sábado 24 de mayo de 2008

Fulgor a no olvidar


Por Eva Feld


La cronología es fraude, alegoría. ¿Acaso no transcurren milenios en un atisbo?, ¿acaso no perdura un segundo en el tiempo? Por esa autarquía se podría afirmar que el siglo comenzó exactamente el 11 de abril del 2001. El día y a la hora en que fue destruido el World Trade Center, pináculo y emblema del sistema capitalista. El doble falo fue cercenado primero y destruido después en el más estridente espectáculo visual jamás antes acontecido. El espectáculo de ver cómo caían los edificios de viga y concreto como si fueran de harina, azúcar y huevo fue observado simultáneamente y en vivo por millones de personas aleladas, entre las cuales seguramente se encontraban los orondos artistas plásticos que, en la década de los años sesenta/setenta, proclamaron el arte conceptual como su forma de expresión en parte para crear ruidos en la organización y en el organigrama del esplendor económico. Han de girar el prisma a través del cual miran, para retratar nuevamente al ser humano. Acaso no haya estado equivocado nuestro querido Don Diego Barboza, Premio Nacional de Artes Plásticas 1997, al reivindicar el valor de los retratos y de los enseres desde su taller decimonónico, él que en Venezuela fue pionero del arte conceptual y de las "performances" y que falleció también en abril, hace apenas un año, proclamando que quizás sea éste momento de ocuparse nuevamente del ser humano, del sobreviviente y de hablarle al hombre del futuro de su pasado tan remoto como próximo para recordarle su esencia. ¿No será acaso ésta la mejor hora para el expresionismo redivivo, para el repunte manierista como manifestación de individualidad frente al desbocado presente en el que el espectáculo del caos ha dejado de ser coyuntural para asemejarse cada vez más a un sí mismo apocalíptico? ¿Será éste también instante para el atorrante verbo, para que en literatura se imponga, por encima de la liviandad y el anecdotario de la inmediatez, el expresionismo manierista de los grandes escritores, de los grandes debates, de las grandes ideas? Tal era la ambición de Diego Barboza, el gran animador cultural, el transformador de la imagen en metáfora, digno representante de Pirandello así en la tierra como en el cielo, al concederse un espacio de representación en el que él mismo fue actor múltiple de sus propios personajes. Así se ocupó de ser recordado, así transformó la realidad de quienes lo conocieron, creándole a cada quién una ficción muy particular.

Algunos, entre ellos el escritor y periodista Nelson Hippolyte, conservan al lado del vívido recuerdo de los cuadros de Diego Barboza, aquel cumpleaños memorable, durante el cual el artista sorprendió a sus invitados presentándose ante su madre tal como vino al mundo: leso, genuino y totalmente desnudo. Otros, como la pintora Luisa Richter, han expresado su admiración por el autor múltiple capaz de cambiar el tiempo y el espacio tanto en la vida real como el en lienzo y tanto en lo doméstico como en lo público. De su vida y obra se han ocupado curadores, críticos y directores de museo; sobre él han escrito, entre otros, Elisa Lerner, Juan Carlos Palenzuela o Juan Calzadilla, pero, a pesar de los reconocimientos y de los premios, el artista, el ser omnívoro, vivió siempre al acecho de la creación, simultáneamente en el abismo y en la elevación y fueron precisamente esos trances los que lo llevaron en enero del año 2000 a querer revivir en el ámbito venezolano las grandiosas vivencias de sus admirados predecesores franceses, italianos, alemanes y Reverón. Inválido ante la falta de un Montparnasse, se empeño en creárselo muy a su manera venezolana. Bajo el título de Convivio quiso reunir periódicamente en su taller, a un grupo ecléctico de creadores y junto a ellos leer, actuar, pintar, discutir, escribir, crear. En suma: vivir.

Fui designada oficialmente cronista de aquellas tardes y testigo de excepción de los más altos vuelos de ese infatigable Ícaro llamado Diego Barboza.

Caracas, Convivio del 4 de enero 2000

Acordamos en una primera reunión, retroceder hasta el Renacimiento temprano como punto de partida para el análisis de la plástica y del pensamiento en la historia de occidente, pero dejamos todas las ventanas abiertas para posibilitar otros tránsitos. La experiencia ha de lanzarnos al centro de nosotros mismos. Materia prima de nuestra experimentación: los sentimientos y las líneas, la psique y los colores, la perspectiva y la poesía, las emociones y el pensamiento ¿No ha sido esa la médula espinal del Giotto al desaurificar a los santos, o de Dante al confrontar al hombre con sus demonios? ¿No introdujo Velásquez, en España, una óptica y una estética punzo penetrantes al reflejarse junto a sus Meninas y además irrespetando las proporciones, las jerarquías y los parámetros vigentes hasta su época? Diego promete para la semana que viene hablar por boca de Cimabue, alias Cenni Pepi, oriundo de Florencia y maestro del Giotto. nos dará sobre todo su versión maracucha universal y futurista. ¡Amén!

18 de enero

Somos seres imantados. A la reunión de hoy se nos sumó Luis Villamizar, artista plástico y con ese sólo fenómeno de convertirnos en cuatro, conformamos por instantes la rosa de los vientos. Con el norte errático y sin estrellas rutilantes, la reunión de hoy fue caos. No hubo viaje dantesco sino caricatura docente, no hubo personificación del Giotto, sino desbordamiento desordenado; hubo, sí, en la destemplanza que produce sentirse al pairo, algunos atisbos. Luis quería a toda costa que Diego hablara de las dificultades reales, plásticas, técnicas, puntuales, que confronta actualmente en la pintura figurativa y hubo en su tono tanta afectividad como reclamo: "Fuiste precursor del arte conceptual en Venezuela ¿cómo es que retrocediste hacia la pintura?" La respuesta de Diego, que tan elusiva le resultó a Luis, pretendía exponer que la trayectoria creativa no es una línea recta sobre la cual se pueda avanzar o retroceder, sino un círculo concéntrico. Intentaba hablar Diego de la complejidad pero de su boca sólo fluían anécdotas ilustrativas, hasta que de pronto, en un arrojo se lanzó por las escaleras para reaparecer minutos más tarde, cargando varios cuadros de Luis Villamizar y uno de Alejandro Otero. Se hacía preguntas en voz alta: ¿Qué contiene el blanco, cómo rasgar la luz, cuál es el límite dimensional de un cuadro, cuál es la presencia del hombre ausente del lienzo y viceversa? La luz languidecía, por momentos fuimos sólo siluetas conversando, intimando. Cuando la humedad que genera la luna llena comenzó a colarse entre mis huesos, me descubrí acariciando uno de los cuadros de Luis de los que Diego había traído, era un objeto voluptuoso, un caracol adosado mediante macilla al liencillo y todo aquello estaba coloreado en verdiazul, todo menos el laberinto, que desafiante clamaba en procura de penetración.

26 de enero

A la reunión de hoy asistió Gipsy, la restauradora de las obras de Diego y expuso su preocupación por la aparición de hongos en los cuadros. También ofreció posar desnuda para el maestro. Vino también Adele Mondolfi de Lemmo, cuya breve pero intensa intervención colocó a Diego como objeto de su investigación, la cual ya sobrepasa las 800 páginas.

Acaso el convidado más beligerante del encuentro de hoy fue el recién concluido retrato de Juan Carlos Palenzuela, hubo consenso, vimos en él un verdadero nudo gordiano.

2 de febrero

Hoy se nos sumó Enrico Armas. No ha cesado de trazar en lápiz o con creyones, líneas de expresión, caballos, policromas rayas de efecto. Le ha echado mano a sus catálogos para autocalificarse: "soy anacrónico, ecléctico y arbitrario.Me gusta mezclarme trenzar mis multiples lenguajes expresivos: a veces esculturas conceptuales, otras cuadros pintados.Soy emotivo, cada color responde a un estado anímico, a veces siento rojo, otras azul. En eso de la multiplicidad de expresión soy postmoderno, no me gusta encasillarme.

Luis Villamizar ha cumplido con su amenaza teórica en un texto urdido hacia 1993, pero luego develó cautelosamente los parámetros de su búsqueda personal: concertar con un grupo de indígenas un trabajo plástico mancomunado Hizo referencia a los mitos alojados en las máscaras rituales talladas en madera, las cuales, a petición o por encargo suyo, son ejecutadas en tamaños superlativos y con caras nuevas replanteando los signos y los contenidos. "Me hice hombre en el extranjero- nos explicó, ante nuestras incisivas preguntas- y al regresar a Venezuela, por supuesto que vi la realidad con ojos diferentes a los que la veían desde adentro. Incluso he logrado que esa mirada y su expresión plástica sean aceptadas en Nueva York, adonde otros artistas venezolanos se presentan con obras mimetizadas con la cultura metropolitana, es decir con trabajos que podrían ser el producto del Bronx, por ejemplo, pero no de Venezuela"

- ¿Podría decirse entonces que eres un neocolonizador del buen salvaje exótico?- le preguntamos exponiéndonos

- Yo no diría eso, yo busco lo contrario, que los indígenas preserven su cultura que está siendo amenazada justamente por las grandes potencias

- ¿En qué se diferencia entonces tu trabajo del de los misioneros? - insistimos

- Yo no niego que tenga una misión en la vida.

Sin perder la compostura ante nuestras provocaciones, Luis nos explicó que a través de una motivación antropológica y estética realiza una investigación plástica cuyos resultados no están predeterminados, sino que aparecen como consecuencia del aprendizaje. Diego cita a Duchamp como referencia al hecho de intervenir en objetos acabados. Enrico y Luis se refirieron a Steinberg, al aura de los objetos. Diego solicita respuestas más prácticas. cómo son exhibidos semejantes conceptos. Luis alega que "el arte no requiere respuesta inmediata, la investigación va de sí. A los artistas se les prohibe prácticamente experimentar, se les obliga a repetirse a si mismos, a convertirse en productos de consumo elitista". Enrico acota: "Francis Bacon es un buen ejemplo, multimillonario por sus éxitos pero confinado a pintar sólo ocho cuadros al año". Nada escapa a la diatriba, desde el Centro Sambil hasta el deslave del Estado Vargas desde las películas de Spielberg versus el cine de autor de Fellini. Sólo se proclama la unanimidad para acoger un refrescante jugo de parchita.

16 de febrero

Cumple años Doris, la esposa de Diego, la maga de las buenas infusiones sacraliza los convivios mediante placeres sensoriales: que haya siempre un delicioso bebedizo servido en artesanales tazas de barro y que las jarras simulen mujeres de amplias caderas con brazos como asas y con fuego en los chacras. En Venezuela la puntualidad es sólo lo que puede llegar a ser, una referencia remota, de modo que las primeras en llegar, Colette Deleuze y Adele Mondolfi, se encargan de caldear la atmósfera. ¿Cuál habrá de ser el sentido del arte en el siglo XXI y cuál, si alguna, la especificidad en Venezuela? Pero en eso irrumpe muy rubia, Cristina Policastro y tras ella, como bajándose cada uno de su nave espacial particular, Diego, Luisa Richter, Juan Carlos Palenzuela. Cristina Policastro lee su cuento El tractor azul y se desata un breve interludio sobre la estética cinematográfica. Palenzuela lee las cuatro cuartillas que ha pergerñado con precisión quirúrgica para la prensa. Luisa Richter, delgada como un silbido y profunda como un lago alpina, se mantiene etérea en su castellalemán y muestra el catálogo de su última exposición. Diego, soliviantado, excéntrico y maravilloso, no tarda en someternos sus dos últimos retratos, el de Marianela Ramos y el de Gioconda Rojas.

En el tiempo que transcurre entre un convivio y el próximo, todos vivimos las sorpresas telefónicas de Diego. Son apariciones dionisiacas, incendios imaginativos, fulgor a no olvidar. Hizo del deslave del Estado Vargas su Guernica personal, convirtió sus flores en tributo a Van Gogh y a Renoir, versionó a Leonardo y a Velásquez, a Bacon y a Dix, pero también a Buñuel de quien fue adicto e hizo de la vida y de la amistad un escenario de invención continua para el cual renació cada día. Hoy es un día, hoy también renace.


viernes 16 de mayo de 2008

Freud: “Decir la verdad es una cosa impracticable”


Por Eva Feld


Hace cien años, un pequeño grupo de discípulos vieneses festejaron los cincuenta años de su maestro obsequiándole una medalla, grabada por un lado con su perfil y por el reverso la figura de Edipo respondiéndole a la Esfinge; en el canto hicieron grabar en griego, un verso de Sófocles que rezaba: “Quien resolvió el enigma y fue un hombre de gran poder”. En efecto, el hombre que resolviera la incógnita del inconsciente llegó a dominar buena parte del razonamiento del siglo XX. Sí, paradójicamente, aquel que demostraba la validez de los sueños por encima de la lógica aplastante de Descartes, signaba con su teoría la interpretación de la naturaleza humana en los tres planos equivalentes a las tres divinas personas: el de la vigilia, el del sueño y el de la culpa. O, dicho en sintagma, el ego, ya sea en sus manifestaciones voluntarias, kármicas, lúdicas, instintivas etc. Se trataba de Sigmund Freud, el inventor del psicoanálisis, el insidioso influyente que con sus experimentos sobre el alma humana trastocó todas las ciencias que le eran afines a la psicología. Desde la antropología y la educación pasando por la filosofía y la medicina no hubo enfoque que no contara con al menos algún espejo del calidoscopio a través del cual exploró Freud la psique humana. La catarsis, la transferencia, el mito de Edipo, la motivación y la represión sexual como lubricantes de la libido, se han convertido en conceptos incluso coloquiales para el hombre culto. Culto, sí, pues el psicoanálisis tiene su asiento en la historia del hombre, en su cultura, en su religiosidad y sus creencias; así como en las paradojas, en la dialéctica, en el monólogo interno y en el diálogo psicoterapéutico, es decir en la palabra eminentemente dramática, teatral, poética, aquella que transforma la realidad, aquella que inventa el pasado e igualmente reviste de metáforas el futuro. Aquella que una vez disociada la realidad de la rutina, de la lógica o de la razón, se adentra en los sueños, en los deseos, en las visiones, en las alucinaciones. Allí estuvieron los surrealistas para recoger en cadáveres exquisitos, producto de la escritura automática, algunos espléndidos ejemplos de saludable escisión del “yo”. Allí estuvieron los psiquiatras lidiando con la simultaneidad patológica del “yo” en sicóticos que representaban peligro. Allí estuvo Nietzsche, contrafigura de Freud, también en idioma alemán, para iluminar la posibilidad ultra utópica del superhombre, de un “yo” enaltecido. Allí surgieron en ristra figuras como Jung, Rank, Ferenczi para complementar, confrontar, debatir. En suma, para enriquecer la psicología humanista, la psiquiatría especulativa, la investigación empírica, la práctica ontológica, la terapia catártica, la clasificación de los impulsos y las pulsiones y su vinculación con los dioses y sus respectivos mitos y rituales conclusivos. La idea del sanador recuperó su condición shamánica. El psiquiatra como ser investido de sabiduría y poder logró crear desde empatía hasta devoción. Notable fue el caso, entre muchos otros, de Lou Andreas Salomé, la escritora, la gran amiga de Nietzsche y de Rilke, una de las más emblemáticas exponentes en la consecución de la libertad individual, intelectual y sexual de las mujeres, para quien Freud en algunos momentos representó simultáneamente la imagen sublimada de un padre, de un amigo y hasta de un amante.

Sublimada sí, pues es en el contenido de la sublimación como salvoconducto donde radica la vía de escape, el bypass entre norma y deseo y es en sus grados de asociación donde hurga el psicoanálisis en procura de respuestas. Desfragmentar la psique, ubicar las causas que motivan efectos, aproxima el funcionamiento psicológico del ser humano también a las leyes físicas, químicas, biológicas y hasta matemáticas, como lo están demostrando las ya no tan nuevas psicoterapias farmacológicas, sistémicas, eléctricas, en proporciones matemáticamente calculadas.

Sublimadas resultan también las sempiternas preguntas filosóficas que hacen del hombre un eterno adolescente en procura de respuestas convincentes y demostrativas. Quiere el hombre de hoy, como el de ayer, saber entre otras cosas en qué se diferencia del animal: si por su capacidad de razonar y de valerse para ello de la palabra; si por sus creencias atribuibles únicamente a la fe y a la aceptación de los misterios, o acaso por su facultad de padecer y gozar, es decir, de desear. Estas preguntas, como tantas otras, producen siempre incompletitud, una incompletitud pendular cuyo recorrido oscila entre las profecías y la gaya ciencia, entre el positivismo y la catequesis, entre el individualismo y el colectivismo, entre la objetividad y el subjetivismo y dan lugar a próceres de toda estirpe: Hegel y Kierkeaagard; Marx y Freud; Heidegger y Nietzsche Por nombrar sólo seis cabezas tendenciosas de los ismos emblemáticos del presente que mediante fusiones, híbridos y divisiones han producido placebos, panaceas, teorías y soluciones.

Sin embargo, tales sublimaciones han perdido poder ante la incompletitud y el vacío fortalecidos en los albores del siglo XXI; se ha perdido la capacidad shamánica de interpretación de la condición humana, se han mediatizado los misterios del conocimiento, en suma, se han banalizado. Podría decirse que Freud, aunque nunca negado a la fama, lo previó ya en 1925, cuando declinó colaborar con Samuel Goldwyn, por 100.000 dólares, en su película sobre amores célebres. En cambio, ese mismo año, apareció su autobiografía, Mi vida y el psicoanálisis, consagrada mucho más a su carrera científica y al desarrollo de sus ideas que a su vida personal. Y luego, en 1931, a un año de haber recibido el premio Goethe, pronunció en la municipalidad de Freiberg, (su villa natal), durante un homenaje que se le hacía, las siguientes palabras: “Desde que me otorgaron el Premio Goethe, el año pasado, el mundo me reconoce diferentemente y reconoce de mala gana mi existencia, pero sólo para mostrarme lo poco que eso importa…” A sus 80 años, le prohíbe a Arnold Zweig, uno de sus más antiguos pacientes, con quien además mantuvo profusa correspondencia, que emprenda su biografía: “Quien se convierte en biógrafo se obliga a mentir, a disimular, a embellecer y hasta a esconder su propia falta de comprensión, pues no se puede poseer la verdad biográfica y aquel que pudiera poseerla no podría emplearla. Decir la verdad es una cosa impracticable”.

En el subrayado, incuestionablemente nuestro, descansa, haciendo uso de una palabra cara a Nabokov, la quididad de la condición humana. En la suma y en la combinación de semi-verdades practicables habitan hoy las escasas respuestas filosóficas. Depauperado de su condición de imaginar y limitado en el uso de la palabra, el hombre del siglo XXI desconoce lo sublime. Reclamo para Sigmund Freud a 150 años de su nacimiento el beneficio del reposo y, en el canto de semejante divisa, un verso de Teódulo López Meléndez: “Desde la muerte la mirada cambia una palabra”.

domingo 11 de mayo de 2008


Mayo francés:
¡Paren el mundo que me quiero subir!
por Eva Feld


A cuarenta años del mayo francés de 1968, hito histórico en el que contrajeron nupcias consignas diametralmente opuestas para reivindicar en la palestra pública con igual júbilo y simultaneo ímpetu desde el más floreado marxismo hasta la ilimitada libertad sexual, sus protagonistas anónimos, conquistadores de la posmodernidad, eternos diletantes, libre pensadores y nostálgicos sobreseídos del devenir político mundial, presenciamos alelados que el tren ultrarrápido en el que viajábamos hacia el futuro utópico y del cual quisimos apearnos para sembrar nuestras ideas y nuestras causas en el terreno fértil de las emociones revolucionarias, nos ha dejado convertidos en apacibles rumiantes de lo que ha devenido, muy a nuestro pesar, en pasado. Sin embargo, no todo está perdido, luego de darse la vuelta entera por la Vía Láctea, el tren de la historia está a punto de pasar de nuevo frente a nuestras narices y henos allí, en nuestra perplejidad, pretendiendo que haga un alto para volvernos a montar sin habernos tomado la dosis reglamentaria de dramamina para contrarrestar el mareo. Allí estamos intentando deslastrarnos de conocimiento y experiencia, haciendo aeróbicos y pilates para hacernos atractivos a las nuevas generaciones, intentando olvidar nuestras lecturas de Marcuse, Lacan, Lukacs o Althusser y ejercitando nuestros dedos para aprender a enviar mensajitos por el celular o actualizarnos en facebook, pasándonos a toda velocidad direcciones electrónicas que nos permitan estar al día en foros políticamente correctos, culturalmente actualizados y lucir aceptablemente consumistas.

Hubo un tiempo, sí, en que protestábamos porque las grandes ideas de los pensadores del siglo XX se iban comprimiendo a vulgaridad y desquiciamiento. Ahora comprendemos que las píldoras light a las que se han reducido las disquisiciones, los preceptos, las teorías y las ecuaciones de segundo grado son precisamente el carburante que consume el máximo motor de combustión interna que es la velocidad mediática. El conocimiento, el discernimiento, el debate, la dialéctica han quedado relegados a la habitación de los trastos viejos. Es el tiempo de los resúmenes, las síntesis, la inmediatez. Es la hora de encapsular el pensamiento que, dicho sea de paso, ha de ingerirse con burbujas edulcoradas para soportar cualquier efecto secundario.

Pensar se equipara con enfermedad, el antiguo precepto cogito ergo sum ha adquirido, en este casi medio siglo transcurrido desde el mayo francés, una sorna semántica; cogito sí, pero acordándole una acepción sexual. Si Marcuse acuñaba la desublimación sexual y cultural en el Hombre Unidimensional, que le dio título a su obra mejor conocida, su tesis, como los buenos rones que se añejan en barricas de roble, se ha mejorado a sí misma, proclamándose su definición de libertad como ciertamente incomparable con ninguna anterior. Una que no se conquista ni se sustenta y que tampoco se defiende, una que ha adquirido carácter de existencialismo por serle consustancial a la esencia humana, de manera que se nazca directamente libertino.

Lacan en cambio ha sido víctima de devaluación; si en los años 60 cabalgaba sobre el monstruo de tres cabezas que era para él el problema de la educación, tratando de descifrar lo real, lo simbólico y lo imaginativo para darle coherencia a sus teorías, estaría probablemente desconcertado ante el desarrollo subnormal que ha sufrido su quimera, en lo referente a lo real. Impávidos, quienes lo estudiamos durante los sucesos del mayo francés, vemos cómo lo simbólico y lo imaginativo son manipulados impúdicamente hasta reducirlos a adoctrinamiento y prefiguración respectivamente. La imaginación ha llegado ciertamente al poder y está prohibido prohibir, sólo que ambos residen ahora en el status quo. Por lo que lo simbólico y lo imaginativo se han desplazado hacia limitaciones fuertemente humanistas que impondría un hipotético Estado Social de Derecho, es decir, una legislación de tolerancia y respeto mutuo, una economía inclusiva y otras ideas más progresistas que revolucionarias, que implican más disciplina que libertinaje, más seriedad que consignas y evidentemente más circunvoluciones que velocidad.

No se solicita un Daniel Cohn-Bendit, el tren de la historia que regresa a toda velocidad se ha llevado por delante el placer estético por el que abogaban los filósofos alemanes de la escuela de Frankfurt, el precioso andamiaje verbal de los ensayistas franceses, a los pensadores de alta cilindrada que acompañaron los sucesos revolucionarios del mayo francés, pero trae consigo las libertades humanas consagradas en las constituciones y en los vocabularios de occidente. El tren de la historia cuya velocidad arrolladora enceguece a quienes lo quieren abordar desconociendo su itinerario y sus posibles paradas, sólo podrá ser tomado, paradójicamente, por quienes estén en capacidad de imponerle las paradas. Para lo cual se requiere una fuerza cuyo punto de partida se ubique en la palabra. Motor de combustión interna capaz de echar a andar un nuevo paradigma valiéndose de las ciencias del espíritu, de la musculatura pragmática y del esfuerzo contagioso.

miércoles 7 de mayo de 2008

Tres retratos almados

por Eva Feld


Diego Barboza, (1945-2003), pintor venezolano, Premio Nacional de Artes Plásticas 1997, atravesó una intensa, pero poco conocida fase de obsesión por crear personajes, que es como prefería llamar a sus retratos. Cuando se cumplen cinco años de su muerte y en ocasión de celebrarse en el museo Thyssen-Bornemisza de Madrid una invaluable exposición de retratos, burilar un espacio en la masa informe de la desmemoria para recordar algunos de los suyos, resulta un acto de justicia, pues en el juego múltiple de espejos que reverberan entre el artista, su modelo y el cuadro resultante, puede acontecer que los demiurgos encuentren albaceas.

Queden aquí consignadas, pero invertidas, las tres primeras personas del singular: Él, tú y yo fuimos retratados por Diego Barboza.

Tímpano (un retrato de Fernando Batoni)








Entre apolíneo o dionisiaco el hombre auditivo se inclina. Helo aquí ensordecido por los colores espectrales del arte. Helo aquí de cuerpo quieto y obligado a escucharlos. El hombre que hoy posa es psicoanalista. Y se pregunta el artista, sin saber que cita a Zaratustra, si será posible hacer estallar el tímpano, romperle los oídos, a los que escuchan, para hacerles oír con los ojos. Será por eso que sobre el papel tendido, transformado en tambor, descarga impresiones para hacerlas resonar: el adentro y el afuera en percusión heterogénea. Vedlo allí al artista en su taller sobredimensionándole las orejas al doctor Batoni, deformándoselas, porque él intuye que existe en la estructura del tímpano algo que se llama “triángulo luminoso” y no puede un creador plástico dejar escapar luz alguna. Es el propio Conde de Lautréamont, autor de los Cantos de Maldoror, el responsable del triángulo luminoso que desenfoca. Es él quien encarna en sus poemas todas las miserias, las angustias, los sufrimientos humanos, remotamente parecidos a los que escucha el médico en su consultorio, y para los que tiene respuestas, consuelo y misericordia. Pero helo aquí ahora sometido al tamborileo que produce el martillo sobre el yunque de su oreja, en el oído propio. Vedlo como oye sin saber que ve los vericuetos del alma suya. El hombre auditivo que Diego Barboza está pintando nació en el estado Trujillo. Allí comenzó a vivir también Barboza el padre de quien está pintando y Lautréamont constata que, al percibir esta coincidencia, es el pintor quien está viendo con el oído. Y sabemos, gracias a Jacques Derrida, que la membrana del tímpano está tendida oblicuamente. Oblicuamente de arriba abajo, de afuera adentro, de adelante atrás; y que el tímpano bizquea.



Los oídos que ahora ven en el psiquiatra otra imagen, ahuyentan del lugar al conde de Lautréamont, quien se aleja susurrando entre dientes un verso frenético publicado en 1869 y que entusiasmó a los poetas surrealistas en 1920: …, yo hago que mi genio sirva para pintar las delicias de la crueldad. Obviando las últimas tres palabras, las repite el artista en voz alta, a la maniera de Diego Barboza: Al pintar con delicia hago al genio.

Ipsidad (un retrato de Laura Cequera)






-No me gusta –espeta Laura con cierto resentimiento desde el mismo sofá donde días antes posó para Diego- me choca, me confronta con aspectos de mí misma que no me gustan, Además tiene pico como de pájaro y un seno desproporcionado-. Laura no abandona su cartera negra, se aferra a ella como a un escudo. Salvavidas sería más ajustado a esa verdad tecnológica que la rescata por segundos de la soledad, pues en ese bolso sobreestimado, vibra y suena y pita y late su teléfono celular, el mismo que sostiene entre sus manecillas de mujer urbana, sometida a la vorágine cotidiana y al aislamiento, en el cuadro que está mirando con desagrado mientras se refugia nuevamente en sus mientes telefónicos, pues el celular omnímodo y opíparo devora toda su atención cada vez que suena. El interludio le ha dado un respingo a Diego, que con una calma inusitada vuelve a pintar su retrato, esta vez con palabras. Laura lo escucha atenta: “no busques querida amiga una imagen realista de espejo, ni pretendas hallar un calco de la realidad, este es un cuadro que pinta en ti a la mujer de hoy, rodeada de artefactos y confinada a la soledad. Éste es un cuadro que retrata tanto la sublimación como la alienación, pero también la desolación que se acrecentó en mí con la catástrofe de las inundaciones en el estado Vargas”. En eso entra en el estudio de Diego, ajena al diálogo, Doris, su esposa, y al pararse frente al cuadro de Laura declara: “éste es el mejor de todos los retratos, esta línea que lo atraviesa diagonalmente abre la perspectiva, este color es revelador de una pasión inconmensurable y el parecido de la cara es incontrastable”, dicho lo cual desaparece.


“Es verdad - asiente Laura -, el cuadro es bueno… lo que no me gusta es que sea yo”

Incido (un retrato de Eva Feld)



Diego no es un contemplador de los modelos que pinta, prefiere penetrarlos, auscultarlos, y sólo logra vencer la pereza que le produce emprender un cuadro, a través del amor. Pero no uno cortés ni arrobado; libidinoso o sexual; místico o espiritual. Sino un amor de transmutación material, un amor egoísta y narcisista en el que acaba siendo, mediante la posesión, él mismo el modelo que va pintando y es en esa sucesión de autorretratos donde se enriquece.

Existe en su refracción de mí, una austeridad y una severidad rituales: Soy esa mujer que él no puede pretender ser. Soy color que no existe, espejismo. Muchas veces somos ambos seres andróginos o hermafroditas, otras veces somos colegas en el oficio deformador de la realidad, pero siempre, por más que nos acerquemos, por más que coincidamos, por más que se establezca entre nosotros una sincronía especular, somos, el uno para el otro, la total diferencia.

jueves 1 de mayo de 2008


El magnífico libro

por Eva Feld


La posibilidad de poner por escrito la palabra, previa conformación de los signos lingüísticos articulados con un pensamiento ordenado, ha sido uno de los pasos más peligrosos dados por el hombre. Si uno va a un viejo monasterio y revisa los libros copiados por los monjes comprobará de inmediato que había textos de acceso vedado por razones de un supuesto riesgo. La imprenta cambió la historia hacia la difusión masiva, con la consecuencia de un crecimiento proporcional del peligro. El libro pasó a ser el objeto más atacado, más que las fortalezas o las ciudades enemigas. Los libros han sido prohibidos o quemados, condenados al ostracismo o vituperados hasta el escarnio. En la edad moderna, o el siniestro siglo XX, la amenaza se concentró como nunca en el autor del objeto maldito del conocimiento y el escritor fue silenciado. Claro que por poco tiempo: algunas de nuestras lecturas preferidas están situadas en la literatura europea de entreguerras. En esta entelequia que llamamos posmodernidad, el libro ha sido convertido en un producto industrial y, en consecuencia, no se procura la calidad de su contenido, sino su venta masiva, convertido el editor de un individuo que procuraba conceptos e innovación en un fabricante de otro bien de consumo al que hay que sacarle rédito. Esta es la amenaza actual. Una más para el libro, siempre objeto de peligrosas tentativas. La consecuencia es la de una literatura degradada. Por lo demás, cada cierto tiempo, como en una retahíla de expiración, se proclama la muerte de algún género literario, siendo la novela la preferida por tales invectivas. Ni la novela morirá ni el libro será degradado como pretende la industria cultural. El secreto para impedirlo es seguir escribiendo sin concesiones y publicando los textos sin pensar en el esquivo éxito. Aunque hoy nos parezca exótico, debemos afirmar que la rueda girará y la literatura, a través del magnífico libro, recobrará su rol de reconformación del espíritu humano.


Entrevista a Eva Feld realizada por Analítica

¿Qué libros han desencadenado imágenes en ti?

Curiosamente las únicas imágenes poderosas que guardo de mis lecturas son aquellas que desencadenan las ideas, el pensamiento, la imbricada naturaleza humana. Todo ello me produce un estado alterado capaz de crearme abstracciones e inferencias múltiples. Por ejemplo Maurice Blanchot al escribir sobre Kafka coloca al lector en un andamio metafórico extraordinario. O Nietzsche o Sloterijk o Cioran. Incluso en poesía son las palabras contenciosas las que desencadenan imagenes en mi, tal vez por eso prefiero la densidad de T.S. Eliot o los desvaríos de Mallarmé y en narrativa la capacidad apalabrada de Lídia Jorge en "La costa de los murmullos" y la inmensa armadura de los escritores polacos de la entreguerra. Estas preferencias responden al presente inmediato y al espacio limitado. La incompletitud radica en que ni aun haciendo más larga la lista de los libros le haría justicia a mis lecturas, pues en verdad lo que cuenta para mi no es la imagen que hayan desencadenado en mi sino la transformación que hayan operado en mi.

¿Cómo llegaste a ellos, te los recomendaron, te los topaste en una vitrina?

De manera ecléctica, por casualidades, por causalidades. Los libros recomendados vienen cargados de empatía y de prejuicios en el buen sentido de la palabra. A veces, aunque no estén subrayados, uno puede ver entrelíneas los guiños de los amigos, o las manías de los profesores, o las vanidades de los críticos. Últimamente las vitrinas son malas consejeras para el buen lector pues despliegan más libros de autoayuda, de literatura chatarra y productos estéticos. Soy de las que leen paradas frente a las estanterías ocultas de las librerías; de las que urgan, de las que se quedan hasta la hora del cierre. Pueden dar fe de ello, los pocos libreros que quedan en Caracas, pero también las paredes de la FNAC de España y de Francia y pequeños libreros de Guadalajara, Barcelona o Montpellier.

Cita algunas una frases que hayas subrayado en esos libros

(De Kafka a Kafka. Maurice Blanchot)
... el hombre del exilio se ve obligado a hacer del error un medio de verdad y de aquello que lo engaña indefinidamente la posibilidad última del captar el infinito.

(Esferas. Peter Sloterdijk)
De pronto, masas desespiritualizadas se encuentran a la intemperie sin que jamás se les haya aclarado correctamente el sentido de su destierro. decepcionadas, resfriadas y huérfanas se cobijan en sucedáneos de antiguas imágenes del mundo mientras éstas parezcan conservar todavía un hálito de la calidez de las viejas ilusiones humanas de circundación.

(De los aforismos de Más allá del bien y del mal. Friedrich Nietzsche)
68 "Yo he hecho eso" dice mi memoria. "Yo no puedo haber hecho eso"-dice mi orgullo y permence inflexible. al final- la memoria cede.
146 Quien con monstruos lucha cuide de no convertirse a su vez en monstruo. Cuando miras largo tiempo a un abismo, también éste mira dentro de ti.

(De La costa de los murmullos. Lidia Jorge)
¿Y para qué conocer directamente? Querer no saber, no es una cobardía, es apenas colaborar con la realidad más amplia y más profunda que es el desconocimiento...

sábado 26 de abril de 2008




La senda de las flores oblicuas en Seúl

La novelista venezolana Eva Feld presento su novela La senda de las flores oblicuas en la Korea Foundation de Seul ante un selecto grupo de profesores, poetas y estudiantes con la valiosa participación del Embajador de Venezuela Doctor Guillermo Quintero. Al concluir la presentación los asistentes formularon preguntas y opiniones. Para la poeta Lee Kang-won "la conferencia seria una piedra angular para la bonanza del intercambio de las literaturas de dos continentes. Como las estudiantes aquí presentes van a dedicarse posiblemente a la traducciónde las obras del español al coreano, la conferencia va a servir mucho ensentido positivo". En efecto, los asistentes reconocieron en la novela La senda de las flores oblicuas una obra pionera en la que un autor latinoamericano escribe una novela ambientada en Corea y en la que se explora en profundidad el alma y las costumbre del pueblo coreano.

Por su parte la profesora Kwon Eun-hee dijo haber encontrado en la lectura de la novela un ritmo y una pulsión solo posibles a través de la introyección de quien ha penetrado los designios coreanos.

Antes de su regreso a Venezuela, la escritora ofreció una conferencia en la Universidad de Yung Hee a peticion del profesor Lim Hyo Sang y sostuvo un intenso intercambio literario con los profesores Francisco Carranza, catedrático e hispanista y María H. Ko de Carranza, directora del Instituto de Estudios Asiáticos

martes 22 de abril de 2008

Eva también: Eva Feld, novelista


por Salvador Garmendia

"...acaso sólo parecido a otros niños cuyos padres también leían en alemán, saludaban en rumano, entendían ruso y callaban los sentimientos".
Eva Feld. Los vocablos se amaron por última vez



Esto de que el mundo es un puño, viene a ser una frase eterna, que no se desgasta con el uso porque no quiere decir nada. Nada, salvo lo que tenemos a la vista: un puño cerrado que podemos abrir cuando queramos y darnos cuenta que por dentro está vacío; sin olvidar que hay signos enigmáticos escritos en la palma; trazos caprichosos que parecen tropezar y resquebrajarse como abatidos por un vendaval.

La primera novela de Eva Feld, Los vocablos se amaron por última vez, (Ala de cuervo, 2000) es la historia fabulada de un siglo que cabe en un puño: basta abrir los dedos para que el contenido se desprenda convertido en virutas. Es la primera versión en dibujo animado de un siglo XX que parecía eterno y se desvaneció como una mueca y es la manera como Eva abraza esos 100 años en una novela, cuyos seres animados proceden a veces de la historia reciente o se agregan a elladesde la propia biografía de la autora; pero unos y otros son heterónimos: individualidades no vividas o vividas hasta la mitad; criaturas mentales materializadas sobre tiempos y espacios veraces y tangibles; almas en peligro como cualquiera de las que pasan a nuestro lado; "contradictorias entre sí -y contradictorias en sí mismas-", como lo expresa Miguel de Unamuno en el párrafo que sirve de epígrafe al libro. Es, por lo tanto, la novela inicial de Eva, una ficción en la ficción, narrada por trujamanes que intercambian antifaces y vestimentas; y en sus propias palabras, "una crineja que enhebra muchos rizos: Los de la trama conciente, inconciente, subconciente, la identidad, la otredad, el afuera, el adentro, la partícula, la totalidad, la investigación, la inspiración, la causalidad, la casualidad".

La manera de contar de estos Vocablos es sólo parcialmente lineal y en ocasiones oscura y evasiva, pero la voz que narra es exterior y descansa en la armadura simple de una fábula. Una manera de contar que se remonta a los tiempos de Esopo, cuando los animales hablaban y sus diálogos parecían conversaciones de amas de casa. La autora no teme a este encuentro directo con la página. Sabe que hace tiempo el monólogo interior dejó de ser un quebradero de cabeza, y se convirtió en poco menos que en un paseo de campo. La interioridad de hoy quedó del lado afuera.

Pero, éstas páginas son astutamente femeninas, diabólicamente complejas en su ejecución, semejantes a una empecinada labor de hilo y aguja. Eva mantiene sus vocablos en permanente fuga. Cada párrafo es una bandada de tordos que escapan cuando pasamos cerca de ellos.

Muchos se van sin que podamos reconocerlos, pero siempre hay un tordo agresivo que se precipita en declive contra nosotros y nos sacude un aletazo en la oreja, que luego se prolonga en la piel con un estrujante escalofrío. Así nos aproximamos a la desquiciada biografía del viejo General Chalbaud, cuando él y sus compañeros burlan la estricta incomunicación a que eran sometidos los presos políticos en la Rotunda, mediante sesiones espiritistas que les permitían convocar a las almas mediumnizadas de los antigomecistas muertos, para enviar mensajes a laconspiración que operaba al otro lado del océano. El sacrificio estéril y altisonante de esta figura de guiñol, que muere acribillado en el puente de Cumaná, blandiendo frente al enemigo una bandera de Venezuela, como si encabezara un desfile patriótico. Las andanzas del mujerero de su hijo Carlos, entre conspiraciones parisinas de folletín decimonónico y su muerte en 190... en manos de una bandada de asesinos ebrios, en el primer magnicidio que conoció la historia del país y último acto de barbarie en el anecdotario político local. Al otro lado del océano, las intimidades del Tercer Reich y sus conexiones funambulescas con Venezuela, pequeño país del Caribe mestizo y primitivo, destinado a proporcionar mano de obra sumisa y barata a la industria de la gran Alemania. Luego la realidad sucumbe en el delirio. El holocausto corona su proyecto burocrático de exterminio. Hitler gana la guerra. En Venezuela, los militares toman el poder. Una bomba colocada por un terrorista hace volar en pedazos el teatro de Bayreuth y toda la plana mayor del Tercer Reich es aniquilada de un solo golpe, mientras en el escenario tiene lugar una representación privada de El Anillo de Los Nibelungos. La pesadilla ha terminado y apenas deja un leve escalofrío bajo la piel. El gordito del Táchira se arrellana en su silla. La civilización cristiana respira con alivio. En realidad, no ha pasado nada.

Novela que corre desde la intimidad más cerrada al gran tablado de la historia del Siglo XX, caricaturesco y demencial. Novela erudita y políglota cuando lo pretende, y también visionaria y fantaseadora. En realidad, se trata de un heterónimo del propio Siglo XX en su trance final, cuando los acontecimientos de que hemos sido testigos o que nos han picado cerca, saltan a primer plano, gesticulan con desenfreno casi esquizofrénico, se pasan las caretas uno al otro y se comportan como la anticipación de un futuro que no tuvo lugar, pero que al final parece como si empezara a tenerlo. Mientras tanto, Venezuela cambia de nombre. Deviene la Quinta República.

¿Adónde vamos?


LA NOCHE PENETRA DIAGONALMENTE
“LA TRANSPARENCIA DEL REFLEJO” DE EVA FELD

Por: Ramón E. Azócar A.*


…Cincuenta y cinco tonos de rubor cromático
para atajar la vanidad y los celos…

Eva Feld

(“La transparencia del reflejo”. Caracas, Editorial Ala de Cuervo)



Recientemente la Editorial Ala de Cuervo, publicó la última novela de la escritora Eva Feld, “La transparencia del reflejo” (Caracas, 2003); ya Eva nos tiene acostumbrados a ejercicios narrativos que rompen lo convencional en la estructura de la obra literaria: “Mujeres y escritores más un crimen” (Edit. Warp, Caracas, 1999), su primer trabajo narrativo, y “Los vocablos se amaron por última vez” (Edit. Ala de Cuervo, Caracas, 2000); son un muestrario de la búsqueda en el oficio escritural de una manera de apreciar los acontecimientos urbanos desde el interior de sus ejecutantes. Con esta obra Eva no viene a complacernos con imágenes y acciones pre-diseñadas, balbuceadas en un castellano concreto y metódico; lo que nos trae Eva es un texto con arquitectura, con formas, con segmentos encontrados; toda una edificación de sensibilidades y razonamientos que deambulan entre personajes comunes, pero que destellan una profunda invasión de dolor y melancolía. Sin embargo, los personajes no son tristes, están callados. Toman el itinerario de la historia, mas no gravitan en temporalidad alguna. El lector aprecia un tiempo, pero los personajes no comparte esa movilidad: están inertes, mirando hacia los lados y hacia adentro. El espacio se reduce a lo humano, a esos pequeños detalles que hacemos a diario y que sólo lo percibimos cuando una mirada acuciosa los identifica.

“La transparencia del reflejo”, en su estructura narrativa, está enmarcada en un estilo mesurado de atracción de hechos y acciones. Esta estructura la aprecio en cinco segmentos: 1.- Ideas lineales que van presentando a los personajes contrastando con una cronología histórica de acontecimientos; 2.- La narración de los hechos y la conexión de los mismos desde un punto de vista valorativo, no de acontecimientos; 3.- El insertar la narración en primera persona en la historia, a través de un personaje que se va mudando a cada uno de los personajes; 4.- El enfrentamiento y choque de las acciones que se dan el la historia, las cuales lejos de tener un desenlace se multiplican compulsivamente; y 5.- Los códigos; la obra está inundada de códigos, de marcas, cuya nomenclatura para descifrarlos es el punto más motivador de su lectura. Obliga al lector a participar con el escritor en la confección final de una atrayente historia, por ello, y esto me atrevo a decirlo como lector compulsivo de Eva, cada persona que lea la novela tendrá una versión particular de ella. Y más allá: cada persona que lea la novela le dará un sentido estético literario muy particular, por lo cual la escritora no tendrá vida terrenal para poder hilar todas las historias que nacieron con Eugenio y Lya, y que rompieron esquemas con Adriano y Mariana.

El otro aspecto del trabajo narrativo de Eva es el manejo de palabras y expresiones que buscan insertar nuevas estructuras de comunicación: aviesos, tejemaneje, soslayo, mujeres-niñas, artófagos, ahítos, entre otras; promueven el inventario de formas de expresión no muy comunes en la apreciación narrativa de los hechos. Por supuesto, en la medida que el ejercicio narrativo va evolucionando en su contexto de historia nos topamos con la intención plena (quizás descabellada en esta época) de estructurar un mensaje a través del meta-lenguaje. En la página 99, se gratina la experiencia de romper esquemas preconcebidos para incursionar más allá de las formas de expresión existentes: “…Curva envolvente de rayos luminosos Unívoco punto la procedencia y el fin. Reflexivo reflejo en constante arritmia. Diástole-sístole. Dia Sis Dia Sis diálisis, día de Isis. Diosa cabeza de vaca inmune al sacrificio minoico, a la hecatombe y al holocausto. Y, sístole y diástole, pulsión por hallar a Osiris fraternal, incestuoso, en cien fragmentos disperso por el universo. Sístole, sístole, sístole hasta completarlo y convertirlo en momia de adoración, en criatura mitológica, Isis amamantamamantamamanta Amamantada giro en espiral cósmica, alcanzo a verme la cola de cometa, giro al interno energía devorando…”

A todas estas, los textos de Eva son reiterativos en dos debilidades frecuentes en la literatura francesa contemporánea: la excesiva explicación del origen de algunos personales ( caso de don Alberto); y los saltos estrepitosos en la narración temporal de los hechos. El primero hace pesada la lectura, el segundo da dificultades al lector en su tarea por comprender el hilo de la historia. Claro está son “debilidades”, entre comillas, porque nos afectan al lector, ello no quiere decir que sean estrategias preconcebidas por la autora para obligar al lector a tomar mayor participación en acción lectora. Aunque esto no le resta belleza al contexto que situaciones que nos presenta Eva como escenario de vidas afines a la realidad citadina, pero inmensamente profundas en sus consecuencias y valores. Podríamos sugerir a la autora que relacionara ese mundo descrito en “La transparencia del reflejo”, con un mundo paralelo subterráneo, pero no de la tierra, sino del alma de los hombres.

En cuanto a la figura de Eva Feld como escritora, con este trabajo se ubica en un género de vanguardia en la literatura contemporánea venezolana; un género que encabeza José Manuel Briceño Guerrero (“Anfisbena, culebra ciega”, Mérida, 1992) y Teódulo López Meléndez (“Selinunte”, Mérida, 1993), por ser coincidentes en el uso de un lenguaje que confronta el convencionalismo y la actitud pasiva de algunos escritores. Quizás sean los rebeldes sin causa, o quizás los que teniendo causa no renuncian a ser rebeldes.

“La transparencia del reflejo” permite otro tipo de lectura: la de los significados. En la medida que uno hace el amor con las páginas van tornando expectativas acerca de situaciones que hagan posible revolcar al lector cuando menos lo espera; así nos aparece la narración de Mariana (Pág. 26) en la cual el fluir de las imágenes habla por sí mismo: “…Cocino masturbando lo vegetal, lavo el pepino parsimoniosamente y aún antes de comenzar a descartarle la piel, me da gusto recordar sus propiedades hidratantes. Llevo el fruto a mi rostro y lo voy girando contra mis pómulos. Largo rato me detengo en la comisura de los labios para prolongar en mí el deseo de morderlo. Un frescor como de rocío desprende el pepino su recorrido colector de humores faciales. Luego lo cerceno en ruedas muy finas y lo salo profusamente. Su verdor pálido queda suplantado por un color que asemeja el del mar coralino cuando rozo la arena. Allí lo dejo por unos minutos en un regodeo eyaculador. Cuando vuelvo a mirarlo, lo hallo aguachinado y sumergido en su propia secreción. Lo tomo en mi mano y lo exprimo al máximo, separando el cuerpo de la materia mediante la fuerza, sin determinar en cual recipiente queda almacenada la virtud. He intervenido la forma fálica, la he rebanado en ensalada. Sustituyo el exudado pepino con una mezcla de azúcar y vinagre. Mis manos han quedado olorosas más no saciadas, de manera que hurgo en la nevera en procura de materia prima para hacer croquetas…”

Los textos de Eva son un claro muestrario de cómo se puede ver la existencia cuando la noche penetra diagonalmente, es decir, cuando el lenguaje es el protagonista y no la historia.

Desde la lectura de “Los vocablos se amaron por última vez”, me había impresionado el trabajo narrativo de Eva Feld, pero con el encuentro con “La transparencia del reflejo”, he descubierto una autora en plenitud, con un avance agigantado en su búsqueda escritural, con un texto lacerado, madurado; con una concreta y real percepción del mundo interior que desea transmitir. En una palabra, y haciendo un palabreo a una frase de Eva, “todos leeremos este libro, pero tendrá un sentido único para cada uno de nosotros”.


*.- Politólogo, Msc. Administración; escritor y crítico literario. Autor de “La revelación de Oanes”, ensayos acerca del anarquismo; “Hacia un nuevo Paradigma Educativo”, y “Soledades”, obra poética.

Gas letal de Cují herido

por Salvador Garmendia

Feld: "Escaldado, ampollado y enajenado yace Mallat en Lara.
Incongruente criatura desimantada del Norte./Yérguete desértico anaranjado/oasis trasvestido/flor macho cabrío"

Llegará el día en que esta columna salga un domingo a la calle en sostén y pantaletas. Ya me habían advertido que el Ojo de su título estaba dejando de ser de Buey para convertirse en Ojo de Mujer; pero, qué culpa tengo yo si las escritoras están mejores cada vez y mandando en la literatura como si las letras fueran un hogar donde se limpia, se friega y se riegan las matas y se riega la cama y se "pare" lo menos que se pueda. Ellas mandan en la casa de las letras como les da la gana; mandan mondas, desnudas, descarriladas, bocas sueltas, disolutas y llenas de risa. En este momento de truculencia nacional, cuando el humor es el único sustento que nos permite pasar un día más casi sin darnos cuenta, ellas demuestran poseer en su literatura, el punto secreto de maldad sin recato ni respeto humano, que abre la carne y penetra de punta en la verdad. Las nuevas de esa acometida nos llegan en pequeños libros que apenas se sienten en las manos. Se abren por la mitad y uno se los puede llevar a la boca y chuparlos con facilidad como si acabara de abrir una fruta y estuviera a punto de sorber su culpa. Sólo que esta vez la experiencia se ha detenido al borde de los labios, porque el fruto que acabamos de abrir es el libro de Eva Feld, Mujeres y escritores más un crimen (Warp, 1999) y lo que se levanta en su primera página es un objeto duro y espinoso. Un Cardón: "Falo lanza-púas/auscúltate presagioso exprimiéndote datos/¡Huye! Filamento subterráneo". Ese cardón se me hace conocido desde el olor. La lujuria del "dato" mordido resbala por las junturas de mis dedos como por entre-piernas. Y puedo decir que es el mismo cactus columnaris que me ha estado mirando de lado desde mi infancia, cuando escurría el cuerpo por entre los tunales de mis sabanas en el estado Lara; lecho de un mar desecado, según la opinión de antiguos geólogos. Sé que le he corrido delante a ese erizo de mar transmutado, intentando hurtar mis tobillos flacos a la acometida de sus púas, y era como si escapara de un fósil impensable que escupía sus espinas por la boca contra mis canillas. Lo asombroso del caso es que Eva Feld ha hecho posible para mí, ya al final de mi vida, que las sabanas de Carora echaran por delante al más espigado de sus símbolos, el Cardón, así como al más arrogante de sus machos, el chivo, y se me aparezcan en no más de tres páginas tomando la forma atrabiliaria de un crujido de consonantes, que se rompen entre labios resecos. Es parte del delirio incomprensible de un finlandés, experto en maderas y sequías, que ha sido víctima de una insolación en pleno desierto caroreño, durante una expedición científica, que marcha por aquellos tunales intratables. Sangran los pies y se recalientan las molleras como lo relata Eva en su texto: "Escaldado, ampollado y enajenado yace Mallat en Lara. Incongruente criatura desimantada del Norte./Yérguete desértico anaranjado/oasis trasvestido/flor macho cabrío". En este momento, la página está oliendo a tierra escaldada y a poesía, aunque debía tratarse de un cuento; pero no importa: los géneros no existen. El descubrimiento ya es viejo, pero todavía casi nadie le hace caso.
Por cierto, debo admitir que no tengo otras noticias acerca de la existencia de Eva Feld, que no sean las muy escuetas líneas que aparecen en la contratapa de su libro. Nació ayer: 1949 y al parecer ha ido del periodismo a la literatura. Hubiera querido saber algo más de la autora; pero de todas maneras me quedo con una escritura plena de desafíos, quiebres y sacudidas como de tic nervioso, que va organizando esas astillas en vitrales, a medida que entramos en las páginas. Al final, hemos dado con un arte de narrar desprejuiciado, sarcástico y algo presuntuoso, tal vez, pero siempre con los humanos pies bien pegados al piso; sea este el suelo calcinado de las sabanas de Carora o la felpa recién desinfectada de la moqueta vino tinto de un piano bar. En esa escritura kaleidoscópica, el más pequeño giro de la mano hace que las figuras del entorno alteren su acomodo. La visión escapa de su centro y las geométricas contracciones de la frase, como si fueran sorprendidas en un trance epiléptico, terminan por arrastrarnos también, con los pies descalzos, brincando como saltimbanquis por una superficie fragmentaria, imprevisible. El caleidoscopio recalentado, ha seguido girando entre los dedos del finlandés errante, navegador de sequías y resolanas. Los ronquidos de su lengua seca se confunden, entre las astillas de sus ideas, con el arrullo de un mayoral lapón que conduce una manada de renos. Y nos cuenta, traviesa, Eva Feld, "Nunca antes, ni aun cuando el miedo enturbiaba su respiración, durante la amenaza rusa, en Helsinki, había escuchado Mallat el ritmo de su pulso a galope, acaso únicamente comparable con aquella vez en Budapest, cuando una húngara pelirroja y endiablada casi le rompe la vida de tanto paroxismo y persecución". Pero, en eso, el cielo se oscurece y empiezan a sonar los truenos de La Tempestad de Jean Sibelius. Por tanto, sólo quedan para ser pronunciadas las frases de la extremaunción: "Gas letal de Cují herido/espabílalo/y ahuma la sangría del sacrificio".