Envíelo

martes 6 de diciembre de 2011

miércoles 23 de noviembre de 2011

De Diaghilev en los pies del Montjuic



Por Eva Feld

Para Belén Lobo

Es preciso recurrir a argucias como esta de recordar a Belén Lobo sin apenas conocerla, para intentar una crónica sobre Barcelona sin caer en los consabidos lugares comunes: es sí, una ciudad que nunca duerme y mucho menos tiende cama de laureles ante la crisis. Catalanes y visitantes abarcan sus espacios como sólo puede hacerse en una verdadera plaza urbana donde la cultura bulle desde el metro hasta la superficie, desde el Montjuic hasta la Barceloneta. El arte, ya sea culinario o estético, moderno o muy antiguo se despliega a todas horas en la arquitectura pero también en el mundo editorial y artístico. La creatividad se respira en una conjunción de desparpajo y tolerancia. Barcelona, aun en medio del mayor desastre económico que sacude a España sigue siendo un imán para turistas de todo el mundo que logran sorprenderse ante sus maravillas y sus secretos.


Una de esas maravillas es la CaixaForum; se trata de una fábrica textil singular, ubicada en los pies de la montaña de Montjuic, que el empresario Casimir Casaramona encargó al arquitecto Puig i Cadafalch, uno de los tres arquitectos catalanes más representativos del modernismo, contemporáneo de Domènech i Montaner y Antoni Gaudí. El edificio es una pieza única de la arquitectura modernista industrial catalana de principios del siglo XX. Pero además es la sede de impresionantes exposiciones. Una de ellas, en curso hasta el 15 de enero de 2012: Los ballets rusos de Diaghilev, merece ser visitada pensando en Belén Lobo, bailarina venezolana, cuya reseña en internet no sobrepasa diez líneas, de las cuales más de dos la señalan como la madre del escritor, animador, guionista y más famoso venezolano en España, Boris Izaguirre.


Allí, en la CaixaForum, ocupando una silla privilegiada, durante la rueda de prensa ofrecida por los organizadores de la exposición, escuché en tres lenguas (catalán, castellano y francés) las mas esclarecedoras explicaciones sobre el emprendedor Serge Diaghilev quien durante los veinte años que duro su emblemática compañía de danza (1909-1929) no sólo supo reflejar en ellas el espíritu vanguardista de comienzos del siglo XX, sino que además lo hizo haciendo bailar (literalmente) el arte en los escenarios.


La exposición, organizada en por el Victoria and Albert (V&A) Museum de Londres y producida por la Obra Social de “la Caixa”, cuenta con más de dos cientos objetos que incluyen vestuario, elementos de las coreografías, diseños, carteles, programas, fotografías, maquetas de teatros y películas documentales en los cuales se aprecia el afán renovador de Dighialev y de los numerosos colaboradores de los que se rodeo. Nada menos que Matisse, Picasso, Braque, Derain, Goncharov o Chanel, solo en el aspecto visual; músicos de la talla de Ravel, Satie, Falla, Stravinsky, Procofiev o Rimsky-Korsakov; bailarines del renombre de Fokine, Nijinsky, Pavlova, Karsavina o Massine y escritores como Jean Cocteau.


La rueda de prensa estuvo presidida por Jane Pitchard, responsable y conservadora del Departamento de Teatro y Danza del V&A Museum. Una apasionada del ballet, una erudita en el tema, una mujer excepcional, cuyo discurso británico pudo llegar a la comprensión de todos los asistentes, en su mayoría periodistas, gracias a la excelente interpretación simultánea de Jon Ander de Errazti, quien con su agradable voz poliglota logró la difícil tarea de satisfacer la curiosidad incluso de algunos hiperespecialistas que consiguieron respuestas en su idioma, por más puntuales y minuciosas que lucieran sus preguntas a oídos, que como los míos, escuchaban por primera vez vocablos y anécdotas muy especificas del ballet. Fue en esos momentos de complejidad cuando me vino a la mente Belén Lobo. Fue con ella en la memoria que recorrí la exhibición de los trajes diseñados por Picasso y por Matisse. Con ella me adelanté al grupo para descubrir un conjunto rosado viejo de pantaloncillo corto y franela, firmado por Channel y fue ella y no la Señora Pitchard ni el interprete de Errazti, quien me comento al oído, que Cocó había impuesto ese atuendo adelantándose a tu tiempo en más de medio siglo, pues aun hoy en día muchos bailarines modernos y contemporáneos lo usan. También fue por Belén Lobo por quien supe de las divergencias que separaron a Diaghilev de Nijinsky.


Al poco tiempo de estarla evocando y de escuchar su voz por encima de la de los organizadores, seguí imaginando que era ella, Belén Lobo, quien me explicaba que “a través de la compañía de Diaghilev y de su noción de obra total se transformó totalmente la danza. Era un hombre cultivado, ávido lector y coleccionista de libros, apasionado por la música y cantante amateur, aficionado al teatro y a la pintura - me decía-. A lo largo de veinte años presento en Europa y América unos cincuenta ballets de diferentes estilos, pero tenía su carácter; se decía de él que era un dictador, un demonio, un charlatán, un brujo. Vivía en habitaciones de hotel y tenía una debilidad especial por España”


Los vestidos diseñados por Matisse y por Picasso principalmente que seguimos mirando a través de la visita guiada nos fascinaron a las dos. Ella, probablemente en Caracas, o en Madrid, no sabe que sin ella la visita a los Ballets Rusos no habría sido la misma. Tampoco sabía yo que a la salida de la exposición vería en una de las estaciones del metro de la línea amarilla, un enorme afiche de la editorial Planeta anunciando el último libro de su hijo Boris: Dos monstros juntos, una novela de culta frivolidad o viceversa. Un fresco de comienzos del siglo XXI. Podría llamarse también un Ballet, con escenografía, música y letra, en el que el pas de deux se baila al compas de la glamorosa decadencia de estos.

miércoles 19 de octubre de 2011

Frente a frente con un editor catalán“: La gente busca otras respuestas porque ya no cree en Dios”



Frente a frente con un editor catalán

“La gente busca otras respuestas porque ya no cree en Dios”

Por Eva Feld

El mercado editorial goza de buena salud en España. Según cifras extraoficiales se ha publicado este año un diez por ciento más libros que en el 2010. Eso sí, el margen de ganancias puede ser considerado un éxito cuando llega al diez por ciento. El pronóstico sobre las tendencias editoriales a la hora de escoger los temas más rentables para los próximos años podría definirse con el último neologismo en boga: resiliencia, palabrilla que ha ocupado la portada de la revista Newsweek en el mes de septiembre y que no significa otra cosa que: capacidad de las personas de recuperarse ( y hasta sacar provecho) frente a la adversidad. Algo comparable, a mi juico, a los finales felices de las películas de Hollywood a partir de la postguerra.

Tengo enfrente a Joan Miret, editor catalán y Presidente de Gallup seccional Cataluña. Nos sirve de escenario la acogedora terraza interior del Ateneo de Barcelona un lugar al que solo pueden acceder los socios, en su mayoría escritores, editores, investigadores y lectores privilegiados y para cuyo ingreso han de servirse de un ínfimo adminículo captahuella ubicado estratégicamente. Joan Miret es además de editor, psicólogo de formación, de manera que nada tiene de raro que sume a su moderado temperamento, algo de desconfianza y mucho de intuición para acceder al encuentro. Un tercer elemento probablemente innato, genético, cultural. El hecho de ser catalán, le obliga a guardar las distancias. Sin embargo, al cabo de pocos minutos, tengo enfrente a un hombre receptivo y sincero, dispuesto a responder preguntas y a dar respuestas, siempre calibradas al fragor del equilibrio. No es por nada que en el idioma catalán "hablar" sea sinónimo de "razonar".

La editorial de Joan Miret se especializa en el género del ensayo y a ese respecto que nos hemos reunido. Hace días que rumia cada frase contenida en las LECTURAS DEL NUEVO MILENIO del escritor venezolano Teódulo López Meléndez, un compendio de ensayos sobre los temas más álgidos del presente y del futuro inmediato, desde la educación y la ecología hasta la política y la economía, sin desmedro de la cultura la seguridad o la comunicación. Miret considera su lectura, así como nuestra entrevista, una gran sorpresa, un acontecimiento. Una serendipia ( otro neologismo para nombrar un descubrimiento, un hallazgo, una coincidencia o un accidente afortunados). Se vislumbra en sus ojos un artilugio.

- Si bien mi editorial se especializa en ensayos, en este momento estamos haciendo hincapié en el género de la Resiliencia, es decir, en los relatos que contienen historias exitosas de personas que han superado el dolor, el cáncer por ejemplo. Es lo que hemos dado en llamar novela-ensayo, es decir, un relato en el que el personaje haya salido con éxito de un trauma, pero que contenga abundante información que pueda servirle a los lectores, dice Joan Miret al tiempo que cita su último éxito editorial titulado La noche también es blanca, precisamente sobre un caso de superación del cáncer.

- La publicación del libro de Teódulo podría adaptarse a ese concepto si, mutatis mutandi, el cuerpo enfermo sería, como de hecho lo es, el social, que padece un cáncer llamado crisis y para el cual el autor venezolano aporta un cúmulo de indicaciones que podrían llevar el título de Hacia una filosofía de la indignación, le digo con un entusiasmo inusitado para un interlocutor que acaba de recoger en el taller del diseñador la portada del próximo libro a ser publicado: La homeopatía y el deporte y en el que, además, ha detectado un error: falta el artículo.

- Otra virtud del libro- insisto- es la procedencia de su autor. Está escrito por un venezolano, a doce años del experimento chavista que tantas miradas atrapa desde Europa...

- Los analistas de encuestas al final acabamos tomando distancia de la política, hacemos un trabajo técnico- dice Miret y agrega- sin embargo, estimo la gran densidad y calidad del libro de Teódulo López Meléndez y se lo he pasado a un colega cuyo perfil editorial es más susceptible a ese tipo de textos, con la esperanza de que lo publique.

La tarde languidece en la terraza del Ateneo, un tinto para mí y una cerveza para él, permiten inclinar los temas hacia otros derroteros: le dedico mi primera novela, "con la esperanza de encontrar empatía".

-¿Qué significa empatía? pregunta él, no precisamente porque ignore verdaderamente la respuesta y le contesto yo. "Qué haya coincidencia, concilio, acuerdo" (pensando precisamente en el Ensayo de TLM) y pregunta él: "¿Facilidad? ¿comodidad?

Antes que las palabras también languidezcan, hablamos sobre los costes de producción, casi imposibles de sortear en Venezuela, mientras que en Europa gran cantidad de libros se imprime en China, y sobre los errores. Los he encontrado numerosos, gramaticales y ortográficos en algunos libros que he hojeado en las librerías, le digo con exagerada indignación- ¿Será que se están saltando filtros en la corrección? pregunto. No coincidimos.

Insisto en mis críticas: ¿Recomiéndeme algún libro? ¿Qué está pasando con los sellos importantes, pareciera, que los libros más importantes de las últimas dos décadas son las traducciones de las novelas producidas en el este europeo, ya que durante la censura prácticamente el único escritor conocido era Milan Kundera?

-Sigue siendo un hito, los editores siguen buscando a quien traducir en las ferias, dice Miret.

Salen a relucir los nombres de las grandes editoriales. Le pregunto por Tusquets, por Siruela... Toda editorial tiene un cerebro y el cerebro de Tusquets está muriendo. Siruela ha vendido...

Una última respuesta del editor catalán, de formación ignaciana, procedencia judeo-mallorqui (chueta como él mismo se define), antes de visitar la fantástica biblioteca del Ateneu de Barcelona: "La gente busca respuestas en la medicina, en lo esotérico, en la homeopatía, en la cuántica, porque ya no cree en Dios”. He allí su apuesta editorial.

viernes 29 de abril de 2011

Mi amigo Enrique Vila-Matas





Por Eva Feld


Me he hecho amiga de Enrique Vila-Matas pero él no lo sabe. Se supone que para hacer realidad mi primera nueva amistad y probablemente la única del nuevo milenio debería al menos comunícaselo, pero no dispongo de sus coordenadas y he oído de quienes lo conocen que vive en un sofá. Esta magrísima información solo me sirve para acrecentar en mi una desbordante admiración por él. Es decir, mi amistad con él. O es que no es la admiración una premisa fundamental para despertar el amor.

Voy por la lectura de un quinto libro suyo. Nunca leo mas de tres páginas seguidas para que perdure en mí la sensación de haber recibido un e- mail de Enrique. Ya para este momento considero que me he ganado el privilegio de tutearlo y también el de divertirme, discutir, conciliar o jugar con él. Ya le conozco todos los trucos y los resabios, los atajos y los desvíos, los mohines y las muecas de todos sus personajes que no son otros, permítaseme la perogrullada, que él mismo: Él editor, él detective, él escritor, él conferencista, él bebedor penitente, eterno enamorado de Nueva York, lector insaciable de Perec y Auster, por citar a uno en francés y otro en inglés, pero también de Vok, escritor de su invención, como lo es mi nuevo amigo de la mía.

La empatía es otra premisa fundamental, la segunda pata de la mesa de cuatro, sobre la cual se van acumulando sus libros y con ellos las coincidencias que me permiten aprovecharme de mi amistad con él para enumerar, a riesgo de importunarlo, algunos de los hechos reales y ficticios, novelados y reseñados, siempre escritos y nunca orales que hacen que Enrique Vila-Matas tenga que cargar conmigo y con mi amistad por el resto de sus días.

En primer lugar, calzamos la misma talla de zapatos. Valga decir que hemos pateado con la misma intensidad las tres principales ciudades del mundo: Barcelona, París y Nueva York. Y ambos, aunque por motivos diversos, amamos a Venezuela. Cuando él, a comienzos de la década del setenta, llegaba a Paris (en París nunca se acaba, editorial Anagrama) para alojarse en la chambre de bonne de Marguerite Duras para dar pininos de escritor con la Asesina Ilustrada y se enamoraba de Isabel Adjani volando con alas de LSD, resulta que yo también, la de carne y hueso, estaba en París, solo que en la acera de enfrente. Yo no coincidía con Barthes ni con Morin en los cafés del barrio latino, sino que los estudiaba porque quería aprehenderlo todo. Cuando digo todo es todo. Economía, política, estructuralismo, antropología, sociología, psicología, todo. Todo eso junto me parecía entonces más factible que producir literatura, un arte reservado para iluminados. Si aquel incipiente escritor se hubiese topado conmigo entonces, habría huido de mi insoportable intensidad y yo de su preferencia por la bella actriz francesa. Sin embargo, fluye en nuestra sangre y en nuestros libros el espíritu de una época, la de la cola del mayo francés, la de la vorágine de ideas, la de la importancia del ensayo y de la poesía aun cuando lo que se escribe es narrativa ficcional.

Cuando en su última novela, Dublinesca, Vila-Matas calza la horma del último editor romántico, nuevamente nos pisamos las huellas mutuamente. Su personaje busca del genio que nunca llegó a publicar, mientras yo, en mi vida real, como presidente de la editorial Ala de cuervo estaba convencida de haberlo hallado y publicado y distribuido. Ambos fracasados, él (en su versión novelada,) yo en mi desempeño. Él porque no pudo ofrecerle a los lectores lo que hubiera deseado, yo porque no encontré lectores para el genio hallado.

Ambos anduvimos por las calles de Dublín en búsqueda de los andares de James Joyce, él celebró además un réquiem por la muerte de la era de la imprenta ante el advenimiento del mundo cibernético, mientras los libros de mi editorial, desaparecidos de los anaqueles, se hicieron presentes en la web. Yo emplee muchas de las pocas horas que pasé en Dublin, en cuerpo y alma, buscando infructuosamente, como loca, una estatuilla de Joyce para traérsela de regalo a mi escritor descubierto.

También leí Extraña forma de vida, Enrique no me lo ha dicho, pero no hace falta, ya dije que lo conozco y sé que es su manera de rendirle homenaje de admiración y amistad de Paul Auster en La trilogía de Nueva York . La fidelidad, es pues, la tercera pata de esta mesa con la que ya empiezo a aturdir. Como si se tratara de la cuarta historia Auster, al igual que en las otras tres, el espía, durante las largas horas de soledad y de silencio, acaba siendo el objeto de su espionaje.

Si escogí un día anodino y de lluvia para escribir sobre mi amistad con Vila-Matas tiene que ver nuevamente con él y con sus libros. En primer lugar, porque la lluvia es frecuentemente protagonista de sus relatos. En segundo, porque tal día como hoy ni siquiera cumple años. En otro de sus deliciosos libros, Para acabar con los números redondos, hace un elenco de anécdotas sobre escritores (aunque entre ellos se encuentre también Dalí) para conmemorar, pareciéndose en algo a los no cumpleaños de Lewis Carrol en "Alicia en el país de las maravillas", a cincuenta y dos escritores. Donde aclara en el prólogo que fue su artículo semanal en un periódico en extinción donde no llegó a cobrar por ellos ni un centavo. Gratuidad que los escritores venezolanos conocemos en carne propia la mar de bien.

Ah! Pero nada como Bartleby y compañía ese ensayo disfrazado de novela o viceversa, (que es la única manera de concebir la literatura, o sea en fusión de géneros), donde me sentí retratada, a pesar de que aun no éramos amigos. Nadie como yo misma para saber y sentir lo que significa no volver a escribir. Vila-Matas me permitió parangonarme con Mállarmé, con Juan Rulfo, con Rimbaud y eso, queridos amigos, sólo lo hace un amigo.


evafeld@gmail.com

sábado 11 de septiembre de 2010

Nathan Zuckerman: Inventar el futuro







Por Eva Feld

Nada como suplir las falencias con argucias, con cascadas de palabras que las oculten y que, además, sometidas a las quebraduras de luz, a través de los prismas que las multiplican, adquieran el esplendor de todos los colores del arcoíris. Así, con esta advertencia avant la lettre, invito a los lectores a rendirle homenaje a Nathan Zuckerman.

De haber leído en profundidad a Sholem Aleichem, Isaac Babel, Amos Oz por citar solo a tres, podría acaso dedicarle este aniversario 5771 del pueblo judío a sus emblemáticos escritores sin dejar por fuera tampoco a los nuestros, a Elisa Lerner a Isaac Chocrón y a los cientos de escritores anónimos que plasman en sus relatos, escritos y orales, la esencia judaica. Pero ¡helas! he de cubrir mis buenas intenciones con un entuerto urdido en la caldera de la vanidad, de la empatía y de la admiración: He aquí que acabo de terminar de leer Carnovsky, la novela más famosa de Zuckerman, cuyas más de quinientas páginas dicen y callan simultáneamente todo aquello que marcó durante el siglo veinte de la era cristiana, el signo de la diáspora eskenazi. El legado de Galitzia. El sufrimiento de Ana Frank, el Proceso de Kafka, la brillantez de Einstein, la dialéctica de Marx, las penetraciones de Freud. Sólo que para Zuckerman todo ello ha resultado en una carga, preciosa, sí, pero pesada y abultada, tanto como lo es el ser intelectual, escritor, pensador, autófago (neologismo inventado por mi padre, Juan Feld para referirse a aquel que se come a sí mismo) pues ¿de qué otro alimento se nutre el narrador? Unamuno, que no era judío sino vasco, también lo decía: “Todas los personajes que crea un autor, si los crea con vida…aun las más contradictorias en sí mismas- son hijas legítimas de su autor ¡feliz si el autor de sus siglos! Son partes de él”. Es como parte de Zuckerman de quien he leído Carnovsky, un libro escrito por él, pero que en realidad solo existe como “personaje” de. Zuckerman encadenado (Debolsillo2007) indiscutible parte de su autor, Philip Roth, el eterno postulado al premio Nobel, el Pulitzer 1997 por Pastoral americana, portador de la Medalla Nacional de las Artes en la Casa Blanca y varias veces honrado por el Círculo Nacional de Críticos de Libros, entre otras distinciones, sin que por ello deje de fustigarse a si mismo en primer lugar, como corresponde a su idiosincrasia, ni de lapidar a los críticos, ni a la sociedad norteamericana, ni, por cierto, a los judíos, como solo corresponde hacerlo a un judío.

Zuckerman encadenado consta de cuatro novelas atravesadas magistralmente por el mismo personaje; en la primera, La visita al maestro, el aprendiz de brujo visita a su mentor en Nueva Inglaterra y se enamora de una mujer que identifica con Ana Frank. El alter ego de Roth, Zuckerman ha roto una primera barrera, al hacerse escritor en América, pero desde el inicio del libro advierte que llevará a cuestas el “precioso” peso de su cultura, un fardo que acabará dándole triunfos en la segunda, en la que huyendo de la fama solo logra coronarse, hasta que en la tercera, harto de sí mismo y de todos los personajes que lo habitan y acosado por dolencias querría comenzar la carrera de medicina a los cuarenta años para ayudar a personas reales y olvidarse de sí mismo, no sin antes liarse a puños con un anciano, cuyo excesivo amor hacia su nieto adoptivo de sangre gentil, le desquicia por conmiserativo. En la reyerta, que por cierto ocurre en el cementerio judío, queda malherido precisamente en la boca. Por un buen tiempo no podrá pronunciar palabra alguna ni interpretar a sus posibles personajes. No se llamen a engaño… No queda curado, el final dice: “…vagó por los pasillos del hospital universitario, llenos de gente… como si aun se considerara capaz de evitar su futuro de hombre aparte y escapar de la obra que era suya”

La última parte del libro transcurre en una Praga asolada por el comunismo y poblada por informes personajes hipererotizados, como única forma posible de resistencia. De allí que el libro, en su totalidad esté dedicado a Milan Kundera
Al cerrar el libro, supe que en 2007, Philip Roth produjo la saga: Zuckerman desencadenado, pero como lo advertí avant la lettre de haber leído más, incluso del mismo Philip Roth, podría afirmar con toda propiedad lo que infiero del título y lo que intuyo: en el siglo XXI Zuckerman se aleja de Carnosky y sin olvidar a Galitzia ni su propio ombligo, ha de inventar el futuro, un futuro.

lunes 19 de octubre de 2009

Herta Müller: El zorro ya era el cazador








Por Eva Feld

El premio Nobel de literatura equivale con demasiada frecuencia a la transformación de un autor en objeto, uno libelado, etiquetado, estigmatizado y encuadrado en los parámetros que sobre él sean establecidos por la industria massmediática. De ese modo, la cultura de masas lo convierte en un par de frases, que repetidas hasta el paroxismo, sustituyan, en el imaginario global, la forma y el contenido, el significado y la estructura de la obra, en consignas reductoras. Los premios Nobel de literatura, acaban siendo conocidos por lo que de ellos aparece escrito en las carátulas de sus libros y en la recopilación de lugares comunes. Es así como Le Clézio (2008), por ejemplo, fue un premio a la excelencia en el manejo del francés escrito y a la mirada prismática sobre lo multicultural. Pamuk (2006): una bisagra entre Europa y Asia, un turco moderno, con memoria histórica pero con licencia poética. Jelinek (2004) sinónimo de fobia social y discurso de aceptación grabado en video. Sartre (1964), posición política frente a la Academia, único caso de renuncia voluntaria a la aceptación del premio. Este año, la sorprendente asignación del premio a la escritora rumano-alemana Herta Müller, la convierte en la décimo segunda mujer laureada, en abanderada de la lucha contra toda dictadura y vocera de la desesperanza en clave poética.

Descifrar a Herta Müller, comprenderla o inferir en sus textos otras provocaciones, fumarolas, entender su mesticia y sus deposiciones musicales o pictóricas implica otro calibre de esfuerzo. Müller ofrece un fresco cubista de la realidad, su palabra, como la paleta de Juan Gris, descompone aquello que refleja: en haces convergentes en cuanto al contenido, pero divergentes según el significado de las palabras que emplea para narrar o para describir una realidad simultánea y paradójicamente condensada y diluida en una narración poética en la que no crea trama ni pathos, ni verdaderamente desenlace, aunque contenga traición, violación, corrupción, infidelidad, suicidio y otras muertes. Al menos es lo que sucede en La piel del zorro (Plaza & Janes 1996, traducido del original Der Fuchs War Damals Der Jáger 1992) Si bien es cierto que las 254 páginas del libro están cubiertas por una pátina de miseria, excrementos, semen y sangre; de imágenes, aliteraciones, metáforas y símiles; de conocimiento de la realidad y reflejo del alma, la clave maestra de su narrativa reside en desdibujar aquello que ya se ha visto, leído y escuchado sobre la sordidez en la Rumania del dictador al convertir en sujeto a los complementos circunstanciales de sus, muchas veces, incomprensibles o repetitivas frases. Es así como en La piel del zorro existe, en su versión en castellano una falla de origen: el título mismo. El libro en alemán (y también en francés) se titula El zorro ya era el cazador. Un detalle trascendente para la comprensión del estilo de Herta Müller, pero también de su personalidad poética. El sujeto lleva implícito todo aquello que ha vivido. En los ojos del que ha visto siguen vivas esas imágenes, forman parte de él, pero además aquello que se ha visto también tiene vida propia para que pueda seguir siendo visto. De ese modo, la piel del zorro, leit motiv de la novela, representa la malévola astucia del animal que aún cuando yace inerte ya es el cazador, uno que es aun más astuto que el zorro y que sigiloso vigila; omnipresente vigila; acechante vigila. Todos los demás personajes son sus presas, incluyendo al idioma no oficial, al himno nacional anterior a la dictadura, a cualquier atisbo de adrenalina contestataria.

Sin embargo, la piel del zorro no era en la vida real de la Rumania comunista un recurso retórico (escogido por una autora para martillar el oído interno de sus lectores con una imagen significativa), sino un símbolo de distinción social. Las mujeres que podían llevar una pelambre de zorro al cuello eran las más afortunadas y envidiadas de las comarcas, llevaban las patitas del zorro colgando sobre el pecho y se ufanaban de ello. Sobre todo cuando el zorro era argentado pues ese era importado de la Unión Soviética. De manera que el zorro que atraviesa la novela de Herta Müller se descompone y se recompone como la herida de un hemofílico, sin cicatriz posible. La clase media se desangra: médicos, abogados, maestras, son sustituidos en sus cargos por operarios. El poder lo detentan porteros, criadas, conserjes que tienen el poder de denunciar. Como poder tiene el capataz de la fábrica para morder las ingles de las obreras y hacerlo como masticando semillas de girasol, que luego se escupen. Sólo que Herta Müller no ofrece explicación alguna, las cosas pasan, los personajes saben lo que saben, la palabra, montada como un arma, dispara.

Los vocablos, cuando percuten en alemán, abren aún más esas heridas. Se lo dice Herta Müller a Carlos Aguilera, en una extraordinaria entrevista publicada en la revista Crítica de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, en junio del 2008: “Cuando traduzco algo del rumano al alemán todo se vuelve ordinario, obsceno”. Sólo que ella escribe directamente en alemán. Sus libros no aparecen como publicados en Rumania, han estado prohibidos.

Cualquier parecido con el fenómeno vivido por Kafka, salvando las diferencias, puede llegar a ser relevante. Ambos escritores en lengua germana, encontraron en el idioma local (en el checo él, en el rumano ella) el significado de los sentimientos nobles a través de las canciones populares, de las fabulas, de los mitos. Ambos han hecho brotar de su bilingüismo una esperanza. La palabra, pronunciada en otro idioma, es otra, como otra es la lengua que la pronuncia. Müller ofrece en la entrevista con Aguilera otro ejemplo, no el del zorro, sino el del faisán: “… me fascina el idioma rumano. Igual que sus contradicciones. He escrito un libro titulado El hombre es un gran faisán en el mundo. Ése es un giro rumano. En rumano es muy frecuente decir “He vuelto a ser un faisán”, que significa: “He vuelto a fracasar”, “No lo he logrado”. O sea, en rumano el faisán es un perdedor, mientras en alemán es un arrogante fanfarrón. Como se sabe, el faisán es un ave incapaz de volar, vive en el suelo. Cuando empiezas a cazar y todavía no sabes hacerlo bien, cazas faisanes. La presa más fácil, puesto que el faisán no puede escapar. Los rumanos han incorporado ese rasgo a su metáfora. ¿Y cuál han tomado los alemanes para la suya? Las plumas, el plumaje, lo cual es muy superficial. La vida del animal no interesa a la metáfora alemana; a los rumanos les interesa la existencia del ave, y eso me fascina. El faisán rumano ha estado siempre más cerca de mí que el faisán alemán”.

Por otra parte, sin embargo, la organización gramatical en las frases de Müller remiten más bien al alemán que al rumano, de allí la dificultad para el traductor. Para muestra y para concluir, algunas muestras de ello. Muestras también de una ideología libertaria, de símiles aplicables, acortando las distancias, a otras dictaduras:


• Las maldiciones son frías: No necesitan dalias, ni pan, ni manzanas, ni verano. No son para oler ni comer. Solo son para arremolinarse y tumbarse, para rabiar brevemente y permanecer largo rato en silencio. Bajan el latido de las sienes hasta las muñecas y suben el sordo palpitar del corazón a las orejas. Las maldiciones se intensifican y se asfixian. Las maldiciones que se quiebran no han existido nunca.

• La letra de todos los días de colegio, las letras caen de espaldas en una palabra; y en la siguiente de bruces. Y las verrugas en los dedos de los niños , la mugre en las verrugas, cadenas de verrugas, de bayas grises, dedos como cuellos de pavos. Las verrugas se transmiten también por los objetos, ha dicho Paul pasan de una piel a otra… La tiza raya la pizarra cada palabra escrita podría convertirse en verruga…

• Sobre la frente del dictador hay un pulgón que se hace el muerto… Cuando uno está mucho rato sentado en el bar, el miedo se instala y aguarda. Y cuando uno vuelve al día siguiente, ya está instalado allí donde uno se sienta. Es un pulgón en la cabeza, que nos e escabulle. Cuando uno se queda mucho rato sentado, él se hace el muerto.





lunes 27 de julio de 2009

lunes 1 de junio de 2009

Vivo por excepción-Juan Feld


Puede bajarlo gratuitamente por cualquiera de estas dos entradas:

En esta se tardará un par de minutos (tiene numerosos dibujos) y deberá hacer clic en download:

https://share.acrobat.com/adc/document.do?docid=dea34e45-8f10-4b61-a0f4-e4bdf28de63e


En esta es más rápido y lo leerá como documento word:

http://www.scribd.com/doc/16018466/Vivo-por-excepcion


NOTA BENE


Solo a los escritores les he dado, de manera lícita y sin despertar sospechas de esquizofrenia, expresar en todo su esplendor la multiplicidad y la complejidad del ser humano. De no ser porque cuento con el apoyo de escritores de la talla de Unamuno, Slotedijk, Nabokov Nietzsche o Derrida, entre otros, ni siquiera me atrevería a esgrimir con grandilocuencia y vanagloria los motivos que me hacen convertir a mi padre en libro, a menos de dos años de su muerte. La idea me la dio el escritor israelita Amos Oz, cuando en la página 440 de su autobiográfica Historia de amor y oscuridad escribe “…esperaba crecer y convertirme en libro…No en escritor, sino en libro… si crecía y me convertía en libro, tenía la posibilidad de que un ejemplar perdido pudiera salvarse, aquí o en otro país, en alguna ciudad, en alguna biblioteca remota… yo he visto como los libros consiguen esconderse…


Esconderse para sobrevivir, digo yo, pues es precisamente la supervivencia el leit motiv de estas memorias que mi padre escribió a petición mía, sin ánimo alguno de publicarlas, con el único propósito de ser recordado por quienes lo amamos. Mi padre, múltiple y complejo, repetía, sin haberlo leído jamás lo que ya mucho antes había dicho Jean Paul Sartre, que los libros son voluminosas cartas para los seres queridos; o Nietzsche, por aquello de que la escritura es el poder de transformar el amor al prójimo por la vía desconocida, lejana, venidera. Así visto el escritor se convierte en el remitente que envía desde la otredad, una invitación extraordinaria a participar en una confidencia y con ello entrar en un círculo íntimo de cófrades.


Luego, se superpone otra fase, la que Nabokov bautizó como quididad , aquella por medio de la cual el texto es un asunto en sí mismo, independiente del que lo remite y con la posibilidad, planteada luego por Derrida , de provocar en cada lector, variadas inferencias

.

Aclarado mi propósito, acudo a Pessoa el más prolijo y prolífico creador de heterónimos y a Teódulo López Meléndez, traductor e intérprete virtuoso de Pessoa, para explicar que mi padre, el exitoso empresario Juan Feld, el velerista consumado, el padre, el esposo, el abuelo, el burgués, a la manera de Sándor Márai, fue solo uno, el de la imagen pública que le tocó vivir a raíz de los sucesos que signaron su existencia (1923-2008), pero doy fe de los demás: el melómano, amante de Mozart, tímido pianista y flautista que le cedió el paso al empresario; el agudo dibujante, caricaturista, artista, que abdicó frente al apoderado; el delineador de la realidad, capaz de satirizar hasta la hilaridad cualquier monotonía, que contuvo su humor dentro de los linderos domésticos porque así lo exigía la persona que ejercía el liderazgo responsable de su imago.


Que mediante estas pocas anécdotas de su vida, de esta selección de sus dibujos, de esta nota bene de su hija, heredera, lamentablemente de no todos sus defectos, mi padre se convierta en libro, ¡qué siga Vivo por excepción!

Eva Feld

Caracas. Junio 2009