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sábado, 27 de septiembre de 2008

Periodista venezolana tránsfuga en mi nueva novela






Por Eva Feld

Pocos momentos fueron tan estelares en la historia del periodismo venezolano de finales del siglo pasado como el advenimiento de El Diario de Caracas. Bajo la batuta de Tomás Eloy Martínez y la estrategia de Rodolfo Terragno –argentinos, demócratas y defensores del libre ejercicio- una docena de jóvenes periodistas aprendieron a aplicar la máxima que los urgía a escribir “en cada línea una información y en cada párrafo una reflexión”. Se trataba de aprender a mezclar las técnicas narrativas del llamado “nuevo periodismo” según el cual el periodismo se erigía a la altura de un género literario, con las del “periodismo interpretativo”, cuya meta era nada menos que elevar el grado de completitud del periodismo mediante el manejo de la analogía, la dialéctica y demás recursos de la investigación y de la lógica. Pero, además, hubo que aprender a resumir, a sumariar y a jerarquizar las informaciones hasta descartar toda viruta, todo ruido y toda lágrima superfluos. Sin embargo, hubo momentos en los que las crónicas parecían cuentos, capítulos de novela. Así llegó a ser esa bisagra limítrofe entre los géneros y fue así como periodistas y lectores aprendieron que narrar es uno y el mismo verbo y que es otro el lindero entre los hechos objetivos y los de ficción. Luego, otro tipo de magnetismo fue causa de deriva en el periodismo venezolano, distintos vientos impusieron nuevos derroteros. Algunos periodistas venezolanos saltaron durante el pairo para virarse hacia la ficción, ya lo habían hecho antes que ellos Sándor Márai, Truman Capote, Gabriel García Márquez, Graham Greene entre otros, sólo para volver a confrontarse con matices, inferencias y alegorías. Pues si en periodismo se persigue comunicar, el objetivo de la literatura está contemplado en si mismo. Es por ello que ni siquiera el mismo lector (incluyendo al propio autor) encuentra lo mismo en el mismo libro cada vez que lo lee, mientras que un reportaje es un reportaje es un reportaje.

De esta génesis provienen también mis cuentos de Mujeres y escritores más un crimen (editorial Warp), del cual publicamos un cuento bisagra entre la realidad y la ficción, entre el periodismo y la literatura y, en este momento, entre el cuento y la novela, ya que a partir de él, he escrito mi tercera novela, titulada La senda de las flores oblicuas (Ala de cuervo 2005) cuya protagonista, una periodista, venezolana tránsfuga, se empeña en descifrar los enigmas de Corea con un enfoque periodístico pero queda prendada en la introspección literaria.

Nota de aladecuervo.net: La Novela de Eva Feld, La senda de las flores oblicuas, originada en este cuento, estará en circulación seguramente para el mes de julio, por supuesto que bajo nuestro sello editorial. Pero no se hagan ilusiones, la novela apenas tiene aquí su origen, es otra cosa, tendrán que leerla.



Epistolario real con un escritor fabuloso

Para mí Chicago (con sus suburbios) es el epicentro del repliegue comunitario, la dirección general sectorial de parcelamiento étnico, religioso, idiosincrásico. El plano ultracuadriculado de la ciudad favorece el cliché: dime dónde vives y sabré a qué hueles, pronuncia tu apellido y sabré qué piensas. Negros, asiáticos, polacos, mexicanos, hindúes, judíos, cada calle despliega cierta etiqueta, cierto estigma, cierta moral. Esa placenta emblemática convierte a todos los Pérez en hispanos, a todos los habitantes de Skokie en hijos de Israel, a los vecinos de Evanston en protestantes y así conviven en santa animadversión millones de personas afincadas en sus minorías, pero metiéndole el hombro al gran sueño americano.

¿Cómo lo sé?: Viví justamente en Skokie con apellido judío y bajo perjurio agnóstico. Rubia de ojos azules trabajé en la radio hispana y pretendí hacer un reportaje en las tiendas esotéricas del barrio puertorriqueño, donde encantadoras brujas producían sahumerios respondiendo en golpeado inglés a las preguntas que yo les dirigía en perfecto español. Cuando les aclaré de viva voz y con toda la gestualidad del caso que les estaba hablando en español me increparon en inglés:

- You polish?.
- Ay Bendito (les respondí remedándolas) les digo que no, que no soy polaca.
- What d’you want?- insistieron.
- Hey ladies, I am Venezuelan, I speak spanish.
- Ay Bendito- le dijo una a la otra- la polaca dice que habla español.

Los hispanos me trataron siempre como polaca, los polacos como judía, los judíos me consideraron siempre como hispana, los negros como rubia, los rubios como rara, los raros como mujer. Era, además, madre sola en un barrio cauterizado con moral burguesa. Las feministas no avalaron mi indisciplina y los varones desaprobaron mi pacatería por juzgarla inversamente proporcional al color de mis cabellos. Anduve sola y desafié otros estigmas cuando los solitarios rechazaron los gajes de mi oficio preguntón y me tildaron de fisgona. Así transcurrió un año, hasta que cayó en mis manos una publicación de procedencia dudosa. De un octavo, el panfleto no afluía de la clandestinidad pero tampoco de imprenta industrial. Su título podría traducirse al castellano como Líneas Nocturnas. Sentí que el aliento de un mensajero noctámbulo me explicaría ese sentimiento de impertenencia que me desolaba. Pensé que la respuesta emergería de la noche: apenas se apagaran las luces, la gente se despojaría de sus prejuicios y aceptaría, al amparo de la oscuridad, sus diferencias. Pero aquella cosa, esa revista, resultó ser un periódico sáfico, un efluvio del universo lésbico. Luego, a medida que lo hojeaba advertí que no era estrictamente “femenino”, cabían allí los gays, los travestís, los bisexuales y hasta otros.

Tomando en cuenta las circunstancias, un abanico tan amplio me sorprendió con pánico. Fue entonces cuando detecté el motete Mook; alguien con ese nombre decía en una columna las cosas más abismales que jamás haya leído. Descubrí que no era sólo lo que decía sino su forma de hacerlo, las palabras se arrojaban violentamente de cima a sima, contagiaban vértigo, me empujaban al vacío, abrían la tierra a mis pies. Me encontré enterrada viva en lo desconocido, en mi total ignorancia, en mi propia intolerancia. A punto de desfallecer me aferré a frases cuyos múltiples sentidos me catapultaron hasta la estratosfera y me dejaron allí agonizante. Una galería de personajes caricaturescos desfiló ante mis lágrimas que como prismas los descomponían y los reproducían. Fueron centenares de seres disímiles y casi todos altisonantes. Esa mezcla de miedo y excitación - con escalas en el remordimiento, en la duda, en el terror y en el frenesí-, precipitó y agigantó mis visiones, las cuales a su vez retroalimentaban el miedo y la excitación. Con el impulso vital que otorga la maternidad me resarcí. Abandoné el texto sospechando, incrédula, un contenido alucinógeno en la tinta. Enfrenté mis obligaciones con estoicismo (el niño, la radio, el horario). Pero, aunque lo negara, ya me hallaba inoculada. Fue en verdad una dosis intravenosa la que me trasladó al país de las maravillas de Mook, donde los más abyectos rechazados se discriminaban entre sí o se agrupaban, sin ninguna lógica aparente, como ratones de laboratorio tras toda clase de experimentos químicos y nucleares.

Mi jefe en la radio, un capataz cubano que estallaba en roncas carcajadas al oírme llamar zamuros a las auras, comenzó a recriminar mi falta de atención. Las noticias que defecaba en diarrea perenne el telex conectado a las agencias nacionales se amontonaban a mis pies inmovilizándome. Todas lucían como insípidas repeticiones de lo conocido: “Borrondongo le pegó a Mochilongo”, “los Estados Unidos mantienen firme su política de respaldo a las democracias del mundo”, “el cupo para hispanos en la educación pública es el tema que debatirá esta tarde la Asociación para la Educación de los Hispanos, organización que ha mantenido un firme lobby en Washington a favor de la causa”. “El Mayor de Chicago autorizó la parada mexicana en la calle Monroe”, etcétera.

Los kilómetros de cables se sucedían en inglés, pero sólo los de interés estrictamente hispano eran severamente versionados al español. Bueno y también aquéllos muy escandalosos o de repercusión extraordinaria. El señor cubano prefería los servicios profesionales de sus compatriotas, a quienes les decía, mirándome de soslayo, “estamos cagados de aura: ésta está en la luna”. Los paisanos subalternos se crecían, y se abalanzaban sobre mis piernas de donde rescataban decenas de notas para traducirlas al pie de la letra. Todos los cubanos eran perfectamente bilingües, almorzaban juntos los días laborables y aborrecían a Fidel. No como “ésta” o sea yo, que llevaba días purgando los vestigios de mi condición de inadaptada, de exiliada, más ahora que la sintaxis y la prosodia del tal Mook me confrontaban con mi propia pequeñez, con mi estrechez y con mi vileza, ahora que me parecía tanto a mis propios detractores. Yo, la más incomprendida minoría absoluta en este mundo, huía y a la vez me zambullía en las crónicas fabulosas de Mook con malsana curiosidad periodística; estaba ávida de nutrientes para mi peculio intelectual. Mook me hostigaba cada semana con su más allá y cercenaba sin piedad todas mis escasas semi certezas del más acá. Mook seccionaba con fino bisturí el sistema circulatorio y neurológico de su entorno, sangre, dendritas, semen, mierda, todo estaba expuesto en sus escritos. Olores, texturas, tonos, se colaban por las entrelíneas.

Supe por él, por ejemplo, que el universo homosexual no es inmune al chauvinismo, perviven, pues, marginalidades en su seno; los matices y los grises que las diferencian entre sí arrojan sombras chinescas a sus dramas nada unívocos, en los cuales sobredimensionados afectos, rencores, lutos, envidias, avaricias y vanidades aderezan la consabida condición humana con un toque de extravagancia. Aprendí que existen americanos blancos (o negros, o mexicanos, o asiáticos, o judíos) desarraigados sexuales, exiliados de su propia minoría, vagando en la inmensidad urbana, en competencia y contradicción con sus propios ideales sociales, étnicos, sentimentales y genitales. Son mujeres atrapadas en cuerpos de hombres que están condenadas al mundo del espectáculo, del escenario, para al menos satisfacer esa esquina de su libido que se contenta con sedas, plumas y silicona. Son hombres temerosos del alba y de su propia barba, que odian a los gays, por rivalidad frente a los hombres de verdad; son hombres, que a su vez son rechazados por sus rivales homosexuales; son vampiros nocturnos que cazan a sus presas en bares de toda reputación, sitios que se llaman Vortex o Fusion, donde beben, inhalan, penetran y ejecutan con libertad, sin que por ello proclamen alguna homogénea felicidad, sino apenas, y con reservas, una exigua pertenencia. En esos lugares coincide toda clase de rarezas, sus retratos, vidas, chismes y cuentos son los afluentes de una inmensa cascada, cuya caída libre describe Mr. Mook con la maestría del que es al mismo jugador de ajedrez y ficha en el tablero, triunfador y perdedor, observador y partícipe.

Intento traducirlo del inglés aprovechando los gajes del oficio radiofónico y descubro desconsolada que apenas logro versionarlo. Intento expiar mis resquemores, pero también me motiva cierto orgullo al sentirme descubridora de un narrador de la talla y el riesgo de Guy de Maupassant, el más genuino orillero cuentista del siglo XIX francés. Si Guy anduvo por los lupanares con la familiaridad de un felino consentido y descargaba el resto de su potente energía remando y riendo en el Sena, Mook anda por estos ultra modernos centros nocturnos de placer urbano, donde vistosas reinas trasvestis y otros coloridos personajes lo acogen cariñosamente; luego, para extenuarse, se encarama en sus patines lineales y castiga sin piedad la ribera del lago Michigan. Mook, como Guy, sabe de demencia y ama los gatos.



Mook por mi versionado

1

Los teólogos dividen las religiones en dos categorías: panteístas y trascendentales. Los primeros ven el universo como a Dios y viceversa, es decir: una uva tan sagrada como una galaxia, ningún distingo entre el creador y la creación. Los segundos ven a la Deidad como a una entidad totalmente diferenciada y separada del mundo, el gran maestro de ceremonias, el hacedor de vidas que no tiene tiempo para sangrientos detalles. Para acortar la brecha entre estos dogmáticos extremos, algunos credos han postulado una jerarquía de seres celestiales, intermediarios angélicos o demoníacos, que sirvan de enlace entre el Todopoderoso a quien no le importa un carajo por un lado y las ostras con sentimientos por el otro. Estos intermediarios jerarquizados, estos seres marginales, suelen desempeñar roles de camafeo en las sagradas escrituras, en el arte renacentista o en la televisión: sea frenando la mano de Abraham presto al sacrificio de su hijo, posando como querubines para Rafael o perpetrando traumas umbilicales para Mi Bella Genio en la televisión. Visualicemos tal genialidad siniestra, cuando su tarea consista en monitorear episodios en excéntricos locales nocturnos:

Jo (italiano, gay y diseñador gráfico), durante su faena en el susodicho bar, se hallaba en labores propias de su oficio (barrer, coletear, recoger las botellas sobrantes y proveer nuevas frías nacionales e importadas) fue llevado por el olfato a detectar una en particular, una que, erguida, desafiaba la gravedad del asunto. Confirmó tactilmente sus sospechas al constatar que en efecto el hedor se correspondía con aquel fluido de consistencia viscosa y brillo particular que la embadurnaba.

El asunto no pasó inadvertido, la noticia se regó inflamada. Hubo quien insistiera incluso en determinar la marca o la procedencia de la botella, no faltó tampoco quien pegara el grito en el cielo, pues los actos estaban formalmente prohibidos en el local. Pero al final, cuando ya la escena se creía casi superada, surgió la idea de sacralizar el objeto, fue así como ese día la botella marrón, de cerveza importada, fue convertida en icono.

El cuerpo del delito acabó inexorablemente en el tarro de la basura, no así la moraleja espectral: “Nos definimos a nosotros mismos y acordamos significados sólo a través de aquellos seres u objetos a quienes amamos”.



2
Arrímate al bar de Rob, o a su vida, y escucharás más pronto que tarde acerca de su más preciada pertenencia: una deformada, gastada y rojal camiseta de Astro Boy. Un regalo.

¿De quién?: Piel sedosa como rosa, cabello azabache flagelándole el culo, gestos de jujitsu, sutileza de pantera y belleza trascendental de bodhisattva. Jade Michiko fue quien le dio la franela a Rob.

- ¿Quién?: “Ella llegó a mi vida sólo para desaparecer, con el mismo misterio y la misma majestuosidad, como salida de un sueño” susurra Rob. Lo único que le queda de ella es esta camiseta, de cuya veracidad no puede quedar duda alguna a juzgar por las manchas de sudor y las mangas desflecadas.

Jade suele trasladarse del Este al Oeste no como misionera, ni tampoco para abrir nuevas rutas de intercambio comercial, sino para librarse de su padre. Hija de un potentado japonés, Jade ha recibido lo mejor y lo peor de una cultura que simultáneamente reprime y enaltece a las mujeres. El hecho de que Jade hubiera buscado su secreta salvación en Nueva York, financiándose con las tarjetas de crédito de su padre es un absurdo que súbitamente cobra sentido, tan pronto como se sepa más acerca de ella, que Dios bendiga su alma inquieta.

Eludiendo a sus sirvientes personales y a sus guardaespaldas (como muchas otras veces), Jade saltimbanquea por Asia, el Cercano Oriente, Europa, a través del Atlántico hasta Nueva York, en un peregrinaje de auto descubrimiento sáfico. Espíritus benignos y fantasmas reencarnados de sus ancestros son redescubiertos en los clubes nocturnos que la amparan como hermana. Sacrílega salamandra que se escurre entre las más notables divas trasvestis, amigos tronos, chicos nocturnos, miembros de la nocturnidad, lo pasa de lo mejor. Allí es donde la conoció Rob cuando trabajaba de barman en Nueva York.

“Justo antes de que vinieran por ella y se la llevaran- dice Rob, sin dejar de murmurar- me dio esta franela. Vi como literalmente la removían. Nunca olvidaré sus gritos, que sobrepasaban la escala sonora”.

Jade y su padre tenían un pacto de caballeros, si se quiere una política de puertas abiertas, resumida en veintiún demandas todas convergentes y equidistantes, todas relativas a la total obediencia de la hija hacia el padre. Ella tan salvaje y expuesta a las tentaciones del universo y deseándolas todas, ella de la era de Acuario y del éxtasis ¿cómo podría sucumbir a la disciplina Samurai y Shogun? Siempre la encuentran. Siempre”.

Rob había notado la aparición de la falange que constituían los hombres de negocios japoneses, una isla de convencionalismos corporativos, una organización multicelular, en medio del devaneo y el frenesí dionisiaco en el que Jade bailaba (ataviada con un mono de spandex y azaleas, coronada de crisantemos y en la mano, un lirio) e ignoraba los gestos frenéticos con los que Rob había tratado de prevenirla desde la barra del bar.

La resistencia que Jade opuso a sus captores fue muy similar a su huida, es decir un show, una manera de aferrarse a lo mejor de dos mundos. Cíclica recurrencia alterna entre la esclavitud y la libertad. Dos semanas más tarde, al mes, o será dentro de tres años, Jade se volverá a escabullir, repitiendo el mismo harakiri, para reunirse nuevamente con sus amistades excéntricas, extravagantes, raras, con quienes pueda trascender aunque sea por instantes. Mientras tanto Rob el Astro Boy se aferra a su camiseta, a ese retazo de tela semi podrida, como a un salvavidas, como a un símbolo de su propia libertad. En lo más profundo de su corazón, el sabe que ella regresará...Y si se quedara...



3
Sir Speedie, Lord del Cristal y Duque del Meth es el Campeón del día de las 96 horas: Tick-tock, tickety-tock-tock. Se levanta el jueves por la mañana junto con las masas, su descomunal bostezo precede y acompaña las depresivas noticias matutinas y saluda los regocijantes humos de su café expreso. Los perros son paseados, la llegada de cada empleado es debidamente asentada con hora y fecha en los relojes laborales. Cafecitos de media mañana y luncheras para el almuerzo acaban con el ante meridien y dan pie al post, el cual desemboca inevitablemente en la hora pico de tránsito terrestre y en las noticias estelares. Camas sin tender y matrimonios sin ternura, la conciencia burguesa sucumbe por fin ante el sueño, fin de ciclo. En cambio el día apenas comienza para el Duque que ya se encuentra en pleno zumbido. Repletos el culo y la nariz de polvo, Speedie experimenta una aguda pureza en el espacio- tiempo. Pupilas dilatadas, presión sanguínea in crescendo, encendidos vaporones en el rostro. En pies y manos, cosquillas, hormigueos. Esto y lo otro reclaman diligencia y conclusión, casi todo acaba resuelto, ya que al maestro del aceleramiento psicológico y fisiológico, le resulta simplemente imposible quedarse quieto. Además con tantas cosas que hacer, ¿quién querría detenerse?. Otra urgencia que resolver con celeridad, y otra más, mientras el tiempo se va encogiendo, el espacio expandiendo y el resto de los mortales durmiendo. Juega ahora con varios principios termodinámicos, muchos de los cuales resultan incomprensibles hasta para alguien tan volado como él. Alcanza el día número tres, ajá, 72 horas corridas de trabajo y juego, trabajo y juego, con un añadido de 1/3 al cuadrado, logrando aumentar en 2/3 partes su capacidad de juego y trabajo sobre aquellos que recurren a la posición horizontal y al ocio. Creará en los próximos minutos, el equivalente a un día completo de experiencias inéditas. La idea lo excita tanto que sale disparado a pertrecharse con unas cuantas botellas de cerveza para celebrar. Su ingesta de intoxicantes, así como su diversificada interacción sexual, es una forma de retorcer las ecuaciones que controlan sutil aunque acompasadamente sus efluvios internos y externos de energía. “Vivir es experimentar” pontifica el Duque “y vivir bien es experimentar al máximo y lo más intensamente posible”. Confunde calidad con cantidad, velocidad con aceleración, una carrera con un maratón, ordena otra ronda en el bar. Su sistema absorbe el alcohol como una esponja mágica. Anhela ahora otras calorías y empieza a notar la repentina Epifanía de calma relativa, el mundo externo comienza a acelerarse paulatinamente, Speedie está metabolizando la experiencia más lentamente que hace apenas un momento.

Como proveniente del sueño que Speedie no tuvo la víspera, un anciano despeinado, cuya edad en número de años suma las horas de vigilia de Speedie, atraviesa su campo de visión. Dando traspiés apoyándose en un bastón, el viejo comienza a salirse misteriosamente de toda sincronía. Ciertamente se está moviendo más rápido que los que lo rodean, mucho, mucho más rápido, una bizarra anomalía temporal en ese mundo anfetamínico ya anacrónico. El anciano echa una mirada hacia la barra y al establecer contacto visual con Speedie, se desploma. Su bastón lo precede en la caída y la resonancia de la madera pulida contra el cemento produce un clackety- click-clack que repentinamente despierta al Lord de sus postradas ensoñaciones. Amanece lunes, ¡ah, sólo faltan tres días para que sea jueves nuevamente!.

Mi regreso a Caracas fue con sobrepeso, cargaba a cuestas mis descubrimientos, mis experiencias, mis sobre dosis de Mook. La soledad lucía ligera, liviana, casi gozosa, mis expectativas nulas. Volvía a lo conocido pero despojada de continuidad. Al comienzo la investidura semiclandestina, anoréxica y anónima me sentaba de lo mejor. Atrincherada entre cuatro paredes, auscultaba el pulso de las informaciones locales, los avisos clasificados (en busca de empleo), los noticieros. Nada. Tímidamente llamé a mis amigos, a mis colegas, a algunos conocidos pero podía escuchar la cacofonía de mis palabras que retumbaban en el vacío absoluto. Los periodistas me tildaban de ama de casa, las mamás de intelectual, los profesores de burguesa, los ricos de venida a menos; los nacionalistas me consideraron “una vendida al imperialismo yanqui”, los gringos me seleccionaron, por mi entrenamiento radiofónico bilingüe, para trabajar en La Voz de América y cuando huí a causa de mi total afonía ideológica hube de pagar con más burlas mi renuncia a un salario en dólares: periodistas. mamás, intelectuales, profesores, burgueses, ricos y venidos a menos se rieron de mí al unísono: ¡Ideología! giá giá giá...

Al cabo de un año me convertí en un seudónimo. Firmaba a destajo columnas o entrevistas, reportajes o crónicas que lanzaba a la opinión pública como si de bombas Molotov se tratara. Quería dinamitar los espacios culturales, sociales y políticos y desafiar los prejuicios semánticos,. No se crea que cambié para ello mi nombre ni mi apellido. Mi firma no sufrió alteración alguna, fui yo, yo misma, mi persona, la que se convirtió en seudónimo y como tal me volví invisible, insondable y claro, inabordable. Llegué a añorar aquella otra soledad, la de Chicago, pero sobre todo a Mook. Coincidió mi fiebre nostálgica con la adquisición de un módem para mi computadora. Pasaba largas horas de circunnavegación solitaria, recibí noticias de Australia, de Buenos Aires. Me enteré por correo electrónico del nacimiento de Agoston, ocurrida en Noviembre, en Budapest. Alguien adivinó mi perplejidad, pues en seguida recibí una explicación: “los nombres antiguos están nuevamente de moda en Hungría”. Me sonreí de buena gana cuando leí que muchos de los viejos nombres nuevos se escriben según la fonética húngara: Jacqueline por ejemplo se deletrea Zsakelin. Me sorprendí de la popularidad de los nombres hispanos, hay Alfonszo y Karmen a discreción y resucitan también los nombres hunos: Attila, Csaba (que se lee Chaba).

Poco lograban estas distracciones aliviar mi melancolía. La aldea global plana, una infinita llanura sin cimas ni simas. Hasta que de pronto localicé a Mook en la pantalla. De nuevo encuentro letras calóricas por lo de: “…nos definimos a nosotros mismos y acordamos significados sólo a través de aquellos seres u objetos a quienes amamos”.

El vigor volvió a inundar mi cuerpo, la aceleración mi cerebro. Hago volando miles de diligencias, recados, mandados y aún me queda tiempo para jugar y trabajar, jugar y trabajar. Hago 2/3 veces más que los que en posición horizontal sueñan ociosamente y constato con alegría que cada rato vuelve a ser jueves.

sábado, 13 de septiembre de 2008

El García Márquez que debía tener nombre de mujer





por Eva Feld

El escritor colombiano, con amplia estadía e impronta en Venezuela, G. García Márquez, en verdad otro es. No nos referimos a aquél de prodigiosa memoria que lleva más de cuarenta años contándonos historias en las cuales se funden sus recuerdos con el imaginario colectivo latinoamericano y a cuya sombra se arriman por igual lectores, escritores, periodistas para encadenar en perpetuo móvil, una realidad mágica arquetípica; ni a ese Midas de la literatura que ha sabido convertir en oro casi todo cuanto ha escrito y cuyo oficio se enseña en Cartagena para garantizar a perpetuidad su sello, su cuño, su franquicia.

La biografía del escritor G. García Márquez que nos ocupa se parece enormemente a la de la mayoría de los escritores a quienes se les escucha poco y se les publica menos y cuyo recurso anecdótico se ha ido disolviendo por efecto de la metáfora. En el caso de G. García Márquez acaso la sobre exposición de sus memorias las ha adelgazado hasta el punto de sólo recordarlas a través de las versiones que de ellas le proveen las palabras del Gabo. Así es, pues padece de isquemia cerebral.

G. García Márquez se desempeñó en Venezuela como empresario y como diplomático colombiano y obtuvo como ganancia el afecto y el reconocimiento fraterno de numerosos amigos y colegas que vieron en él, más allá de su apellido, la complejidad del escritor y la transparencia del hombre. Así han hablado de él, poetas y narradores como Elena Vera, Marisol Marrero, Carlos Brito, Lidia Salas y más de los catorce escritores que se reunían los martes a leerse y que al cabo del año 1991 publicaron un libro antológico bajo el título de "Quaterni deni", para dejar constancia del colectivo.



G DE GUSTAVO NO DE GABRIEL

Gustavo García Márquez vivió en Caracas y en Barquisimeto y alegró con su presencia numerosas reuniones. Aconteció en una de ellas, en que la noticia de su parentesco directo con el premio Nóbel colombiano tardó en difundirse entre los asistentes, que sintiéndose inadvertido me habló, sin conocernos, de sí mismo. Habló de fábricas y de dificultades, habló del amor conyugal y de sus hijos. Su voz fluía viril desde la espesura de unos bigotes muy poblados. Un tenue haz iluminaba las comisuras de sus ojos pardos, apenas se adivinaba por el escape de dos o tres palabras su procedencia colombiana. Sólo al verse descubierto en su origen aracatano me reveló en una sola frase su identidad: "Soy Gustavo García Márquez, el otro, y también escribo".

Protegida por la inocencia y la inexperiencia quise saber más de él, lo laceré con impertinencias de todo tipo: que si había publicado, que cuál era su temática. Al fin le propuse: "Sería bueno que escribieras bajo pseudónimo para que nadie pueda compararte ni vincularte con tu hermano. Pienso que lo ideal sería incluso que usaras un nombre de mujer. ". No hubo un ápice de conmiseración ni de burla en su respuesta: "Voy a pensarlo" dijo con una sinceridad ejemplarizante. Esa misma noche, a solas y víctima de insomnio especular, quise hallarle nombre pero sólo lo logré inventándole también un cuento, uno de mis primeros. Lo titulé "Galatea" ( Mujeres y escritores más un crímen, Ed Warp, Caracas 1999) Ése debía ser su pseudónimo cuyo apellido Hemera, pudiera vincularse mediante su raíz griega con los Buendía de Macondo.

Cuando volví a ver al enigmático escritor, a la pregunta de si había seguido mi consejo, me respondió críptico: "Isis". Nunca supo de mi Galatea, tampoco yo llegué nunca a leer nada de Isis.

Unos días después cayó en mis manos "Quaterni deni"; allí leí de Gustavo García Márquez su cuento "La eterna tarde de los espejos", del cual ofrecemos a nuestros lectores un mínimo extracto.



LA ETERNA TARDE DE LOS ESPEJOS

Era marzo, en los tiestos de flores que había en la ventana parecía mayo, y dentro en el recinto de la sala, el tiempo, detenido por la espera iba gastando la noche.

Al fin los vimos entrar. Se acercó a nosotros abriéndose paso por entre la niebla densa y glacial del cuarto de hora para las ocho. Afuera las nubes destartalaban la superficie de la tierra con una llovizna de agujitas plateadas. Venía tocado con una gorra de lobo de puerta fluvial, un espeso mostacho de morsa adulta, la cara de niño triste, pero los ojos vivos de quien recuerda todo lo leído. Con el brazo napoleónico sostenía un libro de cuentos y un cartucho de video-tape. Era el mismo de la noche anterior, la misma indumentaria, igual bigote y la misma mirada de ver la osa mayor, sólo que esa noche, a diferencia de la anterior, no traía consigo la voz de cantar aires llaneros ni el cuatro.

Inmersa en el congestionado e indefinido espacio de los dos espejos antepuestos como los largos callejones que me repetían infinitamente y me producían el vértigo caleidoscópico de su intimidad, lo vi llegar frente a mi y decir: "Estoy dispuesto para la travesía Patriarca", entonces lo vi más cerca a la cara, jamás le había hablado de los espejos, pero ahora, yo estaba convencido de que él interpretando mi intención, tenía en la mirada la convicción de saber exactamente lo que yo pensaba. Hablábamos sin decirnos una sola palabra y hasta discutimos el plan sin usar la voz. Miramos los espejos como dos estanques de aguas invisibles con intenciones de bucear, perpendicularmente a la superficie de azogue. Días más tarde, Juan José me contó algo en que coincidimos perfectamente, "El secreto está en vencer el aturdimiento del primer instante en que el presentimiento del cristal roto se desvanece ilusorio, luego se desbanca la atmósfera común y se entra en la densa profundidad sin atmósfera, los poros se dilatan y el tiempo se detiene en una eterna tarde. "Dentro de los espejos, siempre es de tarde".