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sábado, 19 de julio de 2008

Un Dante sin mal contemporáneo



por Eva Feld



No es por tremendismo ni por afán de originalidad que me atrevo a calificar a Venecia, Florencia y Pisa como réplicas de Disney world. La falsificación y el consumismo rampantes en esta primera década del segundo milenio están logrando transformar la historia de la cultura en una suerte de álbum de barajitas (en su defecto, de fotografías digitales) que los millones de turistas van pegando cual autómatas en sus carpetas analógicas y que luego “suben” a la red para compartir (o competir) con sus semejantes hasta conformar una suerte de catálogo de muecas, poses y monerías.

En Venecia, por ejemplo, es rigor fotografiarse en la plaza San Marcos dejándose picotear por decenas de palomas; en Pisa lo es sostener con las manos la torre inclinada; en Florencia, pararse junto al David de Miguel Ángel. Los turistas son capaces de alinearse pacientemente para cumplir con esos rituales, sin los cuales nadie, ni siquiera ellos mismos, les creería que en verdad estuvieron allí.

Los turistas se mueven cual depredadoras termitas, en permanente rally por conquistar el mayor número de pruebas que incluyen también la foto comiendo pizza y helado, luciendo sombreros de fieltro o de paja, visitando museos como plagas devastadoras. Pocos notan el trabajo a veces tenaz y otras excesivo de los cientos de restauradores que se ocupan de hacerle el mantenimiento a dinteles y capiteles, a columnas y arcos, a puentes y adoquines. La gente, en tropel, atraviesa y ve, pero no se detiene ni mira. El disfrute está en la acumulación, en la falsificación, en la simulación y en la velocidad.

A veces, como en la Plaza San Marcos de Venecia, quien se detiene puede llegar a rechazar la exuberancia en los colores restaurados. Parecen recién pintados, se les ha robado la pátina del tiempo y simulan, sí, sus propias réplicas. Hacen pensar en estatuas griegas, ya no blancas como las conocimos en nuestro tiempo, sino coloreadas según las posibilidades y la estética de su tiempo. Más parecidas a los dibujos animados de la televisión que a obras de arte antiguas. Igual que los retocados capiteles que lucen más emparentados con escenografías fílmicas que con el verdadero poderío eclesiástico de su tiempo, o la calidad de los artistas de siglos muy pretéritos.


A los turistas más acuciosos se les ofrece la historia narrada o para ser leída en cápsulas de fácil digestión, para que al lado del álbum de fotos puedan contar las mismas anécdotas, cuentos, leyendas o intrigas y puedan así dar aun mayor verosimilitud al hecho de haber visitado esas ciudades históricas, cuyo imaginario colectivo y mundial se ha reducido a algunas horas de atropellada visita, para los afortunados que han logrado movilizarse de su poltrona ubicada frente al televisor y para los demás a algún programa dedicado a los viajes de algún periodista de televisión.

Una de esas anécdotas relata que Dante Alighieri llegó a Florencia con las ropas sucias y que cuando se dispuso a lavarlas en el río Arno, acabó enjuagando el idioma y que ese es el origen del italiano. Lo cierto es que poco se nombra a Dante en el recorrido por Florencia, apenas como referencia de la Santa Croce y para decir sobre la inverosimilitud de que allí se encuentran sus restos. ¿Restos? Los modernos turistas se agolpan, en cambio, en la Plaza de la Señoría, o frente a las vitrinas del Puente viejo, delante de la Catedral o en el mirador; ocupan mesas en las abundantes cafeterías y espacio en las bocacalles, pero pocos notan el letrero que conduce a la casa del primer gran poeta italiano. Menos aun se interesan por la iglesia que frecuentaba su amada musa Beatrice Portinari, de quien escasamente piensan que era la amante de vate.

Dante no es, pues, barajita obligada en el viaje a Florencia. Unas pocas flores mustias adornan los restos de Beatrice, enterrada en la pequeña capilla. Nadie espera el turno a sus puertas para rendirle homenaje. Una luz tenue, una música exigua, una sutil remembranza le confieren al pequeño santuario un aire enrarecido. Como si nadie, ni siquiera el omnisciente tiempo hubiera trascurrido desde que el poeta encontrara en la furtiva figura de la pequeña Beatrice, el símbolo de pureza que requería su Comedia. Una señora, como las miles que emplean su jubilación en salvaguardar museos, cuida el recinto. Lo hace sin cobrar, tampoco acepta contribuciones, lo hace por amor y por exhibir, oh, allí mismo, dentro de la capilla, sus oleos en homenaje a sus creencias, religiosas y artísticas…

El juego entre la rendija de luz vespertina y las sombras que arroja el Cristo austero que preside el altar permite obviar por instantes la intrusión del presente. Allí está Dante Está de regreso de la vida y de la muerte, del infierno, del purgatorio y del cielo. Dispuesto a reemprender el viaje con el mismo ánimo de conquistador, con el mismo afán de clavar en hondura su palabra, la de describir, de narrar y traducir en neología la condición humana. Pero no ésta, actual, de seres robotizados y atormentados por la estética de la rapidez y de la acumulación; fetichista y adoradora de mitos mediáticos. Dante, que ha viajado y procreado. Él que ha medrado en política e influido en la historia en proporciones descomunales, sigue plantado en la filosofía, procurando respuestas al paso de los hombres por la tierra. Y para ello necesita regresar siempre al lugar donde yace su Beatrice, porque viva y ausente o viceversa, ella es para él el leit motiv de su obra.

Los ocho moteros en tránsito hemos invadido el espacio de Dante, destellan los flashes de nuestras cámaras, resuenan nuestras voces extemporáneas en este santuario y nuestra rúbricas quedan estampadas en el libro de visitas, como corresponde a visitantes extranjeros. Una vez afuera, cuando por fin a mi compañera motera le es dado prender su cigarrillo, me pregunta con genuino interés sobre mi estado alterado. Quiere saber de mi taquicardia, inquiere sobre el Dante, sobre Beatrice. ¿Por qué ejercen sobre mí tal fascinación? ¿De qué trata La Divina Comedia? Mis respuestas tardan, vienen precedidas por el tartamudeo que produce la emoción. Al final ella, la bella sabra, lo sintetiza todo: “Intuyo pero no entiendo -dice- te aseguro que voy a buscar La Divina Comedia en Ivrit para compartir contigo esta fascinación”

La velada habrá de concluir en un restaurante campestre, el menú florentino y los excelentes anfitriones toscanos más un Chianti como pocos, sellarán el fin de la jornada.

No se volverá a hablar de Dante, no forma parte del itinerario turístico, no pertenece al álbum de las fotografías, es inmune a los males contemporáneos, sólo asible para quienes estén dispuestos a hacer el viaje con él y con Virgilio hacia el infierno y no precisamente en moto.

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