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sábado, 23 de agosto de 2008

Márai y Mann: Pendular la condición humana







Por Eva Feld



No es por nada que algunos críticos han declarado, en revistas como Lateral de Barcelona, que acaso los mejores libros publicados en el mundo editorial de la España de hoy sean las traducciones. Así es como ha sido reivindicado Sandor Márai, el húngaro que confundió suicidio con eutanasia al morir por sus propias manos a la edad de 89 años después de haber vivido las dos guerras mundiales del siglo XX, luego de sobrevivir a la revolución de 1956 en su propio país, después de enterrar a su esposa, testigo de excepción de sus novelas y, sobre todo, de su diario, aún no totalmente vertido en español, en el que asevera que escribir es un verbo incontenible y narcotizante que esclaviza a sus cultores y que la adicción no sólo les hace prever alucinaciones e incluso acontecimientos sino también acción en la quietud, tormentas y cataclismos, desenvolvimientos y nudos en cada nimiedad de la existencia. Dice Márai en su diario, que en los cuarenta años durante los cuales fue periodista se creyó responsable de los sucesos que narraba. Le parecía que no dejar constancia de ellos era lesa traición. Escribía, pues, todos los días. Era cronista y reportero, atestiguaba, concatenaba y rubricaba los eventos diarios con fruición de drogadicto. El ruido que producían sus dedos sobre las teclas de su máquina de escribir reprodujo muchas veces los estruendosos bombardeos, las altisonantes proclamas políticas, las anegadas cuitas partidistas, las viscerales bajas pasiones, sin que jamás creyera poder acabar con el repertorio. Pues aconteció lo contrario, fue el repertorio el que lo execró. Hubo de someterse a una suerte de reeducación conceptual. Cuando se le impidió seguir hurgando con preguntas, cuando su lacerante inquisición a quemarropa convirtió la cotidianidad en un colador informe, el hombre se volcó hacia la interioridad hasta que el verbo preguntar fue privado de transitividad para volverse briosamente reflexivo. Halló respuestas: En El último encuentro ("Las velas ardieron hasta el final", en el original húngaro, escrita en 1942), narra con precisión el reencuentro de dos entrañables amigos, separados durante cuarenta años por interferir entre ellos la pasión. Uno ha quedado atrapado en la introversión de un castillo, el otro ha quedado atrapado en la extroversión de una vida aventurada en África. Ambos, el que se ha ido lejos y el que no se ha movido, son tránsfugas, emigrantes, apátridas. Haber vivido les ha privado de continuidad, de permanencia, de certezas. Ambos han vivido -a sabiendas o en ignorancia- para este último encuentro en el que poco importa lo que se reclaman o lo que aclaran aunque esto ocupe buena parte del libro; menos aún importa que el reencuentro transcurra en una casa -en un castillo en los Cárpatos - que funge apenas como testigo, aunque sea memorable la descripción de la misma. Lo verdaderamente relevante del libro de Márai radica en los intersticios que permiten a los lectores proyectarse en innumerables inferencias. Un ejemplo: ¿Acaso no perdieron su ciudad, los argentinos que emigraron durante los años duros de las sucesivas dictaduras? ¿Acaso la conservaron mejor aquéllos que se quedaron? ¿No existe cierta coincidencia con otras pérdidas: la de la Viena imperial o la de Galitzia, por citar sólo dos. Otro ejemplo: ¿qué cosa es la amistad?: estos amigos complementarios e inseparables, rico el uno, pobre el otro, intelectual el uno atlético el otro se enamoran de la misma mujer. Una historia frontalmente emparentada con Cabezas trocadas de Thomas Mann, protagonizada también por dos amigos simbióticamente interdependientes y complementarios que han de ser separados porque aman a la misma mujer. Sólo que el escritor del Fausto y de La Montaña Mágica se vale de una leyenda hindú para ilustrar su moraleja. Pero mientras Márai se vale de un diálogo para hacer una crónica despiadada de la decadencia como legado del imperio austro húngaro y de la incompetente condición humana frente a su propia nimiedad. Podría atribuírsele a Mann, en Cabezas trocadas, una curiosidad filosófica y moral anclada hacia el futuro. Su futuro, que no es más que el presente actual. La disquisición se plantea desde una óptica que podría responder a ciertas interrogantes sobre la clonación. Veamos: Los protagonistas de Mann representan dos tribus diferentes con fenotipos casi antagónicos. El uno es intelectual, lampiño, de contextura delgada, ademanes delicados, cultura vasta y poseedor de una fortuna proporcional a sus atributos comerciales. El otro es alto, fornido, velludo, de verbo limitado pero espontáneo y tiene la piel bronceada por su exposición a trabajos corporales. El segundo decide abdicar a favor del amigo, pues reconociendo que sin él no podría vivir, teme perderlo víctima del despecho. Se celebran los esponsales sólo para incrementar las tensiones, pues ahora la esposa comienza a fijarse en los atributos físicos del amigo de su esposo, para quien ella sigue siendo delicioso fruto prohibido. Emprenden un viaje los tres y al detenerse frente a una cueva, los dos amigos acaban decapitándose mutuamente en el interior de la misma. Sólo mediante la muerte es salvable la ecuación. La joven esposa, enamorada de ambos, los encuentra descabezados. La diosa Shiva oye sus plegarias y le da una oportunidad de enmendar el daño, le ordena colocarle a cada cuerpo su respectiva cabeza para que ambos recobren la vida. Ah! Pero la joven se equivoca y al cuerpo deseado le coloca la cabeza amada del esposo, ubicando el drama en el terreno de la ética. ¿Con quién se ha casado: con el cuerpo o con la cabeza? ¿A quién debe seguir? Acuden a un asceta, quien, para beneplácito de la esposa, se pronuncia por la cabeza. La cabeza del amigo con el cuerpo disminuido se retira de la pareja y de la trama. De manera que durante algún tiempo vive la esposa la más conspicua completitud posible. Al cabo de los meses, el fornido, inteligente y rico esposo, que ha retornado a sus actividades sedentarias normales va perdiendo la fortaleza física así como el bronceado convirtiéndose nuevamente en si mismo. La esposa, mientras tanto, ha quedado embarazada y ha parido un espléndido hijo cuyo padre biológico no es otro que el amigo auto expatriado ¿o no? Ella siente la necesidad de hacérselo saber. Emprende el viaje y al llegar a su destino, encuentra estupefacta que el amigo ha recuperado su antigua y espléndida fisonomía. Se trata de un perpetuum mobile sin solución. ¿Acaso no es pendular la condición humana?