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domingo, 8 de junio de 2008

La palabra como responsable de la decantación erótica




por Eva Feld


¿Eros? ¡Erotismo!:

No pretendo competir con Wikipedia, con Google ni con ninguna otra enciclopedia virtual o buscador omnisciente del ciberespacio. Que Eros es un personaje mítico recreado ampliamente por Robert Graves, en su vasta investigación sobre la mitología griega, o que sea el hijo dilecto del dios machista de la guerra y de una insolentemente lujuriosa diosa es una de las ficciones más difundidas de la cultura occidental, es decir, una de las mentiras más repetidas y por lo mismo una de las verdades mejor refrendadas. O es que acaso los nombre latinos de Ares y de Afrodita, no produjeron incluso un insulso best seller titulado Los hombres son de Marte y las mujeres son de Venus. ¿O es que el nombre latino de Eros, Cupido, no sigue sobrevolando la fantasía romántica cada 14 de febrero, día de los enamorados, para beneplácito de la economía de mercado? Helo aquí al querubín con su carcaj lleno de saetas para que las parejas se enamoren, para lo cual escoge una flecha con plumas de paloma o para odiarse en cuyo caso usa flechas de cuervo. No quiero saber nada del joven adalid de buen corazón que tras muchos capítulos acaba perdonando la traición de su mujer, Psique, en aras del amor y que inspira hasta nuestros días las más variadas tragicomedias. Tomo pues su nombre con alevosía para definirlo a mi manera, menos académica y más lasciva; para desenterrarlo del terreno de la cursilería y de la moralina y atribuirle otros poderes: la pulsión, el pathos, la arbitrariedad creativa.

Eros es una fuerza centrípeta capaz de catapultar al humano más allá de sí mismo. Es pues un adverbio de lugar, tal como lo es la buena literatura. Aquella que se ubica entre la palabra y el silencio, entre lo expuesto y lo que se encubre; en el interlineado donde palpita todo aquello que se intuye, todo aquello que se infiere.

Se oculta aquello que no se quiere mostrar, se esconde lo que no debe ser encontrado y en ese juego dialéctico que consiste en penetrar lo desconocido hasta devorarlo o por el contrario salvaguardar aún bajo falsificación sus misterios para vencer el estupor, vive no el cupidito mediocrizado por adulteración y edulcoramiento sino su energía cósmica, caótica, genésica. Una energía que impregna no sólo la sexualidad, sino la política, cuando es tomada en serio; la estrategia militar, cuando no anda desvirtuada por ínfimos prohombres desvirilizados; la amistad cuando no se limita a la rutinaria repetición de sensiblerías; la maternidad, cuando supera el estereotipado embelezo producido por valores viciados; el trabajo cuando el hombre logra sentir su capacidad de incidir.

¡Ah! Pero donde todo ello ocurre desde siempre con supremacía, permítaseme el abuso del adverbio de sitio, es en aquel lugar en ninguna parte donde concurre la imaginación y la cultura, que no es otro que la poesía y toda buena literatura de ficción lo es. Eros trasciende, pues, lo meramente sensorial, la llamada de la hembra, el aullido del macho. Eros es la sustancia del Santo Grial, la transfiguración áurica. Pero la alquimia no se resume en el mero deseo, en la pura inteligencia ni en la imaginación. Requiere de pipetas e infiernillos para mezclar y calentar los humores, los corporales y los anímicos, pero también los que provienen de la destilación de las piedras más las sedimentaciones y secreciones telúricas y astrales.

No, el verdadero Eros no reside en las endorfinas como quieren hacernos creer los científicos posmodernos. No son la dopamina ni la feniletinamina los genuinos responsables de la decantación erótica, sino la palabra. Lo que se dice y lo que se calla, lo oculto y la conjetura, la elevación y el abismo.

La “erótica” provoca inferencias múltiples y escalofríos. Esto ocurre cuando la musicalidad de las palabras produce estados alterados; cuando la historia narrada, pintada o interpretada por voz, instrumento u orquesta penetra lo desconocido sin desvelarlo y le permite a cada cual inferir en vilo su propio camino iniciático.

De la cópula entre la página en blanco y las letras que conforman y concatenan palabras nace, por ejemplo, el universo erótico en La violación de Lucrecia de Shakespeare. Que nadie venga a estas alturas a nuevamente descifrar su forma ni su contenido. Que quien la lea se encabrite y se alebreste en la voluptuosidad. Que no se conforme con la anécdota. Que sospeche en el interlineado que Lucrecia, manchada en su honor por el mejor amigo de su marido, decide ponerle fin a su vida de su propia mano, no por tristeza, vergüenza ni rabia, sino tal vez porque ha perdido la inocencia al descubrir el poder erótico a través del deseo desmesurado y temerario de un rey capaz de arriesgarlo todo por un momento de voluptuosidad. Y, cuando él le pide guardar el secreto porque “todo misterio dura tres días” y le dice: “si callas habrás aprendido de las piedras cuanto hay que decir” y le ordena: “¡Calla y besa!”. Ella sabe que no podrá callar porque hacerlo equivaldría a nunca haberlo vivido.

De la cópula entre un español y una negra esclava, nace en un poema de Marisol Marrero, una niña/palabra. Una que lleva en la piel la marca candente de la carimba para recordarle a la madre su infame origen. Pues ¿cómo amar a quien se odia y como dejarlo de amar? La carimba grabada en la piel de Marisol Marrero le ha exigido desde entonces narrar sin detenerse y el protagonista de todas sus novelas, cuatro hasta la fecha, se llama erotismo.

Otras violaciones han ensangrentado el subconsciente erótico femenino en Venezuela, por ejemplo, la de la protagonista de La favorita del señor, de Ana Teresa Torres, en la que la escritora psicoanalista sintetiza en su personaje una recurrente fantasía de mujer, la del pathos que produce ser deseada eróticamente, en grado superlativo, por un raptor. En este caso un ultraje que trasciende el mero sexo, pues el sujeto de la pasión es también el verdugo de su pueblo, el saqueador de su ciudad, un tañedor erotómano de la destrucción y de la muerte.

¿Muerte? Sí, ya lo dijo Teódulo López Meléndez en un memorable poema, producto de su aguda penetración en la condición humana, fuente y nutriente del conocimiento erótico:

Desde la muerte
la mirada cambia
una palabra

O como lo digo yo misma en mi primera novela, Los vocablos se amaron por última vez, con relación a otra amenaza de muerte erótica:

Patria es el humor
que decantamos
en el alambique copular
flujo volátil
estertor
La patria emigra
temo

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