, en el cuadro que está mirando con desagrado mientras se refugia nuevamente en sus mientes telefónicos, pues el celular omnímodo y opíparo devora toda su atención cada vez que suena. El interludio le ha dado un respingo a Diego, que con una calma inusitada vuelve a pintar su retrato, esta vez con palabras. Laura lo escucha atenta: “no busques querida amiga una imagen realista de espejo, ni pretendas hallar un calco de la realidad, este es un cuadro que pinta en ti a la mujer de hoy, rodeada de artefactos y confinada a la soledad. Éste es un cuadro que retrata tanto la sublimación como la alienación, pero también la desolación que se acrecentó en mí con la catástrofe de las inundaciones en el estado Vargas”. En eso entra en el estudio de Diego, ajena al diálogo, Doris, su esposa, y al pararse frente al cuadro de Laura declara: “éste es el mejor de todos los retratos, esta línea que lo atraviesa diagonalmente abre la perspectiva, este color es revelador de una pasión inconmensurable y el parecido de la cara es incontrastable”, dicho lo cual desaparece.


“Es verdad - asiente Laura -, el cuadro es bueno… lo que no me gusta es que sea yo”

Incido (un retrato de Eva Feld)



Diego no es un contemplador de los modelos que pinta, prefiere penetrarlos, auscultarlos, y sólo logra vencer la pereza que le produce emprender un cuadro, a través del amor. Pero no uno cortés ni arrobado; libidinoso o sexual; místico o espiritual. Sino un amor de transmutación material, un amor egoísta y narcisista en el que acaba siendo, mediante la posesión, él mismo el modelo que va pintando y es en esa sucesión de autorretratos donde se enriquece.

Existe en su refracción de mí, una austeridad y una severidad rituales: Soy esa mujer que él no puede pretender ser. Soy color que no existe, espejismo. Muchas veces somos ambos seres andróginos o hermafroditas, otras veces somos colegas en el oficio deformador de la realidad, pero siempre, por más que nos acerquemos, por más que coincidamos, por más que se establezca entre nosotros una sincronía especular, somos, el uno para el otro, la total diferencia.

jueves, 1 de mayo de 2008


El magnífico libro

por Eva Feld


La posibilidad de poner por escrito la palabra, previa conformación de los signos lingüísticos articulados con un pensamiento ordenado, ha sido uno de los pasos más peligrosos dados por el hombre. Si uno va a un viejo monasterio y revisa los libros copiados por los monjes comprobará de inmediato que había textos de acceso vedado por razones de un supuesto riesgo. La imprenta cambió la historia hacia la difusión masiva, con la consecuencia de un crecimiento proporcional del peligro. El libro pasó a ser el objeto más atacado, más que las fortalezas o las ciudades enemigas. Los libros han sido prohibidos o quemados, condenados al ostracismo o vituperados hasta el escarnio. En la edad moderna, o el siniestro siglo XX, la amenaza se concentró como nunca en el autor del objeto maldito del conocimiento y el escritor fue silenciado. Claro que por poco tiempo: algunas de nuestras lecturas preferidas están situadas en la literatura europea de entreguerras. En esta entelequia que llamamos posmodernidad, el libro ha sido convertido en un producto industrial y, en consecuencia, no se procura la calidad de su contenido, sino su venta masiva, convertido el editor de un individuo que procuraba conceptos e innovación en un fabricante de otro bien de consumo al que hay que sacarle rédito. Esta es la amenaza actual. Una más para el libro, siempre objeto de peligrosas tentativas. La consecuencia es la de una literatura degradada. Por lo demás, cada cierto tiempo, como en una retahíla de expiración, se proclama la muerte de algún género literario, siendo la novela la preferida por tales invectivas. Ni la novela morirá ni el libro será degradado como pretende la industria cultural. El secreto para impedirlo es seguir escribiendo sin concesiones y publicando los textos sin pensar en el esquivo éxito. Aunque hoy nos parezca exótico, debemos afirmar que la rueda girará y la literatura, a través del magnífico libro, recobrará su rol de reconformación del espíritu humano.

Entrevista a Eva Feld realizada por Analítica

¿Qué libros han desencadenado imágenes en ti?

Curiosamente las únicas imágenes poderosas que guardo de mis lecturas son aquellas que desencadenan las ideas, el pensamiento, la imbricada naturaleza humana. Todo ello me produce un estado alterado capaz de crearme abstracciones e inferencias múltiples. Por ejemplo Maurice Blanchot al escribir sobre Kafka coloca al lector en un andamio metafórico extraordinario. O Nietzsche o Sloterijk o Cioran. Incluso en poesía son las palabras contenciosas las que desencadenan imagenes en mi, tal vez por eso prefiero la densidad de T.S. Eliot o los desvaríos de Mallarmé y en narrativa la capacidad apalabrada de Lídia Jorge en "La costa de los murmullos" y la inmensa armadura de los escritores polacos de la entreguerra. Estas preferencias responden al presente inmediato y al espacio limitado. La incompletitud radica en que ni aun haciendo más larga la lista de los libros le haría justicia a mis lecturas, pues en verdad lo que cuenta para mi no es la imagen que hayan desencadenado en mi sino la transformación que hayan operado en mi.

¿Cómo llegaste a ellos, te los recomendaron, te los topaste en una vitrina?

De manera ecléctica, por casualidades, por causalidades. Los libros recomendados vienen cargados de empatía y de prejuicios en el buen sentido de la palabra. A veces, aunque no estén subrayados, uno puede ver entrelíneas los guiños de los amigos, o las manías de los profesores, o las vanidades de los críticos. Últimamente las vitrinas son malas consejeras para el buen lector pues despliegan más libros de autoayuda, de literatura chatarra y productos estéticos. Soy de las que leen paradas frente a las estanterías ocultas de las librerías; de las que urgan, de las que se quedan hasta la hora del cierre. Pueden dar fe de ello, los pocos libreros que quedan en Caracas, pero también las paredes de la FNAC de España y de Francia y pequeños libreros de Guadalajara, Barcelona o Montpellier.

Cita algunas una frases que hayas subrayado en esos libros

(De Kafka a Kafka. Maurice Blanchot)
... el hombre del exilio se ve obligado a hacer del error un medio de verdad y de aquello que lo engaña indefinidamente la posibilidad última del captar el infinito.

(Esferas. Peter Sloterdijk)
De pronto, masas desespiritualizadas se encuentran a la intemperie sin que jamás se les haya aclarado correctamente el sentido de su destierro. decepcionadas, resfriadas y huérfanas se cobijan en sucedáneos de antiguas imágenes del mundo mientras éstas parezcan conservar todavía un hálito de la calidez de las viejas ilusiones humanas de circundación.

(De los aforismos de Más allá del bien y del mal. Friedrich Nietzsche)
68 "Yo he hecho eso" dice mi memoria. "Yo no puedo haber hecho eso"-dice mi orgullo y permence inflexible. al final- la memoria cede.
146 Quien con monstruos lucha cuide de no convertirse a su vez en monstruo. Cuando miras largo tiempo a un abismo, también éste mira dentro de ti.

(De La costa de los murmullos. Lidia Jorge)
¿Y para qué conocer directamente? Querer no saber, no es una cobardía, es apenas colaborar con la realidad más amplia y más profunda que es el desconocimiento...