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martes, 24 de junio de 2008

VIAJE EN MOTO HACIA LOS DEMÁS

por Eva Feld













Primera parte


Viajar sola me ha resultado siempre una experiencia exultante. Obedecer a mis antojos yextraviarme en lo lejos para mejor escuchar las voces internas que me pueblan podría resumirse en el concepto superlativo de huida perfecta.


Viajar sola ha sido siempre para mí el mejor escenario para nutrir

tramas y paladear vocablos extranjeros. Superior estado alterado el poder eclipsarme y de ese modo mejor investigar e inventar hasta hacer erguir, como componentes complementarios del genoma humano, a seres extraordinarios con vida propia. Entes eróticos, maniáticos, fanáticos, productos de la observación y de una atribulada fantasía. Más que protagonistas enmascarados y ambulantes de mis novelas y de mis cuentos, pobladores de la dramaturgia en que con el tiempo me he ido convirtiendo.

No viajar sola hubiera seguido siendo un rotundo imposible de no haber sido por el principio físico de acción y reacción. Aconteció que en un arrojo, probablemente de vanidad, se me escapó frente a amigos que planeaba hacer un viaje en moto por las regiones montañosas de Fagaras, en Rumanía, un destino lúdico, sembrado de monasterios ortodoxos de los siglos XI y XII. Mis amigos, moteros también, sintieron en la lubricidad de mis expectativas, la bífida mordida del deseo y antes de darme cuenta, me fui convirtiendo en amable intrusa de mi propio viaje.


Fueron ellos, pues, quienes lo fraguaron. Y, por supuesto, el viaje acabo siendo otro. Ya no a los monasterios en solitario, ya no al fértil ecosistema de una posible novela en la que antiguos iconos fungieran como posibles personajes, ya no solitarias rutas rústicas ni parajes misteriosos. ¡No!. Ahora partiríamos ocho personas a recorrer seis países en tres semanas. Ahora el viaje se iniciaría en Alemania, con repollo agrio y torta Sacher para invadir luego Austria, Eslovaquia, Hungría, Eslovenia, Italia desde Trieste hasta la costa amalfitana pasando por Venecia, Florencia, Pisa, el lago de Garda, las Dolomitas, unos metros de Suiza y a lo mejor, si cabía, la costa azul…


Reconozco que me dejé hacer, el guión se me escapaba de las manos, otros manejaban sus hilos concupiscentes. Otros delineaban los rasgos psicológicos de los personajes que se embarcarían en la novel aventura. Yo obedecía bajo esa suerte de hipnosis que se apodera de nosotros cuando aparece un líder. Uno que resultó ser muchos, pero todos muy distintos a los muchos que me pueblan a mí. Muchos eran, sí, ya lo dije antes, sumamos en total ocho (cuatro hombres al manubrio, cuatro mujeres en la parrilla) y todos reales y verdaderos, quiero decir los otros siete, menos yo, que pasé a ser la única ficción del viaje. La única inventada por los demás, la unívoca desemejante. Y por lo mismo, la suma de todos ellos, pues cada uno nutrió al personaje en el que devine, con sus propias emociones y expectativas, pero también con su pasado y los trazos más resaltantes de su personalidad.


Fui yo, pues, la única que no hablaba ivrit, la única que no conocía Israel, el único ser permeable y maleable capaz de ser simultáneamente protagonista y actriz secundaria. Tamiz y reflejo de todos los autores de un viaje memorable en moto en el que fui además, un poco arlequín y otro tanto marioneta a manos de otros que a fuerza de ser reales y verdaderos; de tener voz propia y libre albedrío; de hablar todos a la vez y de tener ciertamente y siempre algo que decir, me distrajeron de mi misma. Podría decirse que me salvaron de la amenaza que soy y me enseñaron a escuchar y aprender de ellos. Dos verbos regulares de uso múltiple en el periodismo y en cambio absolutamente intransitivos en la espesura de la escritura solitaria de quienes (como yo) optan por vivir en ninguna parte y hacen de la nada trama.

Sépase que quien anda en moto sin manejarla, queda completamente en libertad de soñar. Las nubes primaverales y sus consecuentes chaparrones, las autopistas atiborradas y las carreteras interurbanas, los paisajes pastorales o las olas con sus salpicaduras no hacen más que nutrir esa gran libertad. Una que nos permite regresar a la infancia o planear un evento; rememorar una lectura o tararear un aria; conectarnos a un i-pod para escuchar boleros y baladas y cantarlos a voz en cuello. Así que la trama consistía en hilvanar subtramas, nada más parecido a componer novelas. Tal vez la diferencia, esta vez, era que no me fuera dado inventar nada. Me repito, lo único verdaderamente inventado fui yo. Sin siquiera ponerse de acuerdo todos los guionistas de esta historia acordaron tácitamente, se entiende, que yo recibiera dosis sustantivas de otredad y puedo dar fe del éxito de su empresa. Fui durante el viaje, hombre y mujer, conductora y pasajera, sefardí y asquenazí. Renací sabra de padres polacos o rumanos, marroquíes o rusos. Leí en hebreo letreros en las sinagogas, saboree platillos árabes con fruición. Fui por momentos todos ellos.

I.


Evoco a lomo de 100 caballos de potencia mi juventud sionista, el ejército. Los años más difíciles pero más hermosos de la juventud, ¡cuánto añorábamos regresar a casa, dormir en cama, comer y beber manjares familiares y no acatar ordenes ni darlas!.


Fui instructora de artillería. No por ello menos dicharachera. Me queda de esos memorables tiempos, el esplendor de haberlos vivido y esta voz ronca por haber tenido que

instruir por encima de los decibeles producidos por los disparos y, a veces, superando el estruendo bélico. A decir verdad fue entonces cuando comencé a fumar. ¡Qué maravilla hacer un alto al fuego para aspirar aquel humo gregario que nos hermanaba aun más bajo el sol inclemente del verano o nos abrasaba por instantes en pleno invierno! Fumar y gritar eran entonces acciones antagónicas en el ejercicio armado, pero complementarios en sumarse para rebajarme la voz No por ello dejé de fumar, al contrario. Inhalábamos aquel humo comunitario al descampado y aprendimos a distendernos. Aspirábamos en cada bocanada el hálito de la vida que nos era encomendada defender y dibujábamos en humaredas nuestros ideales nacionales. Ahora mismo quisiera que nos detuviésemos en esta insólita campiña eslovena a fumarme un cigarrito, a estirar las piernas, a que me cuenten algo más de Europa. Esta es la primera vez que la visito. Cuando éramos pequeñas y nos bañábamos en el río jordano, nos parecía que las niñas europeas eran engreídas, Ahora pienso que alguna razón tenían para serlo. Quiero abrir los ojos lo más que pueda, quiero escucharlo todo, verlo todo. Quiero fumar, quiero fumar. ¡Qué se detenga la caravana!

II.


En este mirador encantado de Florencia sobre el río Arno, desentierro los recónditos recuerdos de mi madre. Era alemana, era bailarina, era gimnasta, era hermosa. Cada reflejo ocre o verdiazul me la devuelve en un rapto de ignición interna. Se fue de nuestro lado bailando, bailando emigró a América, bailando la recuerdo ahora, en este descanso atemporal en el que apeada de la moto la escucho narrarme cómo fueron sus clases de arte precisamente el Florencia, a mediados del siglo pasado. Oteo desde esta altura la Sinagoga más antigua de Europa y el poderío de los Medici, miro por encima de la espesura cultural el hormigueo incesante de millares de turistas atropellándose por visitar el Duomo o la Santa Croce, adonde falsamente yace Dante y me digo quedo, para que nadie escuche lo que pienso, que debo darle las gracias a mi madre por haberse llenado los ojos de belleza y por haberme transmitido desde mi gestación el amor al arte. Siento un cosquilleo en las sienes, mis dedos vuelan a prestarles auxilio. Los leves masajes que me doy reproducen esa especie de alucinación ancestral según la cual los hijos solo llegamos a conocer verdaderamente a nuestros padres cuando ya no están. Cuando podemos editar los recuerdos tristes, la enfermedad, la agonía. Aquí está mi madre, conmigo, en este viaje memorioso. Gracias a Dios por esta parada a la vera de una réplica del David de Miguel Ángel. Ahora, cuando reemprenda el viaje en moto, estoy segura de que recordaré más detalles y puede que logre captar alguno para plasmarlo en alguna escultura. Pero ¿cómo traducir en arcilla y en polímeros la velocidad y el movimiento? ¿Cómo desdibujar la añoranza sin recurrir a la figuración? ¿Cómo conciliar la multiplicidad de ideas con la ejecución interminable de cada pieza cuando requieren tanto trabajo?


III.


Tules, organzas, linos y algodones; sedas y tafetanes, hilos y dedales, son solo algunas de las sonoridades que me han acompañado toda la vida. En el vaporetto que nos lleva de regreso a la terminal ferroviaria de Venecia, luego de un largo paseo por callejuelas y barrios, vuelven a mi tacto cardenalicios terciopelos, sutiles florcillas extendidas en infinitos metros de batista que se transformaban bajo nuestra mirada de niñas, en sábanas y en dormilonas. La costurera venía a casa todos los días de la semana y nosotras, mi hermana y yo, fuimos aprendiendo todas las relaciones posibles entre la línea recta de las telas y los elegantes atuendos para bodas y barmitzvas. Es decir, entre plano y volumen mediaba la máquina de coser que punteaba incesante y avanzaba como una locomotora hasta verme ya adulta montada en una moto, forrada en telas nuevas, de alta tecnología para protegerme del viento y de la lluvia, de accidentes y de la estética. Pues hay que ver que estas chaquetas nos hacen ver como robots futuristas en busca de lo que no se nos ha perdido. Tanto más preferiría acortar el viaje y alargar el glamour, recortar el trayecto y ampliar los atuendos, abreviar la cabalgata de alta cilindrada y ampliar la circunvalación cultural en ciudades y pueblos. Comer, sobre manteles pulcros y almidonados, deliciosos platillos y suculentos postres. Pero la caravana avanza, el paseo de Venecia que habíamos comenzado por el barrio judío está por concluir, atrás queda la góndola y la duda de si en verdad cuestan, como escuchamos decir, un millón de euros. Las máscaras parecen pedirnos, desde las vitrinas, que nos quedemos, que las probemos sobre nuestros rostros. Lucen molestas porque preferimos escondernos adentro de los cascos y seguir zigzagueando entre camiones a 150 kilómetros por hora. Preferimos es solo un decir, prefieren ellos, los demás. Yo podría quedarme en esta ciudad maravillosa y probarme todos los pendientes que producen extraordinarios orfebres y modelar todos los vestidos de marcas famosas y apartar en cada tienda alguna prenda, para que sea mía la ilusión, aunque solo sea por minutos, de vestirme de gala y caminar sobre alfombra roja, en honor a la Serenísima.



IV



Sólo espero que la mujer que llevo adosada a la espalda como si yo fuese un caracol y ella mi hogar, comparta conmigo en este viaje veloz, la emoción y la excitación que da la libertad y la velocidad. Que cuando recordemos este viaje sonriamos siempre. Que toda vez que se lo contemos a alguien revivamos cada momento. Que ella haya visto en cada costa, la del Adriátrico, cuando nos detuvimos en Trieste, la del Tirreno cuando serpenteamos la carretera que lo bordea en la costa amalfitana, su nombre grabado por mí en la arena. Como cuando creyendo perderla porque el Atlántico se interpuso en nuestro noviazgo, yo le envié una foto de su nombre grabado en las partículas de esa otra arena, la del sílice, que desde entonces mantiene mi corazón tallado a su cuerpo, a su risa, a su alegría que es alegoría de su nombre hebreo y, claro, al humo que ambos exhalamos con la misma fuerza, como si fuese la chimenea, siempre viva, de nuestra pasión. Por cierto que ya llevamos casi sesenta kilómetros sin fumar. ¡Qué la caravana se detenga! ¡Queremos fumar, estirar las piernas! ¡Mirarnos los ojos! ¡Compartir exclamaciones y chistes! Somos así los sefardís: grupales, conversadores, alegres, familiares. Andar en moto sí, pero pararnos a menudo para hablar, reír, jugar, fumar, amar en voz alta al prójimo y al paisaje.


V.


Sí sí sí, viví toda mi infancia y parte de mi juventud en un kibutz y no puedo ni quiero dejar pasar ningún olor ni sabor, sensación ni canción que me lo perpetúen. Toda la memoria, la remota sobre todo, rebota en esa infancia comunitaria, en esa vocación de compañerismo, en esa vivencia. Canto a viva voz, canciones en ivrit, cuya letra me apunta un ipod clavado en mis orejas debajo del casco. A veces hasta hago bailar la moto para que siga el vaivén de esas melodías que más que evocar mi juventud, me la devuelven. Han pasado muchos años, es verdad, pero yo sigo joven. Han pasado muchos países y sucesos, negocios y matrimonios, es verdad, pero yo sigo siendo yo, el mismo muchacho exultante. Le agradezco a Dios cada minuto de la vida y por lo mismo no pierdo ninguno. Me despierto al alba para correr y aspirar la brisa clara del amanecer. Corro, pero no huyo ni persigo, corro porque al hacerlo, le doy gracias a Dios por cada uno de los músculos que me permitieron darle la vuelta a muchos países representando a mi kibutz y a mi país en torneos deportivos; le doy gracias a Dios porque al correr ni me alejo ni me acerco a meta alguna, sino que gozo del placer del desplazamiento. Luego desayuno y gozo de la masticación y la insalivación, por eso prefiero los frutos secos. Bebo café a sorbos cortos para prolongar el regusto por los aromas que despide la taza rebosante. Evito los carbohidratos y los azúcares, no vaya a ser que se acorte un ápice el circuito de la vida por la que corro con tanto regocijo. Ya llegan uno a uno mis compañeros de viaje, ya falta poco para llegar a la montaña, al frío, a la nieve, al júbilo. ¡Ah!: Llega la reina. Mi señora. El casco en la mano derecha, la chaqueta en la izquierda. Le regalo una imagen distinta de sí misma, jamás hubiera hecho un viaje así de no haber sido por mi.

VI.













-¿Cómo te llamas tú, mozalbete? ¡Qué a que no eres de por aquí! ¿Cuánto hace que has llegado? ¿Cuánto habrás de extrañar a los tuyos? A quienes hubieron de quedarse en casa mientras tú buscabas mejor suerte en otros aires. Igual que yo. Qué yo también tuve que marcharme de mi país y hacer patria en otro y ahora cuando ando por el mundo los demás confunden mis acentos y mis procedencias. Los unos creen que soy americano y los otros que finjo cuando olvido palabras en hebreo. Que terceros piensen que miento cuando les digo que soy venezolano y otros me lo creen demasiado. ¿Cómo te llamas tú moza linda de cabellos rizados? ¿Qué haces en estas tierras tan lejos de casa? ¿Cuánto hace que no ves a tus padres? ¿Sabrías decirme adonde se come bien? ¿Cuál es el menor restaurante? Pero eso sí, uno donde acudan los locales… Se ríen de mí mis compañeros porque con todo el mundo entablo conversación, porque con todos hablo y a todos algo pregunto. Cree uno de ellos que son técnicas de comunicación corporativa o psicodrama aprendido en algún curso intensivo de ventas o de gerencia por objetivos. Piensa otro que perdemos tiempo en cada una de mis incursiones en el alma ajena, pero no, simplemente soy así, de naturaleza sociable, gregaria, abierta. Viajar no es solo recorrer kilómetros y tragar autopistas, tampoco consiste solo en coleccionar fotos de lugares turísticos y comprar recuerdos o en paladear exquisiteces en cada lugar. Viajar es también transitar, navegar, explorar la vida de otros seres tan parecidos a uno mismo como diferentes, tan iguales entre sí como disímiles, tan interesantes para sí mismos como para mí. A veces, como ahora, hasta me gusta revisitar lugares que ya conozco, pues, al hacerlo con amigos, los veo a través de sus ojos y no con los míos. En verdad Positano ya no es aquel destino vacacional lejano en el tiempo en el que mis hijos preadolescentes correteaban a la orilla del mar mientras nosotros comíamos en este mismo restaurante de “Las tres hermanas”. Ahora es el sitio de escuchar las aclamaciones de mis compañeros de viaje, primerizos todos en la aventura cultural y hedonista de este lugar encantado y beber borbotones de agua mineral con gas, porque ni vino ni cerveza convienen en vísperas de seguir el viaje hacia Ravelo, de noche, por una estrecha carretera serpenteante para finalmente llegar a un hotel incrustado en la roca y dormir con el arrullo de las olas en su constante cópula con los riscos.

VII.




Del proyecto de viaje primigenio queda apenas un istmo. Mejor dicho un desvío en solitario, Rumania. No ya a los monasterios, ni a las montañas, sino al núcleo de una pequeña ciudad industrial, mi patria chica. Se desdibujan de las paredes los vestigios del comunismo, la ciudad bulle en su crecimiento. Cada segunda tienda vende artículos útiles para la construcción. Los gitanos pululan en automóviles de envejecido lujo. Los mercados despliegan toda la mercancía del campo, los ventorrillos desprenden olores a hierbas. Los dulceros siguen vendiendo salchichón de chocolate, los favoritos de mi infancia, durante la cual eran tan difíciles de conseguir. El latido de la ciudad me desvela, grandes almacenes transnacionales ocupan hectáreas con sus relucientes mercaderías procedentes de Europa, de Asia. Nada que ver con la escasez y la agonía de apenas dos lustros. Echo en falta a quienes ya no están pero igualmente los visito y fiel a las tradiciones como con ellos mititei y tomates, bebo con ellos aguardiente de ciruela, converso con ellos sobre lo cotidiano como si yo nunca hubiese emigrado ni ellos hubieran fallecido. Me reúno también con los vivos, con familiares, con compañeros de estudios. Notablemente con Dan Antoci actor de profesión y de alma. En la sala de su casa, rodeado por sus objetos de siempre, acompañado por su hijo parapléjico y su joven compañera resume en sus gestos, en sus muecas la síntesis de su vida, ligada, eso sí, a la de su país, a la de su ciudad. Manipula, gesticula, irradia, brilla. Trabaja en el Teatro Nacional. Ahora mismo ensaya el monólogo de La canción del cisne de Anton Chejov ¿Quién mejor que Dan para interpretar aquello que para el dramaturgo significó la contención de emociones para hacer que los sentidos del espectador perciban la esencia de lo efímero de la vida y del propio quehacer teatral? Un nudo aprisiona mi garganta, no conocí nunca a un ser más auténtico siendo actor ni más honorable histrión. La moto se aleja de la escena inconclusa, baja el telón.



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