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miércoles, 15 de octubre de 2008

Teódulo López Meléndez: violador y asesino del tiempo real




por Eva Feld

La editorial Ala de cuervo, les da la más cordial bienvenida a la presentación de la novela del Escritor Teódulo López Meléndez, titulada La forma del mundo, nuestra tercera entrega en este primer año de existencia, cuando ratificamos la consigna de publicar libros como éste, al margen del afán editorial que da preferencia a la literatura de la inmediatez. Quiero pensar por un momento que presento a un reo, a un violador, a un asaltante. A un trasgresor que ha pedido asumir su propia defensa y convertirme, en consecuencia, yo, su editora, en fiscal acusador.
Sólo así, mediante la dialéctica y a través de la tensión que producen las ideas encontradas, demostrarles en pocas palabras que hubo móvil, alevosía, premeditación y sano juicio en la selección del argumento, en la confluencia de los personajes y en el envenenamiento del lenguaje, principal protagonista de los sucesos que llevaron a Teódulo López Meléndez al asesinato del tiempo real, de la lógica aristotélica, de la identidad unívoca y de la hilaridad. Y digo que hubo premeditación y complicidad pues se puede constatar que mucho antes que él, T. S. Eliot asestó tan rudo golpe en el concepto y a la palabra Tiempo que muchos escritores se han visto forzados a reencarnarlos.

De ese modo leemos a diario, en revistas especializadas, entrevistas con exitosos escritores cubanos o españoles, chinos, franceses o estadounidenses que se nutren de sus realidades temporales para plasmar en sus novelas un recuerdo o un reflejo de la cotidianidad. Varios aluden a las comiquitas de la televisión, otros a las situaciones políticas o sociales que apremian al ser humano bajo regímenes dictatoriales, otros urden utopías para avizorar el futuro o ucronías para hurgar en el pasado. El convencional Tiempo redimido ha permitido revertir el papel de la literatura, de manera que si antes el cine y la televisión y hasta en cierto modo la pintura y la arquitectura se nutrían en las imágenes visionarias que describían los escritores, ahora son los escritores quienes escriben guiones basados en las imágenes audiovisuales omnímodas, convirtiendo a los lectores en tácitos directores de películas subliminales.

Hasta que de pronto, como ahora, un Escritor se yergue para demostrar que ser producto de su propio tiempo equivale a ser producto de todos los tiempos. Retoma el filo de T. S. Eliot y mata a sangre fría. El tiempo unívoco yace ensangrentado en las páginas que nos entrega López Meléndez, mientras nos echa en cara, con soberbia altanería, que el tiempo actual es el de la genética, que el memento es el de la clonación y ésta se cuela no sólo en el argumento anecdótico de la novela, sino también en su estructura.
Conocido a lo largo de una veintena de libros anteriores como un escritor elíptico, en ésta, su tercera novela, de lo que puede considerarse una trilogía, López Meléndez se rebasa: una doble elipse, como las que conforman el ADN une y trama a los cuatro personajes y a sus respectivos clones, como se conectan las enzimas en la doble hélice molecular. Si en su primera novela, titulada Selinunte (ULA, Mérida, 1996) el hombre se extrovierte hacia el espacio sideral para repetirse elípticamente en su sempiterna condición humana y si en su segunda novela, El efímero paso de la eternidad (Memorias de Altagracia 1998), la introspección lo conduce a escarbar a la manera romántica las vísceras de una mujer para hallar en el fin su propio comienzo, en esta tercera novela, ambas hélices, la externa como la interna, congenian en la creación genética de otro hombre y otro tiempo: Siempre entrelazadas, interdependientes, simbióticas, cabezas de hidra, decapitándose mutuamente en lacerante homicidio perpetuo.

domingo, 5 de octubre de 2008


El profesor de inglés
Por Eva Feld



Aún no había trascurrido ni un lustro desde el fracaso electoral del cochino lanzado como candidato presidencial en la Convención Demócrata de Chicago, el día en que el desgarbado profesor de la Universidad de Roosevelt , arrastró su desánimo hasta el púlpito desde donde solía aburrirse enseñando a los recién egresados bachilleres las normas del buen escribir. Harto de definir mecánicamente las propiedades de los adjetivos calificativos o de las desinencias verbales, fastidiado de corregir semanalmente infames narraciones y enfermo de nostalgia por su prometedora juventud, resolvió un día reencarnarse en el joven contestatario que había sido capaz, entonces, de quebrantar el juego democrático abanderando la causa porcina. Con gesto desdeñoso le dio la espalda a sus estudiantes, salió del salón de clases y al cabo de unos minutos regresó con una bandera de los Estados Unidos de papel y frente a sus estupefactos alumnos la hizo añicos. Chispazos de rabia irradiaban sus ojos zorrunos, gozaba. Luego, arrojó el papelillo azul, rojo y blanco contra el piso y lo pateó y lo escupió. Atónitos, los estudiantes recibieron la orden sin anestesia: "¡Ahora escriban!". El experimento inyectó tal dosis de adrenalina en su torrente sanguíneo que a partir de ese día se volvió un adicto a su propio desempeño. No veía la hora de desafiar, de sorprender, de instigar, de alarmar. Sus alumnos tampoco. Muchos de ellos aprendían efectivamente a escribir.

Al cabo de tres meses, el profesor de inglés de la Universidad de Roosevelt sufrió una recaída. El regreso del aburrimiento fue feroz, sólo comparable con el que experimentan algunos virus cuando luego de haber sido aniquilados vuelven fortalecidos con nuevos bríos. Se sintió payaso e inútil, sus ocurrencias ya formaban parte del status quo , los estudiantes se las exigían como derechos adquiridos. Arrastraba nuevamente los pies y para evitarlos prefería llevarles en hojas multigrafiadas las normas gramaticales y sintácticas que debían leer en clase y luego una lista de ejercicios o el tema del ensayo que debían desarrollar en clase. Él, por su parte, se sentaba con los pies en el escritorio y se dejaba penetrar nuevamente por recuerdos mejores.

Un martes particularmente fastidioso les preparó un ejercicio. Escoja entre los siguientes el tema de su preferencia y desarróllelo en quinientas palabras :
1.- Si es usted mujer, diga tres razones por las que le gustaría ser hombre (o viceversa)
2.- Si es usted blanco, diga tres razones por las que le gustaría ser negro (o viceversa)
3.- Si es usted casado, diga tres razones por las que le gustaría ser soltero (o viceversa)
La abulia recorrió el espinazo de todos los ahora victimarios del vengativo profesor de inglés. Sin mediar palabras, sin sorpresas ni ocurrencias, debían ahora darse a la tarea pura y dura de pergeñar un aburrido ensayo por comanda. Se oyeron bostezos y tocecillas nerviosas. Los lapiceros se trababan en su recorrido inútil sobre hojas blancas. Muchas acababan arrugadas en la papelera, cediendo. Algunos estudiantes lograron eludirse, respondiendo aquello que habían aprendido a repetir desde niños: que los blancos tienen más oportunidades, sobre todo en una ciudad segregacionista como Chicago, que los negros están mejor dotados para el sexo y la música, que ser hombre conviene en una sociedad machista, que ser soltero da mayores libertades, que lo contrario da mayor estabilidad. Sin paradoja, ningún hombre escribió acerca de las virtudes de haber sido mujeres.

El martes siguiente, el profesor de inglés llegó más tarde que de costumbre, subió al podium sin demora y saliéndose de sus hábitos leyó en voz alta la calificación que habían obtenido, uno por uno, sus alumnos. Ninguno descollaba: una uniforme letra C los calificaba. Gramaticalmente habían mejorado algo, su sintaxis tampoco ofendía, pero la estructura y la falta de creatividad resultaron francamente penalizadas.

A nadie pareció importarle demasiado, pero entonces, el profesor de inglés se quitó el zapato derecho primero y el izquierdo después, una media y luego la otra. Desabrochó su correa y su pantalón, desenfundó cada una de sus piernas, desabrochó su camisa y también se desprendió de ella y así parado frente a sus alumnos les dijo: "Yo soy hombre, divorciado, blanco, nudista, liberal, agnóstico, melómano, neurótico, escéptico, detesto la comida vegetariana, fumo y creo que soy un poco marica. No querría ser sino lo que soy y si uno sólo de ustedes hubiera preferido ser el que es no sólo hubiera sacado A, sino que tendría mi respeto, mi confianza y mi solidaridad".

Un estudiante blanco, miméticamente parecido al profesor de inglés habló para decir: "Yo aún no sé quien soy ni lo que quiero y puedo ver ventajas y desventajas en todo y transferirme en otros, y me solidarizo y respeto y le tengo confianza a todos en este salón en el que todos nos reunimos para escribir" .

Entonces irrumpió por la puerta el Rector en persona. Un mohín reprobatorio anunciaba sus palabras. Iracundo se giró hacia la clase para aclarar que no toleraba la falta de respeto de parte de un profesor majadero que se desnudaba en plena clase. El estudiante mimetizado tomó la palabra y dijo: " Pst ! Señor Rector, baje la voz, ¿qué está diciendo usted, que hay un profesor desnudo? Aquí el único desnudo es un personaje literario y el único majadero es usted".

sábado, 27 de septiembre de 2008

Periodista venezolana tránsfuga en mi nueva novela






Por Eva Feld

Pocos momentos fueron tan estelares en la historia del periodismo venezolano de finales del siglo pasado como el advenimiento de El Diario de Caracas. Bajo la batuta de Tomás Eloy Martínez y la estrategia de Rodolfo Terragno –argentinos, demócratas y defensores del libre ejercicio- una docena de jóvenes periodistas aprendieron a aplicar la máxima que los urgía a escribir “en cada línea una información y en cada párrafo una reflexión”. Se trataba de aprender a mezclar las técnicas narrativas del llamado “nuevo periodismo” según el cual el periodismo se erigía a la altura de un género literario, con las del “periodismo interpretativo”, cuya meta era nada menos que elevar el grado de completitud del periodismo mediante el manejo de la analogía, la dialéctica y demás recursos de la investigación y de la lógica. Pero, además, hubo que aprender a resumir, a sumariar y a jerarquizar las informaciones hasta descartar toda viruta, todo ruido y toda lágrima superfluos. Sin embargo, hubo momentos en los que las crónicas parecían cuentos, capítulos de novela. Así llegó a ser esa bisagra limítrofe entre los géneros y fue así como periodistas y lectores aprendieron que narrar es uno y el mismo verbo y que es otro el lindero entre los hechos objetivos y los de ficción. Luego, otro tipo de magnetismo fue causa de deriva en el periodismo venezolano, distintos vientos impusieron nuevos derroteros. Algunos periodistas venezolanos saltaron durante el pairo para virarse hacia la ficción, ya lo habían hecho antes que ellos Sándor Márai, Truman Capote, Gabriel García Márquez, Graham Greene entre otros, sólo para volver a confrontarse con matices, inferencias y alegorías. Pues si en periodismo se persigue comunicar, el objetivo de la literatura está contemplado en si mismo. Es por ello que ni siquiera el mismo lector (incluyendo al propio autor) encuentra lo mismo en el mismo libro cada vez que lo lee, mientras que un reportaje es un reportaje es un reportaje.

De esta génesis provienen también mis cuentos de Mujeres y escritores más un crimen (editorial Warp), del cual publicamos un cuento bisagra entre la realidad y la ficción, entre el periodismo y la literatura y, en este momento, entre el cuento y la novela, ya que a partir de él, he escrito mi tercera novela, titulada La senda de las flores oblicuas (Ala de cuervo 2005) cuya protagonista, una periodista, venezolana tránsfuga, se empeña en descifrar los enigmas de Corea con un enfoque periodístico pero queda prendada en la introspección literaria.

Nota de aladecuervo.net: La Novela de Eva Feld, La senda de las flores oblicuas, originada en este cuento, estará en circulación seguramente para el mes de julio, por supuesto que bajo nuestro sello editorial. Pero no se hagan ilusiones, la novela apenas tiene aquí su origen, es otra cosa, tendrán que leerla.



Epistolario real con un escritor fabuloso

Para mí Chicago (con sus suburbios) es el epicentro del repliegue comunitario, la dirección general sectorial de parcelamiento étnico, religioso, idiosincrásico. El plano ultracuadriculado de la ciudad favorece el cliché: dime dónde vives y sabré a qué hueles, pronuncia tu apellido y sabré qué piensas. Negros, asiáticos, polacos, mexicanos, hindúes, judíos, cada calle despliega cierta etiqueta, cierto estigma, cierta moral. Esa placenta emblemática convierte a todos los Pérez en hispanos, a todos los habitantes de Skokie en hijos de Israel, a los vecinos de Evanston en protestantes y así conviven en santa animadversión millones de personas afincadas en sus minorías, pero metiéndole el hombro al gran sueño americano.

¿Cómo lo sé?: Viví justamente en Skokie con apellido judío y bajo perjurio agnóstico. Rubia de ojos azules trabajé en la radio hispana y pretendí hacer un reportaje en las tiendas esotéricas del barrio puertorriqueño, donde encantadoras brujas producían sahumerios respondiendo en golpeado inglés a las preguntas que yo les dirigía en perfecto español. Cuando les aclaré de viva voz y con toda la gestualidad del caso que les estaba hablando en español me increparon en inglés:

- You polish?.
- Ay Bendito (les respondí remedándolas) les digo que no, que no soy polaca.
- What d’you want?- insistieron.
- Hey ladies, I am Venezuelan, I speak spanish.
- Ay Bendito- le dijo una a la otra- la polaca dice que habla español.

Los hispanos me trataron siempre como polaca, los polacos como judía, los judíos me consideraron siempre como hispana, los negros como rubia, los rubios como rara, los raros como mujer. Era, además, madre sola en un barrio cauterizado con moral burguesa. Las feministas no avalaron mi indisciplina y los varones desaprobaron mi pacatería por juzgarla inversamente proporcional al color de mis cabellos. Anduve sola y desafié otros estigmas cuando los solitarios rechazaron los gajes de mi oficio preguntón y me tildaron de fisgona. Así transcurrió un año, hasta que cayó en mis manos una publicación de procedencia dudosa. De un octavo, el panfleto no afluía de la clandestinidad pero tampoco de imprenta industrial. Su título podría traducirse al castellano como Líneas Nocturnas. Sentí que el aliento de un mensajero noctámbulo me explicaría ese sentimiento de impertenencia que me desolaba. Pensé que la respuesta emergería de la noche: apenas se apagaran las luces, la gente se despojaría de sus prejuicios y aceptaría, al amparo de la oscuridad, sus diferencias. Pero aquella cosa, esa revista, resultó ser un periódico sáfico, un efluvio del universo lésbico. Luego, a medida que lo hojeaba advertí que no era estrictamente “femenino”, cabían allí los gays, los travestís, los bisexuales y hasta otros.

Tomando en cuenta las circunstancias, un abanico tan amplio me sorprendió con pánico. Fue entonces cuando detecté el motete Mook; alguien con ese nombre decía en una columna las cosas más abismales que jamás haya leído. Descubrí que no era sólo lo que decía sino su forma de hacerlo, las palabras se arrojaban violentamente de cima a sima, contagiaban vértigo, me empujaban al vacío, abrían la tierra a mis pies. Me encontré enterrada viva en lo desconocido, en mi total ignorancia, en mi propia intolerancia. A punto de desfallecer me aferré a frases cuyos múltiples sentidos me catapultaron hasta la estratosfera y me dejaron allí agonizante. Una galería de personajes caricaturescos desfiló ante mis lágrimas que como prismas los descomponían y los reproducían. Fueron centenares de seres disímiles y casi todos altisonantes. Esa mezcla de miedo y excitación - con escalas en el remordimiento, en la duda, en el terror y en el frenesí-, precipitó y agigantó mis visiones, las cuales a su vez retroalimentaban el miedo y la excitación. Con el impulso vital que otorga la maternidad me resarcí. Abandoné el texto sospechando, incrédula, un contenido alucinógeno en la tinta. Enfrenté mis obligaciones con estoicismo (el niño, la radio, el horario). Pero, aunque lo negara, ya me hallaba inoculada. Fue en verdad una dosis intravenosa la que me trasladó al país de las maravillas de Mook, donde los más abyectos rechazados se discriminaban entre sí o se agrupaban, sin ninguna lógica aparente, como ratones de laboratorio tras toda clase de experimentos químicos y nucleares.

Mi jefe en la radio, un capataz cubano que estallaba en roncas carcajadas al oírme llamar zamuros a las auras, comenzó a recriminar mi falta de atención. Las noticias que defecaba en diarrea perenne el telex conectado a las agencias nacionales se amontonaban a mis pies inmovilizándome. Todas lucían como insípidas repeticiones de lo conocido: “Borrondongo le pegó a Mochilongo”, “los Estados Unidos mantienen firme su política de respaldo a las democracias del mundo”, “el cupo para hispanos en la educación pública es el tema que debatirá esta tarde la Asociación para la Educación de los Hispanos, organización que ha mantenido un firme lobby en Washington a favor de la causa”. “El Mayor de Chicago autorizó la parada mexicana en la calle Monroe”, etcétera.

Los kilómetros de cables se sucedían en inglés, pero sólo los de interés estrictamente hispano eran severamente versionados al español. Bueno y también aquéllos muy escandalosos o de repercusión extraordinaria. El señor cubano prefería los servicios profesionales de sus compatriotas, a quienes les decía, mirándome de soslayo, “estamos cagados de aura: ésta está en la luna”. Los paisanos subalternos se crecían, y se abalanzaban sobre mis piernas de donde rescataban decenas de notas para traducirlas al pie de la letra. Todos los cubanos eran perfectamente bilingües, almorzaban juntos los días laborables y aborrecían a Fidel. No como “ésta” o sea yo, que llevaba días purgando los vestigios de mi condición de inadaptada, de exiliada, más ahora que la sintaxis y la prosodia del tal Mook me confrontaban con mi propia pequeñez, con mi estrechez y con mi vileza, ahora que me parecía tanto a mis propios detractores. Yo, la más incomprendida minoría absoluta en este mundo, huía y a la vez me zambullía en las crónicas fabulosas de Mook con malsana curiosidad periodística; estaba ávida de nutrientes para mi peculio intelectual. Mook me hostigaba cada semana con su más allá y cercenaba sin piedad todas mis escasas semi certezas del más acá. Mook seccionaba con fino bisturí el sistema circulatorio y neurológico de su entorno, sangre, dendritas, semen, mierda, todo estaba expuesto en sus escritos. Olores, texturas, tonos, se colaban por las entrelíneas.

Supe por él, por ejemplo, que el universo homosexual no es inmune al chauvinismo, perviven, pues, marginalidades en su seno; los matices y los grises que las diferencian entre sí arrojan sombras chinescas a sus dramas nada unívocos, en los cuales sobredimensionados afectos, rencores, lutos, envidias, avaricias y vanidades aderezan la consabida condición humana con un toque de extravagancia. Aprendí que existen americanos blancos (o negros, o mexicanos, o asiáticos, o judíos) desarraigados sexuales, exiliados de su propia minoría, vagando en la inmensidad urbana, en competencia y contradicción con sus propios ideales sociales, étnicos, sentimentales y genitales. Son mujeres atrapadas en cuerpos de hombres que están condenadas al mundo del espectáculo, del escenario, para al menos satisfacer esa esquina de su libido que se contenta con sedas, plumas y silicona. Son hombres temerosos del alba y de su propia barba, que odian a los gays, por rivalidad frente a los hombres de verdad; son hombres, que a su vez son rechazados por sus rivales homosexuales; son vampiros nocturnos que cazan a sus presas en bares de toda reputación, sitios que se llaman Vortex o Fusion, donde beben, inhalan, penetran y ejecutan con libertad, sin que por ello proclamen alguna homogénea felicidad, sino apenas, y con reservas, una exigua pertenencia. En esos lugares coincide toda clase de rarezas, sus retratos, vidas, chismes y cuentos son los afluentes de una inmensa cascada, cuya caída libre describe Mr. Mook con la maestría del que es al mismo jugador de ajedrez y ficha en el tablero, triunfador y perdedor, observador y partícipe.

Intento traducirlo del inglés aprovechando los gajes del oficio radiofónico y descubro desconsolada que apenas logro versionarlo. Intento expiar mis resquemores, pero también me motiva cierto orgullo al sentirme descubridora de un narrador de la talla y el riesgo de Guy de Maupassant, el más genuino orillero cuentista del siglo XIX francés. Si Guy anduvo por los lupanares con la familiaridad de un felino consentido y descargaba el resto de su potente energía remando y riendo en el Sena, Mook anda por estos ultra modernos centros nocturnos de placer urbano, donde vistosas reinas trasvestis y otros coloridos personajes lo acogen cariñosamente; luego, para extenuarse, se encarama en sus patines lineales y castiga sin piedad la ribera del lago Michigan. Mook, como Guy, sabe de demencia y ama los gatos.



Mook por mi versionado

1

Los teólogos dividen las religiones en dos categorías: panteístas y trascendentales. Los primeros ven el universo como a Dios y viceversa, es decir: una uva tan sagrada como una galaxia, ningún distingo entre el creador y la creación. Los segundos ven a la Deidad como a una entidad totalmente diferenciada y separada del mundo, el gran maestro de ceremonias, el hacedor de vidas que no tiene tiempo para sangrientos detalles. Para acortar la brecha entre estos dogmáticos extremos, algunos credos han postulado una jerarquía de seres celestiales, intermediarios angélicos o demoníacos, que sirvan de enlace entre el Todopoderoso a quien no le importa un carajo por un lado y las ostras con sentimientos por el otro. Estos intermediarios jerarquizados, estos seres marginales, suelen desempeñar roles de camafeo en las sagradas escrituras, en el arte renacentista o en la televisión: sea frenando la mano de Abraham presto al sacrificio de su hijo, posando como querubines para Rafael o perpetrando traumas umbilicales para Mi Bella Genio en la televisión. Visualicemos tal genialidad siniestra, cuando su tarea consista en monitorear episodios en excéntricos locales nocturnos:

Jo (italiano, gay y diseñador gráfico), durante su faena en el susodicho bar, se hallaba en labores propias de su oficio (barrer, coletear, recoger las botellas sobrantes y proveer nuevas frías nacionales e importadas) fue llevado por el olfato a detectar una en particular, una que, erguida, desafiaba la gravedad del asunto. Confirmó tactilmente sus sospechas al constatar que en efecto el hedor se correspondía con aquel fluido de consistencia viscosa y brillo particular que la embadurnaba.

El asunto no pasó inadvertido, la noticia se regó inflamada. Hubo quien insistiera incluso en determinar la marca o la procedencia de la botella, no faltó tampoco quien pegara el grito en el cielo, pues los actos estaban formalmente prohibidos en el local. Pero al final, cuando ya la escena se creía casi superada, surgió la idea de sacralizar el objeto, fue así como ese día la botella marrón, de cerveza importada, fue convertida en icono.

El cuerpo del delito acabó inexorablemente en el tarro de la basura, no así la moraleja espectral: “Nos definimos a nosotros mismos y acordamos significados sólo a través de aquellos seres u objetos a quienes amamos”.



2
Arrímate al bar de Rob, o a su vida, y escucharás más pronto que tarde acerca de su más preciada pertenencia: una deformada, gastada y rojal camiseta de Astro Boy. Un regalo.

¿De quién?: Piel sedosa como rosa, cabello azabache flagelándole el culo, gestos de jujitsu, sutileza de pantera y belleza trascendental de bodhisattva. Jade Michiko fue quien le dio la franela a Rob.

- ¿Quién?: “Ella llegó a mi vida sólo para desaparecer, con el mismo misterio y la misma majestuosidad, como salida de un sueño” susurra Rob. Lo único que le queda de ella es esta camiseta, de cuya veracidad no puede quedar duda alguna a juzgar por las manchas de sudor y las mangas desflecadas.

Jade suele trasladarse del Este al Oeste no como misionera, ni tampoco para abrir nuevas rutas de intercambio comercial, sino para librarse de su padre. Hija de un potentado japonés, Jade ha recibido lo mejor y lo peor de una cultura que simultáneamente reprime y enaltece a las mujeres. El hecho de que Jade hubiera buscado su secreta salvación en Nueva York, financiándose con las tarjetas de crédito de su padre es un absurdo que súbitamente cobra sentido, tan pronto como se sepa más acerca de ella, que Dios bendiga su alma inquieta.

Eludiendo a sus sirvientes personales y a sus guardaespaldas (como muchas otras veces), Jade saltimbanquea por Asia, el Cercano Oriente, Europa, a través del Atlántico hasta Nueva York, en un peregrinaje de auto descubrimiento sáfico. Espíritus benignos y fantasmas reencarnados de sus ancestros son redescubiertos en los clubes nocturnos que la amparan como hermana. Sacrílega salamandra que se escurre entre las más notables divas trasvestis, amigos tronos, chicos nocturnos, miembros de la nocturnidad, lo pasa de lo mejor. Allí es donde la conoció Rob cuando trabajaba de barman en Nueva York.

“Justo antes de que vinieran por ella y se la llevaran- dice Rob, sin dejar de murmurar- me dio esta franela. Vi como literalmente la removían. Nunca olvidaré sus gritos, que sobrepasaban la escala sonora”.

Jade y su padre tenían un pacto de caballeros, si se quiere una política de puertas abiertas, resumida en veintiún demandas todas convergentes y equidistantes, todas relativas a la total obediencia de la hija hacia el padre. Ella tan salvaje y expuesta a las tentaciones del universo y deseándolas todas, ella de la era de Acuario y del éxtasis ¿cómo podría sucumbir a la disciplina Samurai y Shogun? Siempre la encuentran. Siempre”.

Rob había notado la aparición de la falange que constituían los hombres de negocios japoneses, una isla de convencionalismos corporativos, una organización multicelular, en medio del devaneo y el frenesí dionisiaco en el que Jade bailaba (ataviada con un mono de spandex y azaleas, coronada de crisantemos y en la mano, un lirio) e ignoraba los gestos frenéticos con los que Rob había tratado de prevenirla desde la barra del bar.

La resistencia que Jade opuso a sus captores fue muy similar a su huida, es decir un show, una manera de aferrarse a lo mejor de dos mundos. Cíclica recurrencia alterna entre la esclavitud y la libertad. Dos semanas más tarde, al mes, o será dentro de tres años, Jade se volverá a escabullir, repitiendo el mismo harakiri, para reunirse nuevamente con sus amistades excéntricas, extravagantes, raras, con quienes pueda trascender aunque sea por instantes. Mientras tanto Rob el Astro Boy se aferra a su camiseta, a ese retazo de tela semi podrida, como a un salvavidas, como a un símbolo de su propia libertad. En lo más profundo de su corazón, el sabe que ella regresará...Y si se quedara...



3
Sir Speedie, Lord del Cristal y Duque del Meth es el Campeón del día de las 96 horas: Tick-tock, tickety-tock-tock. Se levanta el jueves por la mañana junto con las masas, su descomunal bostezo precede y acompaña las depresivas noticias matutinas y saluda los regocijantes humos de su café expreso. Los perros son paseados, la llegada de cada empleado es debidamente asentada con hora y fecha en los relojes laborales. Cafecitos de media mañana y luncheras para el almuerzo acaban con el ante meridien y dan pie al post, el cual desemboca inevitablemente en la hora pico de tránsito terrestre y en las noticias estelares. Camas sin tender y matrimonios sin ternura, la conciencia burguesa sucumbe por fin ante el sueño, fin de ciclo. En cambio el día apenas comienza para el Duque que ya se encuentra en pleno zumbido. Repletos el culo y la nariz de polvo, Speedie experimenta una aguda pureza en el espacio- tiempo. Pupilas dilatadas, presión sanguínea in crescendo, encendidos vaporones en el rostro. En pies y manos, cosquillas, hormigueos. Esto y lo otro reclaman diligencia y conclusión, casi todo acaba resuelto, ya que al maestro del aceleramiento psicológico y fisiológico, le resulta simplemente imposible quedarse quieto. Además con tantas cosas que hacer, ¿quién querría detenerse?. Otra urgencia que resolver con celeridad, y otra más, mientras el tiempo se va encogiendo, el espacio expandiendo y el resto de los mortales durmiendo. Juega ahora con varios principios termodinámicos, muchos de los cuales resultan incomprensibles hasta para alguien tan volado como él. Alcanza el día número tres, ajá, 72 horas corridas de trabajo y juego, trabajo y juego, con un añadido de 1/3 al cuadrado, logrando aumentar en 2/3 partes su capacidad de juego y trabajo sobre aquellos que recurren a la posición horizontal y al ocio. Creará en los próximos minutos, el equivalente a un día completo de experiencias inéditas. La idea lo excita tanto que sale disparado a pertrecharse con unas cuantas botellas de cerveza para celebrar. Su ingesta de intoxicantes, así como su diversificada interacción sexual, es una forma de retorcer las ecuaciones que controlan sutil aunque acompasadamente sus efluvios internos y externos de energía. “Vivir es experimentar” pontifica el Duque “y vivir bien es experimentar al máximo y lo más intensamente posible”. Confunde calidad con cantidad, velocidad con aceleración, una carrera con un maratón, ordena otra ronda en el bar. Su sistema absorbe el alcohol como una esponja mágica. Anhela ahora otras calorías y empieza a notar la repentina Epifanía de calma relativa, el mundo externo comienza a acelerarse paulatinamente, Speedie está metabolizando la experiencia más lentamente que hace apenas un momento.

Como proveniente del sueño que Speedie no tuvo la víspera, un anciano despeinado, cuya edad en número de años suma las horas de vigilia de Speedie, atraviesa su campo de visión. Dando traspiés apoyándose en un bastón, el viejo comienza a salirse misteriosamente de toda sincronía. Ciertamente se está moviendo más rápido que los que lo rodean, mucho, mucho más rápido, una bizarra anomalía temporal en ese mundo anfetamínico ya anacrónico. El anciano echa una mirada hacia la barra y al establecer contacto visual con Speedie, se desploma. Su bastón lo precede en la caída y la resonancia de la madera pulida contra el cemento produce un clackety- click-clack que repentinamente despierta al Lord de sus postradas ensoñaciones. Amanece lunes, ¡ah, sólo faltan tres días para que sea jueves nuevamente!.

Mi regreso a Caracas fue con sobrepeso, cargaba a cuestas mis descubrimientos, mis experiencias, mis sobre dosis de Mook. La soledad lucía ligera, liviana, casi gozosa, mis expectativas nulas. Volvía a lo conocido pero despojada de continuidad. Al comienzo la investidura semiclandestina, anoréxica y anónima me sentaba de lo mejor. Atrincherada entre cuatro paredes, auscultaba el pulso de las informaciones locales, los avisos clasificados (en busca de empleo), los noticieros. Nada. Tímidamente llamé a mis amigos, a mis colegas, a algunos conocidos pero podía escuchar la cacofonía de mis palabras que retumbaban en el vacío absoluto. Los periodistas me tildaban de ama de casa, las mamás de intelectual, los profesores de burguesa, los ricos de venida a menos; los nacionalistas me consideraron “una vendida al imperialismo yanqui”, los gringos me seleccionaron, por mi entrenamiento radiofónico bilingüe, para trabajar en La Voz de América y cuando huí a causa de mi total afonía ideológica hube de pagar con más burlas mi renuncia a un salario en dólares: periodistas. mamás, intelectuales, profesores, burgueses, ricos y venidos a menos se rieron de mí al unísono: ¡Ideología! giá giá giá...

Al cabo de un año me convertí en un seudónimo. Firmaba a destajo columnas o entrevistas, reportajes o crónicas que lanzaba a la opinión pública como si de bombas Molotov se tratara. Quería dinamitar los espacios culturales, sociales y políticos y desafiar los prejuicios semánticos,. No se crea que cambié para ello mi nombre ni mi apellido. Mi firma no sufrió alteración alguna, fui yo, yo misma, mi persona, la que se convirtió en seudónimo y como tal me volví invisible, insondable y claro, inabordable. Llegué a añorar aquella otra soledad, la de Chicago, pero sobre todo a Mook. Coincidió mi fiebre nostálgica con la adquisición de un módem para mi computadora. Pasaba largas horas de circunnavegación solitaria, recibí noticias de Australia, de Buenos Aires. Me enteré por correo electrónico del nacimiento de Agoston, ocurrida en Noviembre, en Budapest. Alguien adivinó mi perplejidad, pues en seguida recibí una explicación: “los nombres antiguos están nuevamente de moda en Hungría”. Me sonreí de buena gana cuando leí que muchos de los viejos nombres nuevos se escriben según la fonética húngara: Jacqueline por ejemplo se deletrea Zsakelin. Me sorprendí de la popularidad de los nombres hispanos, hay Alfonszo y Karmen a discreción y resucitan también los nombres hunos: Attila, Csaba (que se lee Chaba).

Poco lograban estas distracciones aliviar mi melancolía. La aldea global plana, una infinita llanura sin cimas ni simas. Hasta que de pronto localicé a Mook en la pantalla. De nuevo encuentro letras calóricas por lo de: “…nos definimos a nosotros mismos y acordamos significados sólo a través de aquellos seres u objetos a quienes amamos”.

El vigor volvió a inundar mi cuerpo, la aceleración mi cerebro. Hago volando miles de diligencias, recados, mandados y aún me queda tiempo para jugar y trabajar, jugar y trabajar. Hago 2/3 veces más que los que en posición horizontal sueñan ociosamente y constato con alegría que cada rato vuelve a ser jueves.

sábado, 13 de septiembre de 2008

El García Márquez que debía tener nombre de mujer





por Eva Feld

El escritor colombiano, con amplia estadía e impronta en Venezuela, G. García Márquez, en verdad otro es. No nos referimos a aquél de prodigiosa memoria que lleva más de cuarenta años contándonos historias en las cuales se funden sus recuerdos con el imaginario colectivo latinoamericano y a cuya sombra se arriman por igual lectores, escritores, periodistas para encadenar en perpetuo móvil, una realidad mágica arquetípica; ni a ese Midas de la literatura que ha sabido convertir en oro casi todo cuanto ha escrito y cuyo oficio se enseña en Cartagena para garantizar a perpetuidad su sello, su cuño, su franquicia.

La biografía del escritor G. García Márquez que nos ocupa se parece enormemente a la de la mayoría de los escritores a quienes se les escucha poco y se les publica menos y cuyo recurso anecdótico se ha ido disolviendo por efecto de la metáfora. En el caso de G. García Márquez acaso la sobre exposición de sus memorias las ha adelgazado hasta el punto de sólo recordarlas a través de las versiones que de ellas le proveen las palabras del Gabo. Así es, pues padece de isquemia cerebral.

G. García Márquez se desempeñó en Venezuela como empresario y como diplomático colombiano y obtuvo como ganancia el afecto y el reconocimiento fraterno de numerosos amigos y colegas que vieron en él, más allá de su apellido, la complejidad del escritor y la transparencia del hombre. Así han hablado de él, poetas y narradores como Elena Vera, Marisol Marrero, Carlos Brito, Lidia Salas y más de los catorce escritores que se reunían los martes a leerse y que al cabo del año 1991 publicaron un libro antológico bajo el título de "Quaterni deni", para dejar constancia del colectivo.



G DE GUSTAVO NO DE GABRIEL

Gustavo García Márquez vivió en Caracas y en Barquisimeto y alegró con su presencia numerosas reuniones. Aconteció en una de ellas, en que la noticia de su parentesco directo con el premio Nóbel colombiano tardó en difundirse entre los asistentes, que sintiéndose inadvertido me habló, sin conocernos, de sí mismo. Habló de fábricas y de dificultades, habló del amor conyugal y de sus hijos. Su voz fluía viril desde la espesura de unos bigotes muy poblados. Un tenue haz iluminaba las comisuras de sus ojos pardos, apenas se adivinaba por el escape de dos o tres palabras su procedencia colombiana. Sólo al verse descubierto en su origen aracatano me reveló en una sola frase su identidad: "Soy Gustavo García Márquez, el otro, y también escribo".

Protegida por la inocencia y la inexperiencia quise saber más de él, lo laceré con impertinencias de todo tipo: que si había publicado, que cuál era su temática. Al fin le propuse: "Sería bueno que escribieras bajo pseudónimo para que nadie pueda compararte ni vincularte con tu hermano. Pienso que lo ideal sería incluso que usaras un nombre de mujer. ". No hubo un ápice de conmiseración ni de burla en su respuesta: "Voy a pensarlo" dijo con una sinceridad ejemplarizante. Esa misma noche, a solas y víctima de insomnio especular, quise hallarle nombre pero sólo lo logré inventándole también un cuento, uno de mis primeros. Lo titulé "Galatea" ( Mujeres y escritores más un crímen, Ed Warp, Caracas 1999) Ése debía ser su pseudónimo cuyo apellido Hemera, pudiera vincularse mediante su raíz griega con los Buendía de Macondo.

Cuando volví a ver al enigmático escritor, a la pregunta de si había seguido mi consejo, me respondió críptico: "Isis". Nunca supo de mi Galatea, tampoco yo llegué nunca a leer nada de Isis.

Unos días después cayó en mis manos "Quaterni deni"; allí leí de Gustavo García Márquez su cuento "La eterna tarde de los espejos", del cual ofrecemos a nuestros lectores un mínimo extracto.



LA ETERNA TARDE DE LOS ESPEJOS

Era marzo, en los tiestos de flores que había en la ventana parecía mayo, y dentro en el recinto de la sala, el tiempo, detenido por la espera iba gastando la noche.

Al fin los vimos entrar. Se acercó a nosotros abriéndose paso por entre la niebla densa y glacial del cuarto de hora para las ocho. Afuera las nubes destartalaban la superficie de la tierra con una llovizna de agujitas plateadas. Venía tocado con una gorra de lobo de puerta fluvial, un espeso mostacho de morsa adulta, la cara de niño triste, pero los ojos vivos de quien recuerda todo lo leído. Con el brazo napoleónico sostenía un libro de cuentos y un cartucho de video-tape. Era el mismo de la noche anterior, la misma indumentaria, igual bigote y la misma mirada de ver la osa mayor, sólo que esa noche, a diferencia de la anterior, no traía consigo la voz de cantar aires llaneros ni el cuatro.

Inmersa en el congestionado e indefinido espacio de los dos espejos antepuestos como los largos callejones que me repetían infinitamente y me producían el vértigo caleidoscópico de su intimidad, lo vi llegar frente a mi y decir: "Estoy dispuesto para la travesía Patriarca", entonces lo vi más cerca a la cara, jamás le había hablado de los espejos, pero ahora, yo estaba convencido de que él interpretando mi intención, tenía en la mirada la convicción de saber exactamente lo que yo pensaba. Hablábamos sin decirnos una sola palabra y hasta discutimos el plan sin usar la voz. Miramos los espejos como dos estanques de aguas invisibles con intenciones de bucear, perpendicularmente a la superficie de azogue. Días más tarde, Juan José me contó algo en que coincidimos perfectamente, "El secreto está en vencer el aturdimiento del primer instante en que el presentimiento del cristal roto se desvanece ilusorio, luego se desbanca la atmósfera común y se entra en la densa profundidad sin atmósfera, los poros se dilatan y el tiempo se detiene en una eterna tarde. "Dentro de los espejos, siempre es de tarde".

sábado, 23 de agosto de 2008

Márai y Mann: Pendular la condición humana







Por Eva Feld



No es por nada que algunos críticos han declarado, en revistas como Lateral de Barcelona, que acaso los mejores libros publicados en el mundo editorial de la España de hoy sean las traducciones. Así es como ha sido reivindicado Sandor Márai, el húngaro que confundió suicidio con eutanasia al morir por sus propias manos a la edad de 89 años después de haber vivido las dos guerras mundiales del siglo XX, luego de sobrevivir a la revolución de 1956 en su propio país, después de enterrar a su esposa, testigo de excepción de sus novelas y, sobre todo, de su diario, aún no totalmente vertido en español, en el que asevera que escribir es un verbo incontenible y narcotizante que esclaviza a sus cultores y que la adicción no sólo les hace prever alucinaciones e incluso acontecimientos sino también acción en la quietud, tormentas y cataclismos, desenvolvimientos y nudos en cada nimiedad de la existencia. Dice Márai en su diario, que en los cuarenta años durante los cuales fue periodista se creyó responsable de los sucesos que narraba. Le parecía que no dejar constancia de ellos era lesa traición. Escribía, pues, todos los días. Era cronista y reportero, atestiguaba, concatenaba y rubricaba los eventos diarios con fruición de drogadicto. El ruido que producían sus dedos sobre las teclas de su máquina de escribir reprodujo muchas veces los estruendosos bombardeos, las altisonantes proclamas políticas, las anegadas cuitas partidistas, las viscerales bajas pasiones, sin que jamás creyera poder acabar con el repertorio. Pues aconteció lo contrario, fue el repertorio el que lo execró. Hubo de someterse a una suerte de reeducación conceptual. Cuando se le impidió seguir hurgando con preguntas, cuando su lacerante inquisición a quemarropa convirtió la cotidianidad en un colador informe, el hombre se volcó hacia la interioridad hasta que el verbo preguntar fue privado de transitividad para volverse briosamente reflexivo. Halló respuestas: En El último encuentro ("Las velas ardieron hasta el final", en el original húngaro, escrita en 1942), narra con precisión el reencuentro de dos entrañables amigos, separados durante cuarenta años por interferir entre ellos la pasión. Uno ha quedado atrapado en la introversión de un castillo, el otro ha quedado atrapado en la extroversión de una vida aventurada en África. Ambos, el que se ha ido lejos y el que no se ha movido, son tránsfugas, emigrantes, apátridas. Haber vivido les ha privado de continuidad, de permanencia, de certezas. Ambos han vivido -a sabiendas o en ignorancia- para este último encuentro en el que poco importa lo que se reclaman o lo que aclaran aunque esto ocupe buena parte del libro; menos aún importa que el reencuentro transcurra en una casa -en un castillo en los Cárpatos - que funge apenas como testigo, aunque sea memorable la descripción de la misma. Lo verdaderamente relevante del libro de Márai radica en los intersticios que permiten a los lectores proyectarse en innumerables inferencias. Un ejemplo: ¿Acaso no perdieron su ciudad, los argentinos que emigraron durante los años duros de las sucesivas dictaduras? ¿Acaso la conservaron mejor aquéllos que se quedaron? ¿No existe cierta coincidencia con otras pérdidas: la de la Viena imperial o la de Galitzia, por citar sólo dos. Otro ejemplo: ¿qué cosa es la amistad?: estos amigos complementarios e inseparables, rico el uno, pobre el otro, intelectual el uno atlético el otro se enamoran de la misma mujer. Una historia frontalmente emparentada con Cabezas trocadas de Thomas Mann, protagonizada también por dos amigos simbióticamente interdependientes y complementarios que han de ser separados porque aman a la misma mujer. Sólo que el escritor del Fausto y de La Montaña Mágica se vale de una leyenda hindú para ilustrar su moraleja. Pero mientras Márai se vale de un diálogo para hacer una crónica despiadada de la decadencia como legado del imperio austro húngaro y de la incompetente condición humana frente a su propia nimiedad. Podría atribuírsele a Mann, en Cabezas trocadas, una curiosidad filosófica y moral anclada hacia el futuro. Su futuro, que no es más que el presente actual. La disquisición se plantea desde una óptica que podría responder a ciertas interrogantes sobre la clonación. Veamos: Los protagonistas de Mann representan dos tribus diferentes con fenotipos casi antagónicos. El uno es intelectual, lampiño, de contextura delgada, ademanes delicados, cultura vasta y poseedor de una fortuna proporcional a sus atributos comerciales. El otro es alto, fornido, velludo, de verbo limitado pero espontáneo y tiene la piel bronceada por su exposición a trabajos corporales. El segundo decide abdicar a favor del amigo, pues reconociendo que sin él no podría vivir, teme perderlo víctima del despecho. Se celebran los esponsales sólo para incrementar las tensiones, pues ahora la esposa comienza a fijarse en los atributos físicos del amigo de su esposo, para quien ella sigue siendo delicioso fruto prohibido. Emprenden un viaje los tres y al detenerse frente a una cueva, los dos amigos acaban decapitándose mutuamente en el interior de la misma. Sólo mediante la muerte es salvable la ecuación. La joven esposa, enamorada de ambos, los encuentra descabezados. La diosa Shiva oye sus plegarias y le da una oportunidad de enmendar el daño, le ordena colocarle a cada cuerpo su respectiva cabeza para que ambos recobren la vida. Ah! Pero la joven se equivoca y al cuerpo deseado le coloca la cabeza amada del esposo, ubicando el drama en el terreno de la ética. ¿Con quién se ha casado: con el cuerpo o con la cabeza? ¿A quién debe seguir? Acuden a un asceta, quien, para beneplácito de la esposa, se pronuncia por la cabeza. La cabeza del amigo con el cuerpo disminuido se retira de la pareja y de la trama. De manera que durante algún tiempo vive la esposa la más conspicua completitud posible. Al cabo de los meses, el fornido, inteligente y rico esposo, que ha retornado a sus actividades sedentarias normales va perdiendo la fortaleza física así como el bronceado convirtiéndose nuevamente en si mismo. La esposa, mientras tanto, ha quedado embarazada y ha parido un espléndido hijo cuyo padre biológico no es otro que el amigo auto expatriado ¿o no? Ella siente la necesidad de hacérselo saber. Emprende el viaje y al llegar a su destino, encuentra estupefacta que el amigo ha recuperado su antigua y espléndida fisonomía. Se trata de un perpetuum mobile sin solución. ¿Acaso no es pendular la condición humana?

sábado, 19 de julio de 2008

Un Dante sin mal contemporáneo



por Eva Feld



No es por tremendismo ni por afán de originalidad que me atrevo a calificar a Venecia, Florencia y Pisa como réplicas de Disney world. La falsificación y el consumismo rampantes en esta primera década del segundo milenio están logrando transformar la historia de la cultura en una suerte de álbum de barajitas (en su defecto, de fotografías digitales) que los millones de turistas van pegando cual autómatas en sus carpetas analógicas y que luego “suben” a la red para compartir (o competir) con sus semejantes hasta conformar una suerte de catálogo de muecas, poses y monerías.

En Venecia, por ejemplo, es rigor fotografiarse en la plaza San Marcos dejándose picotear por decenas de palomas; en Pisa lo es sostener con las manos la torre inclinada; en Florencia, pararse junto al David de Miguel Ángel. Los turistas son capaces de alinearse pacientemente para cumplir con esos rituales, sin los cuales nadie, ni siquiera ellos mismos, les creería que en verdad estuvieron allí.

Los turistas se mueven cual depredadoras termitas, en permanente rally por conquistar el mayor número de pruebas que incluyen también la foto comiendo pizza y helado, luciendo sombreros de fieltro o de paja, visitando museos como plagas devastadoras. Pocos notan el trabajo a veces tenaz y otras excesivo de los cientos de restauradores que se ocupan de hacerle el mantenimiento a dinteles y capiteles, a columnas y arcos, a puentes y adoquines. La gente, en tropel, atraviesa y ve, pero no se detiene ni mira. El disfrute está en la acumulación, en la falsificación, en la simulación y en la velocidad.

A veces, como en la Plaza San Marcos de Venecia, quien se detiene puede llegar a rechazar la exuberancia en los colores restaurados. Parecen recién pintados, se les ha robado la pátina del tiempo y simulan, sí, sus propias réplicas. Hacen pensar en estatuas griegas, ya no blancas como las conocimos en nuestro tiempo, sino coloreadas según las posibilidades y la estética de su tiempo. Más parecidas a los dibujos animados de la televisión que a obras de arte antiguas. Igual que los retocados capiteles que lucen más emparentados con escenografías fílmicas que con el verdadero poderío eclesiástico de su tiempo, o la calidad de los artistas de siglos muy pretéritos.


A los turistas más acuciosos se les ofrece la historia narrada o para ser leída en cápsulas de fácil digestión, para que al lado del álbum de fotos puedan contar las mismas anécdotas, cuentos, leyendas o intrigas y puedan así dar aun mayor verosimilitud al hecho de haber visitado esas ciudades históricas, cuyo imaginario colectivo y mundial se ha reducido a algunas horas de atropellada visita, para los afortunados que han logrado movilizarse de su poltrona ubicada frente al televisor y para los demás a algún programa dedicado a los viajes de algún periodista de televisión.

Una de esas anécdotas relata que Dante Alighieri llegó a Florencia con las ropas sucias y que cuando se dispuso a lavarlas en el río Arno, acabó enjuagando el idioma y que ese es el origen del italiano. Lo cierto es que poco se nombra a Dante en el recorrido por Florencia, apenas como referencia de la Santa Croce y para decir sobre la inverosimilitud de que allí se encuentran sus restos. ¿Restos? Los modernos turistas se agolpan, en cambio, en la Plaza de la Señoría, o frente a las vitrinas del Puente viejo, delante de la Catedral o en el mirador; ocupan mesas en las abundantes cafeterías y espacio en las bocacalles, pero pocos notan el letrero que conduce a la casa del primer gran poeta italiano. Menos aun se interesan por la iglesia que frecuentaba su amada musa Beatrice Portinari, de quien escasamente piensan que era la amante de vate.

Dante no es, pues, barajita obligada en el viaje a Florencia. Unas pocas flores mustias adornan los restos de Beatrice, enterrada en la pequeña capilla. Nadie espera el turno a sus puertas para rendirle homenaje. Una luz tenue, una música exigua, una sutil remembranza le confieren al pequeño santuario un aire enrarecido. Como si nadie, ni siquiera el omnisciente tiempo hubiera trascurrido desde que el poeta encontrara en la furtiva figura de la pequeña Beatrice, el símbolo de pureza que requería su Comedia. Una señora, como las miles que emplean su jubilación en salvaguardar museos, cuida el recinto. Lo hace sin cobrar, tampoco acepta contribuciones, lo hace por amor y por exhibir, oh, allí mismo, dentro de la capilla, sus oleos en homenaje a sus creencias, religiosas y artísticas…

El juego entre la rendija de luz vespertina y las sombras que arroja el Cristo austero que preside el altar permite obviar por instantes la intrusión del presente. Allí está Dante Está de regreso de la vida y de la muerte, del infierno, del purgatorio y del cielo. Dispuesto a reemprender el viaje con el mismo ánimo de conquistador, con el mismo afán de clavar en hondura su palabra, la de describir, de narrar y traducir en neología la condición humana. Pero no ésta, actual, de seres robotizados y atormentados por la estética de la rapidez y de la acumulación; fetichista y adoradora de mitos mediáticos. Dante, que ha viajado y procreado. Él que ha medrado en política e influido en la historia en proporciones descomunales, sigue plantado en la filosofía, procurando respuestas al paso de los hombres por la tierra. Y para ello necesita regresar siempre al lugar donde yace su Beatrice, porque viva y ausente o viceversa, ella es para él el leit motiv de su obra.

Los ocho moteros en tránsito hemos invadido el espacio de Dante, destellan los flashes de nuestras cámaras, resuenan nuestras voces extemporáneas en este santuario y nuestra rúbricas quedan estampadas en el libro de visitas, como corresponde a visitantes extranjeros. Una vez afuera, cuando por fin a mi compañera motera le es dado prender su cigarrillo, me pregunta con genuino interés sobre mi estado alterado. Quiere saber de mi taquicardia, inquiere sobre el Dante, sobre Beatrice. ¿Por qué ejercen sobre mí tal fascinación? ¿De qué trata La Divina Comedia? Mis respuestas tardan, vienen precedidas por el tartamudeo que produce la emoción. Al final ella, la bella sabra, lo sintetiza todo: “Intuyo pero no entiendo -dice- te aseguro que voy a buscar La Divina Comedia en Ivrit para compartir contigo esta fascinación”

La velada habrá de concluir en un restaurante campestre, el menú florentino y los excelentes anfitriones toscanos más un Chianti como pocos, sellarán el fin de la jornada.

No se volverá a hablar de Dante, no forma parte del itinerario turístico, no pertenece al álbum de las fotografías, es inmune a los males contemporáneos, sólo asible para quienes estén dispuestos a hacer el viaje con él y con Virgilio hacia el infierno y no precisamente en moto.

sábado, 12 de julio de 2008

Viaje en moto hacia el idioma húngaro como quien se juega la vida



por Eva Feld

Aposté al idioma húngaro como quien se juega la vida. Mi padre había muerto hacía apenas tres meses, cuando yo andaba planeando secretamente traducir al castellano a Frigyes Karinthy (1880/1956), su escritor favorito. Lo haría por el mero hecho de inventar excusas que me permitieran interrumpirlo en su trabajo, pues, a los 84 años aun acudía a la oficina y todavía era capaz de escribir cartas en alemán, leerlas en francés, contestar el teléfono o revisar su correo electrónico en italiano, en inglés, en castellano y sacar cuentas, eso sí, invariablemente en húngaro.

Mi padre siempre tenía algo que contar. Recordaba cientos de historias que había visto en películas; leído, vivido o sobrevivido (cuando se trataban de los de la segunda guerra mundial). Era además dueño de inacabables parábolas, anécdotas, chistes. Cuando yo lo visitaba a su oficina, sacaba de un viejo armario una botella de vodka y nos servía lo suficiente para que nos mojásemos la lengua. Los ojos de mi padre adquirían aun mayor brillo cuando se refería de Karinthy. Le fascinaba su agudeza, su estilo. Y yo, claro, quería alcanzar esa fascinación. Muchas veces habíamos hablado de sus libros. Notablemente de Igy irtok ti (Así escriben ustedes) una parodia sobre el estilo de una veintena de autores, escrita, según mi padre, con cultísima sorna, con conocimiento de causa, con sencillez.. Era capaz no solo de recordarlo sino hasta de citar algunos de sus párrafos.

Desde que mi padre falta, me aventuré primero con un librito, uno de sus primeros, y lo leí de la única manera en que soy capaz de hacerlo en húngaro: en voz alta para escuchar los difíciles sonidos que emito o mejor dicho que adivino, hasta que al final logro entenderlos. Se trataba de breves historias colegiales, recuerdo haber incluso llorado con la primera, porque reflejaba la infancia de un escritor que aun ni sospechaba que sería famoso, pero escrita con la nostalgia de quien ya lo era. Lo único que no logré traducir a mi entera satisfacción fue el título: Tanár úr kérem que estrictamente quiere decir Profesor por favor, pero que traduce muy mal lo que en verdad puede, a mi entender, llegar a significar.

Nunca llegué a comentar con mi padre aquella teoría de Karinthy, surgida en su relato Cadenas (1929), que tanta popularidad le granjeó en el mundo. Una que se ha dado a conocer como la teoría de los Seis Grados de Separación, según la cual cada persona del planeta está conectada con cualquier otra a través de una cadena de conocidos con no más de cinco eslabones o puntos de unión. Es decir, seis niveles nos separan de cualquier persona del planeta. Seis pasos. Seis grados.

Pero en cambio, Karinthy se convirtió en puente entre nosotros cuando subía la marea en nuestros respectivos estados de ánimo. Acudió a nosotros cuando lo veía preocupado por la situación sociopolítica, financiera o económica del país, cuando lo sentía alterado por los embotellamientos de tránsito o por el asomo de cualquier otra angustia, ansiedad o turbación. A veces, seguramente inspirados por Karinthy, jugábamos a lo que nos gustaba llamar “crucigrama”. Uno describía lo que quería decir y el otro debía adivinar la mejor palabra que lo expresara. Siempre me llevó la delantera.

Cuando murió, el 17 de febrero de este año, me aferré al idioma húngaro como quien se juega la vida. Me zambullí en Karinthy hasta sentir en mi cabeza el bisturí que cercenó la de él, de lo cual dio fe en su memorable relato titulado Viaje alrededor de mi cráneo y en cuya introducción aclara que no faltó algún imbécil que echara a correr la bola de que se había inventado semejante operación para llamar la atención, aumentar su popularidad y por supuesto la venta de sus libros. “No tuve sino dos opciones- dice- la de ignorarlo por completo o la de contestarle. Este libro es mi respuesta”

Con el duelo ahorcándome y sin lograr contener las lágrimas, emprendí en mayo un viaje hacia el húngaro; hacia el idioma materno de mi padre transilvano. Lo hice en moto, desde Munich, de manera que durante casi ocho horas, múltiples vocablos se garrapiñaban en las circunvalaciones de mi cerebro. Vi a mi padre en todas ellas y a Karinthy junto a él. Mi padre contaba muchas historias. Decía del premio Nóbel de Imre Kertesz y de la popularidad de Sándor Márai. Hablaba del realismo mágico y del regusto, que él no compartía, por el estilo abigarrado y barroco de muchos escritores latinoamericanos. Karinthy asentía y lo invitaba al café New York, de Budapest, a tomarse un trago de aguardiente. El palinka les abría el apetito y ordenaban queso liptai, y salami con pan negro. Karinthy y mi padre se entendían en húngaro, por supuesto, pero yo los traducía en simultáneo al castellano, que es el idioma en el que mejor pienso, leo, escribo y saco cuentas.

Llegué pues, en moto, al centro de Budapest, a la plaza Oktogon, que no es realmente una plaza como tal sino una suerte de distribuidor con ocho lados fraccionados en cuatro triángulos y de allí, a pié, a La tienda de los escritores, una librería custodiada por dos estatuas de autores famosos: a la entrada por la del poeta simbolista, Endre Ady y en la acera de enfrente la del narrador Mór Jokai. Entré en vilo, como transportada por mis dos notables anfitriones, Karinthy y mi padre. Se mofaban de mí, me tildaban de cándida, sobre todo cuando me vieron preguntarle a la librera por los gustos de los lectores actuales. ¿Acaso no podía yo constatar con mis propios ojos la abundancia de libros de autoayuda y de best sellers (Harry Potter, Crichton o Don Brown), igual que en el resto del mundo? Fue mi padre quien pagó, aunque lo hiciera yo con mi mano, una franela que compré con la estampa caricatural de Karinthy, una en la que se come, con tenedor y cuchillo, a los escritores que en verdad devora en su Igy irtok ti. Imposible cargar con libro alguno, apenas logré apretujar la franela en mi ya muy constreñido equipaje de motera.

Unos versos de Ady (en la versión en castellano de David Chericián) de su poema Jinete extraviado, podrían “simbolizar” mi desencanto de centauro descaminado: He aquí el tupido y denso matorral, / he aquí el apagado canto viejo / agazapado entre la niebla sorda / desde nuestros bravos, tristes abuelos… Todo es sangrar. Todo es secreto, / todo es opresión, todo antepasados, / todo es bosque y juncal, juncal y bosque, / todo es dementes, dementes de antaño… Jinete yo misma, nuevamente subida en la moto, rumbo a la plaza Blaha Lujza en busca de otra librería, la Fokusz, para no quedarme rumiando el último verso del mismo poema de Ady: Se oye trotar del extraviado / jinete de antes, las encadenadas / almas de los juncales ancestrales / y talados bosque se sobresaltan.

Los ciudadanos de Budapest inmutables en su cotidianeidad ni siquiera advierten que se ha colado en una de sus principales avenidas comerciales una especie de androide. Toda ataviada en inmensos protectores negros, con botas de montar, recorro a pie las casi cuatro cuadras hasta llegar por fin a la librería Fokusz. Tampoco allí llama la atención mi indumentaria, en cambio sí mi desmedido interés en la literatura húngara. Pretendo absorberlo todo: ¿Qué libros se venden más? ¿Cuáles se editan y sobre todos cuáles se reeditan? ¿Aún pervive el interés por Karinthy?, ¿y por Kostolanyi?, ¿y por Krudy? Me atienden dos jóvenes estudiantes de letras con fascinación y sin prisa. Su respuesta monosilábica me reconforta: “Sí” responden al unísono y no tardan más de un par de minutos en ponerme las últimas reediciones ante los ojos. “Karinthy es de lectura obligatoria en la escuela”.

En húngaro literatura se dice “bellas letras” y de su continuidad se ocupan varias casas editoras (Kalliguan, Europa, Helikon, Talentum y más; públicas y privadas; en formato de lujo y en ediciones económicas). ¿Nuevos escritores?, ¡Sí! También abundan: Lajos Parti Nagy, cuyo libro más popular se titula Ni tambores ni trompetas; Kristian Gecsó, Escuela de baile; todas las novelas de Magda Szabo, además Daniel Varró, Orsolya Kavafiath y Pal Závada. ¿El precio de los libros? Más caros que antes, sí, pero aun accesibles. ¿Literatura light?, ¿Best sellers? Sí, abundantes, traducidos del inglés, pero también nacionales como los libros de Lászlo Lörincz o István Nemeve entre otros.

El tiempo vuela, aún falta por recorrer unos 150 kms para pernoctar en Arád, esa pequeña ciudad industrial de Transilvania adonde la cena ha de deslumbrarnos por abundante, sabrosa, bien rociada con aguardiente y animada con música local. Habré de regresar a Budapest en un par de días, pero esta vez en plan de turista, en compañía de mis amigos moteros. Recorreremos las calles que Márai describe con gran emotividad en su biografía, lo haremos de la mano experta de una guía cubana. Se llama Elena. Mis compañeros de viaje lucubran, sospechan que es una refugiada, ella aclara que llegó a Budapest hace una veintena de años como becaria y que contrajo nupcias con un húngaro de quien a la sazón se divorció y que ahora, cuando domina el idioma endiablado de los magyar y que se siente plenamente húngara, se enamoró de un hombre vasco, que vive compartida entre San Sebastián y Budapest y que ha de aprender el euzkera, otra lengua igualmente desemparentada. Mientas nos pasea por calles y avenidas, sobre puentes y por pasillos, bulle en mi mente una sincronía, otra más: ¿Qué curioso que sea precisamente una cubana ciudadana del mundo, activista de las libertades democráticas , poseedora de las mejores recetas para encurtir el pimiento húngaro y con acento español, la encargada de llevarnos a la Sinagoga de Budapest, una de las más grandes y lujosas del mundo, a la que los judíos la llaman también el templo del tabaco, puesto que está ubicada en la calle Dohany, que significa precisamente tabaco en húngaro? Y que fue construida en el siglo XIX con 2.964 asientos. Henos allí pues conmovidos por la enorme presencia de los exterminados, artísticamente recordados en monumentos extraordinarios: la escultura de un árbol en metal, cuyas hojas llevan, cada una, el nombre de algún pariente desaparecido; otra con la lista de los benefactores que se pusieron en riesgo para salvar judíos; un museo con memorabilia judaica, que incluye desde objetos rituales hasta recuerdos de los campos de exterminio.

Hablo de sincronía porque ese fue el único momento en el que mi padre, judío, único superviviente de su familia íntima, húngaroparlante, no se hizo presente. Resultaba menos doloroso seguir de tertulia con Karinthy. Recordé y se los hice saber, que mi primer contacto con la poesía húngara, traducida al castellano, ocurrió en 1984, cuando la Editorial arte y cultura, precisamente cubana, acababa de publicar una antología prologada por Éva Tóth.


A mi regreso a Caracas, busqué el libro para reproducir aquí al menos algo de lo que la prologuista dice sobre Ady: La poesía de Ady, como la música de Bartók, tanto diacrónica como sincrónicamente es la mayor síntesis realizada hasta ahora en la cultura húngara. Así como en el arte de Bártok están presentes desde la pentatonía, la herencia más antigua, finounguia, asiática, de la música folklórica húngara, pasando por el romanticismo nacional que adquiere valor universal en el arte de Ferenc Liszt y su superación bajo el signo de las tendencias modernas, hasta la vanguardia musical del siglo XX y la música popular incluso de los pueblos vecinos e incluso de los turcos y árabes, así la gama de la poesía de Ady va de las ancestrales formas poéticas basadas en el acento, pasando por las formas llegadas de Europa Occidental, asimiladas a través de los salmos calvinistas, hasta el verso libre… Ady es, como Bártok en música, la figura más húngara y a la vez más universal de la renovación literaria de comienzos del siglo XX…”

Mi padre solía decir que si Karinthy y muchos otros autores húngaros hubiesen escrito en otro idioma, serían hasta el sol de hoy famosos y leídos en el mundo entero. Yo agrego que apenas están siendo descubiertos por las editoriales españolas. Mientras tanto yo sigo zambullida en el endiablado idioma húngaro como quien se juega la vida.





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lunes, 7 de julio de 2008





Elfriede Jelinek: "Los Excluidos " en la imperfecta humanidad

Por Eva Feld



Líbrese lector de simplezas, lo que se le narra no es el mero relato de hechos superlativamente perversos, de esos perfectamente transmitidos por igual en noticiarios y en las cada vez más sofisticadas series televisivas de pesquisa policial. No, más allá de la historia lineal que Elfriede Jelinek , Nobel 2004 de literatura, cuenta en su novela Los excluidos (narrativa Mondadori octubre 2004) se halla el más precioso retorno al misterioso lugar, del otro lado del lenguaje, en el que se ubica la verdadera literatura, desde donde el escritor, preso en su trama y víctima de su palabra, es capaz, no obstante, de deslastrar la realidad, la propia y la histórica, de la lógica aplastante de los hechos y permitir que la ambigüedad así como el juego poético entre la verdad y la falsedad configuren la esencia del cuerpo narrativo.

En la novela Los excluidos , los protagonistas no son únicamente los cuatro jóvenes austriacos de la inmediata posguerra (en la década de los años 50) que emblematizan la violencia llevada a niveles de excitación estética sin consideraciones morales ni sociales. Tal simpleza, sería, digámoslo sin ambages, poco menos que un lugar común, en este primer lustro del siglo XXI, cuyo sino no ha sido otro. Los principales protagonistas de Jelinek son los símbolos, los silencios, las palabras empleadas para decir y no para hablar. Palabras como las que la autora envió grabadas en un video, el día de la entrega de los premios Nobel para no asistir a los ritos de sociedad ni enfrentarse a la falta de atención que los terceros prestan al Yo del que tiene algo que decir.



Elfriede Jelinek

La trama

Nadie mejor que Diamela Eltit (Conferencia en el Instituto Goethe de Santiago de Chile, El Mercurio)) ha sabido plasmar el contenido argumental de esta novela: "En Los excluidos , el mapa textual aborda un grupo de jóvenes, los hermanos Rainer y Anna y los amigos Sophie y Hans - que transita un orden residual. No se trata de marginalidades sociales, sino más bien de jirones históricos y políticos. El padre de Rainer y Anna , en tanto vencido nazi memorioso, rehace su camino ya no como responsable del campo de concentración, sino como jefe de una familia que le permite la creación de un "campo" alternativo. Allí experimenta científicamente, en el cuerpo de la esposa-madre y en sus hijos, un poder destructivo traspasado de angustia. En el otro frente de la ideología, la madre proletaria, filiada rígidamente a la ideología de clase, parodia inútilmente a la obrera orgánica e intenta traspasarle a su hijo, el obrero Hans , éticas y estéticas políticas en medio de una realidad ya enteramente inorgánica".
Compartimos que lo s jóvenes funcionan "en un presente que porta las excedencias de un pasado. Aunque transitan conceptualmente entre la literatura, la música, los discursos culturales, entregan sus cuerpos a prácticas desestabilizadoras del orden institucional y jurídico. Rainer , él, poeta, asesina a su propia familia profundizando hasta el paroxismo la saña".

Los símbolos



Sí, en los cuatro jóvenes están plasmadas las ideologías y las vocaciones, la dialéctica que confronta, pero también complementa, a los contrarios (nazismo y socialismo, masculino y femenino, burguesía y proletariado, trabajo intelectual y manual); sólo el fracaso es unívoco y altisonante. En la puesta en escena de Los excluidos el lector de la novela es abatido por una brutal fuerza dramática de la mano de una escritora que, según su propia confesión, no asiste jamás a la representación de sus obras teatrales, sino que se queda en su casa y ocupa su butaca de lectora desde donde devora sus propias palabras calóricas . Las que dan cuenta de un narrador que hilvana los espeluznantes acontecimientos de Los excluidos y recurren a la intertextualidad para explicarle al lector sobre las influencias que George Bataille , o Albert Camus , o el Marqués de Sade han obrado sobre Rainer , quien, por cierto ha recibido ese nombre en honor a Rilke . Ese narrador omnisciente también le advierte al lector (devenido espectador de palabras), que Rainer , el incipiente poeta lenguaraz líder del grupo (más frustrado que maldito), es hermano gemelo de Anna , quien por mucho que se empeñe en ejecutar la música de Beethoven o de Bramhs , por más que calle - en contraposición a su hermano- no será jamás más músico que el verdadero poeta. Gemelos: la poesía y la música, el hablar y el callar, el macho y la hembra, hijos del fracasado nacionalsocialismo alemán, enamorados él de una burguesa y ella de un obrero, despreciados ambos por los verdaderos protagonistas del aparato productivo de la nueva promesa austriaca (como alemana), serán víctimas y victimarios; ejecutores y ejecutados; objeto y sujeto del más cruel ensañamiento en un final absolutamente dramático, en el que Rainer , tras entregarse a la policía con absoluta naturalidad, luego de haber asesinado a sus padres y a su hermana hasta dejar sus cuerpos irreconocibles, le asesta el golpe mortal al lector, proclamando: "Ahora ya lo saben todo y pueden disponer de mi", convirtiéndose él mismo, por el poder de la palabra, de lo silenciado y de lo inferido, en un poeta y, su autora, en Premio Nobel 2004.

martes, 1 de julio de 2008

De Eva Feld por el 5º año de www.aladecuervo.net




Les habla Eva Feld en esta fecha doblemente conmemorativa. En primer lugar porque nuestra página web de Ala de cuervo está entrando en su quinto año de existencia y en segundo porque para celebrarlo estamos introduciendo dos nuevos espacios: el auditivo con Ala de cuervo radio y el visual con Ala de cuervo T.V. Con este paso hacia las comunicaciones integrales pretendemos extender aun más el amplio espectro de nuestros visitantes quienes para esta fecha alcanzan la cifra de 11.000 mensuales en 64 países.

Nuestra página web nació en principio como una extensión de la editorial Ala de cuervo que fundáramos con el intelectual venezolano Teódulo López Meléndez en el año 2000 bajo el lema de publicar libros al margen del afán editorial que da preferencia a la literatura de la inmediatez. Habíamos llegado al convencimiento de que solo la independencia absoluta podía garantizarnos la libertad de expresión y emprendimos la labor titánica de desafiar simultáneamente al mercado, a la publicidad, a la tendencia mundial hacia la frivolidad, los best sellers y la literatura light. Publicamos una veintena de libros.

Decidimos, al cabo de un par de años, incursionar en la página web para crear una red de interesados en la literatura y el pensamiento y nos ocurrió algo similar a lo que le sucedió Friedrich Nietzsche en algún momento del año 1882, cuando compró una máquina de escribir (una Mailing-Hansen para más señas). Su visión estaba fallando y mantener sus ojos en foco sobre la página en blanco sobre la cual escribía le comenzaba a resultar extenuante y doloroso. La máquina acudió en su rescate, una vez que aprendió a dominarla (incluso con los ojos cerrados), las palabras volvieron a fluir directamente de su mente a la página. Pero además, incidió también en su estilo. Comenzó a ser aun más concreto, más telegráfico, como si se abriera paso en un nuevo idioma. Cuando un amigo se lo hizo notar. Él le respondió: “Tienes razón, el medio con el que se escribe forma parte en la formación de nuestros pensamientos”. Según el académico alemán Friederich A. Kittler, Nietzsche cambió la argumentación por aforismos, los pensamientos por juego de vocablos, la retórica por un estilo telegráfico.

Nosotros nos atrevemos a agregar que al hacerlo, Nietzsche comprendió la manejabilidad de la mente humana y simplemente logró condensar, sintetizar y optimizar sus ideas y sus palabras y multiplicar su efectividad y difusión. Casi un siglo después el estudioso canadiense Marshall Mc Luhan llegó a una conclusión similar: “el medio es el mensaje- dijo y luego añadió- el medio es el masaje”

Pues bien, le ha llegado el turno a la red planetaria de incidir no solo en la velocidad con que circulan y se multiplican los mensajes, no solo a la simultaneidad de opciones y a la réplica instantánea, sino también a la forma de pensar y de escribir del hombre del siglo XXI. Ala de cuervo, que empezó siendo una editorial independiente de carácter alternativo (eufemismo amable para maquillar el carácter casi clandestino de los libros de contenido denso y de bajo tiraje), ha dado el salto hacia la universalidad y la totalidad primero en su versión escrita en www.aladecuervo.net y ahora, en este su quinto año de existencia, al sonido y a la visión, a la radio y la televisión, para la difusión del pensamiento, de la poesía, de la ficción y de la realidad.

Ala de cuervo audiovisual se suma a nuestra página web aladecuervo.net y a nuestro empeño editorial por publicar libros de alta densidad para ofrecer a nuestros visitantes un amplio espectro cultural cuyo epicentro sigue siendo nuestra definición fundacional: “Ala de cuervo debe su nombre al proceso alquímico que conlleva a la obtención de una esencia o fluido fluorescente que se solidifica y se separa”… ya sea en forma de libro de papel, en magnético encantamiento apalabrado en el ciberespacio o en esta nueva fase audiovisual

¡Muchas gracias!

martes, 24 de junio de 2008

VIAJE EN MOTO HACIA LOS DEMÁS

por Eva Feld













Primera parte


Viajar sola me ha resultado siempre una experiencia exultante. Obedecer a mis antojos yextraviarme en lo lejos para mejor escuchar las voces internas que me pueblan podría resumirse en el concepto superlativo de huida perfecta.


Viajar sola ha sido siempre para mí el mejor escenario para nutrir

tramas y paladear vocablos extranjeros. Superior estado alterado el poder eclipsarme y de ese modo mejor investigar e inventar hasta hacer erguir, como componentes complementarios del genoma humano, a seres extraordinarios con vida propia. Entes eróticos, maniáticos, fanáticos, productos de la observación y de una atribulada fantasía. Más que protagonistas enmascarados y ambulantes de mis novelas y de mis cuentos, pobladores de la dramaturgia en que con el tiempo me he ido convirtiendo.

No viajar sola hubiera seguido siendo un rotundo imposible de no haber sido por el principio físico de acción y reacción. Aconteció que en un arrojo, probablemente de vanidad, se me escapó frente a amigos que planeaba hacer un viaje en moto por las regiones montañosas de Fagaras, en Rumanía, un destino lúdico, sembrado de monasterios ortodoxos de los siglos XI y XII. Mis amigos, moteros también, sintieron en la lubricidad de mis expectativas, la bífida mordida del deseo y antes de darme cuenta, me fui convirtiendo en amable intrusa de mi propio viaje.


Fueron ellos, pues, quienes lo fraguaron. Y, por supuesto, el viaje acabo siendo otro. Ya no a los monasterios en solitario, ya no al fértil ecosistema de una posible novela en la que antiguos iconos fungieran como posibles personajes, ya no solitarias rutas rústicas ni parajes misteriosos. ¡No!. Ahora partiríamos ocho personas a recorrer seis países en tres semanas. Ahora el viaje se iniciaría en Alemania, con repollo agrio y torta Sacher para invadir luego Austria, Eslovaquia, Hungría, Eslovenia, Italia desde Trieste hasta la costa amalfitana pasando por Venecia, Florencia, Pisa, el lago de Garda, las Dolomitas, unos metros de Suiza y a lo mejor, si cabía, la costa azul…


Reconozco que me dejé hacer, el guión se me escapaba de las manos, otros manejaban sus hilos concupiscentes. Otros delineaban los rasgos psicológicos de los personajes que se embarcarían en la novel aventura. Yo obedecía bajo esa suerte de hipnosis que se apodera de nosotros cuando aparece un líder. Uno que resultó ser muchos, pero todos muy distintos a los muchos que me pueblan a mí. Muchos eran, sí, ya lo dije antes, sumamos en total ocho (cuatro hombres al manubrio, cuatro mujeres en la parrilla) y todos reales y verdaderos, quiero decir los otros siete, menos yo, que pasé a ser la única ficción del viaje. La única inventada por los demás, la unívoca desemejante. Y por lo mismo, la suma de todos ellos, pues cada uno nutrió al personaje en el que devine, con sus propias emociones y expectativas, pero también con su pasado y los trazos más resaltantes de su personalidad.


Fui yo, pues, la única que no hablaba ivrit, la única que no conocía Israel, el único ser permeable y maleable capaz de ser simultáneamente protagonista y actriz secundaria. Tamiz y reflejo de todos los autores de un viaje memorable en moto en el que fui además, un poco arlequín y otro tanto marioneta a manos de otros que a fuerza de ser reales y verdaderos; de tener voz propia y libre albedrío; de hablar todos a la vez y de tener ciertamente y siempre algo que decir, me distrajeron de mi misma. Podría decirse que me salvaron de la amenaza que soy y me enseñaron a escuchar y aprender de ellos. Dos verbos regulares de uso múltiple en el periodismo y en cambio absolutamente intransitivos en la espesura de la escritura solitaria de quienes (como yo) optan por vivir en ninguna parte y hacen de la nada trama.

Sépase que quien anda en moto sin manejarla, queda completamente en libertad de soñar. Las nubes primaverales y sus consecuentes chaparrones, las autopistas atiborradas y las carreteras interurbanas, los paisajes pastorales o las olas con sus salpicaduras no hacen más que nutrir esa gran libertad. Una que nos permite regresar a la infancia o planear un evento; rememorar una lectura o tararear un aria; conectarnos a un i-pod para escuchar boleros y baladas y cantarlos a voz en cuello. Así que la trama consistía en hilvanar subtramas, nada más parecido a componer novelas. Tal vez la diferencia, esta vez, era que no me fuera dado inventar nada. Me repito, lo único verdaderamente inventado fui yo. Sin siquiera ponerse de acuerdo todos los guionistas de esta historia acordaron tácitamente, se entiende, que yo recibiera dosis sustantivas de otredad y puedo dar fe del éxito de su empresa. Fui durante el viaje, hombre y mujer, conductora y pasajera, sefardí y asquenazí. Renací sabra de padres polacos o rumanos, marroquíes o rusos. Leí en hebreo letreros en las sinagogas, saboree platillos árabes con fruición. Fui por momentos todos ellos.

I.


Evoco a lomo de 100 caballos de potencia mi juventud sionista, el ejército. Los años más difíciles pero más hermosos de la juventud, ¡cuánto añorábamos regresar a casa, dormir en cama, comer y beber manjares familiares y no acatar ordenes ni darlas!.


Fui instructora de artillería. No por ello menos dicharachera. Me queda de esos memorables tiempos, el esplendor de haberlos vivido y esta voz ronca por haber tenido que

instruir por encima de los decibeles producidos por los disparos y, a veces, superando el estruendo bélico. A decir verdad fue entonces cuando comencé a fumar. ¡Qué maravilla hacer un alto al fuego para aspirar aquel humo gregario que nos hermanaba aun más bajo el sol inclemente del verano o nos abrasaba por instantes en pleno invierno! Fumar y gritar eran entonces acciones antagónicas en el ejercicio armado, pero complementarios en sumarse para rebajarme la voz No por ello dejé de fumar, al contrario. Inhalábamos aquel humo comunitario al descampado y aprendimos a distendernos. Aspirábamos en cada bocanada el hálito de la vida que nos era encomendada defender y dibujábamos en humaredas nuestros ideales nacionales. Ahora mismo quisiera que nos detuviésemos en esta insólita campiña eslovena a fumarme un cigarrito, a estirar las piernas, a que me cuenten algo más de Europa. Esta es la primera vez que la visito. Cuando éramos pequeñas y nos bañábamos en el río jordano, nos parecía que las niñas europeas eran engreídas, Ahora pienso que alguna razón tenían para serlo. Quiero abrir los ojos lo más que pueda, quiero escucharlo todo, verlo todo. Quiero fumar, quiero fumar. ¡Qué se detenga la caravana!

II.


En este mirador encantado de Florencia sobre el río Arno, desentierro los recónditos recuerdos de mi madre. Era alemana, era bailarina, era gimnasta, era hermosa. Cada reflejo ocre o verdiazul me la devuelve en un rapto de ignición interna. Se fue de nuestro lado bailando, bailando emigró a América, bailando la recuerdo ahora, en este descanso atemporal en el que apeada de la moto la escucho narrarme cómo fueron sus clases de arte precisamente el Florencia, a mediados del siglo pasado. Oteo desde esta altura la Sinagoga más antigua de Europa y el poderío de los Medici, miro por encima de la espesura cultural el hormigueo incesante de millares de turistas atropellándose por visitar el Duomo o la Santa Croce, adonde falsamente yace Dante y me digo quedo, para que nadie escuche lo que pienso, que debo darle las gracias a mi madre por haberse llenado los ojos de belleza y por haberme transmitido desde mi gestación el amor al arte. Siento un cosquilleo en las sienes, mis dedos vuelan a prestarles auxilio. Los leves masajes que me doy reproducen esa especie de alucinación ancestral según la cual los hijos solo llegamos a conocer verdaderamente a nuestros padres cuando ya no están. Cuando podemos editar los recuerdos tristes, la enfermedad, la agonía. Aquí está mi madre, conmigo, en este viaje memorioso. Gracias a Dios por esta parada a la vera de una réplica del David de Miguel Ángel. Ahora, cuando reemprenda el viaje en moto, estoy segura de que recordaré más detalles y puede que logre captar alguno para plasmarlo en alguna escultura. Pero ¿cómo traducir en arcilla y en polímeros la velocidad y el movimiento? ¿Cómo desdibujar la añoranza sin recurrir a la figuración? ¿Cómo conciliar la multiplicidad de ideas con la ejecución interminable de cada pieza cuando requieren tanto trabajo?


III.


Tules, organzas, linos y algodones; sedas y tafetanes, hilos y dedales, son solo algunas de las sonoridades que me han acompañado toda la vida. En el vaporetto que nos lleva de regreso a la terminal ferroviaria de Venecia, luego de un largo paseo por callejuelas y barrios, vuelven a mi tacto cardenalicios terciopelos, sutiles florcillas extendidas en infinitos metros de batista que se transformaban bajo nuestra mirada de niñas, en sábanas y en dormilonas. La costurera venía a casa todos los días de la semana y nosotras, mi hermana y yo, fuimos aprendiendo todas las relaciones posibles entre la línea recta de las telas y los elegantes atuendos para bodas y barmitzvas. Es decir, entre plano y volumen mediaba la máquina de coser que punteaba incesante y avanzaba como una locomotora hasta verme ya adulta montada en una moto, forrada en telas nuevas, de alta tecnología para protegerme del viento y de la lluvia, de accidentes y de la estética. Pues hay que ver que estas chaquetas nos hacen ver como robots futuristas en busca de lo que no se nos ha perdido. Tanto más preferiría acortar el viaje y alargar el glamour, recortar el trayecto y ampliar los atuendos, abreviar la cabalgata de alta cilindrada y ampliar la circunvalación cultural en ciudades y pueblos. Comer, sobre manteles pulcros y almidonados, deliciosos platillos y suculentos postres. Pero la caravana avanza, el paseo de Venecia que habíamos comenzado por el barrio judío está por concluir, atrás queda la góndola y la duda de si en verdad cuestan, como escuchamos decir, un millón de euros. Las máscaras parecen pedirnos, desde las vitrinas, que nos quedemos, que las probemos sobre nuestros rostros. Lucen molestas porque preferimos escondernos adentro de los cascos y seguir zigzagueando entre camiones a 150 kilómetros por hora. Preferimos es solo un decir, prefieren ellos, los demás. Yo podría quedarme en esta ciudad maravillosa y probarme todos los pendientes que producen extraordinarios orfebres y modelar todos los vestidos de marcas famosas y apartar en cada tienda alguna prenda, para que sea mía la ilusión, aunque solo sea por minutos, de vestirme de gala y caminar sobre alfombra roja, en honor a la Serenísima.



IV



Sólo espero que la mujer que llevo adosada a la espalda como si yo fuese un caracol y ella mi hogar, comparta conmigo en este viaje veloz, la emoción y la excitación que da la libertad y la velocidad. Que cuando recordemos este viaje sonriamos siempre. Que toda vez que se lo contemos a alguien revivamos cada momento. Que ella haya visto en cada costa, la del Adriátrico, cuando nos detuvimos en Trieste, la del Tirreno cuando serpenteamos la carretera que lo bordea en la costa amalfitana, su nombre grabado por mí en la arena. Como cuando creyendo perderla porque el Atlántico se interpuso en nuestro noviazgo, yo le envié una foto de su nombre grabado en las partículas de esa otra arena, la del sílice, que desde entonces mantiene mi corazón tallado a su cuerpo, a su risa, a su alegría que es alegoría de su nombre hebreo y, claro, al humo que ambos exhalamos con la misma fuerza, como si fuese la chimenea, siempre viva, de nuestra pasión. Por cierto que ya llevamos casi sesenta kilómetros sin fumar. ¡Qué la caravana se detenga! ¡Queremos fumar, estirar las piernas! ¡Mirarnos los ojos! ¡Compartir exclamaciones y chistes! Somos así los sefardís: grupales, conversadores, alegres, familiares. Andar en moto sí, pero pararnos a menudo para hablar, reír, jugar, fumar, amar en voz alta al prójimo y al paisaje.


V.


Sí sí sí, viví toda mi infancia y parte de mi juventud en un kibutz y no puedo ni quiero dejar pasar ningún olor ni sabor, sensación ni canción que me lo perpetúen. Toda la memoria, la remota sobre todo, rebota en esa infancia comunitaria, en esa vocación de compañerismo, en esa vivencia. Canto a viva voz, canciones en ivrit, cuya letra me apunta un ipod clavado en mis orejas debajo del casco. A veces hasta hago bailar la moto para que siga el vaivén de esas melodías que más que evocar mi juventud, me la devuelven. Han pasado muchos años, es verdad, pero yo sigo joven. Han pasado muchos países y sucesos, negocios y matrimonios, es verdad, pero yo sigo siendo yo, el mismo muchacho exultante. Le agradezco a Dios cada minuto de la vida y por lo mismo no pierdo ninguno. Me despierto al alba para correr y aspirar la brisa clara del amanecer. Corro, pero no huyo ni persigo, corro porque al hacerlo, le doy gracias a Dios por cada uno de los músculos que me permitieron darle la vuelta a muchos países representando a mi kibutz y a mi país en torneos deportivos; le doy gracias a Dios porque al correr ni me alejo ni me acerco a meta alguna, sino que gozo del placer del desplazamiento. Luego desayuno y gozo de la masticación y la insalivación, por eso prefiero los frutos secos. Bebo café a sorbos cortos para prolongar el regusto por los aromas que despide la taza rebosante. Evito los carbohidratos y los azúcares, no vaya a ser que se acorte un ápice el circuito de la vida por la que corro con tanto regocijo. Ya llegan uno a uno mis compañeros de viaje, ya falta poco para llegar a la montaña, al frío, a la nieve, al júbilo. ¡Ah!: Llega la reina. Mi señora. El casco en la mano derecha, la chaqueta en la izquierda. Le regalo una imagen distinta de sí misma, jamás hubiera hecho un viaje así de no haber sido por mi.

VI.













-¿Cómo te llamas tú, mozalbete? ¡Qué a que no eres de por aquí! ¿Cuánto hace que has llegado? ¿Cuánto habrás de extrañar a los tuyos? A quienes hubieron de quedarse en casa mientras tú buscabas mejor suerte en otros aires. Igual que yo. Qué yo también tuve que marcharme de mi país y hacer patria en otro y ahora cuando ando por el mundo los demás confunden mis acentos y mis procedencias. Los unos creen que soy americano y los otros que finjo cuando olvido palabras en hebreo. Que terceros piensen que miento cuando les digo que soy venezolano y otros me lo creen demasiado. ¿Cómo te llamas tú moza linda de cabellos rizados? ¿Qué haces en estas tierras tan lejos de casa? ¿Cuánto hace que no ves a tus padres? ¿Sabrías decirme adonde se come bien? ¿Cuál es el menor restaurante? Pero eso sí, uno donde acudan los locales… Se ríen de mí mis compañeros porque con todo el mundo entablo conversación, porque con todos hablo y a todos algo pregunto. Cree uno de ellos que son técnicas de comunicación corporativa o psicodrama aprendido en algún curso intensivo de ventas o de gerencia por objetivos. Piensa otro que perdemos tiempo en cada una de mis incursiones en el alma ajena, pero no, simplemente soy así, de naturaleza sociable, gregaria, abierta. Viajar no es solo recorrer kilómetros y tragar autopistas, tampoco consiste solo en coleccionar fotos de lugares turísticos y comprar recuerdos o en paladear exquisiteces en cada lugar. Viajar es también transitar, navegar, explorar la vida de otros seres tan parecidos a uno mismo como diferentes, tan iguales entre sí como disímiles, tan interesantes para sí mismos como para mí. A veces, como ahora, hasta me gusta revisitar lugares que ya conozco, pues, al hacerlo con amigos, los veo a través de sus ojos y no con los míos. En verdad Positano ya no es aquel destino vacacional lejano en el tiempo en el que mis hijos preadolescentes correteaban a la orilla del mar mientras nosotros comíamos en este mismo restaurante de “Las tres hermanas”. Ahora es el sitio de escuchar las aclamaciones de mis compañeros de viaje, primerizos todos en la aventura cultural y hedonista de este lugar encantado y beber borbotones de agua mineral con gas, porque ni vino ni cerveza convienen en vísperas de seguir el viaje hacia Ravelo, de noche, por una estrecha carretera serpenteante para finalmente llegar a un hotel incrustado en la roca y dormir con el arrullo de las olas en su constante cópula con los riscos.

VII.




Del proyecto de viaje primigenio queda apenas un istmo. Mejor dicho un desvío en solitario, Rumania. No ya a los monasterios, ni a las montañas, sino al núcleo de una pequeña ciudad industrial, mi patria chica. Se desdibujan de las paredes los vestigios del comunismo, la ciudad bulle en su crecimiento. Cada segunda tienda vende artículos útiles para la construcción. Los gitanos pululan en automóviles de envejecido lujo. Los mercados despliegan toda la mercancía del campo, los ventorrillos desprenden olores a hierbas. Los dulceros siguen vendiendo salchichón de chocolate, los favoritos de mi infancia, durante la cual eran tan difíciles de conseguir. El latido de la ciudad me desvela, grandes almacenes transnacionales ocupan hectáreas con sus relucientes mercaderías procedentes de Europa, de Asia. Nada que ver con la escasez y la agonía de apenas dos lustros. Echo en falta a quienes ya no están pero igualmente los visito y fiel a las tradiciones como con ellos mititei y tomates, bebo con ellos aguardiente de ciruela, converso con ellos sobre lo cotidiano como si yo nunca hubiese emigrado ni ellos hubieran fallecido. Me reúno también con los vivos, con familiares, con compañeros de estudios. Notablemente con Dan Antoci actor de profesión y de alma. En la sala de su casa, rodeado por sus objetos de siempre, acompañado por su hijo parapléjico y su joven compañera resume en sus gestos, en sus muecas la síntesis de su vida, ligada, eso sí, a la de su país, a la de su ciudad. Manipula, gesticula, irradia, brilla. Trabaja en el Teatro Nacional. Ahora mismo ensaya el monólogo de La canción del cisne de Anton Chejov ¿Quién mejor que Dan para interpretar aquello que para el dramaturgo significó la contención de emociones para hacer que los sentidos del espectador perciban la esencia de lo efímero de la vida y del propio quehacer teatral? Un nudo aprisiona mi garganta, no conocí nunca a un ser más auténtico siendo actor ni más honorable histrión. La moto se aleja de la escena inconclusa, baja el telón.