miércoles, 11 de marzo de 2009

lunes, 2 de marzo de 2009

Los vocablos se amaron por última vez



http://www.scribd.com/doc/12922202/Los-Vocablos-Se-Amaron-Por-Ultima-Vez

Eva Feld

En E-Book:<a href="http://documents.scribd.com/docs/53rbjsxmu98fflvtl9v.pdf">



Al consolidarse la victoria del eje germano-nipón al término de la Segunda Guerra Mundial y en pleno reparto geopolítico del mundo, Alemania se interesa por el proyecto bolivariano de crear una Gran Colombia bajo la égida nazi.

Venezuela cambia de nombre de la noche a la mañana y en lugar del III Reich adviene la V República.

sábado, 10 de enero de 2009

Bala Mainí (Cuentos infantiles)

por Eva Feld


Mar y Mar


Mar y Mar son dos soplos de la misma brisa. Tienen la fuerza de un viento voluptuoso que penetra los recintos cerrados y acepta sin vergüenza el reto de las rendijas y los cerrojos.

Algunos días tienen también la inamovilidad de la calma, que tanto rima con alma. Y por esa coincidencia, o por otras casualidades, saben acallar hasta al mismísimo silencio o romperlo violentamente con un sollozo.

Pero Mar y Mar son tan distintas como parecidas. Casi tanto como lo son el azul y el verde, sus colores favoritos.

Por eso, sobre todo por eso, aunque también para que no pelearan, ocurrió un día igualito al de hoy, que Mar recibió la virtud azul / alada y Mar el don del verde / ver.

Como todas las virtudes y los dones, los de Mar y Mar eran también invisibles, pero ambas sabían que residían en el interior de un monederito de cuero, que les había regalado, tras un largo viaje, una tía extraña, muy extraña, porque mientras más viajaba, más se les acercaba y cuando estaba allí mismito era cuando más lejos estaba.

Un día Mar, la dueña del verde/ver se encaminó en una larga aventura que duró cinco años y recorrió cada rincón de la tierra vegetada. Se acogió a la sombra de los cipreses y conoció cada matiz del marrón y del ocre. Un poco cansada de tanto andar, se detuvo en una casita de bahareque a esa hora en que el crepúsculo dora las varillas de bambú y abrillanta el lodo enrojecido de las paredes. Reposó su cabeza en el regazo abultado de una señora color canela que contaba cuentos sobre los hombres. Mar se quedó lentamente dormida, arrullada, humedecida por el sudor de la tarde. La despertaron los perros, los niños, el ruido de las cacerolas. Había anochecido sin luna y el titilar de las luciérnagas le hizo recordar a Mar.
…
Mar contemplaba alucinada los destellos del océano. Centelleaban en él las aletas de los tiburones y las escamas de los peces. Olía a plomo, a frío.

Mar encontró reposo esa noche en la cubierta de un enorme pesquero herrumbroso, la adormecieron relatos de barracudas, atarrayas y sirenas. El sabor era de noche, de azul y de salitre. La despertó la resolana. Su bostezo quedó paralizado por el asombro cuando un enorme arcoiris cortó el alba frente a sus recién espabilados ojos. Súbitamente Mar recordó a Mar.
…
Mar estaba escudriñando la blancura de la leche, saboreándola comprendía el universo de los mamíferos.

En el verde vital, en el color de la resina, en el de la savia, en la amalgama de marrones reptando la tierra sepia, en la transparencia del agua clara de las montañas… en todas esas cosas meditaba Mar el día que llegó a la playa. Unos manglares protegieron sus ojos de tanta reverberación y algunas lagartijas negras y muy brillantes, como vestidas de gala, le anunciaban algún presagio.
…
Mar perseguía el escondrijo de los colores psicodélicos, le parecía que los pescadores, los marinos y los delfines la estaban acercando. Pero tampoco había descuidado la sal blanca que dibujaba figuras caprichosas en sus brazos ni el blanco velamen de imaginarias goletas acercándose a la tierra incandescente que se vislumbraba en proa. Todo aquello parecía una premonición.
…
Mar y Mar se encontraron al cabo de cinco años en el archipiélago de Los Testigos de Venezuela, justamente en una isla bañada por un mar verdiazul que se llama Iguana. Esa noche, un gran abrazo envolvió sus sueños y cada una soñó y vivió y sintió y gozó los relatos que apenas habían comenzado a compartir.

Ah… pero a la hora de irse a dormir, el afán de los colores y la poesía de las formas mantuvieron en vigilia uno de sus dos ojos. Apenas despuntó el amanecer, equivocaron, como sin querer queriendo, los equipajes de la despedida y Mar se llevó furtivamente la virtud azul/alada de Mar y Mar se llevó con picardía, el don del verde/ver de Mar.

Así emprendieron Mar y Mar un segundo viaje de cinco años, que aún no han transcurrido. Para saber lo que han estado descubriendo Mar y Mar, hay que estar muy atentos a los océanos en noches de luna llena, al vaivén de las ramas de los grandes árboles, al crepitar de las embarcaciones en altamar, a las huellas que dejan los cangrejos en la arena, y prestar mucha atención a las voces sutiles que nos hablan desde adentro.

Se ha sabido que algunas personas muy afortunadas han comenzado a conocer una que otra historia de las peripecias y de los personajes que han conocido de Mar y Mar y que las están contando en secreto, pero solamente a aquellos amigos a quienes creen capaces de entender aquello que existe detrás de la luz que le da vida a los colores.

Pero como Mar y Mar son dos soplos de la misma brisa y tienen la fuerza de un viento voluptuoso que acepta sin vergüenza el reto de las rendijas y los cerrojos, no habrá rincón en la tierra, ni soledad, ni lejanía donde no se escuchen, se vean y se sientan sus relatos. Solo que para que eso se vuelva posible, hace falta que todos los que sabemos de ellas, comencemos a escribirlos y a dibujarlos para que ninguno se pierda ni sea olvidado.
…


La niña que miraba y miraba




Y la niña callaba y callaba…

Al cabo de varias horas y en medio del bullicioso encuentro familiar, la niña preguntó casi sin dejar de callar:

- ¿Para qué tenemos dos ojos?

- ¡Caramba!… ¿acaso no lo sabe la niña? - exclamaron al unísono varios tíos y el bullicio aumentó.

- ¡Acaso no sabe la niña lo que son los cinco sentidos! –exclamaron algunos primos mayores que se ufanaban de saberlo todo.

… La niña esperaba y esperaba…

Pero las respuestas estaban muy ocupadas. Tan pronto aparecía una explicación anatómica, como interrumpía un café.

… La niña se cansaba… se cansaba…

Entonces sobrevino la confusión: “A ver niña - dijo, economizando muecas, un señor barbudo - cierra el ojo derecho y mira este caramelo, ahora ábrelo y cierra el izquierdo. ¿Qué ves? ¿Ves que se mueve de lugar? Ahora hazlo rápido, más rápido, ¿ves como salta?”

- ¿Te das cuenta niña que dos ojos se necesitan para enfocar?

-¿Te das cuenta niña que dos ojos hacen falta para ver la verdad?

La niña callaba y callaba…

Al cabo de unas horas, todos los ojos dormían y la niña se preguntaba: ¿Pero para qué tenemos dos ojos?

La niña tenía el sueño ligero, no le gustaba callar dormida, de modo que cuando todos callaban, la niña hablaba y hablaba.

Y la niña preguntaba y preguntaba:

- ¿Y por qué no cuatro ojos, o seis?

- ¿Y por qué no uno solo, en la punta de la nariz?
…
Acaso una de las invitadas al bullicio de la tarde, una tía algo extraña que a veces miraba sin ver, tuviera la culpa de lo que ocurrió esa noche tan distinta a otras noches.

Resulta que esa tía, que se iba como quien regresaba, le había traído a la niña de su último viaje solitario, un monederito de cuero demasiado chiquito y algo oloroso, que como no servía para llevar el dinero de la merienda, se había estado quedando intacto sobre su mesa de noche.

Pero no esa noche distinta a otras noches porque, como la niña insistía con lo de los ojos, por ejemplo en unos que fuesen móviles y que pudieran colocarse en la espalda, en la rodilla o en el dedo meñique o que, ¿por qué no?, pudieran guardarse en el monederito cuando no hiciese falta ver ni mirar ni observar, descubrió, sin darse demasiada cuenta, que el monederito contenía la virtud de permitirle mirar hacia el adentro de las personas. Al principio no lo podía creer, pero al tenerlo en la mano, podía, con solo mirar a su mamá, compartir con ella su sueño y verla volar en una extraña alfombra persa de regreso hacia su propia infancia. Tendría su mamá su misma edad en un pequeño pueblo en el que las gentes hablaban todos al mismo tiempo y además en un idioma incomprensible. Por más que su mamá quisiera interrumpir para preguntar alguna cosa, nunca lograba hacerse oír porque los adultos siempre estaban demasiado ocupados en sus asuntos como para detenerse a responderle a la pequeña preguntona. El sueño de su mamá transcurría en una época en que demasiadas cosas estaban prohibidas, por ejemplo interrumpir a los adultos cuando estaban hablando. Pero también los adultos, con todos sus aparentes poderes, vivían muchas prohibiciones. El gobierno no les permitía hablar en su propio idioma ni tampoco expresarse libremente, todo el mundo debía repetir todo el tiempo, aunque no estuviera de acuerdo, que el presidente era el mejor del mundo.

Los adultos decían que las paredes tenían oídos y que si se llegaba saber lo que en verdad decían, y además en su propio idioma, prohibido, podrían arrestarlos. Eran cosas verdaderamente incomprensibles para una niña moderna, en cambio le servían para comprender mejor a su familia.

La niña quedó algo intrigada con aquello de que las paredes tenían oídos y se preguntaba el porqué estaban tan horrorizados sus parientes cuando ella quería saber sobre la posibilidad de tener más de dos ojos o de tenerlos en la espalda, o uno solo, en la punta de un dedo. Pero no se detuvo en tratar de comprender a los adultos, algo le decía por dentro que eso era imposible, los adultos tienen razones que solo ellos comprenden y ella sabía que tarde o temprano crecería y tendría algunos de sus defectos, como aquél de no responderle a los niños, la preguntas que hiciesen sobre los sentidos. Sí se preguntó por un momento cuáles serían las de sus propios hijos. Si su mamá quería saber sobre los oídos de las paredes y ella sobre los ojos móviles, a lo mejor sus hijos le preguntarían a ella sobre el sentido del tacto. Tal vez querría saber por qué vienen en tres colores y sus combinaciones y no hay personas azules, rosadas o moradas como los personajes animados de la televisión.

Pronto dejó de pensar en esas cosas porque faltaba poco para que se despertaran los demás y aun no había explorado su recién adquirido don de mirar para adentro de otras personas, así que pensó en su mejor amigo y descubrió lo importante que ella era para él. Vio cómo detrás de todas sus peleas y discusiones se escondía la más divertida manera de desarrollar la inteligencia pues cada uno debía saber más para mejor discutir y ser mejor para poder competir, pero también para poder compartir lo que iban aprendiendo y haciendo. El don de la mirada hacia adentro le fue revelando otros secretos. Conoció la soledad dolorosa de las personas famosas y pudo escuchar sus quejas imperceptibles por la falta de ternura en los aplausos de la gente. Le bastaba pensar en alguien para comprender sus sentimientos, así que fueron desfilando por su mente, sus actrices y cantantes favoritas, sus maestras y profesores y hasta algunos personajes de la política. En los que gritaban mucho y en los tímidos pudo detectar inseguridad y entendió que aun le faltaba mucho por comprender los diferentes disfraces con caretas que las personas necesitan ponerse para ocultarse y que para disimular la inseguridad, existía una gran variedad de antifaces.

En los últimos minutos que le quedaban de ese primer día de mirar para adentro, la niña inventó la trama de un cuento sobre la amistad entre un elefante y una mariposa. Quería que sus hermanos gozaran un poco del don de mirar para adentro, quería que entendieran la diferencia entre un cuadrúpedo gigante de la larga vida y un animalito volador y frágil que nace y muere el mismo día. Quería que imaginaran de qué manera podían hacerse amigos semejantes opuestos y cómo a causa de su amistad la mariposa, a pesar de desaparecer, quedaría por siempre revoloteando en los recuerdos del elefante y acompañándolo siempre adonde quiera que estuviese. El tiempo se acortaba, no le alcanzó para inventar las aventuras que unieron para siempre al elefante y a la mariposa, pero supo que era mejor así porque así cada niño que quisiera escuchar su cuento podría inventar sus propias historias y entonces los amigos vivirían infinitos episodios.

Desde entonces la niña mira y mira para que ya nunca más le queden dudas de para qué tenemos dos ojos. Sabe que con uno puede ver la realidad y con el otro inventar otra. Sabe que uno de los dos le sirve para mirar para adentro y todas las noches, a partir de esa noche distinta a otras noches, se convirtieron en noches distintas de otras noches.


Aculla ya




Tatima nació con pujito, con mal de San Vito.

¡Aquí no!

¡Allá no!

¡Acullá, pero ya!

Tatima quiere bailar con un lápiz, cantar con creyones, escribir con el cuerpo, recibir con el pelo, rezar con el ombligo, gritar en japonés, amar en amarillo.

Tatima no quiere ni esto, ni lo otro.

Tatima lo quiere todo ¡pero ya!

Tatima tiene los ojos amelcochados hasta cuando está muy brava y los labios listos para besar aún cuando está por insultar. Tatima resopla igual que los toros y tiene manos ambidiestras, usa la izquiera o la derecha, según sea para martillar, moldear, amasar o tocar la guitarra y acariciar.

Estas cosas sobre Tatima solo las sabe una tía de ella, medio madrina de ella y muy orgullosa de ella, quien al verla recién nacida, prematura y deliciosamente plácida, quiso agasajarla y honrarla con un regalo muy especial. Le trajo de uno de sus viajes relámpagos una carterita encantadora. Era multicolor y mullida, de piel suave y lisa, algo así como para guardar secretos y susurros y palabras de amor, como para que se preserven y no se gasten y estén a la orden en cualquier momento.

¡Ay!

¡Ay! porque ni tía ni Tatima sabían entonces que no cabían recuerdos en esa carterita porque estaba absolutamente llena. Así que al abrirla, saltó de ella, cual genio de lámpara maravillosa, un don bastante particular. Era como todos los dones invisible, intangible, incoloro, inodoro, insípido, pero ¡ay!... también intransigente.

Sépase que desde entonces Tatima puede casi como Dios estar en todas partes a la vez. ¡Ay!...

¡Ay! porque cinco son los sentidos, cuatro los puntos cardinales, nueve los meses que hacen falta para que nazca un niño y ocho años tenía Tatima cuando recibió este obsequio. Y ocurrió que pudo estar en todas partes, pero sólo con uno de sus sentidos por vez. Por ejemplo: escuchar lo que decían en el Norte, pero sin poder hablar. Ver lo que hacían en el Sur, pero sin poder tocar nada y así sucesivamente.

Al principio las carcajadas de Tatima desalentaban a los maestros y a los médicos, aquello la divertía con frenesí. Luego aprendió, no sin cierta dificultad, a controlar sus facultades. Pudo responder a las preguntas de geografía, sus oídos hacia las palabras del maestro presente, sus ojos hacia las selvas amazónicas y se aseguraba de palpar en libros escritos para los niños ciegos los detalles difíciles de memorizar, como el largo del río, la superficie de la selva y la población indígena

Era perfecto, no conocía la rutina ni el aburrimiento. Le bastaba contemplar la torre Eiffel en París, oler las rosas de Bulgaria, acariciar la delicada seda hindú y escuchar las voces de sus amigos.

Un día descubrió que podía poco a poco reducir la distancia entre sus sentidos. Era como dominar a su virtud. Le bastaba con girar velozmente cuando quería hacerse presente en un mismo sitio al mismo tiempo. ¡Ay!

¡Ay! porque con tantos giros y vueltas comenzaron por supuesto los mareos. Los entendidos los atribuyeron a la adolescencia, las curanderas al amor, los amigos la juzgaron mal creyendo que simplemente quería llamar la atención, sus familiares se estaban cansando de sus ocurrencias.

Un buen día Tatima resolvió … cerrar los ojos
juntar las manos.
respirar despacio.

Cuando se hizo el silencio, el gran silencio, todo el silencio, Tatima se encontró a sí misma y supo no solo que era ella misma la que quería ser sino también que ella era también el lugar adonde quería estar. Al regresar a su cuarto, encontró la carterita que le había regalado su tía y al abrirla encontró en ella espacio para guardar secretos y susurros y palabras de amor.


Perempempete





¡Me likes! ¡Me likes! gritaba Juan, cabalgando su velero sobre inmensas olas marinas. El rompeolas salpicaba frescor y los peces voladores competían haciendo maromas y saltos largos entre cresta y espuma.

No se sabe si el spanglish que hablaba en ese entonces tuvo algo que ver con la gran venganza que estaba tramando en su cabecita de siete años, lo que sí se sabe, y muy bien, es que Juan no quería que esos momentos de navegación se acabaran nunca. Allí, a bordo de la Gorda, que era como se llamaba el velero de su abuelo, podía gritar a su antojo, mezclar palabras, andar todo el día en traje de baño, practicar en escotas y drizas cualquier cantidad de nudos rizos, ballestrinques, o ases de guía. Podía también otear el horizonte, leer la bitácora y sentir que sus pies tenían ventosas para adherirse a la cubierta. Estaba protegido. Su abuelo parecía francamente el Rey de los mares, si hasta tenía la misma barba que Neptuno.

Ni siquiera añoraba a su mamá, porque a las horas de comer, se daba cuenta de que ella también estaba a bordo, por las delicias que emergían de la cocina. Pero las vacaciones terminaron y Juan tuvo que desembarcar.

Abordó mudo un jet y vio por la ventanilla cómo se iba haciendo pequeño aquel inmenso mar Caribe adonde había sido tan feliz. Cuando desapareció por completo, le preguntó a su mamá que lo acompañaba:

- ¿Dios existe?

Su mamá ignoraba entonces el valor de las monosílabas. Hubiera podido responder un simple “si” o un sencillo “no” , en cambio, com hacen a menudo los padres, se puso a darle inmensas explicaciones acerca de las religiones. Que si “hay que respetar las creencias de los demás”, que si “algunos creen en Cristo y otros en Alá”, que si “también hay quienes veneran un sólo Mesías y quienes tienen una cantidad de santidades” que si “lo importante, hijo, es...”

- Es verdad – la interrumpió Juan - Dios no existe. Yo llevo horas recorriendo el cielo y no lo he visto!

Estas cosas estaban ocurriendo en pleno invierno, de modo que cuando Juan desembarcó en Chicago granizaba y los trocitos de hielo sonaban a piedras sobre los tejados y dolían como piedras en las mejillas. También las normas que salían de los altoparlantes del aeropuerto golpeaban los oídos como piedras y las cosas que le decía un pariente malencarado, como pedradas.

No quería llorar ni patalear, así que tan pronto como llegaron a la casa, resolvió esconderse debajo de un mueble y allí fue donde encontró la carterita. Era pequeña y multicolor, no parecía servir para nada, demasiado linda para llevarla a la escuela, muy pequeña para guardar metras, pero apenas la abrió por su boca comenzaron a salir, sin explicación largas frases así:

- Brunuacico cuaqui fuli, ruputra maqui.

Y más: “Bala mainí, Perempempete kozo buf”.

Un calorcito sabroso le fue subiendo por el cuello y, al llegar a sus labios, le hacía pronunciar más palabras raras: “traplancata pelemenque” y más: “burrufi!”

Desde entonces, cuando llegaba la hora de la cena aunque a veces se hablara a pedradas, no importaba para nada. Ahora él, con su recién adquirido don de Perempempete, podía hablar con Dios.

domingo, 4 de enero de 2009

Caracas, la mía, a mano de “fuentes” periodísticas




por Eva Feld

Desde el año 1968, aquel escandaloso, en el que la juventud pretendía parar el mundo para apearse y en que ocurrió además del mayo francés, la rebelión de Checoslovaquia y el lanzamiento de un cochino en la campaña del partido demócrata en “las fauces del imperio”, tuve la convicción de que Venezuela sería para mí nada más y nada menos que la familia Fuentes. Una que vivía en Chuao, pero que desde esa urbanización moderna y urbana resumía toda la idiosincrasia, todo el humor y toda la alegría del país. La capital de ese valioso descubrimiento de mi época universitaria, no podía ser otra que la matriarca de aquella casa, Doña Blanca Meza de Fuentes. Una inmensa señora diminuta que me hizo degustar en su cocina las primera arepas hechas en casa, el primer café colado (en todas sus formas, desde el tinto hasta el guarapo, pasando por el guayoyo), el primer aguacate para el desayuno. Tenía siete hijos doña Blanca pero también nos prohijaba a las amigas de sus hijos. De modo que también fue en esa patria adonde recibí el primer regaño en idioma venezolano y mi primera felicitación. Fue en ese lugar de Venezuela adonde aprendí los poderes insondables de la risa, del jolgorio y de la broma. Fue en cada una de las calles de esa fantástica ciudad, es decir, en cada uno de los hermanos Fuentes, adonde aprendí lo que significa ser primogénito o benjamín; varón o hembra. Pero también: médico, abogado, músico, ingeniero, periodista, psicólogo, militar. La patria Fuentes estaba conformada por futuros profesionales liberales. Existía allí una constitución democrática, con separación de poderes. Pero el poder hegemónico lo ejercía una palabra, o mejor dicho un concepto, un sintagma, el del amor y en ese terreno, el alfa y el omega conducían inexorablemente a doña Blanca. Allí vivía metida en mis años universitarios aunque mi residencia estuviera fijada en Prados del Este, en una casa paralela a la avenida principal. Una casa adonde se hablaba en húngaro y en la que las relaciones estaban contaminadas por odiosos vocablos, tales como: madrastra, hijastra, hermanastra. En vano intenté durante algunos años teñir aquella casa con los matices aprendidos en la otra, que se aceptara la risa como divisa, que las peleas no fueran más que el aderezo de las conversaciones cruzadas, que las palabras vulgares no sufrieran exilio sino que gozaran de todos sus derechos y deberes como liberadoras de tensiones. Mi casa en Prados del Este, espaciosa y llena de luz, adolecía con las imposiciones de una política hegemónica de cuño freudiano en la que no se sabía muy bien qué cosas estaban prohibidas hasta que al cometerlas venía la descarga madrastral (valga el neologismo). Mi casa en Prados del Este quedaba alejada de todo, no existía vida urbana, ni cine, ni teatros, ni cafés, ni siquiera andenes para encontrarse a conversar. Cada familia se metía en su bella casa adonde para llegar requería de un automóvil. Durante el primer año de la universidad yo no tenía aun carro, así que debía caminar unas cinco cuadras para tomar un autobús que me llevara hasta Chacaito y de allí otro hasta la Plaza Venezuela. Demás está decir que aprendí en aquellas excursiones hacia la Universidad Central de Venezuela todas las canciones que pasaba por pares (“las dos ligaditas”) Radio Rumbos: desde Daniel Santos, hasta la Tito Fuentes, pasando por la Billo y Los Melódicos. “Mujer falaz impostora de caricias” comenzaba una de esas canciones que los conductores ponían a todo volumen y que a mi me impresionaban tanto como los adornos que llevaban: desde rosarios e imágenes religiosas hasta los primeros zapatos de sus hijos o perros que se pasaban el día entero asintiendo pues llevaban un resorte en el cuello y los amortiguadores de los enormes carros americanos, que servían de “por puesto”, les infligían semejante movimiento continuo. Yo estudiaba comunicación social y el contacto abrupto con la realidad nacional, viniendo desde un colegio privado y aislado, me sedujo sin ambages. Conocí pues a estudiantes de provincia que vivían en pensiones en Los Chaguaramos, conocí a dirigentes políticos estudiantiles de izquierda, conocí a profesores, a catedráticos, a políticos, a guerrilleros…Conocí a muchos de mis futuros colegas y me fascinó la concupiscente diferencia. Con una viajé al oriente del país, con otra entrevisté a los capitostes de algunos partidos políticos y de sindicatos. Para ello hube de pasear alelada por El Paraíso, por Coche, por La Vega, por El Silencio, por Catia. Populosas urbanizaciones totalmente nuevas para mi.

Para regresar a mi casa desde la universidad, al mediodía, me ahorraba el costo del “por puesto” hasta Chacaito, lo hacía a pie, por aquella Gran Avenida que tenía dos buenas librerías y luego la Calle Real de Sabana Grande, para pasar por delante del Bar B.Q Chicken Bar, porque me habían dicho que por esa zona se reunía gente interesante a conversar. Aun desconocía el Triángulo de las Bermudas, en la futura Calle Solano López, que aún no se llamaba así. Y que consistía en tres restaurantes/bares en los que se perdían los poetas. Fue precisamente en esas caminatas cuando hice mi gran descubrimiento, pues, mi compañera de andar a pie y a grandes zancadas, fue precisamente Elizabeth Fuentes, es decir, el vellocino de oro, que pastoreé, hasta llegar hasta su casa, mi país desde entonces.

La cotidianidad en aquella casa venía siempre matizada con historia y fui regalada con aquellos relatos preciosos de tías viejas, de patriarcas arbitrarios, de luchas vividas desde lo particular hacia lo colectivo. Me mantuve alejada por el tiempo que duró mi formación universitaria de mis propios orígenes Con la graduación universitaria vinieron grandes cambios, París, tantas otras mudanzas, sin que hasta ahora me hubiera detenido a pensar en mis anteriores moradas venezolanas. En Las Acacias, en Los Caobos o en La Pastora. Saldo esa deuda al transcribir aquí parcialmente, las memorias de mi padre, Juan Feld, (1923/2008) sobre cómo fueron nuestros comienzos en nuestra primera dirección en Caracas: de Toro a Pineda 41, en La Pastora:

En aquel tiempo, a mediados y fines de 1948, toda Europa estaba alborotada por la posibilidad de una inminente tercera guerra mundial. La cortina de hierro había bajado hacía poco, los rusos cercaron Berlín occidental para que no puedan salir suministros desde Occidente… Era sólo asunto de una decisión que Stalin podía tomar de un momento al otro, de dispararle a uno de estos aviones cuando sobrevolaba el territorio de la República Popular de Alemania, entre Alemania occidental y Berlín, y que USA lance bombas, posiblemente atómicas (que la URSS aun no tenía) sobre territorio soviético. En estas circunstancias es comprensible que nosotros, sobrevivientes de una guerra horrible, queríamos escaparnos a un lugar “seguro”…

.…sin referirme a los antecedentes hasta llegar a Venezuela, con mi esposa Marianne embarazada y con unos mil dólares en el bolsillo…: Llegamos en los días del derrocamiento del gobierno adeco (no teníamos idea de lo que la palabra significaba)), así que el Portugal no pudo atracar a la Guaira sino que nos desviaron a Puerto Cabello y allí tuvo que esperar 2-3 días en la rada, antes que nos descargaran y nos llevaran en camiones de estaca al campamento de Naguanagua, cerca de Valencia...o más precisamente a Güigüe. Nos alojaron en grandes galpones, poniendo un matrimonio en cada esquina. Las tres comidas las servían en un galpón-comedor, eran aceptables y suficientes. Hubo mucha gente, sobre todo rusos y ucranianos ¡(posibles exguardias de campos de concentración!) que llevaban varios meses allí, felices de poder alojarse y comer sin hacer mayor cosa, pero nosotros queríamos llegar a la tierra prometida: Caracas. Nos sacaron fotos, huellas digitales, datos etc. para darnos la cédula y nos hicieron exámenes de sangre etc. para darnos certificados de salud. Después de algún tiempo llegaron las cédulas pero no así los certificados de salud pues se perdieron los exámenes. Después de un tiempo más de espera, alquilamos un camión de estacas para que nos llevara a Caracas . La única dirección que tuvimos adonde llegar era la pensión Elefant, Toro a Pineda 41, en La Pastora.

El matrimonio, de apellido Elefant, era judío-húngaro-checo de Kasa. No hubo habitación para nosotros, pero, mediante un módico cargo nos permitieron dormir en sendos catres en el pasillo de la vieja casa colonial convertida en pensión-refugio para recién llegados. El día siguiente quería buscar un cuarto para alquilar, pero los Elefant nos convencieron que no pierda el tiempo porque: uno, hay una gran escasez de vivienda en Caracas y dos, de todas maneras nadie alquilaría nada a una mujer embarazada. Por otra parte, me hicieron una oferta generosa: me permitieron a mí y a otro matrimonio en condiciones similares, que construyamos una habitación en el jardín de la casa, para luego vivir allí gratis, pagando solo la luz y el agua.

Yo sabía mucho de mecánica pero nada de construcción; de todas maneras empecé a comprar cemento y arena, cargué los sacos desde la calle empinada de Toro a Pineda hasta el fondo del jardín, luego eché el piso de unos 4x4 metros. No sabía rematarlo, el concreto quedó poroso y cada vez que Marianne le pasaba la escoba, barrió medio saco de cemento/arena en polvo. Luego compré bloques y construí las cuatro paredes; madera y fabriqué una puerta y una ventana, finalmente teché todo con láminas de aluminio. Al llover, nuestra casa era un infierno: las gotas de agua en el techo de aluminio sonaban como un regimiento de ametralladoras.

Recuerdo un incidente: estando ya echado el concreto del piso, pero aun no seco del todo, traté de instalar la corriente (tampoco una especialidad mía) y, con mi usual apuro, quería conectar simultáneamente los dos cables con corriente viva. Con el alicate no aislado y con los pies mojados me pegué un corrientazo horrible y empecé a bailar y gritar. Marianne tuvo la presencia de ánimo de retirar el enchufe de alimentación.

…Conseguí trabajo en enero de 1949, en la fábrica de chocolates Savoy, ganando la entonces envidiable suma de Bs. 700 mensuales. Tenía que tomar un autobús desde la esquina de Dos Pilitas a Plaza España (hoy Avenida Urdaneta), de allí otro bus para El Valle. Hubo autobuses populares (aunque entonces no se llamaban así, sino que les decían “cucarachas” por la forma abombada del techo), a locha (Bs. 0,125) el pasaje y los modernos, cuadrados, a medio. También hubo porpuestos de Plaza España a El Valle, al precio inaccesible de 1 bolívar. Almorcé cerca de la fábrica donde un portugués, chuleta con papas o arroz, ensalada, refresco y café por Bs 4,50. Teníamos que comprar muebles, ropa de bebé, cuna etc. No nos sobraban los reales. Casi todos los 1000$ se fueron en las obras de construcción del rancho.

Se me acaba el papel y la paciencia y solo contaré cómo salimos de allí. Un día la señora Elefant acusó, delante de otras mujeres, que Marianne estaba robando comida de la nevera comunal. Específicamente dijo que recogió, con una cuchara, la grasita que estaba en la superficie de un hervido que ella cocinó. Entonces nos mudamos a San José del Ávila, pero esto debe ser otro cuento…


Desde Toro a Pineda 41 hasta ese lugar en ninguna parte adonde resido desde hace más de diez años, ha transcurrido un viraje hacia la incertidumbre y el caos. Caracas, inundada de basura y de inseguridad, de demagogia y de populismo, de proyectos, cuyo epicentro radica principalmente en erradicar lo preexistente y de diversos reconcomios, me mantiene, sin embargo, imantada, como en mi juventud, porque, aunque bajo eterna amenaza, vive bajo la suprema presencia de El Ávila; porque de ella proviene Lucía, la esposa venezolana de mi padre y porque aunque ya Doña Blanca Meza de Fuentes no esté entre nosotros, aun existe, siempre en el mismo sitio de Chuao, esa ciudad mía.

miércoles, 15 de octubre de 2008

Teódulo López Meléndez: violador y asesino del tiempo real




por Eva Feld

La editorial Ala de cuervo, les da la más cordial bienvenida a la presentación de la novela del Escritor Teódulo López Meléndez, titulada La forma del mundo, nuestra tercera entrega en este primer año de existencia, cuando ratificamos la consigna de publicar libros como éste, al margen del afán editorial que da preferencia a la literatura de la inmediatez. Quiero pensar por un momento que presento a un reo, a un violador, a un asaltante. A un trasgresor que ha pedido asumir su propia defensa y convertirme, en consecuencia, yo, su editora, en fiscal acusador.
Sólo así, mediante la dialéctica y a través de la tensión que producen las ideas encontradas, demostrarles en pocas palabras que hubo móvil, alevosía, premeditación y sano juicio en la selección del argumento, en la confluencia de los personajes y en el envenenamiento del lenguaje, principal protagonista de los sucesos que llevaron a Teódulo López Meléndez al asesinato del tiempo real, de la lógica aristotélica, de la identidad unívoca y de la hilaridad. Y digo que hubo premeditación y complicidad pues se puede constatar que mucho antes que él, T. S. Eliot asestó tan rudo golpe en el concepto y a la palabra Tiempo que muchos escritores se han visto forzados a reencarnarlos.

De ese modo leemos a diario, en revistas especializadas, entrevistas con exitosos escritores cubanos o españoles, chinos, franceses o estadounidenses que se nutren de sus realidades temporales para plasmar en sus novelas un recuerdo o un reflejo de la cotidianidad. Varios aluden a las comiquitas de la televisión, otros a las situaciones políticas o sociales que apremian al ser humano bajo regímenes dictatoriales, otros urden utopías para avizorar el futuro o ucronías para hurgar en el pasado. El convencional Tiempo redimido ha permitido revertir el papel de la literatura, de manera que si antes el cine y la televisión y hasta en cierto modo la pintura y la arquitectura se nutrían en las imágenes visionarias que describían los escritores, ahora son los escritores quienes escriben guiones basados en las imágenes audiovisuales omnímodas, convirtiendo a los lectores en tácitos directores de películas subliminales.

Hasta que de pronto, como ahora, un Escritor se yergue para demostrar que ser producto de su propio tiempo equivale a ser producto de todos los tiempos. Retoma el filo de T. S. Eliot y mata a sangre fría. El tiempo unívoco yace ensangrentado en las páginas que nos entrega López Meléndez, mientras nos echa en cara, con soberbia altanería, que el tiempo actual es el de la genética, que el memento es el de la clonación y ésta se cuela no sólo en el argumento anecdótico de la novela, sino también en su estructura.
Conocido a lo largo de una veintena de libros anteriores como un escritor elíptico, en ésta, su tercera novela, de lo que puede considerarse una trilogía, López Meléndez se rebasa: una doble elipse, como las que conforman el ADN une y trama a los cuatro personajes y a sus respectivos clones, como se conectan las enzimas en la doble hélice molecular. Si en su primera novela, titulada Selinunte (ULA, Mérida, 1996) el hombre se extrovierte hacia el espacio sideral para repetirse elípticamente en su sempiterna condición humana y si en su segunda novela, El efímero paso de la eternidad (Memorias de Altagracia 1998), la introspección lo conduce a escarbar a la manera romántica las vísceras de una mujer para hallar en el fin su propio comienzo, en esta tercera novela, ambas hélices, la externa como la interna, congenian en la creación genética de otro hombre y otro tiempo: Siempre entrelazadas, interdependientes, simbióticas, cabezas de hidra, decapitándose mutuamente en lacerante homicidio perpetuo.

domingo, 5 de octubre de 2008


El profesor de inglés
Por Eva Feld



Aún no había trascurrido ni un lustro desde el fracaso electoral del cochino lanzado como candidato presidencial en la Convención Demócrata de Chicago, el día en que el desgarbado profesor de la Universidad de Roosevelt , arrastró su desánimo hasta el púlpito desde donde solía aburrirse enseñando a los recién egresados bachilleres las normas del buen escribir. Harto de definir mecánicamente las propiedades de los adjetivos calificativos o de las desinencias verbales, fastidiado de corregir semanalmente infames narraciones y enfermo de nostalgia por su prometedora juventud, resolvió un día reencarnarse en el joven contestatario que había sido capaz, entonces, de quebrantar el juego democrático abanderando la causa porcina. Con gesto desdeñoso le dio la espalda a sus estudiantes, salió del salón de clases y al cabo de unos minutos regresó con una bandera de los Estados Unidos de papel y frente a sus estupefactos alumnos la hizo añicos. Chispazos de rabia irradiaban sus ojos zorrunos, gozaba. Luego, arrojó el papelillo azul, rojo y blanco contra el piso y lo pateó y lo escupió. Atónitos, los estudiantes recibieron la orden sin anestesia: "¡Ahora escriban!". El experimento inyectó tal dosis de adrenalina en su torrente sanguíneo que a partir de ese día se volvió un adicto a su propio desempeño. No veía la hora de desafiar, de sorprender, de instigar, de alarmar. Sus alumnos tampoco. Muchos de ellos aprendían efectivamente a escribir.

Al cabo de tres meses, el profesor de inglés de la Universidad de Roosevelt sufrió una recaída. El regreso del aburrimiento fue feroz, sólo comparable con el que experimentan algunos virus cuando luego de haber sido aniquilados vuelven fortalecidos con nuevos bríos. Se sintió payaso e inútil, sus ocurrencias ya formaban parte del status quo , los estudiantes se las exigían como derechos adquiridos. Arrastraba nuevamente los pies y para evitarlos prefería llevarles en hojas multigrafiadas las normas gramaticales y sintácticas que debían leer en clase y luego una lista de ejercicios o el tema del ensayo que debían desarrollar en clase. Él, por su parte, se sentaba con los pies en el escritorio y se dejaba penetrar nuevamente por recuerdos mejores.

Un martes particularmente fastidioso les preparó un ejercicio. Escoja entre los siguientes el tema de su preferencia y desarróllelo en quinientas palabras :
1.- Si es usted mujer, diga tres razones por las que le gustaría ser hombre (o viceversa)
2.- Si es usted blanco, diga tres razones por las que le gustaría ser negro (o viceversa)
3.- Si es usted casado, diga tres razones por las que le gustaría ser soltero (o viceversa)
La abulia recorrió el espinazo de todos los ahora victimarios del vengativo profesor de inglés. Sin mediar palabras, sin sorpresas ni ocurrencias, debían ahora darse a la tarea pura y dura de pergeñar un aburrido ensayo por comanda. Se oyeron bostezos y tocecillas nerviosas. Los lapiceros se trababan en su recorrido inútil sobre hojas blancas. Muchas acababan arrugadas en la papelera, cediendo. Algunos estudiantes lograron eludirse, respondiendo aquello que habían aprendido a repetir desde niños: que los blancos tienen más oportunidades, sobre todo en una ciudad segregacionista como Chicago, que los negros están mejor dotados para el sexo y la música, que ser hombre conviene en una sociedad machista, que ser soltero da mayores libertades, que lo contrario da mayor estabilidad. Sin paradoja, ningún hombre escribió acerca de las virtudes de haber sido mujeres.

El martes siguiente, el profesor de inglés llegó más tarde que de costumbre, subió al podium sin demora y saliéndose de sus hábitos leyó en voz alta la calificación que habían obtenido, uno por uno, sus alumnos. Ninguno descollaba: una uniforme letra C los calificaba. Gramaticalmente habían mejorado algo, su sintaxis tampoco ofendía, pero la estructura y la falta de creatividad resultaron francamente penalizadas.

A nadie pareció importarle demasiado, pero entonces, el profesor de inglés se quitó el zapato derecho primero y el izquierdo después, una media y luego la otra. Desabrochó su correa y su pantalón, desenfundó cada una de sus piernas, desabrochó su camisa y también se desprendió de ella y así parado frente a sus alumnos les dijo: "Yo soy hombre, divorciado, blanco, nudista, liberal, agnóstico, melómano, neurótico, escéptico, detesto la comida vegetariana, fumo y creo que soy un poco marica. No querría ser sino lo que soy y si uno sólo de ustedes hubiera preferido ser el que es no sólo hubiera sacado A, sino que tendría mi respeto, mi confianza y mi solidaridad".

Un estudiante blanco, miméticamente parecido al profesor de inglés habló para decir: "Yo aún no sé quien soy ni lo que quiero y puedo ver ventajas y desventajas en todo y transferirme en otros, y me solidarizo y respeto y le tengo confianza a todos en este salón en el que todos nos reunimos para escribir" .

Entonces irrumpió por la puerta el Rector en persona. Un mohín reprobatorio anunciaba sus palabras. Iracundo se giró hacia la clase para aclarar que no toleraba la falta de respeto de parte de un profesor majadero que se desnudaba en plena clase. El estudiante mimetizado tomó la palabra y dijo: " Pst ! Señor Rector, baje la voz, ¿qué está diciendo usted, que hay un profesor desnudo? Aquí el único desnudo es un personaje literario y el único majadero es usted".

sábado, 27 de septiembre de 2008

Periodista venezolana tránsfuga en mi nueva novela






Por Eva Feld

Pocos momentos fueron tan estelares en la historia del periodismo venezolano de finales del siglo pasado como el advenimiento de El Diario de Caracas. Bajo la batuta de Tomás Eloy Martínez y la estrategia de Rodolfo Terragno –argentinos, demócratas y defensores del libre ejercicio- una docena de jóvenes periodistas aprendieron a aplicar la máxima que los urgía a escribir “en cada línea una información y en cada párrafo una reflexión”. Se trataba de aprender a mezclar las técnicas narrativas del llamado “nuevo periodismo” según el cual el periodismo se erigía a la altura de un género literario, con las del “periodismo interpretativo”, cuya meta era nada menos que elevar el grado de completitud del periodismo mediante el manejo de la analogía, la dialéctica y demás recursos de la investigación y de la lógica. Pero, además, hubo que aprender a resumir, a sumariar y a jerarquizar las informaciones hasta descartar toda viruta, todo ruido y toda lágrima superfluos. Sin embargo, hubo momentos en los que las crónicas parecían cuentos, capítulos de novela. Así llegó a ser esa bisagra limítrofe entre los géneros y fue así como periodistas y lectores aprendieron que narrar es uno y el mismo verbo y que es otro el lindero entre los hechos objetivos y los de ficción. Luego, otro tipo de magnetismo fue causa de deriva en el periodismo venezolano, distintos vientos impusieron nuevos derroteros. Algunos periodistas venezolanos saltaron durante el pairo para virarse hacia la ficción, ya lo habían hecho antes que ellos Sándor Márai, Truman Capote, Gabriel García Márquez, Graham Greene entre otros, sólo para volver a confrontarse con matices, inferencias y alegorías. Pues si en periodismo se persigue comunicar, el objetivo de la literatura está contemplado en si mismo. Es por ello que ni siquiera el mismo lector (incluyendo al propio autor) encuentra lo mismo en el mismo libro cada vez que lo lee, mientras que un reportaje es un reportaje es un reportaje.

De esta génesis provienen también mis cuentos de Mujeres y escritores más un crimen (editorial Warp), del cual publicamos un cuento bisagra entre la realidad y la ficción, entre el periodismo y la literatura y, en este momento, entre el cuento y la novela, ya que a partir de él, he escrito mi tercera novela, titulada La senda de las flores oblicuas (Ala de cuervo 2005) cuya protagonista, una periodista, venezolana tránsfuga, se empeña en descifrar los enigmas de Corea con un enfoque periodístico pero queda prendada en la introspección literaria.

Nota de aladecuervo.net: La Novela de Eva Feld, La senda de las flores oblicuas, originada en este cuento, estará en circulación seguramente para el mes de julio, por supuesto que bajo nuestro sello editorial. Pero no se hagan ilusiones, la novela apenas tiene aquí su origen, es otra cosa, tendrán que leerla.



Epistolario real con un escritor fabuloso

Para mí Chicago (con sus suburbios) es el epicentro del repliegue comunitario, la dirección general sectorial de parcelamiento étnico, religioso, idiosincrásico. El plano ultracuadriculado de la ciudad favorece el cliché: dime dónde vives y sabré a qué hueles, pronuncia tu apellido y sabré qué piensas. Negros, asiáticos, polacos, mexicanos, hindúes, judíos, cada calle despliega cierta etiqueta, cierto estigma, cierta moral. Esa placenta emblemática convierte a todos los Pérez en hispanos, a todos los habitantes de Skokie en hijos de Israel, a los vecinos de Evanston en protestantes y así conviven en santa animadversión millones de personas afincadas en sus minorías, pero metiéndole el hombro al gran sueño americano.

¿Cómo lo sé?: Viví justamente en Skokie con apellido judío y bajo perjurio agnóstico. Rubia de ojos azules trabajé en la radio hispana y pretendí hacer un reportaje en las tiendas esotéricas del barrio puertorriqueño, donde encantadoras brujas producían sahumerios respondiendo en golpeado inglés a las preguntas que yo les dirigía en perfecto español. Cuando les aclaré de viva voz y con toda la gestualidad del caso que les estaba hablando en español me increparon en inglés:

- You polish?.
- Ay Bendito (les respondí remedándolas) les digo que no, que no soy polaca.
- What d’you want?- insistieron.
- Hey ladies, I am Venezuelan, I speak spanish.
- Ay Bendito- le dijo una a la otra- la polaca dice que habla español.

Los hispanos me trataron siempre como polaca, los polacos como judía, los judíos me consideraron siempre como hispana, los negros como rubia, los rubios como rara, los raros como mujer. Era, además, madre sola en un barrio cauterizado con moral burguesa. Las feministas no avalaron mi indisciplina y los varones desaprobaron mi pacatería por juzgarla inversamente proporcional al color de mis cabellos. Anduve sola y desafié otros estigmas cuando los solitarios rechazaron los gajes de mi oficio preguntón y me tildaron de fisgona. Así transcurrió un año, hasta que cayó en mis manos una publicación de procedencia dudosa. De un octavo, el panfleto no afluía de la clandestinidad pero tampoco de imprenta industrial. Su título podría traducirse al castellano como Líneas Nocturnas. Sentí que el aliento de un mensajero noctámbulo me explicaría ese sentimiento de impertenencia que me desolaba. Pensé que la respuesta emergería de la noche: apenas se apagaran las luces, la gente se despojaría de sus prejuicios y aceptaría, al amparo de la oscuridad, sus diferencias. Pero aquella cosa, esa revista, resultó ser un periódico sáfico, un efluvio del universo lésbico. Luego, a medida que lo hojeaba advertí que no era estrictamente “femenino”, cabían allí los gays, los travestís, los bisexuales y hasta otros.

Tomando en cuenta las circunstancias, un abanico tan amplio me sorprendió con pánico. Fue entonces cuando detecté el motete Mook; alguien con ese nombre decía en una columna las cosas más abismales que jamás haya leído. Descubrí que no era sólo lo que decía sino su forma de hacerlo, las palabras se arrojaban violentamente de cima a sima, contagiaban vértigo, me empujaban al vacío, abrían la tierra a mis pies. Me encontré enterrada viva en lo desconocido, en mi total ignorancia, en mi propia intolerancia. A punto de desfallecer me aferré a frases cuyos múltiples sentidos me catapultaron hasta la estratosfera y me dejaron allí agonizante. Una galería de personajes caricaturescos desfiló ante mis lágrimas que como prismas los descomponían y los reproducían. Fueron centenares de seres disímiles y casi todos altisonantes. Esa mezcla de miedo y excitación - con escalas en el remordimiento, en la duda, en el terror y en el frenesí-, precipitó y agigantó mis visiones, las cuales a su vez retroalimentaban el miedo y la excitación. Con el impulso vital que otorga la maternidad me resarcí. Abandoné el texto sospechando, incrédula, un contenido alucinógeno en la tinta. Enfrenté mis obligaciones con estoicismo (el niño, la radio, el horario). Pero, aunque lo negara, ya me hallaba inoculada. Fue en verdad una dosis intravenosa la que me trasladó al país de las maravillas de Mook, donde los más abyectos rechazados se discriminaban entre sí o se agrupaban, sin ninguna lógica aparente, como ratones de laboratorio tras toda clase de experimentos químicos y nucleares.

Mi jefe en la radio, un capataz cubano que estallaba en roncas carcajadas al oírme llamar zamuros a las auras, comenzó a recriminar mi falta de atención. Las noticias que defecaba en diarrea perenne el telex conectado a las agencias nacionales se amontonaban a mis pies inmovilizándome. Todas lucían como insípidas repeticiones de lo conocido: “Borrondongo le pegó a Mochilongo”, “los Estados Unidos mantienen firme su política de respaldo a las democracias del mundo”, “el cupo para hispanos en la educación pública es el tema que debatirá esta tarde la Asociación para la Educación de los Hispanos, organización que ha mantenido un firme lobby en Washington a favor de la causa”. “El Mayor de Chicago autorizó la parada mexicana en la calle Monroe”, etcétera.

Los kilómetros de cables se sucedían en inglés, pero sólo los de interés estrictamente hispano eran severamente versionados al español. Bueno y también aquéllos muy escandalosos o de repercusión extraordinaria. El señor cubano prefería los servicios profesionales de sus compatriotas, a quienes les decía, mirándome de soslayo, “estamos cagados de aura: ésta está en la luna”. Los paisanos subalternos se crecían, y se abalanzaban sobre mis piernas de donde rescataban decenas de notas para traducirlas al pie de la letra. Todos los cubanos eran perfectamente bilingües, almorzaban juntos los días laborables y aborrecían a Fidel. No como “ésta” o sea yo, que llevaba días purgando los vestigios de mi condición de inadaptada, de exiliada, más ahora que la sintaxis y la prosodia del tal Mook me confrontaban con mi propia pequeñez, con mi estrechez y con mi vileza, ahora que me parecía tanto a mis propios detractores. Yo, la más incomprendida minoría absoluta en este mundo, huía y a la vez me zambullía en las crónicas fabulosas de Mook con malsana curiosidad periodística; estaba ávida de nutrientes para mi peculio intelectual. Mook me hostigaba cada semana con su más allá y cercenaba sin piedad todas mis escasas semi certezas del más acá. Mook seccionaba con fino bisturí el sistema circulatorio y neurológico de su entorno, sangre, dendritas, semen, mierda, todo estaba expuesto en sus escritos. Olores, texturas, tonos, se colaban por las entrelíneas.

Supe por él, por ejemplo, que el universo homosexual no es inmune al chauvinismo, perviven, pues, marginalidades en su seno; los matices y los grises que las diferencian entre sí arrojan sombras chinescas a sus dramas nada unívocos, en los cuales sobredimensionados afectos, rencores, lutos, envidias, avaricias y vanidades aderezan la consabida condición humana con un toque de extravagancia. Aprendí que existen americanos blancos (o negros, o mexicanos, o asiáticos, o judíos) desarraigados sexuales, exiliados de su propia minoría, vagando en la inmensidad urbana, en competencia y contradicción con sus propios ideales sociales, étnicos, sentimentales y genitales. Son mujeres atrapadas en cuerpos de hombres que están condenadas al mundo del espectáculo, del escenario, para al menos satisfacer esa esquina de su libido que se contenta con sedas, plumas y silicona. Son hombres temerosos del alba y de su propia barba, que odian a los gays, por rivalidad frente a los hombres de verdad; son hombres, que a su vez son rechazados por sus rivales homosexuales; son vampiros nocturnos que cazan a sus presas en bares de toda reputación, sitios que se llaman Vortex o Fusion, donde beben, inhalan, penetran y ejecutan con libertad, sin que por ello proclamen alguna homogénea felicidad, sino apenas, y con reservas, una exigua pertenencia. En esos lugares coincide toda clase de rarezas, sus retratos, vidas, chismes y cuentos son los afluentes de una inmensa cascada, cuya caída libre describe Mr. Mook con la maestría del que es al mismo jugador de ajedrez y ficha en el tablero, triunfador y perdedor, observador y partícipe.

Intento traducirlo del inglés aprovechando los gajes del oficio radiofónico y descubro desconsolada que apenas logro versionarlo. Intento expiar mis resquemores, pero también me motiva cierto orgullo al sentirme descubridora de un narrador de la talla y el riesgo de Guy de Maupassant, el más genuino orillero cuentista del siglo XIX francés. Si Guy anduvo por los lupanares con la familiaridad de un felino consentido y descargaba el resto de su potente energía remando y riendo en el Sena, Mook anda por estos ultra modernos centros nocturnos de placer urbano, donde vistosas reinas trasvestis y otros coloridos personajes lo acogen cariñosamente; luego, para extenuarse, se encarama en sus patines lineales y castiga sin piedad la ribera del lago Michigan. Mook, como Guy, sabe de demencia y ama los gatos.



Mook por mi versionado

1

Los teólogos dividen las religiones en dos categorías: panteístas y trascendentales. Los primeros ven el universo como a Dios y viceversa, es decir: una uva tan sagrada como una galaxia, ningún distingo entre el creador y la creación. Los segundos ven a la Deidad como a una entidad totalmente diferenciada y separada del mundo, el gran maestro de ceremonias, el hacedor de vidas que no tiene tiempo para sangrientos detalles. Para acortar la brecha entre estos dogmáticos extremos, algunos credos han postulado una jerarquía de seres celestiales, intermediarios angélicos o demoníacos, que sirvan de enlace entre el Todopoderoso a quien no le importa un carajo por un lado y las ostras con sentimientos por el otro. Estos intermediarios jerarquizados, estos seres marginales, suelen desempeñar roles de camafeo en las sagradas escrituras, en el arte renacentista o en la televisión: sea frenando la mano de Abraham presto al sacrificio de su hijo, posando como querubines para Rafael o perpetrando traumas umbilicales para Mi Bella Genio en la televisión. Visualicemos tal genialidad siniestra, cuando su tarea consista en monitorear episodios en excéntricos locales nocturnos:

Jo (italiano, gay y diseñador gráfico), durante su faena en el susodicho bar, se hallaba en labores propias de su oficio (barrer, coletear, recoger las botellas sobrantes y proveer nuevas frías nacionales e importadas) fue llevado por el olfato a detectar una en particular, una que, erguida, desafiaba la gravedad del asunto. Confirmó tactilmente sus sospechas al constatar que en efecto el hedor se correspondía con aquel fluido de consistencia viscosa y brillo particular que la embadurnaba.

El asunto no pasó inadvertido, la noticia se regó inflamada. Hubo quien insistiera incluso en determinar la marca o la procedencia de la botella, no faltó tampoco quien pegara el grito en el cielo, pues los actos estaban formalmente prohibidos en el local. Pero al final, cuando ya la escena se creía casi superada, surgió la idea de sacralizar el objeto, fue así como ese día la botella marrón, de cerveza importada, fue convertida en icono.

El cuerpo del delito acabó inexorablemente en el tarro de la basura, no así la moraleja espectral: “Nos definimos a nosotros mismos y acordamos significados sólo a través de aquellos seres u objetos a quienes amamos”.



2
Arrímate al bar de Rob, o a su vida, y escucharás más pronto que tarde acerca de su más preciada pertenencia: una deformada, gastada y rojal camiseta de Astro Boy. Un regalo.

¿De quién?: Piel sedosa como rosa, cabello azabache flagelándole el culo, gestos de jujitsu, sutileza de pantera y belleza trascendental de bodhisattva. Jade Michiko fue quien le dio la franela a Rob.

- ¿Quién?: “Ella llegó a mi vida sólo para desaparecer, con el mismo misterio y la misma majestuosidad, como salida de un sueño” susurra Rob. Lo único que le queda de ella es esta camiseta, de cuya veracidad no puede quedar duda alguna a juzgar por las manchas de sudor y las mangas desflecadas.

Jade suele trasladarse del Este al Oeste no como misionera, ni tampoco para abrir nuevas rutas de intercambio comercial, sino para librarse de su padre. Hija de un potentado japonés, Jade ha recibido lo mejor y lo peor de una cultura que simultáneamente reprime y enaltece a las mujeres. El hecho de que Jade hubiera buscado su secreta salvación en Nueva York, financiándose con las tarjetas de crédito de su padre es un absurdo que súbitamente cobra sentido, tan pronto como se sepa más acerca de ella, que Dios bendiga su alma inquieta.

Eludiendo a sus sirvientes personales y a sus guardaespaldas (como muchas otras veces), Jade saltimbanquea por Asia, el Cercano Oriente, Europa, a través del Atlántico hasta Nueva York, en un peregrinaje de auto descubrimiento sáfico. Espíritus benignos y fantasmas reencarnados de sus ancestros son redescubiertos en los clubes nocturnos que la amparan como hermana. Sacrílega salamandra que se escurre entre las más notables divas trasvestis, amigos tronos, chicos nocturnos, miembros de la nocturnidad, lo pasa de lo mejor. Allí es donde la conoció Rob cuando trabajaba de barman en Nueva York.

“Justo antes de que vinieran por ella y se la llevaran- dice Rob, sin dejar de murmurar- me dio esta franela. Vi como literalmente la removían. Nunca olvidaré sus gritos, que sobrepasaban la escala sonora”.

Jade y su padre tenían un pacto de caballeros, si se quiere una política de puertas abiertas, resumida en veintiún demandas todas convergentes y equidistantes, todas relativas a la total obediencia de la hija hacia el padre. Ella tan salvaje y expuesta a las tentaciones del universo y deseándolas todas, ella de la era de Acuario y del éxtasis ¿cómo podría sucumbir a la disciplina Samurai y Shogun? Siempre la encuentran. Siempre”.

Rob había notado la aparición de la falange que constituían los hombres de negocios japoneses, una isla de convencionalismos corporativos, una organización multicelular, en medio del devaneo y el frenesí dionisiaco en el que Jade bailaba (ataviada con un mono de spandex y azaleas, coronada de crisantemos y en la mano, un lirio) e ignoraba los gestos frenéticos con los que Rob había tratado de prevenirla desde la barra del bar.

La resistencia que Jade opuso a sus captores fue muy similar a su huida, es decir un show, una manera de aferrarse a lo mejor de dos mundos. Cíclica recurrencia alterna entre la esclavitud y la libertad. Dos semanas más tarde, al mes, o será dentro de tres años, Jade se volverá a escabullir, repitiendo el mismo harakiri, para reunirse nuevamente con sus amistades excéntricas, extravagantes, raras, con quienes pueda trascender aunque sea por instantes. Mientras tanto Rob el Astro Boy se aferra a su camiseta, a ese retazo de tela semi podrida, como a un salvavidas, como a un símbolo de su propia libertad. En lo más profundo de su corazón, el sabe que ella regresará...Y si se quedara...



3
Sir Speedie, Lord del Cristal y Duque del Meth es el Campeón del día de las 96 horas: Tick-tock, tickety-tock-tock. Se levanta el jueves por la mañana junto con las masas, su descomunal bostezo precede y acompaña las depresivas noticias matutinas y saluda los regocijantes humos de su café expreso. Los perros son paseados, la llegada de cada empleado es debidamente asentada con hora y fecha en los relojes laborales. Cafecitos de media mañana y luncheras para el almuerzo acaban con el ante meridien y dan pie al post, el cual desemboca inevitablemente en la hora pico de tránsito terrestre y en las noticias estelares. Camas sin tender y matrimonios sin ternura, la conciencia burguesa sucumbe por fin ante el sueño, fin de ciclo. En cambio el día apenas comienza para el Duque que ya se encuentra en pleno zumbido. Repletos el culo y la nariz de polvo, Speedie experimenta una aguda pureza en el espacio- tiempo. Pupilas dilatadas, presión sanguínea in crescendo, encendidos vaporones en el rostro. En pies y manos, cosquillas, hormigueos. Esto y lo otro reclaman diligencia y conclusión, casi todo acaba resuelto, ya que al maestro del aceleramiento psicológico y fisiológico, le resulta simplemente imposible quedarse quieto. Además con tantas cosas que hacer, ¿quién querría detenerse?. Otra urgencia que resolver con celeridad, y otra más, mientras el tiempo se va encogiendo, el espacio expandiendo y el resto de los mortales durmiendo. Juega ahora con varios principios termodinámicos, muchos de los cuales resultan incomprensibles hasta para alguien tan volado como él. Alcanza el día número tres, ajá, 72 horas corridas de trabajo y juego, trabajo y juego, con un añadido de 1/3 al cuadrado, logrando aumentar en 2/3 partes su capacidad de juego y trabajo sobre aquellos que recurren a la posición horizontal y al ocio. Creará en los próximos minutos, el equivalente a un día completo de experiencias inéditas. La idea lo excita tanto que sale disparado a pertrecharse con unas cuantas botellas de cerveza para celebrar. Su ingesta de intoxicantes, así como su diversificada interacción sexual, es una forma de retorcer las ecuaciones que controlan sutil aunque acompasadamente sus efluvios internos y externos de energía. “Vivir es experimentar” pontifica el Duque “y vivir bien es experimentar al máximo y lo más intensamente posible”. Confunde calidad con cantidad, velocidad con aceleración, una carrera con un maratón, ordena otra ronda en el bar. Su sistema absorbe el alcohol como una esponja mágica. Anhela ahora otras calorías y empieza a notar la repentina Epifanía de calma relativa, el mundo externo comienza a acelerarse paulatinamente, Speedie está metabolizando la experiencia más lentamente que hace apenas un momento.

Como proveniente del sueño que Speedie no tuvo la víspera, un anciano despeinado, cuya edad en número de años suma las horas de vigilia de Speedie, atraviesa su campo de visión. Dando traspiés apoyándose en un bastón, el viejo comienza a salirse misteriosamente de toda sincronía. Ciertamente se está moviendo más rápido que los que lo rodean, mucho, mucho más rápido, una bizarra anomalía temporal en ese mundo anfetamínico ya anacrónico. El anciano echa una mirada hacia la barra y al establecer contacto visual con Speedie, se desploma. Su bastón lo precede en la caída y la resonancia de la madera pulida contra el cemento produce un clackety- click-clack que repentinamente despierta al Lord de sus postradas ensoñaciones. Amanece lunes, ¡ah, sólo faltan tres días para que sea jueves nuevamente!.

Mi regreso a Caracas fue con sobrepeso, cargaba a cuestas mis descubrimientos, mis experiencias, mis sobre dosis de Mook. La soledad lucía ligera, liviana, casi gozosa, mis expectativas nulas. Volvía a lo conocido pero despojada de continuidad. Al comienzo la investidura semiclandestina, anoréxica y anónima me sentaba de lo mejor. Atrincherada entre cuatro paredes, auscultaba el pulso de las informaciones locales, los avisos clasificados (en busca de empleo), los noticieros. Nada. Tímidamente llamé a mis amigos, a mis colegas, a algunos conocidos pero podía escuchar la cacofonía de mis palabras que retumbaban en el vacío absoluto. Los periodistas me tildaban de ama de casa, las mamás de intelectual, los profesores de burguesa, los ricos de venida a menos; los nacionalistas me consideraron “una vendida al imperialismo yanqui”, los gringos me seleccionaron, por mi entrenamiento radiofónico bilingüe, para trabajar en La Voz de América y cuando huí a causa de mi total afonía ideológica hube de pagar con más burlas mi renuncia a un salario en dólares: periodistas. mamás, intelectuales, profesores, burgueses, ricos y venidos a menos se rieron de mí al unísono: ¡Ideología! giá giá giá...

Al cabo de un año me convertí en un seudónimo. Firmaba a destajo columnas o entrevistas, reportajes o crónicas que lanzaba a la opinión pública como si de bombas Molotov se tratara. Quería dinamitar los espacios culturales, sociales y políticos y desafiar los prejuicios semánticos,. No se crea que cambié para ello mi nombre ni mi apellido. Mi firma no sufrió alteración alguna, fui yo, yo misma, mi persona, la que se convirtió en seudónimo y como tal me volví invisible, insondable y claro, inabordable. Llegué a añorar aquella otra soledad, la de Chicago, pero sobre todo a Mook. Coincidió mi fiebre nostálgica con la adquisición de un módem para mi computadora. Pasaba largas horas de circunnavegación solitaria, recibí noticias de Australia, de Buenos Aires. Me enteré por correo electrónico del nacimiento de Agoston, ocurrida en Noviembre, en Budapest. Alguien adivinó mi perplejidad, pues en seguida recibí una explicación: “los nombres antiguos están nuevamente de moda en Hungría”. Me sonreí de buena gana cuando leí que muchos de los viejos nombres nuevos se escriben según la fonética húngara: Jacqueline por ejemplo se deletrea Zsakelin. Me sorprendí de la popularidad de los nombres hispanos, hay Alfonszo y Karmen a discreción y resucitan también los nombres hunos: Attila, Csaba (que se lee Chaba).

Poco lograban estas distracciones aliviar mi melancolía. La aldea global plana, una infinita llanura sin cimas ni simas. Hasta que de pronto localicé a Mook en la pantalla. De nuevo encuentro letras calóricas por lo de: “…nos definimos a nosotros mismos y acordamos significados sólo a través de aquellos seres u objetos a quienes amamos”.

El vigor volvió a inundar mi cuerpo, la aceleración mi cerebro. Hago volando miles de diligencias, recados, mandados y aún me queda tiempo para jugar y trabajar, jugar y trabajar. Hago 2/3 veces más que los que en posición horizontal sueñan ociosamente y constato con alegría que cada rato vuelve a ser jueves.

sábado, 13 de septiembre de 2008

El García Márquez que debía tener nombre de mujer





por Eva Feld

El escritor colombiano, con amplia estadía e impronta en Venezuela, G. García Márquez, en verdad otro es. No nos referimos a aquél de prodigiosa memoria que lleva más de cuarenta años contándonos historias en las cuales se funden sus recuerdos con el imaginario colectivo latinoamericano y a cuya sombra se arriman por igual lectores, escritores, periodistas para encadenar en perpetuo móvil, una realidad mágica arquetípica; ni a ese Midas de la literatura que ha sabido convertir en oro casi todo cuanto ha escrito y cuyo oficio se enseña en Cartagena para garantizar a perpetuidad su sello, su cuño, su franquicia.

La biografía del escritor G. García Márquez que nos ocupa se parece enormemente a la de la mayoría de los escritores a quienes se les escucha poco y se les publica menos y cuyo recurso anecdótico se ha ido disolviendo por efecto de la metáfora. En el caso de G. García Márquez acaso la sobre exposición de sus memorias las ha adelgazado hasta el punto de sólo recordarlas a través de las versiones que de ellas le proveen las palabras del Gabo. Así es, pues padece de isquemia cerebral.

G. García Márquez se desempeñó en Venezuela como empresario y como diplomático colombiano y obtuvo como ganancia el afecto y el reconocimiento fraterno de numerosos amigos y colegas que vieron en él, más allá de su apellido, la complejidad del escritor y la transparencia del hombre. Así han hablado de él, poetas y narradores como Elena Vera, Marisol Marrero, Carlos Brito, Lidia Salas y más de los catorce escritores que se reunían los martes a leerse y que al cabo del año 1991 publicaron un libro antológico bajo el título de "Quaterni deni", para dejar constancia del colectivo.



G DE GUSTAVO NO DE GABRIEL

Gustavo García Márquez vivió en Caracas y en Barquisimeto y alegró con su presencia numerosas reuniones. Aconteció en una de ellas, en que la noticia de su parentesco directo con el premio Nóbel colombiano tardó en difundirse entre los asistentes, que sintiéndose inadvertido me habló, sin conocernos, de sí mismo. Habló de fábricas y de dificultades, habló del amor conyugal y de sus hijos. Su voz fluía viril desde la espesura de unos bigotes muy poblados. Un tenue haz iluminaba las comisuras de sus ojos pardos, apenas se adivinaba por el escape de dos o tres palabras su procedencia colombiana. Sólo al verse descubierto en su origen aracatano me reveló en una sola frase su identidad: "Soy Gustavo García Márquez, el otro, y también escribo".

Protegida por la inocencia y la inexperiencia quise saber más de él, lo laceré con impertinencias de todo tipo: que si había publicado, que cuál era su temática. Al fin le propuse: "Sería bueno que escribieras bajo pseudónimo para que nadie pueda compararte ni vincularte con tu hermano. Pienso que lo ideal sería incluso que usaras un nombre de mujer. ". No hubo un ápice de conmiseración ni de burla en su respuesta: "Voy a pensarlo" dijo con una sinceridad ejemplarizante. Esa misma noche, a solas y víctima de insomnio especular, quise hallarle nombre pero sólo lo logré inventándole también un cuento, uno de mis primeros. Lo titulé "Galatea" ( Mujeres y escritores más un crímen, Ed Warp, Caracas 1999) Ése debía ser su pseudónimo cuyo apellido Hemera, pudiera vincularse mediante su raíz griega con los Buendía de Macondo.

Cuando volví a ver al enigmático escritor, a la pregunta de si había seguido mi consejo, me respondió críptico: "Isis". Nunca supo de mi Galatea, tampoco yo llegué nunca a leer nada de Isis.

Unos días después cayó en mis manos "Quaterni deni"; allí leí de Gustavo García Márquez su cuento "La eterna tarde de los espejos", del cual ofrecemos a nuestros lectores un mínimo extracto.



LA ETERNA TARDE DE LOS ESPEJOS

Era marzo, en los tiestos de flores que había en la ventana parecía mayo, y dentro en el recinto de la sala, el tiempo, detenido por la espera iba gastando la noche.

Al fin los vimos entrar. Se acercó a nosotros abriéndose paso por entre la niebla densa y glacial del cuarto de hora para las ocho. Afuera las nubes destartalaban la superficie de la tierra con una llovizna de agujitas plateadas. Venía tocado con una gorra de lobo de puerta fluvial, un espeso mostacho de morsa adulta, la cara de niño triste, pero los ojos vivos de quien recuerda todo lo leído. Con el brazo napoleónico sostenía un libro de cuentos y un cartucho de video-tape. Era el mismo de la noche anterior, la misma indumentaria, igual bigote y la misma mirada de ver la osa mayor, sólo que esa noche, a diferencia de la anterior, no traía consigo la voz de cantar aires llaneros ni el cuatro.

Inmersa en el congestionado e indefinido espacio de los dos espejos antepuestos como los largos callejones que me repetían infinitamente y me producían el vértigo caleidoscópico de su intimidad, lo vi llegar frente a mi y decir: "Estoy dispuesto para la travesía Patriarca", entonces lo vi más cerca a la cara, jamás le había hablado de los espejos, pero ahora, yo estaba convencido de que él interpretando mi intención, tenía en la mirada la convicción de saber exactamente lo que yo pensaba. Hablábamos sin decirnos una sola palabra y hasta discutimos el plan sin usar la voz. Miramos los espejos como dos estanques de aguas invisibles con intenciones de bucear, perpendicularmente a la superficie de azogue. Días más tarde, Juan José me contó algo en que coincidimos perfectamente, "El secreto está en vencer el aturdimiento del primer instante en que el presentimiento del cristal roto se desvanece ilusorio, luego se desbanca la atmósfera común y se entra en la densa profundidad sin atmósfera, los poros se dilatan y el tiempo se detiene en una eterna tarde. "Dentro de los espejos, siempre es de tarde".

sábado, 23 de agosto de 2008

Márai y Mann: Pendular la condición humana







Por Eva Feld



No es por nada que algunos críticos han declarado, en revistas como Lateral de Barcelona, que acaso los mejores libros publicados en el mundo editorial de la España de hoy sean las traducciones. Así es como ha sido reivindicado Sandor Márai, el húngaro que confundió suicidio con eutanasia al morir por sus propias manos a la edad de 89 años después de haber vivido las dos guerras mundiales del siglo XX, luego de sobrevivir a la revolución de 1956 en su propio país, después de enterrar a su esposa, testigo de excepción de sus novelas y, sobre todo, de su diario, aún no totalmente vertido en español, en el que asevera que escribir es un verbo incontenible y narcotizante que esclaviza a sus cultores y que la adicción no sólo les hace prever alucinaciones e incluso acontecimientos sino también acción en la quietud, tormentas y cataclismos, desenvolvimientos y nudos en cada nimiedad de la existencia. Dice Márai en su diario, que en los cuarenta años durante los cuales fue periodista se creyó responsable de los sucesos que narraba. Le parecía que no dejar constancia de ellos era lesa traición. Escribía, pues, todos los días. Era cronista y reportero, atestiguaba, concatenaba y rubricaba los eventos diarios con fruición de drogadicto. El ruido que producían sus dedos sobre las teclas de su máquina de escribir reprodujo muchas veces los estruendosos bombardeos, las altisonantes proclamas políticas, las anegadas cuitas partidistas, las viscerales bajas pasiones, sin que jamás creyera poder acabar con el repertorio. Pues aconteció lo contrario, fue el repertorio el que lo execró. Hubo de someterse a una suerte de reeducación conceptual. Cuando se le impidió seguir hurgando con preguntas, cuando su lacerante inquisición a quemarropa convirtió la cotidianidad en un colador informe, el hombre se volcó hacia la interioridad hasta que el verbo preguntar fue privado de transitividad para volverse briosamente reflexivo. Halló respuestas: En El último encuentro ("Las velas ardieron hasta el final", en el original húngaro, escrita en 1942), narra con precisión el reencuentro de dos entrañables amigos, separados durante cuarenta años por interferir entre ellos la pasión. Uno ha quedado atrapado en la introversión de un castillo, el otro ha quedado atrapado en la extroversión de una vida aventurada en África. Ambos, el que se ha ido lejos y el que no se ha movido, son tránsfugas, emigrantes, apátridas. Haber vivido les ha privado de continuidad, de permanencia, de certezas. Ambos han vivido -a sabiendas o en ignorancia- para este último encuentro en el que poco importa lo que se reclaman o lo que aclaran aunque esto ocupe buena parte del libro; menos aún importa que el reencuentro transcurra en una casa -en un castillo en los Cárpatos - que funge apenas como testigo, aunque sea memorable la descripción de la misma. Lo verdaderamente relevante del libro de Márai radica en los intersticios que permiten a los lectores proyectarse en innumerables inferencias. Un ejemplo: ¿Acaso no perdieron su ciudad, los argentinos que emigraron durante los años duros de las sucesivas dictaduras? ¿Acaso la conservaron mejor aquéllos que se quedaron? ¿No existe cierta coincidencia con otras pérdidas: la de la Viena imperial o la de Galitzia, por citar sólo dos. Otro ejemplo: ¿qué cosa es la amistad?: estos amigos complementarios e inseparables, rico el uno, pobre el otro, intelectual el uno atlético el otro se enamoran de la misma mujer. Una historia frontalmente emparentada con Cabezas trocadas de Thomas Mann, protagonizada también por dos amigos simbióticamente interdependientes y complementarios que han de ser separados porque aman a la misma mujer. Sólo que el escritor del Fausto y de La Montaña Mágica se vale de una leyenda hindú para ilustrar su moraleja. Pero mientras Márai se vale de un diálogo para hacer una crónica despiadada de la decadencia como legado del imperio austro húngaro y de la incompetente condición humana frente a su propia nimiedad. Podría atribuírsele a Mann, en Cabezas trocadas, una curiosidad filosófica y moral anclada hacia el futuro. Su futuro, que no es más que el presente actual. La disquisición se plantea desde una óptica que podría responder a ciertas interrogantes sobre la clonación. Veamos: Los protagonistas de Mann representan dos tribus diferentes con fenotipos casi antagónicos. El uno es intelectual, lampiño, de contextura delgada, ademanes delicados, cultura vasta y poseedor de una fortuna proporcional a sus atributos comerciales. El otro es alto, fornido, velludo, de verbo limitado pero espontáneo y tiene la piel bronceada por su exposición a trabajos corporales. El segundo decide abdicar a favor del amigo, pues reconociendo que sin él no podría vivir, teme perderlo víctima del despecho. Se celebran los esponsales sólo para incrementar las tensiones, pues ahora la esposa comienza a fijarse en los atributos físicos del amigo de su esposo, para quien ella sigue siendo delicioso fruto prohibido. Emprenden un viaje los tres y al detenerse frente a una cueva, los dos amigos acaban decapitándose mutuamente en el interior de la misma. Sólo mediante la muerte es salvable la ecuación. La joven esposa, enamorada de ambos, los encuentra descabezados. La diosa Shiva oye sus plegarias y le da una oportunidad de enmendar el daño, le ordena colocarle a cada cuerpo su respectiva cabeza para que ambos recobren la vida. Ah! Pero la joven se equivoca y al cuerpo deseado le coloca la cabeza amada del esposo, ubicando el drama en el terreno de la ética. ¿Con quién se ha casado: con el cuerpo o con la cabeza? ¿A quién debe seguir? Acuden a un asceta, quien, para beneplácito de la esposa, se pronuncia por la cabeza. La cabeza del amigo con el cuerpo disminuido se retira de la pareja y de la trama. De manera que durante algún tiempo vive la esposa la más conspicua completitud posible. Al cabo de los meses, el fornido, inteligente y rico esposo, que ha retornado a sus actividades sedentarias normales va perdiendo la fortaleza física así como el bronceado convirtiéndose nuevamente en si mismo. La esposa, mientras tanto, ha quedado embarazada y ha parido un espléndido hijo cuyo padre biológico no es otro que el amigo auto expatriado ¿o no? Ella siente la necesidad de hacérselo saber. Emprende el viaje y al llegar a su destino, encuentra estupefacta que el amigo ha recuperado su antigua y espléndida fisonomía. Se trata de un perpetuum mobile sin solución. ¿Acaso no es pendular la condición humana?

sábado, 19 de julio de 2008

Un Dante sin mal contemporáneo



por Eva Feld



No es por tremendismo ni por afán de originalidad que me atrevo a calificar a Venecia, Florencia y Pisa como réplicas de Disney world. La falsificación y el consumismo rampantes en esta primera década del segundo milenio están logrando transformar la historia de la cultura en una suerte de álbum de barajitas (en su defecto, de fotografías digitales) que los millones de turistas van pegando cual autómatas en sus carpetas analógicas y que luego “suben” a la red para compartir (o competir) con sus semejantes hasta conformar una suerte de catálogo de muecas, poses y monerías.

En Venecia, por ejemplo, es rigor fotografiarse en la plaza San Marcos dejándose picotear por decenas de palomas; en Pisa lo es sostener con las manos la torre inclinada; en Florencia, pararse junto al David de Miguel Ángel. Los turistas son capaces de alinearse pacientemente para cumplir con esos rituales, sin los cuales nadie, ni siquiera ellos mismos, les creería que en verdad estuvieron allí.

Los turistas se mueven cual depredadoras termitas, en permanente rally por conquistar el mayor número de pruebas que incluyen también la foto comiendo pizza y helado, luciendo sombreros de fieltro o de paja, visitando museos como plagas devastadoras. Pocos notan el trabajo a veces tenaz y otras excesivo de los cientos de restauradores que se ocupan de hacerle el mantenimiento a dinteles y capiteles, a columnas y arcos, a puentes y adoquines. La gente, en tropel, atraviesa y ve, pero no se detiene ni mira. El disfrute está en la acumulación, en la falsificación, en la simulación y en la velocidad.

A veces, como en la Plaza San Marcos de Venecia, quien se detiene puede llegar a rechazar la exuberancia en los colores restaurados. Parecen recién pintados, se les ha robado la pátina del tiempo y simulan, sí, sus propias réplicas. Hacen pensar en estatuas griegas, ya no blancas como las conocimos en nuestro tiempo, sino coloreadas según las posibilidades y la estética de su tiempo. Más parecidas a los dibujos animados de la televisión que a obras de arte antiguas. Igual que los retocados capiteles que lucen más emparentados con escenografías fílmicas que con el verdadero poderío eclesiástico de su tiempo, o la calidad de los artistas de siglos muy pretéritos.


A los turistas más acuciosos se les ofrece la historia narrada o para ser leída en cápsulas de fácil digestión, para que al lado del álbum de fotos puedan contar las mismas anécdotas, cuentos, leyendas o intrigas y puedan así dar aun mayor verosimilitud al hecho de haber visitado esas ciudades históricas, cuyo imaginario colectivo y mundial se ha reducido a algunas horas de atropellada visita, para los afortunados que han logrado movilizarse de su poltrona ubicada frente al televisor y para los demás a algún programa dedicado a los viajes de algún periodista de televisión.

Una de esas anécdotas relata que Dante Alighieri llegó a Florencia con las ropas sucias y que cuando se dispuso a lavarlas en el río Arno, acabó enjuagando el idioma y que ese es el origen del italiano. Lo cierto es que poco se nombra a Dante en el recorrido por Florencia, apenas como referencia de la Santa Croce y para decir sobre la inverosimilitud de que allí se encuentran sus restos. ¿Restos? Los modernos turistas se agolpan, en cambio, en la Plaza de la Señoría, o frente a las vitrinas del Puente viejo, delante de la Catedral o en el mirador; ocupan mesas en las abundantes cafeterías y espacio en las bocacalles, pero pocos notan el letrero que conduce a la casa del primer gran poeta italiano. Menos aun se interesan por la iglesia que frecuentaba su amada musa Beatrice Portinari, de quien escasamente piensan que era la amante de vate.

Dante no es, pues, barajita obligada en el viaje a Florencia. Unas pocas flores mustias adornan los restos de Beatrice, enterrada en la pequeña capilla. Nadie espera el turno a sus puertas para rendirle homenaje. Una luz tenue, una música exigua, una sutil remembranza le confieren al pequeño santuario un aire enrarecido. Como si nadie, ni siquiera el omnisciente tiempo hubiera trascurrido desde que el poeta encontrara en la furtiva figura de la pequeña Beatrice, el símbolo de pureza que requería su Comedia. Una señora, como las miles que emplean su jubilación en salvaguardar museos, cuida el recinto. Lo hace sin cobrar, tampoco acepta contribuciones, lo hace por amor y por exhibir, oh, allí mismo, dentro de la capilla, sus oleos en homenaje a sus creencias, religiosas y artísticas…

El juego entre la rendija de luz vespertina y las sombras que arroja el Cristo austero que preside el altar permite obviar por instantes la intrusión del presente. Allí está Dante Está de regreso de la vida y de la muerte, del infierno, del purgatorio y del cielo. Dispuesto a reemprender el viaje con el mismo ánimo de conquistador, con el mismo afán de clavar en hondura su palabra, la de describir, de narrar y traducir en neología la condición humana. Pero no ésta, actual, de seres robotizados y atormentados por la estética de la rapidez y de la acumulación; fetichista y adoradora de mitos mediáticos. Dante, que ha viajado y procreado. Él que ha medrado en política e influido en la historia en proporciones descomunales, sigue plantado en la filosofía, procurando respuestas al paso de los hombres por la tierra. Y para ello necesita regresar siempre al lugar donde yace su Beatrice, porque viva y ausente o viceversa, ella es para él el leit motiv de su obra.

Los ocho moteros en tránsito hemos invadido el espacio de Dante, destellan los flashes de nuestras cámaras, resuenan nuestras voces extemporáneas en este santuario y nuestra rúbricas quedan estampadas en el libro de visitas, como corresponde a visitantes extranjeros. Una vez afuera, cuando por fin a mi compañera motera le es dado prender su cigarrillo, me pregunta con genuino interés sobre mi estado alterado. Quiere saber de mi taquicardia, inquiere sobre el Dante, sobre Beatrice. ¿Por qué ejercen sobre mí tal fascinación? ¿De qué trata La Divina Comedia? Mis respuestas tardan, vienen precedidas por el tartamudeo que produce la emoción. Al final ella, la bella sabra, lo sintetiza todo: “Intuyo pero no entiendo -dice- te aseguro que voy a buscar La Divina Comedia en Ivrit para compartir contigo esta fascinación”

La velada habrá de concluir en un restaurante campestre, el menú florentino y los excelentes anfitriones toscanos más un Chianti como pocos, sellarán el fin de la jornada.

No se volverá a hablar de Dante, no forma parte del itinerario turístico, no pertenece al álbum de las fotografías, es inmune a los males contemporáneos, sólo asible para quienes estén dispuestos a hacer el viaje con él y con Virgilio hacia el infierno y no precisamente en moto.