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martes, 22 de abril de 2008


LUCIFER ANTE EVA FELD: “ESTA MUJER ES EL DIABLO”

por Teódulo López Meléndez


Mefistófeles está en la primera línea, pero los lectores sólo lo percibiremos cuando el diálogo entre Mariana, la figura central de La transparencia del reflejo, la nueva novela de Eva Feld, y el ángel excluido se haga directo. Una saga familiar comienza en 1950 en un país comunista de Europa del Este. Desde esta primera descripción, la novelista traza un fresco elocuente de emigración, de huída, de reencuentro, de batalla política, de incomunicación y de locura. Lya y Eugenio coquetean en la atmósfera asfixiante de un régimen totalitario. Tendrán un hijo, Adriano, víctima de la ruptura entre los padres, la primera de muchas a lo largo de La transparencia del reflejo. Por supuesto que el joven judío va a Israel, pero don Alberto necesita a alguien en Venezuela y de la mano de su nieto Andrés va a esperarlo a La Guaira. Ya Alberto tiene un hijo, pero es músico y poeta, seguramente inepto para dirigir empresas. Mariana está divorciada, es la madre de Andrés y sucede lo que el destino parece haber preestablecido: Mariana y Adriano se casan. A lo largo del texto novelístico se recurrirá frecuentemente al flash back, inteligentemente manejado dentro de los monólogos internos de Mariana, para describir a la familia en diversos períodos, hasta llegar a la abuela solitaria encerrada en un pequeño apartamento de Budapest.

Es la relación de esta pareja lo que ocupa las páginas centrales de la novela. Adriano coquetea, bebe Coca Cola y se ocupa de los negocios. Mariana enumera sus virtudes: es capaz de recordar todas las marcas de autos y los números de cédula de identidad de todos los empleados. La personalidad de Mariana, en cambio, es complicada. Es culta, librepensadora, una mujer ansiosa de comunicación, pero tal vez demasiado condescendiente con las escasas conversaciones que le brinda su marido. En la apoteosis de la soledad la única alternativa para Mariana es el sentido de profundidad. Especialmente conmovedores son los diálogos de Mariana con su hijo y la descripción de las aventuras políticas en París con el padre del niño, entre otras razones, porque el adolescente encarna el uso de la tecnología y, en el segundo caso, porque las “acciones revolucionarias” llevadas a cabo en la capital francesa reflejan todo un período de la historia venezolana y de la efervescencia mundial durante la década del sesenta.

Eva Feld narra lentamente, pero con una necesidad de dimensión intelectual; a pesar de que atraviesa media Europa en un viaje con el marido, no hay una sola descripción del paisaje, a no ser unos álamos solitarios que aparecen en una línea. No hay tampoco ninguna descripción de los personajes; no sabemos si Mariana era bella o fea, si tenía nariz aguileña o largas piernas; igual con todos los demás: no nos enteramos sin Don Alberto era calvo o el joven hijo tenía los ojos de determinado color o si el pacienzudo bebedor de Coca Cola era alto o bajo.

En Eva Feld los pensamientos van delante de la realidad y se deforman como restos. El viaje es una clave fundamental de esta novela que en sí misma es un periplo por el silencio disfrazado de frases corteses. Adriano sólo habla de negocios y Mariana recurre a los monólogos internos; por momentos dice frases de ocasión al marido e, incluso, intenta adaptarse a las circunstancias. En esos monólogos recurre a la abuela de Budapest, huyendo de París, de la “hazaña revolucionaria” de haber golpeado a un anciano portero de ministerio. Con la abuela, la narradora se hace minuciosa. Describe cada plato que prepara, cada amiga de la anciana, cada bocado, cada encurtido, los pormenores del abuelo muerto, la saga de ambas familias. Un timbre de teléfono interrumpe: al parecer han llegado al hotel y Mariana continúa su perorata en solitario, imbrica las historias paralelas uniendo los vasos comunicantes con los relatos a su hijo, la fuga, el destino de los que se quedaron, mientras rumia sus sospechas sobre Adriano. Se describe: “Callar es campo fecundo de imperecederas contradicciones, un erial de ideas. Calla para ausentarse, se ausenta para callar”. Esta es la filosofía de vida del personaje Mariana, una mujer cerebral que sabe domeñar sus emociones, sólo hacia el exterior se entiende. Nunca hay un escándalo ni el asomo de un grito de protesta. Sólo piensa y monologa, mientras suenan los más avanzados juguetes electrónicos. Recurre, entre otras muchas referencias cultas que enriquecen notablemente el texto, a La violación de Lucrecia de Shakespeare. Ve a los personajes como los pintó Tintoretto. Concuerda en que Tarquino es ella, quien detenta el poder y el conocimiento. Mientras juega casi inconsciente con el hijo Mariana viaja por la cultura. Y en medio del viaje se inserta la visita de Juan, padre de Andrés y “revolucionario” de París, acercándose a su hijo, enseñándole un arma, predicándole las virtudes de la revolución. Escena impactante que se resuelve retrocediendo el recuerdo a la huída de París, supuestamente de las escenas de violencia, pero en verdad de dos lenguas, para introducirse en otra bárbara y eslava. No hay duda: las lenguas son las patrias y las circunstancias sus linderos. Es digno de destacarse la relación absolutamente sensual de Mariana con los vegetales, una extrañamente enmarcada por el régimen comunista, la contraparte real de la “revolución” en la que ella misma participaba, por amor a Juan es obvio, en la capital francesa. Pero ya lo hemos dicho, los flash back, casi todos en monólogos internos, y los vasos comunicantes nos llevan de nuevo a la anciana abuela, también una proyección de sí misma anciana. En esta imbricación perfecta la encontramos traduciendo del inglés los folletos ilustrativos de los juguetes electrónicos, una total ficción, como si traducir para el hijo fuese la obligación materna clave.

El tiempo del largo viaje está manejado con excelencia y magistralmente distribuido en el texto, uno, es hora de decirlo, organizado conforme a los tiempos verbales y mentales de Mariana. Me atrevo a decir que Eva Feld construye un “tiempo especializado” que fluye del silencio. Parece que lo que pasa sólo pasa en la mente. En este análisis de una realidad problemática, la novelista decide transparentar sus reflejos y, en consecuencia, “deshacer” a su personaje central en la locura, como consecuencia de un proceso disolvente. El intento de comunicar es evidentemente inútil, pero Mariana no puede callar(su mente). El infierno está, pues, definido. Entre las dos soluciones posibles, misticismo o locura, el personaje femenino escoge la locura. Así entran en juego Cabezas trocadas de Thomas Mann y La tragedia del hombre de Imre Madách, los libros preferidos de la madre, donde por vez primera Satanás aparece nombrado en la novela. Al nombrarlo, Eva Feld sonríe desde el texto: el angel excluido estaba desde la primera línea y es ahora cuando lo percibimos. Con la visión de Satanás Mariana descubre “un nuevo sentido...calibrar el peso de lo invisible”. Y Lucifer deja escuchar su voz, en húngaro. La elección del idioma parece un homenaje a Madách. Mariana no tiembla, no hay en ella el menor asomo de miedo ante semejante presencia y, más bien, comprende sin preguntárselo que Lucifer le haya dado la bienvenida al mundo de los diferentes. ¿Y de dónde podía venir tal personaje, para una escritora, sino del otro lado de las palabras? Lucifer se aburre de los humanos relatos de la mujer y manifiesta repetidamente su fastidio, pero insiste en dialogar con ella. Mariana comienza a hablar del sentido de la vida y a pesar de proclamar un sonoro “bla, bla, bla”, allí sigue el Diablo. Lucifer la define y la describe, pero Mariana contraataca y le ordena regresar a los libros, pues parece que la locura, como en El Quijote, tiene allí origen. No hay duda, la comunicación es talmente una locura que sólo con el Diablo es posible. En medio del apasionante diálogo regresa el marido y con él la incomunicación, es decir, la normalidad. Ahora nos enteramos que el diálogo con Lucifer es anterior al viaje a Europa; la escritora ha logrado engañarnos enmarañando los tiempos novelísticos. Y antes de Satanás estuvo la discusión sobre la fábrica y los negocios. Quizás debamos recurrir a la manida frase de que “el orden de los factores no altera el producto”, pero es lo justo decir que Eva Feld se revela como una consumada distribuidora de tiempo sobre el papel o que no sabremos nunca que sucedió primero y qué después. De nuevo la escena del arma del padre con el hijo, vemos llegar la pareja a Frankfurt cuando en verdad la novela está llegando a su fin en un cibercafé donde Mariana se contacta vía Internet con el hijo y con sus propios pensamientos. Para contrarrestar, visita una casa de té marroquí. Allí ocurre una primera y postrera referencia lúdica, allí sueña y no sabemos si el regreso del marido al hotel es real y tampoco en que momento, mientras está sumergida en la tina del baño, vuelve Lucifer a trazar lecciones sobre retórica, moralejas y remembranzas. Comprendemos que Eva Feld ha diluido el tiempo en una perfecta Oroborus que gira sobre sí misma. Con razón Satanás exclama, no sabemos en que estado de ánimo, “esta mujer es el diablo”. Y Adriano ve las frustraciones de su infancia, quizás ve a sus padres bailando en 1950 en el país centroeuropeo dominado por el comunismo para terminar hablando, eterno en su lenguaje, de un auto fabricado en la época comunista. Palabras, vacío, que el Diablo subraya apareciendo de nuevo. Y se abre una discusión sobre la palabra “nimbo”. Eco, eco, todo parece haber sido un eco.

Hasta donde sé, ninguna escritora había abordado el tema tan espinoso de dialogar con Satanás; si tal antecedente existe ello no me exime de decir que este extraordinario que nos regala Eva Feld es tan espeluznante como el de Goethe, como el de Mann, o el de Papini, o el de Madách. La transparencia del reflejo es un inmenso fresco sobre la naturaleza humana, un buceo - a la mayor profundidad - de la mente en todos sus vericuetos, incluyendo la locura, y una muestra inagotable de refugio en la cultura. Eva Feld lo hace apropiándose del pincel de Tintoretto y bajo el influjo de la música de Beethoven y también de Mozart, creo que específicamente aquella que compuso bajo el influjo de Praga.

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